Perdiendo el Norte Capítulo 60
96%

Capítulo 60

Teressa está sentada en el sofá con una carta entre las manos cuando entro en el salón.

Durante todo el viaje he pensado en lo que diría cuando la tuviera delante.

He ensayado frases en el coche, en el aeropuerto y hasta mientras esperaba que Berta abriera la puerta de una casa a la que, hace más de veinte años, envié cartas intentando llegar hasta ella. Ahora no recuerdo ninguna.

Alza la cabeza y nuestras miradas se encuentran. Eso basta. La mochila se me escurre del hombro cuando Teressa se pone en pie. Ni siquiera intento sujetarla. Cae al suelo con un golpe sordo justo antes de que ella recorra la distancia que nos separa y se lance contra mí.

La recibo con los brazos abiertos. El impulso me hace retroceder medio paso, pero la sujeto por la cintura y la aprieto contra mí sin dejar que sus pies lleguen a apoyarse del todo en el suelo.

Teressa me rodea el cuello con tanta fuerza que durante unos segundos respirar se convierte en algo secundario.

Hundo la cara en su pelo, cierro los ojos y dejo que todo lo demás desaparezca.

El viaje, las dudas, los cuatro días diciéndome que esperar era lo correcto y aquella sensación de estar repitiendo una historia que ya conocía demasiado bien.

Solo queda ella. Su cuerpo pegado al mío. Sus manos aferradas a mi nuca y el temblor de su respiración contra mi cuello. Y esta forma absurda de sentir que algo dentro de mí vuelve por fin a su sitio.

—Has venido —murmura.

Le paso una mano por la espalda y la aprieto todavía más.

—Sí.

—Hasta Sevilla —dice, levantando la cabeza.

—Eso suele pasar cuando uno quiere llegar a Sevilla.

—Sigues siendo idiota —sentencia, con un brillo precioso en los ojos.

—El viaje no lo ha arreglado.

Siento cómo sonríe antes de volver a esconder la cara contra mí.

No sé cuánto tiempo permanecemos así y tampoco tengo ninguna intención de comprobarlo.

Hay abrazos que sirven para saludar, otros para despedirse y algunos que simplemente mantienen juntas las partes que todavía no sabes cómo recomponer.

«Este pertenece a los últimos».

Cuando Teressa empieza a separarse, aflojo los brazos lo justo para poder mirarla sin soltarla. Me fijo en sus ojos hinchados y en la humedad que todavía le cubre las mejillas. Paso el pulgar con cuidado por debajo de uno de ellos.

—Has llorado.

—Muchísimo. —Aspira por la nariz y hace una mueca—. Estoy considerando hidratarme por vía intravenosa.

Una tos exagerada llega desde el sofá. Brisa está sentada junto a una mesa cubierta de fotografías y sobres, con los brazos cruzados y una expresión demasiado satisfecha.

—Por mí podéis seguir —dice levantando una mano—. He presenciado cosas bastante peores en plataformas de streaming .

—Brisa —advierte Teressa, poniendo los ojos en blanco.

—Soy invisible.

—No sabes ser invisible.

—Puedo aprender. —Mira hacia Berta y Rafa—. ¿Nos vamos todos a la cocina de una manera sospechosamente natural?

Rafa sonríe por primera vez desde que he entrado y Berta asiente antes de recoger algunas tazas.

—Creo que necesito otro café.

—Yo te ayudo —se ofrece Brisa mientras se pone en pie—. Muchísimo. Voy a ayudarte durante, no sé, veinte minutos.

—No hace falta tanto —murmura Teressa.

Su amiga pasa junto a ella y le da un beso rápido en la sien.

—Cállate.

Después se señala los ojos con dos dedos y los dirige hacia mí en un claro «te vigilo» antes de seguir a Berta.

—Pórtate bien, herrero.

Rafa las sigue negando con la cabeza y, un momento después, nos quedamos solos en el salón. Más o menos, porque puedo oírlos perfectamente en la cocina y sospecho que Brisa también puede escucharnos a nosotros si se esfuerza.

Teressa tampoco parece demasiado preocupada. Me suelta por fin, aunque deja una mano apoyada sobre mi pecho mientras me observa como si todavía no hubiera decidido si soy real.

—¿Por qué has venido?

Por fin hace la pregunta que llevo cientos de kilómetros esperando. Miro un instante hacia la mochila tirada junto a la puerta y después vuelvo a ella, intentando recordar cómo se supone que se explica algo así.

—Porque me cansé de esperar.

Sus dedos se quedan quietos sobre mi camisa.

—Diago…

—No sabía qué ibas a encontrar aquí ni cuánto tiempo ibas a necesitar. Y sigo sin saberlo. —Le sujeto la mano antes de que la retire—. Pero me di cuenta de que estaba haciendo otra vez lo mismo. Quedarme en la fragua esperando a que fueras tú quien volviera.

Teressa me observa sin interrumpirme.

—Cuando tenía trece años no podía hacer mucho más. No sabía dónde estabas, ni qué había pasado, ni siquiera si mis cartas te llegaban. —Aprieto despacio sus dedos—. Esta vez sabía dónde estabas.

Una sonrisa pequeña empieza a aparecer en su boca.

—Así que has cruzado media España.

—No exageres. Hay aviones.

Se ríe y, joder, ese sonido me golpea justo donde más duele. Lo he echado de menos mucho más de lo que pensaba admitir.

—Eres imposible.

Teressa niega con la cabeza, pero la sonrisa permanece. Después baja la mirada hacia la mesa y algo cambia en su expresión.

—He leído tus cartas.

—¿Todas?

—No. —Se acerca a la mesa y acaricia uno de los sobres con la punta de los dedos—. Todavía no puedo. Pero he leído algunas.

No sé qué responder. Recuerdo haberlas escrito y también todo lo que vino después: esperar una respuesta, preguntarme si las estaba leyendo y había decidido no contestar, imaginar cien posibilidades distintas hasta que llegó aquella que creí suya. Teressa coge una de ellas.

—Son muchas. Seguiste escribiendo durante meses.

Asiento despacio.

—Pensé que, si alguna llegaba hasta ti, sería suficiente.

Me acerco hasta quedar a su lado y entonces veo las fotos, las cartas abiertas y, sobre la mesa, varios pétalos secos. Tardo un segundo en reconocerlos.

—¿Es…?

—Mi girasol. Lo que queda de él. —Teressa recoge uno con muchísimo cuidado y su voz baja casi hasta convertirse en un susurro—. Rafa los guardó. Los encontraron conmigo después del accidente. Por lo visto, llevaba la flor agarrada con tanta fuerza que algunos pétalos seguían entre mis dedos.

Me cuesta apartar la vista de su mano cerrándose alrededor de los pétalos, como si todavía temiera que pudieran deshacerse.

—Resulta que fue una de las pocas cosas de aquel verano que que llegó conmigo hasta Sevilla.

No encuentro una respuesta capaz de estar a la altura de eso, así que hago lo que mejor sé hacer. Le rodeo la nuca con una mano, acerco su frente a mis labios y dejo un beso lento sobre su piel.

—Lo siento.

—¿Por qué? —pregunta, apartándose lo suficiente para mirarme.

—Por todo lo que tuviste que recordar.

Niega despacio y sus dedos buscan los míos.

—Yo no. Ha dolido muchísimo, pero necesitaba saberlo. —Aprieta mi mano antes de continuar—. Llevaba años intentando entender mi vida con demasiadas piezas fuera de sitio. Ahora, al menos, sé cuáles faltaban.

Se queda en silencio un momento y después toma aire.

—También he entendido por qué volví al norte —Teressa desliza la vista hacia nuestras manos—. Creía que buscaba a mis padres. O, mejor dicho, lo que ellos representaban para mí. El lugar donde los había visto quererse y donde estaba convencida de que el amor podía durar para siempre.

—Se querían.

—Lo sé. Berta me lo ha explicado. —Sonríe con tristeza—. Y tú también intentaste explicármelo. Que terminar mal no convierte todo lo anterior en mentira.

Asiento.

—Sigo pensando lo mismo.

—Yo también, ahora.

—Pero no era solo eso lo que echaba de menos —murmura mientras acaricia mis nudillos.

—¿No? —pregunto, levantando las cejas.

—No. —Teressa inspira y me mira directamente—. Echaba de menos cómo me sentía allí. En el pueblo. En la fragua. Contigo.

Todo mi cuerpo se queda en pausa. Supongo que mi cerebro necesita unos segundos para ponerse al día. Ella continúa antes de que consiga decir nada.

—Llevaba años buscando la sensación de tener un sitio al que pertenecer sin tener que demostrar nada. Y no recordaba que gran parte de esa sensación eras tú.

—Teressa…

—Déjame terminar porque me ha costado veinte años llegar hasta aquí y como me interrumpas puede que se me olvide el discurso.

Cierro la boca y ella sonríe un poco.

—Cuando era pequeña aparecía en la fragua cada vez que algo me pasaba.

No porque necesitara arreglar nada. Iba porque sabía que podía quedarme allí y que tú no ibas a obligarme a explicar lo que todavía no sabía decir.

—Sus ojos empiezan a humedecerse otra vez—.

Y has vuelto a hacer exactamente lo mismo ahora.

Suelta mi mano y apoya las dos sobre mi camisa. Siento el nudo instalarse en algún lugar entre el pecho y la garganta.

—Creo que durante años estuve mirando hacia el sitio equivocado —murmura con suavidad—. Pensaba que volver al norte significaba encontrar a mis padres, recuperar ese lugar donde alguna vez creí que el amor podía durar para siempre. Pero no era solo eso.

Teressa baja la mirada un instante y vuelve a buscar la mía.

—Desde que volví allí he empezado a sentirme otra vez como yo.

He vuelto a escribir, a creer en cosas que daba por perdidas, a recordar quién era antes de empezar a desconfiar de todo.

—Sus dedos se aferran un poco más a mi camisa—.

¿Te acuerdas de lo que me dijiste de los girasoles?

Que cuando no encuentran el sol se buscan entre ellos.

—Claro que me acuerdo… —susurro.

—Me pasé años sin saber hacia dónde estaba mirando —continúa, con las pestañas cada vez más húmedas—.

Y entonces apareciste tú otra vez. Gruñendo, llevándome la contraria y haciéndome sitio como si no hubieran pasado veinte años.

Me mirabas a mí, y yo no podía apartar los ojos de ti.

—Teressa sonríe entre lágrimas—. Tú haces florecer partes de mí que ni siquiera sabía que existían.

Durante unos segundos no encuentro nada que pueda decir sin estropearlo. Le acaricio la mejilla con el pulgar y dejo que sea el gesto el que responda primero.

—Y tú me estás haciendo perder el norte, Teressa.

Parpadea y una sonrisa preciosa empieza a bailarle en los labios.

—A lo mejor resulta que lo has encontrado en el sur.

La rodeo por la cintura y la acerco hasta borrar el espacio entre nosotros.

—No. Creo que llevaba años perdido sin saberlo. —Sus manos suben despacio hasta mi nuca y apoyo la frente contra la suya—. Solo he necesitado que volvieras para darme cuenta.

Sus ojos verdes recorren los míos.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a un discurso —susurra.

—No te acostumbres —respondo con un gruñido que me nace del pecho.

—Ni pensarlo.

Le acaricio la nuca con los dedos.

—No sé prometerte qué va a pasar mañana, Teressa.

Ni cómo vamos a encajar tu vida aquí con la mía allí.

Pero sí sé que no quería quedarme esperando otra vez.

—Deslizo la mano desde su nuca hasta su mejilla y la sostengo allí—.

Y si ahora necesitas Sevilla, a tu familia o tiempo para colocar todo esto, lo tendrás.

No necesito que decidas hoy qué va a pasar después ni que seas siempre tú la que vuelva.

—¿Y si todavía no sé cómo hacerlo? —pregunta.

—Entonces lo averiguamos —respondo mientras acaricio su piel con el pulgar.

—¿Así de fácil?

—No. —Rozo su nariz con la mía—. Pero tampoco tiene por qué ser siempre difícil.

Se queda mirándome, como si necesitara comprobar que hablo en serio, y después se pone de puntillas para besarme.

Lo hace despacio, sin urgencia, con esa tranquilidad extraña que llega cuando ya no queda nada importante por esconder.

La sujeto por la cintura y Teressa se acerca un poco más, demorándose en el beso como si, por una vez, ninguno de los dos tuviera prisa por llegar a ninguna otra parte.

Cuando nuestros labios se separan, no se aleja. Apoya la mejilla contra mi pecho y desliza los brazos alrededor de mi cintura. La estrecho contra mí y dejo la barbilla sobre su cabeza mientras noto cómo, poco a poco, su cuerpo termina de relajarse.

Durante años creí que volver era cosa de quien se marchaba y que al que se quedaba solo le tocaba esperar. Tal vez por eso tardé tanto en entender que querer a alguien también puede ser dejar de mirar el camino y empezar a recorrerlo.

Esta vez no he esperado a que Teressa vuelva.

He ido hacia ella.