Capítulo 58 #2
Lo sigo con la mirada mientras desaparece por el pasillo.
Nadie habla hasta que regresa unos minutos después con una caja rectangular entre las manos.
No es muy grande y, por alguna razón, eso consigue que me dé todavía más miedo.
Camina hacia nosotras con la vista fija en sus manos. La deja sobre la mesa con cuidado.
—La guardé yo —explica Rafa cuando vuelve a sentarse—.
Tu tía quería tirarlo todo. No soportaba verte así.
Había perdido a su hermana, a Pelayo y había estado a punto de perderte a ti también.
No quería arriesgarse a que algo te hiciera retroceder.
—Exhala despacio y observa la caja—. Pero yo pensé que algún día recordarías y no quería que las dos perdierais todavía más por el camino.
Berta lo mira.
—Rafa…
—Tiene que saberlo todo.
Él abre la tapa y lo primero que veo son fotografías.
Reconozco el borde grueso de algunas de ellas antes incluso de tocarlas.
Hay imágenes de la casa del norte que nunca he visto en el álbum, de mis padres en el jardín, de mí corriendo por la plaza, sentada sobre el muro del huerto, cubierta de barro hasta las rodillas.
En una aparece parte de la fragua al fondo y, en muchas otras, está Diago.
Más pequeño. Más delgado. Mirándome con esa expresión de fastidio que ahora sé que nunca significó exactamente eso.
—Las quitasteis todas —murmuro con el corazón saltándose latidos.
—Las que tenían que ver con aquel último verano —responde Berta con la voz rota—. Pensé que, si dejábamos de ponerte delante cosas que tu cabeza se empeñaba en rechazar, podrías seguir adelante.
Paso el pulgar por el borde de la fotografía.
—Seguí adelante sin saber qué había dejado atrás.
Berta baja la mirada. Rafa mete una mano en la caja y aparta algunas fotografías. Debajo hay varios sobres atados con una cinta que ha perdido el color. Sé lo que son antes de que diga nada.
—Las cartas —murmuro.
—Todas las que llegaron —confirma.
Las miro sin tocarlas. Son muchas. Más de las que estaba preparada para encontrar.
—¿Nunca me disteis ninguna?
—No —responde Berta.
—¿Ni siquiera una? —pregunto, y la voz me sale mucho más pequeña de lo que esperaba.
—No.
Tengo que apartar la mirada y limpiarme con el dorso de la mano las lágrimas que no consigo contener. Durante meses Diago intentó llegar hasta mí creyendo que yo elegía no contestar, y yo ni siquiera supe que alguien estaba intentando encontrarme.
Levanto la vista hacia Berta.
—Entonces, ¿por qué le escribiste esa carta? —pregunto, apretando los dedos alrededor de uno de los sobres.
Mi tía se seca una lágrima con los dedos.
—Porque llevaba meses llamando y escribiendo.
Porque tú empezabas a dormir mejor, habías vuelto al colegio, comenzabas a reírte otra vez…
y yo vivía aterrada pensando que cualquier cosa relacionada con Asturias podía devolverte a aquellos primeros meses.
—Niega despacio con la cabeza—. Primero ignoré las llamadas y después las cartas.
Pero él seguía insistiendo y yo… pensé que tenía que conseguir que dejara de buscarte.
Siento que algo me quema detrás de los ojos.
—Así que hablaste por mí.
—Sí.
—Le hiciste creer que yo no quería saber nada de él.
Berta aprieta los labios antes de asentir.
—Sí —responde esta vez sin rodeos.
Mi tío vuelve a meter la mano en la caja.
—Hay otra cosa.
Saca un sobre de papel amarillento, bastante más pequeño que los demás, y me lo ofrece.
—Esto también debería haber sido tuyo hace mucho tiempo.
Lo cojo con cuidado. Pesa tan poco que casi parece vacío.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Levanto la solapa y vuelco el contenido sobre la palma de mi mano. Varios pétalos secos caen sobre mi piel, todavía amarillos en algunos bordes, marrones en otros y quebradizos por los años. El aire abandona mis pulmones.
«Mi girasol».
—No… —murmuro.
Rafa se inclina hacia delante.
—Cuando llegamos al hospital, una de las enfermeras que te atendió nos entregó varios pétalos de girasol que todavía apretabas entre las manos. Nos dijo que habían intentado retirarlos para atenderte, pero no querías soltarlos. Debió de pensar que significaban algo para ti, así que los guardé.
—¿Durante todos estos años? —pregunto, mirándolo a los ojos.
—No sabía qué significaban —admite—. Solo sabía que te habías aferrado a ellos con tanta fuerza que no fui capaz de tirarlos.
Los pétalos tiemblan sobre mi palma y el recuerdo regresa a mí con una claridad que duele.
El girasol. El coche. Mis dedos cerrados alrededor del tallo durante aquel último viaje.
Había olvidado casi todo, pero lo que tengo ahora entre las manos demuestra que, incluso entonces, cuando todo empezaba a borrarse, hubo una parte de mí que se negó a soltarlo.
Berta empieza a llorar en silencio.
—Creí que estaba ayudándote a olvidar algo que te hacía daño —dice mientras se limpia las mejillas—. Y tardé demasiado en entender que también te estaba quitando cosas que habías querido.
Miro las fotografías, las cartas y los pétalos extendidos sobre mi palma. Una parte de mi vida reducida a objetos que otros decidieron guardar hasta que yo estuviera preparada.
—No necesitaba que me ayudaras a olvidar —murmuro.
—Lo sé —responde, incapaz de sostenerme la mirada.
Cierro los dedos con muchísimo cuidado alrededor de los pétalos.
—Necesitaba que estuvieras conmigo cuando recordara.