Capítulo 3
Esta vez terminó
Emma no respondió ninguno de los mensajes de Adrián aquella noche.
Ni el primero.
Ni el segundo.
Ni los quince siguientes.
El móvil vibraba una y otra vez sobre la cama mientras ella fingía leer un libro abierto sobre sus piernas.
Pero no estaba leyendo.
Llevaba quince minutos atrapada en la misma página.
“Tenemos que hablar.”
“No puedes ignorarme eternamente.”
“Emma.”
“Contesta.”
“¿Quién era ese imbécil?”
Bloqueó la pantalla con un suspiro tembloroso.
Le dolía la cabeza.
Todo el cuerpo seguía tenso desde lo ocurrido fuera del instituto.
Y lo peor era que una parte de ella todavía se sentía culpable.
Culpable por haberlo evitado.
Culpable por querer alejarse.
Culpable por estar cansada.
Como si terminar una relación donde la estaban destruyendo fuera una traición.
Escuchó el sonido de una nueva notificación.
Luego otra.
Y otra.
Finalmente dejó el libro a un lado y abrió el chat.
Adrián: “Voy a ir mañana.”
“No me obligues.”
“Solo quiero arreglarlo.”
“Te quiero.”
“Emma contesta de una puta vez.”
Emma cerró los ojos.
Ahí estaba otra vez.
Esa forma de hablarle cuando se enfadaba.
La misma que antes justificaba.
La misma que intentaba minimizar.
Pero ya no podía seguir fingiendo.
Ya no quería hacerlo.
Sus dedos temblaron sobre la pantalla.
“Tenemos que terminar.”
Tardó casi un minuto entero en enviarlo.
Cuando finalmente lo hizo, sintió un vacío horrible en el estómago.
Los tres puntos aparecieron de inmediato.
“¿Qué mierda dices?”
Emma respiró hondo.
“No quiero seguir contigo.”
La respuesta tardó apenas segundos.
“¿Es por ese chico?”
Emma sintió ganas de llorar.
Todo siempre terminaba convirtiéndose en celos.
En control.
En acusaciones.
“No es por nadie.”
“Entonces no digas estupideces.”
Emma apretó los ojos.
“Ya no soy feliz contigo.”
Silencio.
Durante casi un minuto no llegó ninguna respuesta.
Luego:
“Voy para tu casa.”
El corazón se le aceleró.
“No vengas.”
“Abre cuando llegue.”
“No quiero hablar.”
“AbrE.”
Emma se levantó de la cama inmediatamente.
Las manos comenzaron a temblarle.
No.
No quería verlo.
No sola.
Salió de la habitación rápido y encontró a su madre dormida en el sofá con la televisión encendida.
Dudó unos segundos.
No quería preocuparla.
Pero tampoco quería quedarse sola esperando.
—¿Mamá?
Su madre abrió los ojos lentamente.
—¿Emma? ¿Qué pasa?
Antes de que pudiera responder sonó el timbre.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Insistente.
Emma sintió el miedo atravesarle el pecho.
Su madre frunció el ceño.
—¿Quién es a estas horas?
Emma tragó saliva.
—Adrián.
La expresión de su madre cambió inmediatamente.
—¿Qué hace aquí?
El timbre volvió a sonar.
Más fuerte.
Emma notó el pulso acelerándose.
—No quiero verlo.
Su madre se levantó enseguida.
—Entonces no vas a verlo.
Pero Adrián siguió insistiendo.
Golpeando la puerta ahora.
—¡Emma!
La voz se escuchó incluso desde el salón.
—¡Abre!
Emma retrocedió automáticamente.
Su madre caminó hacia la entrada.
—Quédate aquí.
Pero Emma ya sabía cómo terminaban esas cosas.
Adrián no se iba a ir.
Y mientras más tiempo pasara, más iba a enfadarse.
—Mamá…
Ella se giró.
—Solo hablaré con él un minuto.
—Emma—
—Solo para que se vaya.
Su madre dudó claramente.
Pero finalmente asintió.
—Voy contigo.
Emma abrió la puerta lentamente.
Adrián estaba ahí de pie con la respiración agitada y los ojos llenos de rabia.
Al verla dio un paso adelante.
—¿Qué coño significa ese mensaje?
La madre de Emma apareció detrás de ella inmediatamente.
—Baja la voz.
Adrián pareció notar su presencia recién entonces.
—Necesito hablar con Emma a solas.
—No.
La respuesta de su madre fue firme.
Emma sintió las piernas débiles.
—Adrián, ya te lo dije.
Él volvió a mirarla.
—No puedes terminar conmigo así.
—Sí puedo.
—¿Después de todo lo que hice por ti?
Emma sintió un nudo en la garganta.
Siempre hacía eso.
Convertirse en la víctima.
—Esto ya no funciona.
—¿Porque ahora tienes amigos nuevos?
—No tiene nada que ver con eso.
Adrián soltó una risa seca.
—Claro que sí.
Sus ojos parecían cada vez más oscuros.
Más agresivos.
—Desde que llegaste aquí cambiaste.
Emma sintió la respiración temblorosa.
—No. Solo me cansé.
El silencio cayó entre ambos.
Y algo en la expresión de Adrián cambió.
Algo peligroso.
—¿Te cansaste de mí?
Emma dio un pequeño paso atrás.
—Adrián…
—¿Eso es?
Su voz subió de volumen.
—¡Después de aguantarte cuando estabas hecha mierda ahora me dejas!
La madre de Emma intervino inmediatamente.
—Se acabó. Vete de aquí.
Pero Adrián ni siquiera la escuchó.
Toda su atención estaba fija en Emma.
—Yo fui el único que estuvo contigo.
—No es verdad.
—¡Claro que sí!
Emma sintió las lágrimas acumulándose.
—Me hacías daño.
Él se quedó inmóvil.
Como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué dijiste?
Emma tembló.
Pero esta vez no retrocedió.
—Me hacías daño.
El silencio fue horrible.
Y entonces ocurrió.
Tan rápido que Emma apenas lo procesó.
Adrián dio un paso brusco hacia ella y la agarró del brazo con fuerza.
—No vuelvas a decir eso.
Emma soltó un pequeño quejido.
—Suéltame.
—¡No vuelvas a ponerme como el malo!
—¡Suéltala ahora mismo!
La madre de Emma intentó apartarlo.
Pero Adrián estaba fuera de control.
Emma intentó soltarse.
Y entonces él le dio una bofetada.
El sonido resonó en toda la entrada.
Todo quedó en silencio.
Emma sintió el golpe segundos después.
El ardor.
El mareo.
La respiración rota.
Su madre empujó a Adrián inmediatamente.
—¡LÁRGATE DE MI CASA!
Adrián pareció darse cuenta de lo que acababa de hacer.
Su expresión cambió por completo.
—Emma yo—
—Fuera.
La voz de su madre temblaba de rabia.
—Ahora.
Adrián dio un paso atrás.
Luego otro.
Miró a Emma una última vez.
Pero ella ya no estaba llorando.
Solo lo miraba como si finalmente pudiera verlo de verdad.
Y quizá eso fue lo que más le dolió.
Porque por primera vez ella no intentó justificarlo.
No intentó entenderlo.
No intentó salvarlo.
Adrián se marchó sin decir nada más.
La puerta se cerró de golpe.
Emma sintió las piernas ceder.
Su madre la sostuvo enseguida.
—Cariño…
Y entonces Emma rompió a llorar.
No solo por el golpe.
Sino por todas las veces anteriores.
Por cada insulto.
Cada grito.
Cada disculpa vacía.
Por todo el tiempo que había pasado creyendo que aquello era amor.
A la mañana siguiente, Emma llevaba maquillaje cubriendo parte del moretón.
Pero no era suficiente.
Valeria lo notó apenas la vio entrar al aula.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Emma evitó mirarla.
—Nada.
—Emma.
Valeria se acercó más.
—¿Fue él?
El silencio respondió antes que ella.
Valeria abrió los ojos lentamente.
—Ese hijo de—
—Ya terminé con él.
La voz de Emma salió quebrada.
Pero firme.
Valeria la observó unos segundos.
Y entonces la abrazó tan fuerte que Emma casi vuelve a llorar.
—No volverás a verlo —susurró Valeria.
Emma cerró los ojos.
—No.
Y esta vez lo decía en serio.
Para siempre.