Perdiendo el Norte Capítulo 58
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Capítulo 58

El trayecto hasta casa de mis tíos dura poco más de veinte minutos y me paso diecinueve deseando que dure el doble.

Brisa conduce sin poner música, algo tan impropio de ella que dice bastante más de lo que cualquiera de las dos se atreve a comentar.

De vez en cuando noto que me mira de reojo, pero no pregunta si estoy bien.

Supongo que después de tantos años ha aprendido que hay preguntas que solo sirven para obligarte a mentir.

Cuando gira en la calle de Berta, se me encoge el estómago. He venido aquí miles de veces. He celebrado cumpleaños, Navidades, domingos de comida familiar y tardes en las que aparecía sin avisar para robarle croquetas a mi tía. Durante muchos años esta casa fue mi hogar.

«Hoy parece otra».

—Puedo entrar contigo —dice Brisa mientras aparca frente a la verja.

—Lo sé.

—También puedo quedarme en el coche, ir a tomar un café o dar vueltas alrededor de la manzana fingiendo que no estoy vigilando la puerta como una psicópata.

La miro.

—¿Cuántas vueltas?

—Las que hagan falta —responde sin dudar—. He traído zapatillas cómodas.

Se me escapa una sonrisa pequeña. Brisa apaga el motor y se gira hacia mí, esta vez sin ninguna intención de hacerme reír. Me coge la mano y entrelaza nuestros dedos sobre la consola.

—Tess, no tienes que salir de ahí entendiéndolo todo —dice mientras me aprieta los dedos—. Solo tienes que salir sabiendo un poco más de lo que sabes ahora.

Trago saliva.

—Ese es el problema —admito, bajando la vista hacia nuestras manos—. Ya no sé cuánto más quiero saber.

—Pues empieza por lo que necesitas —responde con un tono tan sereno que casi parece impropio de ella.

Asiento y suelto su mano antes de abrir la puerta.

—Si dentro de una hora no he salido…

—Entro con el tenedor —me corta sin pestañear.

—Lo has dejado en casa.

Brisa abre la guantera y señala una minicaja de herramientas.

—Tengo alternativas —añade, subiendo y bajando las cejas.

Cierro la puerta sin darle la oportunidad de enseñarme nada y camino hacia la casa. Solo he recorrido la mitad del pequeño sendero cuando Berta aparece detrás del cristal de la entrada. Debe de haber estado pendiente de mi llegada, porque no me da tiempo ni a llamar.

Abre la puerta y, al principio, ninguna de las dos dice nada.

Mi tía lleva unos pantalones oscuros y una camisa que reconozco porque se la regalé por su último cumpleaños.

Tiene el pelo recogido de cualquier manera y el cansancio marcado alrededor de los ojos.

De pronto me pregunto cuánto habrá dormido desde nuestra llamada.

—Hola, cariño —murmura.

Siento una punzada muy dentro. Berta da un paso hacia mí, quizá por pura costumbre, pero se detiene cuando comprende que yo no hago lo mismo.

La vacilación dura solo un instante. Después junta las manos delante del cuerpo, como si necesitara darles algo que hacer ahora que no puede usarlas para abrazarme.

—Hola.

Rafa aparece al fondo del pasillo.

—Tessa.

Su voz consigue que aparte los ojos de mi tía. Él tampoco sonríe. Se acerca despacio hasta colocarse a su lado y apoya una mano en su espalda, justo entre los omóplatos.

Esa forma de sostenerla me resulta tan conocida que casi duele.

—Pasa —dice.

Cruzo el umbral y Berta cierra detrás de mí. La casa huele igual que siempre: café, suavizante y un aroma dulce dulce que seguramente lleva horas esperando sobre la encimera porque mi tía sigue creyendo que ningún problema es tan grave si hay algo casero para acompañarlo.

«Todo está donde debería estar».

Las fotografías sobre el mueble del recibidor.

El jarrón que odio desde que tengo uso de razón.

Las marcas en el marco de la cocina donde Berta apuntaba mi altura cuando era pequeña y yo protestaba porque Rafa hacía trampa levantándome el pelo.

La misma casa. Y, sin embargo, tengo la sensación de haber entrado por primera vez.

—¿Quieres tomar algo? —pregunta mi tía mientras camina hacia la cocina—. He hecho café, pero también puedo…

—No quiero nada.

—Vale —responde, dejando caer los hombros.

—Sentémonos —dice mi tío y señala el salón.

Los sigo y ocupo uno de los extremos del sofá. Berta se sienta enfrente, en el sillón, y Rafa acerca una silla para acomodarse a su lado. Durante unos segundos nadie habla. Mi tía retuerce los dedos sobre el regazo y yo descubro que estoy haciendo exactamente lo mismo con la correa del bolso.

Dejo de hacerlo.

—No sé por dónde empezar —dice al fin Berta.

—Yo sí —añado, mirándola—. Por la carta.

Ella cierra los ojos un instante y el aire abandona mis pulmones despacio.

—La escribiste tú —confirmo.

Rafa baja la mirada y mi tía tarda unos segundos en asentir.

—Sí.

Una sola palabra. Cuatro días dándole vueltas, intentando convencerme de que todavía podía existir alguna explicación distinta, y resulta que cabe entera en una sílaba.

—¿Por qué?

—Porque estaba asustada —responde casi sin voz.

—Yo tenía diez años —digo, demasiado alto.

—Precisamente. —Berta entrelaza las manos sobre el regazo y tarda unos segundos en continuar—. Tardaste días en despertar, Tessa. Y cuando por fin lo hiciste… ya no eras del todo la misma niña.

—¿Qué significa eso? —pregunto, aunque empiezo a tener miedo de la respuesta.

Mi tía traga saliva.

—Que no recordabas el accidente. O, al menos, eso parecía.

Cuando intentábamos hablarte de lo que había pasado, gritabas, negabas con la cabeza y nos pedías que dejáramos de mentirte.

Había días en los que preguntabas cuándo iban a venir tus padres a buscarte y otros en los que parecías saber perfectamente que habían muerto, pero no soportabas que pronunciáramos sus nombres.

—Se lleva una mano a la boca un instante antes de obligarse a bajarla—.

Dormías muy poco. Tenías muchísimas pesadillas, te despertabas llorando y luego no sabías decirnos qué habías soñado.

Durante semanas no querías quedarte sola.

Noto que los dedos se me clavan en la correa del bolso.

Hay partes de aquello que conozco: los médicos, los psicólogos y aquel silencio que a lo largo de los años nadie supo explicarme.

Berta siempre me había hablado de aquellos meses como quien rodea un agujero intentando no acercarse demasiado al borde.

«Nunca así».

—¿Y Asturias?

Rafa desvía la vista hacia mí, sin embargo, es Berta quien responde.

—Era todavía peor. Al principio intentamos hablarte de la casa, de los veranos, del pueblo…

Pensábamos que recordar cosas buenas podía ayudarte.

Pero te alterabas. A veces decías que no sabías de qué estábamos hablando y otras empezabas a llorar sin entender por qué.

Parecías haber perdido gran parte de aquellos viajes, sobre todo lo relacionado con ese último verano.

—Así que dejasteis de hablarme de ellos —susurro.

—Poco a poco —admite Berta, bajando la barbilla—.

Los médicos nos dijeron que no te forzáramos, que la memoria podía regresar cuando estuvieras preparada.

Y cada vez que intentábamos acercarnos al tema, tú empeorabas.

Así que dejamos de preguntar, de nombrar ciertos lugares y de contar ciertas historias.

La observo unos segundos mientras una pregunta empieza a abrirse paso entre todas las demás.

—Entonces ¿por qué no me lo contasteis cuando dije que quería volver? —pregunto—. Sabíais que iba a esa casa y lo que podía encontrar allí.

Berta intercambia una mirada con Rafa.

—Lo hablamos —responde él.

—Muchas veces —añade mi tía frotándose las manos sobre el regazo—. No sabíamos si volver allí haría que recordaras algo o si simplemente encontrarías una casa y un pueblo que ya no significaban nada para ti. No sabíamos lo que podía provocar.

—Y aun así me dejasteis ir.

—Eras tú quien había decidido volver, Tessa. —Berta levanta por fin la mirada—. Durante años nos dijeron que, si los recuerdos regresaban, tenía que ser cuando estuvieras preparada. Y por primera vez eras tú quien estaba acercándose a todo aquello sin que nadie te empujara.

—Podríais haberme avisado.

—Sí. —No intenta defenderse—. Deberíamos haberlo hecho.

—¿Y por qué no lo hicisteis?

Berta tarda unos segundos en contestar.

—Porque temía que, si te lo contaba antes de que fueras, acabara empujándote a recordar algo para lo que todavía no estabas lista. Y porque, si te soy sincera, una parte de mí seguía esperando que no recordaras nada.

La confesión cae entre nosotras.

—¿Esperabas que no recordara?

—Esperaba que no volvieras a sufrir igual que entonces —corrige con la voz quebrada—. No es exactamente lo mismo, aunque ahora sé que durante demasiado tiempo actué como si lo fuera.

Algo frío empieza a instalarse dentro de mí.

—¿Qué más hicisteis? —pregunto mientras una lágrima se desliza por mi mejilla.

Berta parece no encontrar las palabras. Mi tío coloca su mano en el hombro de ella.

—Quitamos algunas fotografías.

—¿Qué? —pregunto, buscando una explicación en su expresión.

—Del álbum —aclara Rafa apretando con suavidad el brazo de mi tía.

El corazón me da un golpe extraño.

—¿Del álbum azul?

Rafa asiente.

—Había fotografías de aquel último verano.

Algunas de la casa, del pueblo… tuyas. —Mira un segundo a Berta antes de volver a mí—.

Cada vez que aparecía algo relacionado con aquellos meses te quedabas bloqueada o terminabas teniendo una mala noche.

Al principio las apartamos pensando que sería temporal.

—Pero nunca las devolvisteis.

—No. Solo… la fotografía rota por la mitad que encontraron en tu bolsillo.

Me cuesta unos segundos encontrar la voz.

—¿Cuántas cosas de mi vida decidisteis esconderme?

—Demasiadas —responde mi tía, cerrando los ojos.

La respuesta me desarma un poco porque no intenta defenderse. Rafa se pone en pie.

—Espera aquí.