Capítulo 7
No deberías mirarme así
La película terminó cerca de las dos de la madrugada.
Martín estaba dormido en una posición extraña sobre el suelo.
Valeria discutía con uno de los chicos sobre cuál era la mejor película de Star Wars.
Y Vera seguía leyendo tranquilamente en una esquina como si el caos no existiera.
Emma tenía sueño.
Pero también estaba cómoda.
Extrañamente cómoda.
Hacía muchísimo tiempo que no pasaba una noche así.
Sin miedo.
Sin tensión.
Sin estar pensando constantemente en hacer algo mal.
Y quizá por eso se sintió tan raro darse cuenta de que Nicolás seguía mirándola de vez en cuando.
Como si quisiera decir algo y nunca terminara haciéndolo.
—Vale —dijo Valeria levantándose del sofá—. Necesito azúcar o falleceré.
—Te vas a morir igual algún día —murmuró Nico.
—Qué romántico eres.
Emma soltó una pequeña risa.
Valeria y Martín desaparecieron hacia la cocina discutiendo dramáticamente mientras el resto empezaba a distraerse con los móviles.
Por primera vez en toda la noche, Emma y Nicolás quedaron solos en una parte del sofá.
Y de repente el espacio se sintió demasiado pequeño.
Emma acomodó las piernas debajo de la manta intentando actuar normal.
—Entonces… —murmuró ella—. Ya vi Star Wars. ¿Estás orgulloso?
Nicolás la miró de lado.
—Un poco.
—Qué honor.
—Todavía te falta muchísimo.
—No abuses de mi paciencia.
Él sonrió apenas.
Emma seguía pensando que debería ser ilegal que alguien tan serio sonriera así.
Porque cada vez que lo hacía parecía otra persona completamente distinta.
Más suave.
Más real.
—¿Cuál te gustó más? —preguntó él.
Emma lo pensó unos segundos.
—La princesa Leia.
—Buena respuesta.
—Tiene cara de poder golpear a alguien con una silla.
—Y probablemente lo haría.
Emma rio bajito.
Nicolás apoyó la cabeza contra el sofá observándola en silencio unos segundos.
Demasiados segundos.
Emma sintió calor subirle lentamente al rostro.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Tú también haces eso.
Emma abrió un poco los ojos.
—¿Hacer qué?
—Mirar demasiado cuando crees que no me doy cuenta.
El corazón le dio un vuelco tan fuerte que tuvo que apartar la mirada.
Mierda.
¿Él lo había notado?
Claro que lo había notado.
Nicolás parecía darse cuenta de absolutamente todo.
—No sé de qué hablas —mintió.
—Claro.
Emma intentó ignorar la sonrisa pequeña en su voz.
Escuchó movimiento en la cocina y pensó que Valeria volvería enseguida.
Pero no.
Seguían gritándose desde allí.
Algo sobre cereales.
—Tu amiga me da miedo —comentó Nico.
—A todos.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era incómodo.
Emma se dio cuenta de algo extraño:
Le gustaban los silencios con él.
Porque Nicolás no parecía necesitar llenar cada segundo hablando.
No la hacía sentir rara por callarse.
No intentaba obligarla a ser más extrovertida.
Simplemente… estaba ahí.
Y eso empezaba a significar demasiado.
—¿Sigues pensando mucho en él?
La pregunta la tomó desprevenida.
Emma levantó lentamente la vista.
Nicolás seguía mirándola.
Ya no había diversión en sus ojos ahora.
Solo algo más serio.
Más suave.
Emma jugueteó nerviosamente con la manga de su sudadera.
—A veces.
Nicolás bajó un poco la mirada hacia sus manos.
—¿Te molesta hablar de eso?
—No.
Bueno.
Sí un poco.
Pero con él no se sentía tan horrible.
Emma respiró despacio.
—Supongo que todavía estoy acostumbrándome a todo.
Él asintió apenas.
Como si entendiera perfectamente.
—Mi madre dice que después de pasar tanto tiempo con alguien malo… cuesta dejar de esperar que todo salga mal.
Nicolás permaneció en silencio unos segundos.
Luego habló más bajo.
—Tu madre tiene razón.
Emma levantó la vista otra vez.
Había algo extraño en su expresión.
Algo oscuro.
Como si esa frase también tuviera que ver con él.
—¿Y tú? —preguntó ella suavemente—. ¿Siempre fuiste así?
Nicolás arqueó una ceja.
—¿Así cómo?
—Callado.
Él soltó una pequeña risa nasal.
—Sí.
—No te creo.
—¿No?
Emma negó despacio.
—Creo que antes hablabas más.
Por alguna razón eso hizo que Nicolás se quedara quieto un instante.
Como si nadie le hubiera dicho algo así antes.
—Eres peligrosa —murmuró finalmente.
Emma frunció un poco el ceño.
—¿Por qué?
Nicolás sostuvo su mirada unos segundos más.
Y Emma sintió otra vez ese nudo extraño en el pecho.
—Porque notas demasiadas cosas.
El corazón comenzó a latirle demasiado rápido.
La manera en que él la miraba debería estar prohibida.
Como si realmente pudiera verla.
Como si Emma fuera algo importante de observar.
La cocina explotó en un grito dramático.
—¡MARTÍN CASI QUEMA LAS PALOMITAS! —gritó Valeria.
Emma soltó una risa inmediata.
Y el momento volvió a romperse.
Otra vez.
Martín apareció segundos después indignado.
—FUE UN ACCIDENTE.
—Casi provocas un incendio —dijo Vera sin levantar la vista del libro.
—Exagerados todos.
Valeria se dejó caer junto a Emma observándola sospechosamente.
Muy sospechosamente.
Luego miró a Nicolás.
Después volvió a Emma.
—Hmm.
Emma sintió peligro inmediatamente.
—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de “voy a molestar”.
Valeria sonrió lentamente.
—Oh, no necesito molestar. Ustedes ya hacen suficiente tensión rara solos.
Emma casi se atraganta.
Martín abrió mucho los ojos.
—¿YA ESTÁ PASANDO ALGO?
—¡NO! —respondieron Emma y Nico al mismo tiempo.
Y eso solo hizo que todos empezaran a reír.
Incluso Vera escondió una sonrisa detrás del libro.
Emma se dejó caer contra el respaldo del sofá tapándose la cara.
—Quiero amigos nuevos.
—Demasiado tarde —dijo Nicolás tranquilo.
Emma bajó lentamente las manos.
—¿Ah sí?
Él la miró directamente.
Y sonrió apenas otra vez.
—Ya te adoptamos.