Perdiendo el Norte Capítulo 59
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Capítulo 59

Han pasado casi tres horas desde que Rafa abrió aquella caja y sigo sentada en el mismo sofá.

Las fotografías ocupan buena parte de la mesa de centro.

Las cartas continúan atadas con la cinta descolorida y el pequeño sobre de los pétalos descansa junto a mi mano, tan ligero que cuesta creer que pueda guardar una parte tan grande de mi vida.

Brisa terminó entrando hace un rato. Le escribí un mensaje porque sabía que seguiría dando vueltas por los alrededores, aunque hubiera jurado que se iría a tomar un café, y apareció cinco minutos después con dos vasos de cartón y la dignidad suficiente para no comentar que, efectivamente, había estado vigilando la casa desde la esquina.

Ahora está sentada en uno de los extremos del sofá, cerca, pero sin invadirme.

Algo bastante extraordinario tratándose de ella.

Berta regresa de la cocina con otra bandeja.

—Tienes que comer algo —dice mientras deja delante de mí un plato con bizcocho.

Desvío la vista a la comida.

—Llevo tres horas escuchándote confesar secretos familiares y tu mayor preocupación sigue siendo que meriende.

—Hay cosas que no cambian.

—Gracias a Dios —murmura Brisa antes de coger un trozo—. Porque yo estoy viviendo una crisis ajena y necesito azúcar para procesarla.

Mi tía deja escapar una sonrisa pequeña, contenida.

Paso un dedo por el borde de una de las fotografías.

Mis padres aparecen juntos frente a la casa del norte.

Los dos miran a cámara. Mi madre tiene una mano apoyada sobre el pecho de mi padre y él la rodea por la cintura.

Hay algo en la forma en que están juntos que hace difícil imaginar todo lo que vino después.

«Parecen felices».

El pensamiento me aprieta el estómago.

—¿Lo eran?

—¿Qué? —pregunta, dejando lo que estaba haciendo.

—Felices. ¿Lo eran de verdad? —pregunto, levantando la fotografía para que pueda verla.

Berta vuelve a sentarse despacio frente a mí.

—Sí, Tessa.

—Pero iban a separarse.

—Una cosa no borra la otra.

La respuesta me golpea por lo familiar que resulta. Diago me dijo prácticamente lo mismo en el norte y entonces quise creerle porque necesitaba hacerlo. Ahora miro a Berta esperando que me dé algo más que una frase bonita. Ella parece entenderlo.

—Yo vi a mi hermana enamorarse de Pelayo —dice mientras apoya los antebrazos sobre las piernas—. Los vi construir una vida juntos. Los vi quererse durante muchos años y también los vi empezar a hacerse daño cuando dejaron de saber cómo hablarse. Las dos cosas son verdad.

Bajo la vista hacia la foto.

—Yo pensaba que eran perfectos.

—Porque eras una niña.

—Y después dejé de serlo, pero seguía pensando igual… —susurro.

—Después los perdiste. —Berta traga saliva antes de continuar—.

Y cuando empezaste a recuperar cierta normalidad, hablábamos de ellos y tú te agarrabas a los recuerdos bonitos.

A cómo se miraban, a los veranos, a la casa…

Nunca preguntaste si habían tenido problemas.

Para ti seguían siendo tus padres y seguían queriéndose.

Yo no fui capaz de quitarte eso también.

—Así que me dejaste creer una mentira.

—No —niega despacio—. Ahí es donde creo que te estás equivocando. No te mentí cuando te dije que se quisieron. Me equivoqué al dejarte creer que querer a alguien garantiza que todo vaya a durar para siempre.

La frase me hace levantar la mirada. Mi tía se seca una lágrima antes de que llegue a caer.

—Tu madre quería a Pelayo. Estoy segura de eso.

Y él a ella. Pero a veces querer no basta para seguir juntos sin terminar haciéndose daño.

Yo sabía que llevaban tiempo mal y sospechaba que quizá se planteaban separarse, aunque nunca llegamos a hablarlo con claridad.

Lo que sí sabía era que algo entre ellos se había roto.

Eso no convierte en mentira todos los años anteriores.

Me recuesto contra el sofá. Durante demasiado tiempo he construido el amor alrededor de una idea bastante simple: si era de verdad, tenía que durar. Si terminaba, alguien había mentido. Si alguien se marchaba, lo anterior perdía valor.

«Quizá por eso Mikel rompió tantas cosas cuando se fue».

No solo terminó nuestra relación. Me confirmó exactamente aquello que llevaba años aterrada de descubrir: que algo que había creído para siempre también podía acabarse.

Brisa permanece en silencio a mi lado. Solo estira una mano y deja los dedos sobre mi rodilla durante unos segundos antes de retirarlos.

—Entonces ellos…

—Se quisieron —repite Berta—. Y seguramente también dejaron de saber quererse bien. Pero no conviertas el final en juez de todo lo que vino antes.

Observo otra vez la fotografía y esta vez no intento convertirla en una prueba de nada. Solo veo a mis padres compartiendo un momento que fue verdad mientras duró, aunque después las cosas cambiaran. Suelto el aire despacio y dejo la foto sobre la mesa.

—Creo que llevo media vida intentando demostrar que aquello existió.

—¿El qué? —pregunta Rafa.

—Lo que yo sentía allí.

Mis ojos terminan sobre la caja.

«Las cartas».

No sé cuánto tiempo llevo evitándolas, pero finalmente deshago el nudo de la cinta.

Los sobres se separan sobre mis piernas y el corazón me da un golpe absurdo cuando reconozco la letra de Diago.

No la del hombre que conozco ahora, sino una más insegura, más grande, con algunas letras inclinadas y otras demasiado rectas.

Cojo la primera.

—¿Quieres que salgamos? —pregunta Berta.

—No.

Brisa se acomoda un poco más lejos, dándome espacio sin marcharse. Abro el sobre con cuidado y despliego una hoja doblada varias veces.

Teressa:

Olaya dice que seguramente necesitas tiempo y que deje de llamar tanto. No le hagas caso si alguna vez te dice que tiene razón porque se acostumbraría.

Una risa me sorprende en mitad de las lágrimas.

—Era él —murmuro.

Mi amiga se inclina un poco.

—¿Qué dice?

—Que ya era insoportable con trece años.

—Qué alivio. La personalidad se mantiene estable.

Sigo leyendo.

No sé si te llegan las cartas. Nico dice que si no contestas será porque no quieres, pero Nico dice muchas tonterías. Lo he conocido hace poco y habla demasiado. Aunque creo que vamos a ser buenos amigos.

Yo creo que a lo mejor no puedes contestar.

Mi girasol sigue entero. Lo he colgado para que se seque y mi abuelo dice que terminará lleno de polvo, pero no pienso tirarlo.

Aprieto los labios al pensar en el girasol que encontré en su caja, guardado durante todos estos años mientras yo ni siquiera recordaba que alguna vez habíamos tenido uno cada uno. Paso a la siguiente carta, mucho más breve.

No tienes que escribir mucho. Solo dime que estás bien.

No hay firma elaborada. Solo:

Diago.

Doblo la carta despacio y durante unos segundos no consigo coger ninguna más. Rafa baja la mirada. Berta se limpia las mejillas en silencio.

—Nunca las leísteis —digo.

—No. Las guardaba sin abrir —responde con un susurro.

Eso consigue aliviar algo diminuto dentro de todo lo demás. Al menos aquellas palabras siguieron siendo nuestras incluso cuando no pude recibirlas. Elijo otra carta al azar. El sobre está fechado varios meses después y esta vez la letra parece más apresurada.

Teressa:

He vuelto a llamar. Berta dice que todavía no estás bien.

Trago saliva y continúo.

No sé si no quieres hablar conmigo o si no puedes. Si es lo segundo, puedo esperar.

Brisa desvía los ojos hacia sus manos y guarda silencio mientras sigo leyendo.

Pero si es lo primero, prefiero que me lo digas tú. Me voy a enfadar, pero se me pasará.

Una lágrima cae sobre el papel y la limpio demasiado rápido, por miedo a estropear una tinta que ha sobrevivido más de veinte años.

Dejaré de escribir cuando me lo pidas tú.

Cierro los ojos y escucho a Berta contener un sollozo. No hace falta que nadie diga nada. Meses después, Diago recibió exactamente lo que había pedido. Solo que no fui yo.

Doblo la carta con cuidado y la dejo sobre mis piernas. Podría seguir leyendo; hay muchas más y una parte de mí quiere abrirlas todas ahora mismo, recuperar cada palabra que me robaron y meter veinte años de golpe dentro del pecho. Pero sé que no puedo hacerlo todavía.

—Me las llevaré —digo.

—Son tuyas —responde Rafa.

Deslizo los dedos por las cartas y después por las fotografías.

Mi mirada termina en los pétalos secos que continúan junto al sobre pequeño.

Durante años pensé que lo que me arrastraba hacia el norte era el recuerdo de mis padres queriéndose.

El único lugar donde alguna vez había creído que el amor podía ser sencillo, seguro y durar para siempre. Por eso volví. O eso creía.

Sin embargo, rodeada de fotografías que nunca vi, cartas que nunca pude leer y los restos de una flor que aquella niña se negó a soltar incluso después de que su mundo acabara de romperse, algo empieza a encajar de una manera distinta. No echaba de menos únicamente a mis padres.

«Echaba de menos cómo me sentía allí».

La libertad de correr por una cuesta sin pensar en lo que podía pasar después.

Las tardes en las que podía aparecer en una fragua con los ojos llenos de lágrimas y fingir que solo había ido a molestar.

La certeza de que siempre habría alguien dispuesto a hacerme un hueco a su lado, aunque gruñera mientras lo hacía.

Echaba de menos a aquel niño que me buscaba, que me esperaba y que sabía cuándo dejar de hacer preguntas. El mismo que, tantos años después, volvió a ofrecerme un lugar donde quedarme cuando todo a mi alrededor empezaba a desmoronarse otra vez.

Me llevo una mano al pecho.

—Dios…

—¿Qué pasa? —pregunta Brisa mientras se acerca.

—Creo que lo entendí mal —murmuro, negando despacio.

—¿El qué?

Miro a Berta y después a las cartas que descansan sobre mis piernas.

—Por qué volví.

Mi tía frunce ligeramente el ceño al escucharme.

—Pensaba que regresaba porque necesitaba encontrar el lugar donde había visto a mis padres quererse —explico mientras deslizo el pulgar sobre uno de los sobres—.

Necesitaba saber que aquello había sido real porque, si no lo era, entonces no sé…

era como si no pudiera confiar en nada de lo que recordaba.

Berta abre la boca, sin embargo, no llega a decir nada.

—Pero no era solo eso. —Suelto el aire y una sonrisa triste termina apareciendo en mis labios—. Creo que llevaba años intentando volver a un lugar donde me sentía querida sin recordar quién me hacía sentir así.

Mi amiga me observa unos segundos.

—Tess…

—Era él —murmuro.

Pronunciarlo no provoca ningún terremoto.

Al contrario, todo parece quedarse quieto mientras bajo la vista hacia la foto que tengo más cerca.

Diago está al fondo, apoyado contra el muro, con los brazos cruzados y esa expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar.

Pero está mirándome. Y ahora sé que casi siempre lo estaba.

—No estaba buscando una historia de amor perfecta —susurro—. Estaba buscando la sensación de tener un sitio al que pertenecer sin tener que demostrar nada.

—Voy a negar esto si alguien pregunta, pero eso ha sido muy bonito —dice Brisa, secándose disimuladamente debajo de los ojos.

Se me escapa una risa.

—Estás llorando.

Berta también sonríe entre lágrimas y durante unos segundos la habitación parece recuperar algo de la casa que siempre conocí.

No está todo arreglado. Ni siquiera sé cuándo lo estará.

Sigo enfadada con ella y teniendo preguntas.

Probablemente mañana vuelva a dolerme de una forma distinta.

Sin embargo, no necesito resolverlo todo de una vez.

Recojo una de las cartas cuando suena el timbre. Berta se seca las manos en el pantalón y se incorpora.

—Voy yo.

Brisa consulta la hora en su teléfono.

—Como sea Mikel otra vez, pienso utilizar los cubiertos.

—No creo que haya desarrollado tendencias suicidas en las últimas horas.

Rafa niega con la cabeza mientras Berta desaparece por el pasillo. Vuelvo a bajar la vista hacia la carta y paso el dedo despacio sobre mi nombre.

Teressa.

El sonido de la puerta al abrirse llega desde el recibidor y no le presto demasiada atención hasta que una voz masculina atraviesa el pasillo.

—Buenas tardes.

Mi cuerpo se queda inmóvil antes incluso de que mi cabeza reconozca la voz. Levanto la vista de golpe y, a mi lado, Brisa también se queda quieta al escucharla.

—Usted debe ser Berta. Soy Diago. ¿Está Teressa? —pregunta desde la entrada, despejando cualquier duda.

El corazón me golpea con tanta fuerza que tengo que dejar la carta sobre la mesa. Berta tarda unos segundos en responder.

—Sí.

Después solo escucho sus pasos regresando por el pasillo. Mi tía aparece primero, con los ojos húmedos y una expresión que no logro interpretar hasta que se aparta a un lado.

Diago está detrás de ella. Parece cansado, algo despeinado y lleva la misma camisa de cuadros con la que lo he visto tantas veces salir de la fragua, como si hubiera abandonado el norte a mitad de un día cualquiera para venir hasta aquí.

Pero apenas tengo tiempo de fijarme en nada más, porque sus ojos encuentran los míos en cuanto cruza el umbral y todo lo demás pierde importancia.

La habitación, las cartas, las lágrimas, incluso el ruido que llevaba horas haciendo mi cabeza.

Por unos segundos solo está él, mirándome como si también hubiera esperado demasiado para estar justo aquí.

Durante cuatro días ha estado a cientos de kilómetros y, hace más de veinte años, pasó casi un año intentando llegar hasta mí.

Esta vez ha decidido dejar de esperar.