Perdiendo el Norte Capítulo 61
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Capítulo 61

—¿Me estás diciendo que voy a tener una sección más grande? —repito, porque todavía me cuesta creerlo.

—Sí, Tessa, eso es exactamente lo que llevo cinco minutos diciéndote.

—Elena se reclina en la silla y entrelaza las manos sobre el escritorio—.

SOS Corazón necesita crecer y lo que estás escribiendo estos últimos meses ya no son solo respuestas a consultas.

Hay algo más. Una voz más personal, más honesta… Ya sabes a qué me refiero.

No estoy segura de saberlo, pero asiento igual que si acabara de comprender el plan editorial del siglo.

A su espalda, Lucía empieza a gesticular. Primero señala a Elena, después a mí y finalmente abre las manos como si estuviera intentando representar una explosión. Inclino la cabeza y ella intensifica los aspavientos.

—¿Te encuentras bien? —pregunto.

Lucía se queda congelada y Elena gira despacio en la silla.

—¿Qué haces? —le pregunta con la ceja levantada.

—Nada. —Lucía baja las manos de golpe—. Estaba estirando.

—Llevas diez minutos estirando detrás de mí —confirma mi jefa sin apartar los ojos de ella.

—La circulación es importantísima en trabajos de oficina.

Elena se queda mirándola fijamente y, por un momento, pienso que va a usar una de esas ramitas mágicas que guarda sobre el escritorio y lanzársela a Lucía.

—Se está sorteando un despido… —canturrea.

—Hoy no será ese día —dejo caer, y mi jefa vuelve a centrarse en mí con un suspiro.

—Lo hablaremos con calma la semana que viene. Te mando la propuesta y me dices qué quieres cambiar.

—Vale.

—Y, Tessa… —Su expresión pierde un poco de esa dureza que utiliza para fingir que no nos tiene cariño—. Me alegro de haber recuperado a mi redactora.

—Yo también —respondo con una enorme sonrisa.

Lucía vuelve a levantar los brazos detrás de ella y esta vez entiendo perfectamente el mensaje.

«Victoria».

Mi jefa la mira de reojo y pone los ojos en blanco.

—Adiós antes de que la despidas de verdad —me apresuro a decir.

—Demasiado tarde —responde Elena mientras Lucía protesta algo que dejo de escuchar al cerrar la videollamada.

El silencio llena el salón. Me quedo unos segundos mirando mi reflejo sobre la pantalla negra, apoyo las manos sobre la mesa y sonrío.

Hace un año me obligaron a tomarme unas vacaciones porque era incapaz de escribir sobre el amor sin querer recomendar una orden de alejamiento.

Sin embargo, ahora acaban de ofrecerme más páginas para hablar de él.

Supongo que he mejorado o que Boom! tiene unas políticas de recursos humanos bastante cuestionables.

Me levanto y echo un vistazo por la ventana. Desde aquí se ve parte del pueblo, los tejados húmedos y el comienzo de la cuesta que estuve a punto de bajar surfeando el día que llegué. Trabajar a distancia tiene sus ventajas. Una de ellas es poder elegir desde dónde hacerlo.

Y yo elegí volver a Asturias.

No inmediatamente. Primero hubo viajes, conversaciones, demasiadas horas comparando horarios, algún vuelo perdido y muchas discusiones sobre quién estaba haciendo más kilómetros.

Hasta que un día comprendí que llevaba meses llamando «volver al norte» a algo que empezaba a parecerse demasiado a regresar a casa. Así que dejé de buscarle otro nombre.

Cojo la chaqueta del respaldo de una silla y, antes de guardar el móvil en el bolsillo, la pantalla se ilumina con un mensaje de Brisa.

Brisa:

¡Una semana! EN UNA SEMANA TE AbrAZO.

Ve avisando al herrero de que esos días

tenemos custodia compartida.

Suelto una carcajada y niego con la cabeza mientras escribo un rápido «estás fatal» .

Los tres puntos aparecen de inmediato y sé que, si le doy tiempo, esta conversación terminará convirtiéndose en un interrogatorio sobre Diago, nuestra convivencia y cualquier detalle que considere imprescindible conocer de cara a su llegada.

Bloqueo el teléfono sin darle la oportunidad y me lo guardo en el bolsillo.

Al salir, el aire frío me golpea la cara.

Cierro la puerta y me detengo un momento frente al pequeño jardín que bordea la casa.

Entonces, apenas había allí unas plantas descuidadas y demasiada hierba creciendo a su antojo.

Ahora hay lavanda, margaritas, algunas flores cuyo nombre sigo siendo incapaz de recordar y una hilera de girasoles que Diago se empeñó en plantar en cuanto empezó el buen tiempo.

«Para que no tengas que buscarlos», fueron sus palabras. Como si fuera posible no verlos.

Algunos ya sobrepasan la valla y giran sus enormes cabezas hacia la luz de la mañana.

Las hojas todavía conservan pequeñas gotas de humedad y, cuando me acerco, paso los dedos por una de ellas y no puedo evitar sonreír.

Supongo que esta es otra de las formas que tiene Diago de decir cosas sin necesidad de palabras.

Continúo el camino y bajo la cuesta con bastante más dignidad que aquella primera vez. Estoy llegando a una de las curvas cuando una ventana se abre a mi derecha.

—¡Teressa!

Levanto la cabeza y encuentro a Celia asomada entre dos macetas.

—¡Buenos días! —saludo, levantando una mano.

—Ya no te vas a matar por ahí —dice, señalando la pendiente con evidente satisfacción.

Sigo la dirección de su dedo. En el tramo más traicionero hay ahora una franja de piedra rugosa y una pequeña barandilla que, desde luego, no estaba cuando llegué al pueblo dispuesta a convertirme en una leyenda local por despeñamiento.

—Eso parece.

—Diago lo arregló —me recuerda con una sonrisa demasiado sospechosa.

—Lo sé.

—Claro que lo sabes.

—Hasta luego, Celia —respondo sin darle tiempo a añadir nada más.

—¡Agárrate igualmente!

—¡Confía un poco en mí! —exclamo, reanudando la bajada.

—¡Confío más en la barandilla!

Su carcajada me acompaña durante varios metros cuesta abajo. Un año viviendo aquí y sigo sin saber si este pueblo me quiere o solo disfruta mucho vigilándome.

«Puede que ambas».

Empujo la puerta de la tienda y la campanilla anuncia mi llegada.

—¡Buenos días!

Severino levanta la cabeza desde el mostrador.

—Llegas tarde.

—Hola a ti también —respondo mientras me acerco para darle un beso en la mejilla.

—He dicho que llegas tarde, no que no me alegre de verte.

—Qué despliegue emocional.

—Estás pasando demasiado tiempo con mi nieto —resopla, aunque la sonrisa le arruga los ojos

—Eso intento.

—Están dentro —dice señalando con la barbilla hacia la fragua.

El sonido de los martillos me llega antes incluso de atravesar el arco. Cuelgo la chaqueta, cojo uno de los delantales y me lo paso por la cabeza mientras camino.

—¡Teressa! —grita Mateo en cuanto me ve.

—¡Ha venido! —añade Inés, como si mi presencia fuera un acontecimiento inesperado y no llevara meses apareciendo cada semana.

—Prometí que vendría —digo cuando los dos me abrazan.

—Diago dice que las promesas no sirven si no se cumplen —informa Mateo. Después me suelta y regresa a su sitio. Inés tarda un poquito más en hacerlo.

Busco al responsable de semejante filosofía. Está junto al banco de trabajo con las mangas subidas por encima de los codos, guapísimo a rabiar, explicándole algo a dos niños mientras sostiene una pieza de metal entre las manos.

Diago desvía la vista y me encuentra al otro lado. Y todavía ocurre. Después de todo este tiempo, hay una parte dentro de mí que cambia de sitio cuando me mira. No necesito recuperar ningún recuerdo para reconocer esa sensación.

Tizón aparece desde algún lugar de la fragua y viene directo hacia mí. Me golpea las piernas con todo el entusiasmo que puede permitirse un san bernardo de su tamaño y, satisfecho con el recibimiento, se deja caer sobre mis pies como si acabara de recorrer kilómetros en lugar de media fragua.

—Hola, pequeño —murmuro mientras me inclino para rascarle detrás de una oreja.

—Pesa casi setenta kilos —señala Diago arqueando una ceja.

—Para mí siempre será pequeño —respondo con voz infantil.

—Eso explica muchas cosas.

Tizón resopla cuando le doy una última caricia por el cuello y termina incorporándose para olfatear algo junto al banco de trabajo. Aprovecho que vuelvo a tener los pies libres para acercarme a Diago.

—Buenos días, señor gruñón.

—Buenos días, mi pequeño girasol.

Apoyo una mano sobre su pecho y le doy un beso en los labios. Solo dura un par de segundos antes de que un coro de gritos explote a nuestro alrededor y me obligue a separarme sobresaltada.

—¡Puaj! —protesta Mateo.

—¡Otra vez! —grita otro niño.

—¡Así se hacen los bebés! —anuncia Inés con absoluta seguridad.

Me quedo paralizada. Diago cierra los ojos a mi lado, aunque estoy bastante segura de que lo hace para no reírse.

—No. —Levanto las manos demasiado rápido—. No. Así no se hacen exactamente los bebés.

Todos me miran con una curiosidad que no augura nada bueno.

«Mierda. La he liado».

—Bueno, se puede empezar así, pero después hay… —Miro a Diago en busca de ayuda—. Hay otras cosas.

Él cruza los brazos, marcando esos estúpidos músculos que ahora mismo no me sirven para nada más que para nublarme todavía más el juicio.

—Lo estás haciendo muy bien —asegura.

—Diago.

—Continúa —me anima, y su sonrisa se ensancha un poco más.

—Te odio.

—No parece lo que acabas de demostrar.

Los niños empiezan a reírse y siento que me arden hasta las orejas.

—Lo que quiero decir —intento reconducir la situación— es que besar a alguien no significa que vaya a aparecer un bebé.

Inés frunce el ceño.

—Entonces, ¿cómo aparece?

Abro la boca y vuelvo a cerrarla.

«Esto va de mal en peor».

Diago me observa durante dos segundos más antes de decidir que ya ha disfrutado suficiente de mi sufrimiento.

—Pregúntaselo a tu abuela —resuelve mientras vuelve a coger la pieza de metal.

—¡Cobarde! —protesto.

—Práctico.

Inés parece aceptar la respuesta y regresa a su pieza. Mateo continúa riéndose por lo bajo mientras yo me ato mejor el delantal, intentando recuperar algo de la dignidad que acabo de perder delante de un grupo de menores.

—Algún día te devolveré esta —le advierto.

—Espero que sí —murmura Diago, inclinándose hacia mí lo suficiente para que solo yo pueda escucharlo.

Le doy un golpe suave con el codo y me coloco a su lado.

Tizón decide que ya ha explorado suficiente y regresa para dejarse caer otra vez sobre mis pies con un suspiro satisfecho.

Los niños retoman los martillos, Severino le cuenta a un pequeño grupo de turistas la historia de Forxa Olaya en la tienda, y Diago apoya una mano en mi espalda un momento antes de volver al trabajo.

Miro alrededor. La fragua. El perro instalado sobre mis zapatillas. Los niños. El hombre gruñón a mi lado. El ruido de los martillos, el calor y ese olor a metal que hace un año me resultaba extrañamente familiar sin saber por qué.

Vine al norte buscando algo que creía haber perdido.

Resulta que solo necesitaba recordar dónde estaba mi hogar.