Playlist para ignorarme Capítulo 5
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Capítulo 5

Las cosas pequeñas

Emma no sabía exactamente cuándo empezó a sentirse cómoda en el estudio.

Simplemente ocurrió.

Quizá fue la música suave sonando siempre de fondo.

O el olor constante a café recién hecho mezclado con tinta.

O las discusiones absurdas entre Martín y Valeria mientras Nicolás fingía ignorarlos.

Pero por primera vez en meses… había un lugar donde Emma sentía paz.

Aquella tarde estaba sentada sobre uno de los sofás hojeando un libro mientras esperaba a Valeria, que llevaba veinte minutos intentando decidir qué tatuaje hacerse “algún día”.

—Una estrella queda bien —opinó Martín.

—Todo el mundo tiene estrellas.

—Porque son bonitas.

—También todo el mundo tiene problemas mentales y no por eso quiero uno.

Emma soltó una pequeña risa detrás del libro.

Nicolás levantó la vista desde la mesa donde estaba dibujando.

Y aunque no dijo nada, Emma juraría haber visto una sonrisa mínima aparecer en la comisura de sus labios.

Pequeñísima.

Pero ahí estaba.

Últimamente ocurría más seguido.

No sonreír exactamente.

Pero sí relajarse cuando ella estaba cerca.

Y Emma empezaba a notarlo demasiado.

—¿Y tú qué te tatuarías? —preguntó Martín de repente mirándola.

Emma bajó lentamente el libro.

—Nada.

Valeria abrió mucho los ojos.

—Mentira. Tú eres literalmente el tipo de persona que se tatuaría una frase triste de un libro.

—Eso fue ofensivamente específico.

—Porque te conozco.

Emma sonrió un poco.

—No lo sé. Me dan miedo las agujas.

—Cobarde —murmuró Nicolás sin levantar la vista del dibujo.

Emma lo miró inmediatamente.

—Perdona?

Él siguió dibujando tranquilamente.

—Las agujas ni siquiera duelen tanto.

—Claro. Lo dice el chico que parece un cuaderno lleno de garabatos.

Martín soltó una carcajada.

Valeria abrió la boca dramáticamente.

—OH. Eso fue sexy.

—Valeria, cállate por favor.

Pero Nicolás levantó la vista lentamente.

Y esta vez sí sonrió.

De verdad.

Pequeño.

Ladeado.

Peligrosamente bonito.

Emma sintió calor subirle al rostro tan rápido que apartó la mirada inmediatamente.

Idiota.

¿Por qué reaccionaba así?

—Emma se puso roja —canturreó Martín.

—Voy a tirarte por la ventana.

—El amor es hermoso.

Emma escondió la cara detrás del libro mientras todos se reían.

Incluso Nicolás soltó una risa baja.

Y eso fue peor.

Muchísimo peor.

---

Un rato después Valeria y Martín salieron a comprar comida porque “se estaban muriendo de hambre dramáticamente”.

Emma sospechaba que lo hicieron a propósito.

Porque apenas la puerta se cerró, el silencio llenó el estudio.

Y de repente estar sola con Nicolás se sintió peligrosamente íntimo.

Él seguía dibujando detrás del mostrador.

Emma fingía leer.

Pero llevaba cinco minutos leyendo la misma línea.

—No estás pasando página.

Emma levantó la vista rápidamente.

—¿Qué?

—Llevas rato mirando el mismo párrafo.

Emma cerró el libro lentamente.

—Me descubriste.

Nicolás dejó el lápiz sobre la mesa.

—¿Qué lees?

Ella le mostró la portada.

—Es romance.

—Claro que es romance.

Emma arqueó una ceja.

—¿Eso qué significa?

—Siempre lees romance.

—¿Y tú cómo sabes?

—Porque cada vez que vienes tienes un libro distinto con parejas abrazándose en la portada.

Emma miró la portada.

Bueno.

Tenía razón.

—¿Y qué lees tú? ¿Manual para parecer emocionalmente inaccesible?

Él soltó una pequeña risa nasal.

—Suena aburrido.

Emma sonrió apenas.

El silencio volvió unos segundos.

Pero esta vez no era incómodo.

Desde donde estaba podía observar mejor a Nicolás.

Las mangas de su camiseta negra dejaban ver tatuajes detallados cubriéndole los brazos.

Lunas.

Serpientes.

Fragmentos de películas.

Frases pequeñas.

También tenía ojeras suaves bajo los ojos.

Como si nunca durmiera bien.

—¿Por qué empezaste a tatuar? —preguntó Emma sin pensar demasiado.

Nicolás se quedó quieto unos segundos.

—Mi hermano me enseñó.

—¿Y te gustó?

—Me gustó dibujar algo que se queda para siempre.

Emma bajó un poco la mirada.

No sabía por qué esa frase le pareció triste.

—¿Y las películas? —preguntó luego.

Eso sí consiguió cambiar ligeramente su expresión.

—Mi padre veía muchas.

—¿Cuál es tu favorita?

Nicolás apoyó la espalda en la silla.

Pensó unos segundos.

—“Dead Poets Society”.

Emma abrió un poco los ojos.

—¿En serio?

—¿Qué tiene?

—Esperaba algo más… oscuro.

—También me gusta “Taxi Driver”.

—Eso tiene más sentido.

Él volvió a reír apenas.

Emma descubrió algo importante en ese momento:

Nicolás Romero tenía una risa bonita.

Muy bonita.

Simplemente la escondía demasiado.

—¿Y la tuya? —preguntó él.

Emma pensó unos segundos.

—“Orgullo y prejuicio”.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

Nicolás la observó directamente.

—Tienes cara de enamorarte lentamente y sufrir muchísimo por ello.

Emma sintió que el corazón dejaba de funcionar un segundo.

¿Qué clase de comentario era ese?

Él pareció darse cuenta tarde de lo que acababa de decir.

Porque apartó la mirada casi inmediatamente.

—Olvídalo.

Pero Emma ya no podía olvidarlo.

Porque nadie la había mirado así antes.

Como si realmente intentara entenderla.

Como si pudiera ver cosas que ella escondía incluso de sí misma.

La puerta del estudio volvió a abrirse de golpe.

—¡VOLVIMOS! —gritó Martín entrando con bolsas de comida.

Y el momento desapareció inmediatamente.

Valeria miró entre Emma y Nicolás sospechosamente.

—¿Interrumpimos tensión romántica?

—Sí —respondió Nicolás.

—No —respondió Emma al mismo tiempo.

Martín empezó a reír escandalosamente.

Emma quiso morirse.

Pero mientras Valeria seguía molestándolos, Emma levantó la vista una vez más hacia Nicolás.

Y lo encontró mirándola otra vez.

Esta vez con algo distinto en los ojos.

Algo más suave.

Algo peligroso.

Y Emma entendió, quizá demasiado tarde, que empezaba a gustarle el chico que al principio fingía que ella no existía.