Perdiendo el Norte Epílogo
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Epílogo

«Es hoy».

Esta vez el pensamiento no consigue que me falte el aire. Bueno, solo un poco.

Estoy de pie frente a las puertas abiertas de la pequeña iglesia del pueblo, intentando convencer a mi corazón de que no necesita batir ningún récord de velocidad.

El pasillo que tengo delante es mucho más corto que el de aquella otra vez.

No hay cientos de flores blancas ni una decoración pensada para quedar perfecta en las fotografías.

Hay bancos de madera, ramilletes de flores silvestres atados con cuerda, unas cuantas velas y girasoles repartidos aquí y allá porque, al parecer, en algún momento perdí cualquier capacidad para impedir que esa flor terminara apropiándose de mi vida.

Mi vestido tampoco podría parecerse menos al primero.

Es sencillo, de una tela ligera que cae sobre mi cuerpo sin intentar estrangular ninguno de mis órganos internos, y debajo llevo unos zapatos con los que podría huir de un incendio sin necesidad de asistencia médica.

Brisa los calificó esta mañana de «una falta de respeto al concepto de novia». Yo los llamo evolución.

El velo cae por mi espalda sujeto con la peineta de mi madre y deslizo los dedos sobre ella casi por instinto.

Durante mucho tiempo necesité creer que mis padres habían tenido una historia perfecta para seguir confiando en el amor.

Ahora sé que no fue así. Se quisieron, se hicieron daño, se equivocaron y llegaron a un punto en el que no supieron seguir juntos.

Nada de eso borra lo anterior y hoy, curiosamente, pensar en ellos no me pone triste.

Mi padre habría llorado y mi madre me estaría diciendo que echara los hombros hacia atrás. Así que los obedezco a los dos y, cuando levanto la vista, encuentro a mi familia. A la que siempre estuvo y a la que fui recuperando por el camino.

Berta está en la primera fila junto a Rafa y ya se enjuga las mejillas con un pañuelo.

A su lado, Olaya se deshace en lágrimas sin hacer el menor esfuerzo por disimularlo, mientras Severino mantiene la mandíbula tan apretada que sospecho que lleva varios minutos tratando de persuadir al resto de su cara de que él no está emocionado.

Celia me saluda desde uno de los bancos y Lolina sonríe sentada con ella.

Un poco más atrás distingo a Sindo, Nico y Deva.

Elena ha venido desde Sevilla con Lucía, que sostiene el móvil a la altura del pecho después de hacerme jurar que solo está grabando para consumo privado y que ninguna de mis lectoras verá mi boda antes que yo.

Brisa está al otro lado del pasillo, llorando sin ningún pudor. Cuando nuestras miradas se encuentran, se seca las lágrimas con muchísimo cuidado para no destrozarse el maquillaje; después se los señala los ojos con dos dedos y me apunta a mí.

«Te vigilo».

Le regalo una sonrisa y exhalo despacio.

Hay niños repartidos por los bancos, algunos de los cursos de la fragua y otros que probablemente han venido porque alguien pronunció las palabras comida gratis.

Mateo e Inés ocupan dos sitios muy cerca del altar y sujetan entre los dos una cajita de madera con una solemnidad que, viniendo de ellos, me preocupa bastante.

Tizón espera a mi lado, tumbado sobre las patas delanteras, tranquilo, como si no hubiera nada extraordinario en estar aquí conmigo.

Alguien, imagino que Brisa, le ha colocado una pajarita verde alrededor del cuello que ya empieza a torcerse, pero él la lleva con la misma paciencia con la que me ha acompañado desde que volví al norte.

Bajo la vista y alza la cabeza.

—Vamos, pequeño —murmuro.

En cuanto empiezo a caminar, se incorpora y viene conmigo. Paso a paso. Sin adelantarse esta vez. De vez en cuando vuelve la cabeza hacia mí, pendiente de que siga a su lado.

«En este pueblo todos me cuidan».

La certeza me arropa durante los primeros metros hasta que Severino se inclina desde el banco y da un par de palmadas sobre su pierna.

—Ven aquí —lo llama en voz baja.

Tizón se detiene y me mira, como si necesitara permiso.

—Ve.

Trota hasta Severino, que hunde una mano entre el pelo de su cuello y le hace sitio junto a sus botas. Doy unos pasos más por el pasillo y por fin lo veo.

«Diago».

Traje oscuro, camisa blanca y la barba recortada lo suficiente para que Olaya haya dejado de amenazarlo con hacerlo ella misma mientras duerme.

Tiene los hombros un poco rígidos y esa expresión de quien preferiría enfrentarse a un bloque de hierro al rojo vivo con tal de no convertirse en el centro de atención de toda una iglesia.

Hasta que me encuentra.

Entonces algo en él se relaja y todo lo demás parece dejar de importarle. Me contempla con la intensidad que se escondía tras tantos recuerdos que yo había olvidado, esa forma tan suya de mirarme que aprendí a reconocer incluso antes de entender por qué me resultaba familiar.

El corazón me late deprisa, pero esta vez no es de miedo. Ya no persigo el futuro perfecto que durante años dibujé en mi cabeza. No hay una casa con piscina imaginaria, una niña con nombre moderno ni un plano completo de cómo se supone que será nuestra vida dentro de veinte años.

«Solo está él».

No necesito nada más, lo otro ya llegará. Sigo avanzando hasta que Diago hace algo que no estaba previsto. Se aleja del altar.

Me quedo clavada en el sitio. Durante una fracción de segundo, vuelvo a otra iglesia, a otro vestido y a un hombre retrocediendo cuando debería haber avanzado. El miedo casi no tiene tiempo de abrirse paso porque Diago hace exactamente lo contrario.

Viene hacia mí.

—¿Qué haces? —pregunto en voz baja, todavía sin moverme.

Diago me ofrece la mano.

—Ya he esperado bastante.

La risa se me escapa mezclada con algo peligrosamente parecido a un sollozo.

—Se supone que tienes que esperarme allí —murmuro, señalando el altar con un gesto de la cabeza.

—Eso llevo haciendo demasiados años —responde sin retirar la mano que mantiene extendida entre nosotros.

—Han sido menos.

—Se me hicieron muy largos.

Aprieto los labios para no romper a llorar. Diago baja la vista hacia mis zapatos y después hacia las viejas losas.

—Además, esto resbala —añade cuando vuelve a mirarme.

Ahí está.

—Qué romántico.

La comisura de sus labios se curva.

—Soy un hombre con recursos.

Niego con la cabeza, pero le doy la mano.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos y avanzamos juntos hacia el altar.

Mientras lo hacemos entiendo algo que debería haber comprendido hace mucho tiempo.

Diago nunca pretende decidir por mí hacia dónde tengo que ir.

Solo aparece a mi lado cuando las cosas se complican.

A veces para sujetarme antes de que me despeñe por una cuesta.

Otras para cruzar media España. Y hoy simplemente ha decidido que no tengo por qué llegar sola hasta el final.

Brisa se lleva una mano al pecho cuando pasamos junto a ella.

—Estoy muriendo de amor —susurra entre lágrimas.

Llegamos al altar y el sacerdote espera a que ocupemos nuestros sitios con la expresión resignada de quien acaba de asumir que hoy el protocolo será más bien orientativo.

La ceremonia empieza y descubro que sigo sin ser especialmente buena escuchándolas.

La voz del sacerdote se mezcla con algún niño cuchicheando demasiado alto, el resoplido de Tizón desde los pies de Severino y los latidos empeñados en recordarme que esto está ocurriendo de verdad.

Pero esta vez no necesito pensar en lo que vendrá después.

Me basta con estar aquí. Cada vez que mi cabeza amenaza con escapar hacia algún lugar, la mano de Diago se cierra un poco más alrededor de la mía y me trae de vuelta.

Hasta que llega el momento de los anillos. Mis dedos se tensan sin que pueda evitarlo, como un reflejo antiguo. Diago lo nota. No dice nada. Solo acaricia mis nudillos con el pulgar hasta que vuelvo a relajar la mano.

—Los anillos —indica el sacerdote.

Inés se pone en pie de un salto.

—¡Los tenemos!

Las risas recorren la iglesia mientras Mateo se levanta junto a ella y, muy serio, le ofrece el brazo.

Inés lo acepta como si llevaran meses ensayándolo y ambos comienzan a caminar hacia nosotros con la caja entre las manos.

Mateo se esfuerza por mantenerla recta; su prima, en cambio, va saludando a media iglesia por el camino.

Cuando llegan, Diago se inclina y abre la tapa.

La sonrisa se me queda suspendida. Dentro hay dos alianzas hechas a mano y no necesito preguntar quién las ha creado.

Reconocería el trabajo de esas manos en cualquier parte.

El metal conserva pequeñas irregularidades que juegan con la luz; la de Diago es sencilla, ancha y sin adornos, mientras que en la mía hay engastada una pequeña piedra gris.

Un reflejo de las vidrieras la alcanza y el gris se transforma en destellos azules y verdes.

Levanto la cabeza.

—¿Es la labradorita?

Diago asiente.

—La encontré en uno de los cajones de casa.

—Pensé que la había perdido —murmuro, llevándome una mano al pecho.

—No estaba perdida. Solo estaba esperando ocupar su lugar. —Diago toma mi alianza entre los dedos y la gira bajo la luz.

Me sube una calidez por el pecho. Imagino sus manos calentando el metal, corrigiéndolo, empezando de nuevo cuando no quedaba como quería.

Las mismas manos que llevan toda la vida aprendiendo que algunas cosas no se arreglan a golpes, pero que otras pueden transformarse si sabes cuándo dejar de insistir y cuándo volver a intentarlo.

Extiendo el dedo y esta vez no tiembla. Diago desliza la alianza sin detenerse. La labradorita lanza un pequeño destello azul y encaja a la perfección.

Horas después descubro que casarse en un pueblo pequeño tiene una consecuencia inevitable: absolutamente todo el mundo considera que tu boda también le pertenece un poco.