Epílogo #2
La celebración ocupa un hotel de piedra y madera levantado sobre una ladera, con enormes ventanales desde los que el valle parece extenderse hasta donde alcanza la vista.
Las montañas se superponen bajo un cielo limpio y la terraza está llena de mesas, luces colgadas entre los árboles y suficientes flores como para confirmar que medio pueblo llevaba semanas conspirando a mis espaldas.
La comida es exagerada incluso para los estándares de Sindo, que hoy, por primera vez desde que lo conozco, permanece sentado al otro lado de una mesa con un plato lleno delante y ninguna intención de entrar en una cocina.
Nico y Deva se han apropiado de una botella de sidra y y le enseñan a Lucía a escanciarla con resultados que probablemente obliguen al hotel a cambiar un mantel.
Elena observa el desastre desde una distancia prudente, con una copa entre los dedos.
Cuando paso junto a ella, sus ojos descienden hacia mi mano.
—Bonita piedra.
Levanto la alianza para que pueda verla mejor.
—Al final descubrí para qué la necesitaba.
Elena sonríe.
—Sabía que lo encontrarías.
Su sonrisa se ensancha justo antes de que Lucía la llame porque acaba de conseguir echar más sidra fuera del vaso que dentro.
Camino entre los invitados, recibiendo abrazos y besos.
Berta baila con Rafa cerca de la terraza.
Todavía hay cosas entre nosotras que aprendimos a reconstruir despacio, conversaciones que tuvimos más de una vez y heridas que necesitaron bastante más que un perdón para empezar a cerrar.
Pero cuando mi tía levanta la cabeza del hombro de Rafa y me descubre observándola, sonríe.
Un poco más allá, Olaya ha logrado sacar a Severino a bailar, aunque él continúa fingiendo que lo hace contra su voluntad.
Celia charla con Lolina y Maruja en una de las mesas, los niños de la fragua han convertido parte del jardín en una competición cuya finalidad nadie parece conocer y Tizón va de grupo en grupo aprovechándose de que hoy todo el mundo considera razonable darle comida a escondidas.
Inés aparece de pronto y tira de mi vestido.
—Jairo me ha prometido que nosotros también nos casaremos —susurra, y mira hacia algún punto del jardín.
Sigo la dirección de sus ojos y encuentro a un niño jugando con Mateo unos metros más allá. Me recojo la falda y me agacho hasta quedar a su altura. Este tema es serio. Mis antecedentes me recuerdan que las promesas que se hacen de niños pueden tener una vida bastante más larga de lo previsto.
—¿Y tú qué le has dicho?
Inés mira hacia los lados y se acerca un poco más a mí, como si estuviera a punto de confiarme información clasificada.
—Pues… que solo me casaré cuando trabaje en la fragua —murmura, poniéndose colorada.
La observo unos segundos sin saber si reírme o preocuparme.
«Vaya con la pequeña».
—Tú sí que tienes las cosas claras.
Inés sonríe, satisfecha, y sale corriendo hacia los otros niños antes de que pueda decirle nada más.
—Tu control sobre los menores sigue siendo admirable.
La voz de Diago llega a mi espalda. Me giro. Se ha quitado la chaqueta y lleva las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. La corbata ha desaparecido hace horas y tiene el pelo algo revuelto. Y está asquerosamente sexi.
—No sabía que ahora fueran responsabilidad mía.
—Te casaste conmigo. Venían incluidos.
—Nadie me informó de las condiciones.
—Estaban en la letra pequeña —dice mientras junta el índice y el pulgar, dejando entre ambos un espacio ridículamente pequeño.
Acorta la distancia que nos separa y pasa una mano por mi cintura para acercarme.
—¿Y Tizón también? —pregunto, apoyando las manos sobre su pecho.
—Sobre todo Tizón.
—Quiero una anulación.
—Llegas tarde —replica sin hacer el menor intento por soltarme.
—Han pasado seis horas.
—Suficientes.
Me río y Diago aprovecha para besarme. No hay gritos esta vez. Bueno, casi.
—¡Puaj! —chilla Mateo desde algún lugar.
Me separo de Diago con una carcajada.
—Tu pueblo —le recuerdo.
—Ahora también es el tuyo.
La frase me atraviesa y me calienta el corazón. Diago debe de notar algo en mi cara porque entrecierra los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—Teressa —insiste, ejerciendo una leve presión con la mano que todavía mantiene en mi cintura.
—Que te quiero.
Su expresión cambia de esa manera mínima que he aprendido a leer. Solo un gesto en su comisura y algo que se ablanda en sus ojos.
—Eso ya lo sabía.
—Qué suerte, porque no pensaba repetirlo.
—Mentira —murmura, y esa pequeña sonrisa vuelve a aparecer.
—Gruñón.
—Mi pequeño girasol.
Le doy un golpe en el pecho, pero él atrapa mi mano antes de que pueda retirarla y entrelaza nuestros dedos. La música cambia dentro del salón y Brisa aparece en la puerta de la terraza con un micrófono. Eso nunca puede significar nada bueno.
—¡Atención! Como mejor amiga de la novia, persona responsable de que llegara viva hasta Asturias y testigo directa de prácticamente todas sus malas decisiones sentimentales…—Brisa levanta el micrófono con la solemnidad quien está a punto de pronunciar un discurso de Estado.
—¡Quítale el micrófono! —grito.
Rafa se lanza a por él y Brisa esquiva su mano, da un paso atrás y comienza a correr. Sospecho que alguien no tolera demasiado bien la sidra. Por más que le he repetido que se eche un culín, lleva toda la tarde llenándose el vaso entero.
—Podemos huir —propone Diago junto a mi oído, con una sonrisa pícara que me hace sospechar que habla en serio.
—Acabamos de casarnos.
—Precisamente. —Sus dedos aprietan los míos—. Ya sabes que las bodas tienen un historial peligroso para ti.
Me lleva de la mano hacia la terraza mientras detrás de nosotros Brisa protesta porque «esto es censura» y alguien se ríe. Cuando cruzamos las puertas, el ruido de la celebración se aleja y el aire fresco me despeja la cara.
Nos detenemos junto a la barandilla.
Desde allí el valle se extiende verde y enorme bajo las últimas luces del día. Nos quedamos unos segundos sin decir nada. Diago se coloca detrás de mí y me rodea con los brazos, dejando las manos unidas sobre mi vientre. Me dejo caer un poco contra su pecho y él apoya la barbilla junto a mi sien.
Observo mi alianza. La labradorita parece gris hasta que giro la mano y una veta azul asoma bajo la superficie.
Durante años pensé que una vida feliz tenía que poder imaginarse entera. Que el amor de verdad era el que duraba para siempre y que, si no podías garantizar el final, quizá significaba que algo estaba mal desde el principio.
Ya no necesito saberlo.
No sé cómo estaremos dentro de veinte años.
No sé cuántas veces discutiremos, cuántos planes cambiarán ni cuántas cosas tendremos que aprender el uno del otro.
Lo único que sé es que Diago está detrás de mí, que sus brazos no me sueltan y que dentro hay un pueblo entero celebrando que, después de tanto tiempo perdida, encontré el camino de vuelta.
Paso el pulgar sobre la alianza.
—¿Qué haces? —pregunta contra mi pelo, siguiendo el movimiento de mis dedos.
—Intento acordarme de todo.
Diago guarda silencio unos segundos y despúes me besa la sien.
—No tengas tanta prisa. —Su abrazo se estrecha solo un poco—. Todavía está pasando.
Cierro los ojos y sonrío. Pasé demasiado tiempo empeñada en convertir cada cosa bonita en algo que pudiera conservar por miedo a perderla. Fotografías. Lugares. Recuerdos. La idea de unos padres perfectos. La promesa de un verano que nunca llegó.
«Esta vez no».
Vuelvo la cabeza, busco sus labios y Diago salva la poca distancia que queda entre nosotros. Lo beso sin prisa, todavía envuelta entre sus brazos, mientras las risas de los demás llegan amortiguadas desde el interior.
No necesito guardar este momento todavía. Primero quiero vivirlo.
Mañana seguiremos aquí.