Capítulo 6
Una noche larga
—Te juro que si Martín vuelve a poner reguetón triste me voy de esta casa.
—Eso no existe —dijo Emma riendo.
—Claro que existe. Se llama sufrimiento bailable.
Valeria abrió la puerta del edificio sin dejar de hablar mientras Emma subía detrás de ella cargando una bolsa enorme de snacks.
Aquella noche Martín había insistido durante días con hacer una “noche de películas”.
Según él, necesitaban “fortalecer la amistad y desarrollar problemas de sueño grupales”.
Emma casi no había querido ir.
Todavía le costaban los grupos grandes.
Las casas ajenas.
Sentirse observada.
Pero Valeria prácticamente la obligó.
Y sinceramente… Emma agradecía que lo hubiera hecho.
Porque hacía muchísimo tiempo que no hacía cosas normales.
Llegaron al tercer piso entre risas y quejas sobre el frío.
Valeria tocó el timbre exageradamente fuerte.
—¡AbrAN, FRACASADOS!
La puerta se abrió segundos después.
Martín apareció usando una camiseta enorme de alguna banda vieja y un gorro ridículo de Navidad aunque estaban en primavera.
—Bienvenidas a mi humilde mansión.
—Vives en un piso diminuto —dijo Valeria entrando.
—La pobreza no quita elegancia.
Emma soltó una pequeña risa mientras entraba detrás de ellos.
El piso era acogedor.
Desordenado, pero acogedor.
Había mantas tiradas por el sofá, luces cálidas encendidas y olor a pizza recién hecha.
Y también había más gente de la que Emma esperaba.
Dos chicos jugando videojuegos cerca de la televisión.
Una chica de cabello corto hablando con Martín desde la cocina.
Y otra chica sentada en una esquina del sofá con un libro sobre las piernas.
Ella fue la única que levantó la vista apenas Emma entró.
Tenía el cabello oscuro recogido en una coleta baja y llevaba un jersey enorme color crema.
Parecía tranquila.
Reservada.
Emma entendió inmediatamente esa clase de silencio.
—Emma, ella es Vera —dijo Martín señalándola—. Vera, Emma.
La chica cerró el libro despacio y sonrió apenas.
—Hola.
—Hola.
Su voz era suave.
Y Emma sintió alivio extraño al ver que no parecía el tipo de persona que obliga a hablar demasiado.
—Vera también odia socializar —susurró Martín dramáticamente.
—Martín, cállate.
Emma sonrió un poco.
Entonces escuchó otra voz desde el fondo.
—Llegaron tarde.
Emma giró automáticamente.
Nicolás estaba apoyado cerca de la cocina con una lata de refresco en la mano.
Vestía completamente de negro otra vez.
Qué sorpresa.
Pero esta vez llevaba gafas.
Y Emma descubrió algo peligroso:
Nico con gafas era injustamente atractivo.
—Perdón por tener vida —respondió Valeria.
—Dudo mucho eso.
Emma soltó una pequeña risa sin querer.
Nicolás levantó la vista hacia ella.
Y por un segundo pareció quedarse quieto.
Solo un instante.
Luego desvió la mirada como siempre.
Pero Emma ya empezaba a notar cuándo fingía indiferencia.
Y eso la ponía nerviosa.
Muchísimo.
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Una hora después estaban todos repartidos entre el suelo, el sofá y cojines improvisados mientras discutían qué película ver.
—Terror —dijo uno de los chicos inmediatamente.
—No —respondió Vera sin levantar mucho la voz—. Después no puedo dormir.
—Romance entonces —propuso Valeria mirando a Emma con intención.
—¿Por qué me miras así?
—Porque tú llorarías feliz.
—Eso es verdad —dijo Martín.
Emma le lanzó una almohada.
Nicolás observaba la discusión desde el otro extremo del sofá con expresión aburrida.
Hasta que habló.
—Pongan Star Wars.
Hubo silencio.
Uno de los chicos suspiró.
—Otra vez no.
—Nunca es demasiadas veces para Star Wars.
Emma hizo una pequeña mueca involuntaria.
Y Nicolás la vio inmediatamente.
—¿Qué fue esa cara?
Emma se tensó apenas.
—Nada.
Él entrecerró los ojos ligeramente.
—No me digas que nunca viste Star Wars.
El silencio de Emma fue suficiente respuesta.
Martín abrió la boca dramáticamente.
—NO.
Valeria se llevó una mano al pecho.
—Emma, ¿qué clase de infancia tuviste?
—Una complicada apparently.
Nicolás seguía mirándola como si acabara de cometer un crimen.
—¿Nunca viste Star Wars?
—Lo siento mucho por decepcionarte como ser humano.
—Esto es gravísimo.
Emma soltó una pequeña risa.
—Solo sé que hay un señor respirando raro y uno verde pequeño.
Toda la habitación explotó en protestas.
—¡Y DARTH VADER! —gritó Martín.
—ESO DIJE.
Nicolás negó lentamente con la cabeza como si realmente estuviera decepcionado.
Pero Emma notó algo distinto en su expresión.
Diversión.
—Bueno —dijo finalmente levantándose del sofá—. Entonces te toca una noche de aguantarme contando Star Wars.
Emma arqueó una ceja.
—Eso sonó como amenaza.
—Lo es.
Valeria empezó a reír inmediatamente.
—Dios mío. Nico acaba de adoptar a Emma como proyecto personal.
—No exageres.
—Ya empezó con su tono nerd traumado —dijo Martín.
Nicolás les ignoró completamente.
Seguía mirando a Emma.
—Vas a verla correctamente.
—¿Y si no me gusta?
Él abrió una lata lentamente.
—Te va a gustar.
La seguridad con la que lo dijo hizo que Emma sonriera.
Y por alguna razón… también le gustó que él quisiera enseñarle algo importante para él.
Como si la estuviera dejando entrar poco a poco en su mundo.
Todos terminaron acomodándose frente a la televisión mientras la introducción de Star Wars comenzaba.
Emma quedó sentada entre Valeria y Nicolás.
Demasiado cerca de Nicolás.
Podía sentir el calor de su brazo rozando el suyo apenas se movían.
Y eso no debería ponerla tan nerviosa.
Pero lo hacía.
—Vale —susurró ella mientras aparecían las primeras escenas—. Explícame cosas porque no entiendo nada.
Nicolás sonrió apenas sin apartar la vista de la pantalla.
—Sabía que terminarías necesitando mi ayuda.
—No te emociones tanto.
—Es tarde. Ya me emocioné.
Emma intentó ignorar el pequeño vuelco que le dio el corazón al escucharlo reír bajito.
Y durante el resto de la película pasó algo extraño.
Porque Nicolás realmente no dejaba de hablarle.
En voz baja para no molestar al resto.
Explicándole personajes.
Planetas.
Detalles absurdamente específicos.
Y Emma terminó pasando más tiempo mirándolo a él que a la película.
A la forma en que se le iluminaban los ojos hablando de algo que amaba.
A las pequeñas sonrisas que aparecían cuando ella entendía alguna referencia.
A la manera en que, por primera vez, parecía completamente relajado.
Y sin darse cuenta…
Emma empezó a pensar que quizá podría escuchar a Nicolás hablar de cualquier cosa durante horas.