Capítulo 4
El chico de los ojos cansados
Los días después de terminar con Adrián fueron extraños.
Demasiado silenciosos.
Emma pensó que se sentiría libre inmediatamente. Que todo desaparecería de golpe en cuanto él saliera de su vida.
Pero no funcionaba así.
El miedo seguía ahí.
A veces miraba por encima del hombro al salir del instituto.
A veces se sobresaltaba cuando el móvil vibraba.
A veces todavía esperaba verlo aparecer de repente.
Aunque estaba bloqueado en todas partes.
Aunque su madre le había prometido que no dejaría que volviera a acercarse.
Aunque Valeria prácticamente amenazó con atropellarlo si volvía a aparecer.
Seguía costándole respirar con normalidad.
Aquella mañana Emma estaba apoyada sobre la mesa de la cafetería removiendo un café ya frío mientras Valeria hablaba sin parar sobre una serie nueva.
—Y entonces el protagonista muere.
Emma levantó la vista lentamente.
—¿Acabas de hacerme spoiler?
—Necesitaba compartir mi dolor.
—Te odio.
—Mentira. Me amas.
Emma sonrió apenas.
Pequeño progreso.
Valeria llevaba días intentando hacerla reír a propósito.
Memes absurdos.
Videos ridículos.
Comentarios dramáticos.
Y aunque Emma seguía sintiéndose rota por dentro… agradecía el esfuerzo.
—Hoy estás menos triste —comentó Valeria observándola.
Emma se encogió de hombros.
—Supongo.
Era mentira.
Seguía triste.
Pero ya no quería llorar todo el tiempo.
Y eso también contaba.
Estaban terminando el desayuno cuando alguien dejó una bandeja sobre la mesa.
—Buenos días, criaturas depresivas.
Valeria levantó la cabeza inmediatamente.
—¡Martín!
El chico sonrió ampliamente antes de sentarse junto a ellas.
Emma lo reconoció enseguida.
Lo había visto varias veces en el instituto hablando con Valeria, aunque nunca habían hablado demasiado.
Martín tenía el cabello castaño despeinado, pecas en la nariz y energía de golden retriever humano.
Demasiada energía para las ocho de la mañana.
—Emma, oficialmente te presento al ser más insoportable de este instituto —dijo Valeria.
—Qué bonito recibimiento.
Martín miró hacia Emma y sonrió un poco más suave.
—Mucho gusto. Soy Martín.
—Emma.
—Sí, Valeria habla de ti todo el tiempo.
—¡Traidor!
Emma soltó una pequeña risa mientras Valeria fingía indignación.
Martín comenzó a hablar de cualquier cosa casi inmediatamente.
Del profesor de química.
Del partido del fin de semana.
De una película horrible que había visto.
Emma descubrió rápido que era imposible sentirse incómoda cerca de él porque llenaba todos los silencios antes de que existieran.
—Por cierto —dijo de repente—, hoy vamos al estudio de tatuajes de Nico después de clases.
Emma levantó la vista automáticamente.
Valeria sonrió con malicia inmediata.
—Mira cómo reaccionó.
—No reaccioné.
—Claro que sí.
Emma sintió calor en las mejillas.
Martín parecía confundido.
—¿Qué pasa con Nico?
—Nada —respondieron ambas al mismo tiempo.
Valeria soltó una carcajada.
—Emma está obsesionada con analizar psicológicamente a tu amigo misterioso.
—No estoy obsesionada.
—Le presta atención. Que en Emma significa básicamente amor eterno.
—VALERIA.
Martín empezó a reír.
Emma quiso desaparecer.
—Bueno, Nico sí parece sacado de una película triste —comentó él—. Pero en realidad es buen tipo.
Emma removió distraídamente el café.
—No parece hablar mucho.
—Porque no le gusta la gente.
—Eso explica bastante.
—Pero le gustan las películas, el dibujo y fumar como protagonista traumado de cine independiente.
Valeria señaló a Emma dramáticamente.
—¿VES? SON LA MISMA PERSONA.
Emma le lanzó una servilleta.
Martín seguía riendo.
—Pues si quieren venir al estudio pueden hacerlo.
Emma levantó la mirada rápidamente.
—¿Qué?
—Vamos casi siempre después de clases. El hermano de Nico nos deja estar ahí mientras él trabaja.
Valeria sonrió inmediatamente.
—Me encanta este plan.
Emma dudó.
No sabía por qué se ponía nerviosa solo de pensar en volver a verlo.
Quizá porque Nicolás era extraño.
Difícil de leer.
Y aun así… había algo en él que le llamaba la atención sin permiso.
Algo triste.
Algo roto.
Como si ambos entendieran demasiado bien ciertas cosas.
—No sé…
—Por favoooor —suplicó Valeria—. Necesito salir de este instituto antes de sufrir combustión espontánea.
Martín se inclinó hacia Emma teatralmente.
—Además el estudio es genial. Hay pósters de películas antiguas y música buena.
Emma arqueó una ceja.
—¿Música buena según quién?
—Según Nico, así que probablemente música deprimente.
Eso le sacó otra pequeña sonrisa.
Y al final terminó aceptando.
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Cuando sonó la última campana, Emma comenzó a arrepentirse inmediatamente.
—Estoy nerviosa —murmuró mientras caminaban por la calle.
Valeria la miró divertida.
—¿Por ir a un estudio de tatuajes o por ver a Nico?
—Cállate.
Martín caminaba delante de ellas hablando solo sobre una película de terror malísima.
Emma intentaba concentrarse en escucharlo.
Pero seguía pensando en Nicolás.
En sus ojos oscuros.
En sus manos llenas de tinta.
En la forma en que parecía ignorar al mundo entero.
Llegaron al estudio veinte minutos después.
El lugar tenía un enorme cartel negro con letras rojas: “BLACK VEIL TATTOO”.
Emma observó el escaparate.
Desde fuera podían verse luces tenues, dibujos colgados en las paredes y música sonando de fondo.
Martín abrió la puerta primero.
—¡Llegamos!
El sonido de una campanita acompañó su entrada.
Emma miró alrededor lentamente.
El lugar era precioso.
No como los estudios fríos que imaginaba.
Había pósters antiguos de películas por todas partes.
Vinilos apoyados cerca de una estantería.
Dibujos colgados en las paredes.
Olía a tinta, café y humo.
Extrañamente acogedor.
—No toquen nada caro —dijo una voz desde el fondo.
Emma levantó la vista.
Y ahí estaba Nicolás.
Llevaba una camiseta negra ajustada y los tatuajes cubrían gran parte de sus brazos.
Tenía guantes negros puestos y estaba limpiando materiales sobre una mesa metálica.
Cuando vio a Emma pareció detenerse apenas un segundo.
Solo uno.
Pero ella lo notó.
Martín sonrió ampliamente.
—Mira, traje gente civilizada.
—Eso es debatible.
Valeria hizo una reverencia exagerada.
—Gracias, hombre misterioso del tatuaje.
Nicolás puso los ojos en blanco.
Entonces volvió a mirar a Emma.
—Hola.
La palabra la tomó desprevenida.
Porque era la primera vez que él iniciaba una conversación.
—Hola.
Silencio.
Emma odiaba que él lograra ponerla nerviosa solo con mirarla unos segundos.
Martín se dejó caer sobre un sofá.
—Emma nunca había venido aquí.
—¿Sí? —Nicolás se quitó los guantes lentamente—. ¿Qué te parece?
Emma observó otra vez el lugar.
Los dibujos.
Las luces cálidas.
La música suave sonando de fondo.
Y luego volvió a mirarlo a él.
—Me gusta.
Por alguna razón, Nicolás sonrió apenas.
Fue algo mínimo.
Pequeñísimo.
Pero cambió completamente su cara.
Y Emma sintió un vuelco raro en el pecho.
Porque descubrió algo peligroso en ese instante.
Nicolás Romero sí sabía sonreír.
Solo que casi nunca lo hacía.