Capítulo 57
—Vamos a ir —murmuro con la vista perdida en la maleta que todavía no he deshecho.
No sé por qué, pero siento que, si la abro del todo y guardo cada cosa en su sitio, algo de lo que ha pasado allí va a quedarse también encerrado en un cajón. Como si ordenar la ropa significara cerrar el norte antes de estar preparada para hacerlo.
Una mano cae sobre mi clavícula y no necesito girarme. Brisa no se ha separado de mí desde que le conté todo. No es la primera vez que me encuentra a oscuras y se queda hasta que vuelvo a ver algo.
—Eso dijiste ayer —murmura mientras me aprieta—.
No es que dude de tu palabra, pero si necesitas unas horitas más para prepararte mentalmente, tampoco va a abrirse una grieta en Sevilla.
Y que conste que, cuando compramos los billetes, yo no esperaba que fueras a presentarte en casa de tus tíos nada más aterrizar.
Cero presiones. Mira qué madura estoy siendo.
Dejo caer los hombros y mi mirada termina en el portátil abierto sobre la cama, con SOS Corazón ocupando la pantalla.
Es lo único que he hecho desde que llegamos: responder algunas de las consultas que Elena me había enviado porque necesitaba sacar algo de todo lo que llevaba dentro, aunque fuera ocupándome de problemas ajenos.
En el norte perdí muchísimo hace años. Estos días, sin embargo, he recuperado bastante más de lo que esperaba.
—Estoy lista —digo al fin.
Saco el teléfono del bolsillo y abro la conversación con Diago.
Los últimos mensajes siguen ahí, exactamente donde los dejé ayer.
Me quedo unos segundos mirando sus palabras.
No hemos hablado de cuándo volveré, ni de todo lo que quedó en el aire entre nosotros cuando subí al coche con Brisa.
Cuando tenga las respuestas que he venido a buscar, lo llamaré.
Suspiro y guardo el móvil.
—Ahora sí.
Brisa coge su bolso y me observa con cautela.
—¿Ahora sí de verdad o ahora sí de esos que necesitan veinte minutos, dos cafés y una pequeña crisis existencial?
—De verdad.
—Qué decepción. Ya tenía preparado el café —dice mientras va a apagar la cafetera.
Me sacudo esa sensación que me acompaña desde que recordé el accidente, como si así pudiera dejarla aquí. Recojo el bolso, echo una última mirada al salón y camino hacia la puerta. Giro el pomo y, al abrir, me encuentro a Mikel al otro lado, con el puño suspendido en el aire a punto de llamar.
«Mierda».
—Hola, Tess.
—Esa voz me suena y no me gusta nada —grita Brisa desde la cocina—. Espero que no sea el innombrable porque tengo un tenedor en la mano, demasiados documentales vistos y muy pocos escrúpulos ahora mismo.
Cierro los ojos un segundo.
—Es él.
—Perfecto. No te muevas, que voy.
—Puedo gestionarlo sola —digo cuando escucho los pasos de Brisa acercándose—. ¿Qué quieres, Mikel?
—Joder, Tess, solo quería hablar contigo… disculparme por todo lo que pasó y no sé…
Lo miro un momento y descubro que ya no siento la necesidad de buscar una explicación entre sus palabras.
Quizá porque llevo días respondiendo consultas de mujeres que intentan llamar amor a cosas que solo les han hecho daño.
O porque, después de todo lo que he recuperado en el norte, ya sé distinguir mejor una cosa de la otra.
Mikel no me enseñó lo que era querer a alguien. Me enseñó lo que no pienso volver a aceptar. Y, por extraño que parezca, entenderlo ya no duele.
Me enderezo y apoyo una mano en el marco de la puerta.
Hace unos meses habría necesitado saber por qué.
Habría buscado alguna grieta en su explicación donde meter todas mis preguntas, como si encontrar la respuesta correcta pudiera cambiar el final.
Ahora solo veo a un hombre que eligió hacerme daño y que llega demasiado tarde para explicarse.
—No necesito que me cuentes nada, Mikel —digo sin apartar la mirada—. Lo que hiciste ya me dio todas las respuestas que necesitaba.
Él inspira y abre la boca, pero levanto una mano antes de que encuentre otra excusa disfrazada de explicación.
—Y tampoco te odio —añado, negando despacio con la cabeza—. Odiarte sería seguir dedicándote una energía que ya no tengo ninguna intención de gastar contigo.
Siento a Brisa detrás de mí. No interviene, tampoco lo amenaza con el tenedor ni suelta ninguno de sus comentarios. Simplemente está, y saber que podría girarme y encontrarla allí hace que mantenga los hombros un poco más rectos.
—Solo quería que supieras que lo siento —murmura Mikel, bajando la mirada.
Lo observo unos segundos. Antes esas palabras quizá habrían significado algo; hoy llegan cuando ya no necesito recibirlas.
—Bien —respondo con calma—. Ya lo sé.
Mikel vuelve a mirarme como si esperara una pregunta, un reproche o quizá incluso el permiso para sentirse mejor consigo mismo. No se lo doy. Ajusto el bolso sobre mi hombro y apoyo una mano en el borde de la puerta.
—Ahora tengo cosas bastante más importantes que hacer.
Algo cambia en su expresión justo cuando asiente.
No hay abrazo, ni última mirada dramática, ni una de esas despedidas que necesitan música de fondo para parecer trascendentales.
Mikel simplemente se da la vuelta y se marcha.
Dejo que se aleje unos pasos antes de cerrar la puerta y mantengo la mano unos segundos sobre el pomo.
Espero sentir alivio, tristeza o rabia, pero no llega nada. Y quizá eso sea lo más parecido a cerrar una historia: dejar de necesitar respuestas.
Brisa me abraza por detrás con fuerza y apoya la barbilla en mi hombro.
—Estoy orgullosa de ti —murmura mientras me aprieta un poco más—. Aunque, si me lo hubieras pedido, ese tenedor habría tenido una participación mucho más activa en la conversación.
Se me escapa una risa y apoyo las manos sobre su brazo.
—Me preocupa muchísimo que lleves varios minutos agarrándolo como si fuera un arma reglamentaria.
—Cinco temporadas de documentales sobre crímenes no pueden caer en saco roto —responde, levantando el tenedor frente a nosotras y dejándolo por fin sobre el mueble de la entrada.
—Prométeme que nunca usarás esa frase delante de un juez.
—Dependerá de lo guapo que sea.
Brisa resopla contra mi pelo y termina soltándome para quedar cara a cara conmigo. No dice nada al principio. Solo me mira de esa forma suya que siempre atraviesa cualquier intento de fingir que estoy bien.
—Hablo en serio, Tess —dice mientras me coloca un mechón detrás de la oreja—. Hace unas semanas ese hombre habría conseguido entrar, sentarse en tu sofá y explicarte durante una hora por qué hizo lo que hizo. Y tú habrías terminado preguntándote si estabas siendo demasiado dura con él.
La sonrisa se me apaga un poco porque sé que tiene razón. Bajo la vista hacia el bolso que todavía cuelga de mi hombro y juego con la correa entre los dedos.
—Puede que haya aprendido algunas cosas.
—Puede que hayas vuelto a hacerte caso —corrige, dándome un pequeño toque bajo la barbilla para que vuelva a mirarla—.
Que ya era hora, por cierto. Llevas años cobrando por decirles a otras mujeres que no acepten mierdas, hasta que aparece un señor con buena mandíbula y decides saltarte tu propio manual de instrucciones.
—No cobraba por eso exactamente.
—Déjame tener mi momento.
Pongo los ojos en blanco, sin embargo, algo de lo que acaba de decir se instala donde antes había demasiado ruido.
Durante años me he ganado la vida diciéndoles a otras mujeres que no confundieran migajas con amor, que no buscaran explicaciones capaces de justificar lo injustificable y que querer a alguien nunca debería significar empequeñecerse para conseguir que se quedara.
Después llegó Mikel y todo ese criterio que parecía tan sencillo cuando hablaba de los demás se me deshizo entre los dedos.
Ahora vuelve a estar ahí. Puede que con alguna grieta y bastantes cicatrices, pero vuelve a ser mío.
—No pongas esa expresión —protesto cuando descubro a Brisa sonriendo.
—¿Cuál?
—La de «mi pequeña ha crecido».
—Estaba pensando algo mucho más emocionante: «por fin puedo dejar de esconder cadáveres imaginarios por ti».
—Qué alivio —digo, soltando un suspiro.
—Enorme. Ocupan muchísimo espacio.
Me río otra vez y ella aprovecha para quitarme las llaves de la mano antes de que pueda reaccionar.
—Venga —dice, haciéndolas tintinear—. No sea que aparezca otro hombre de tu pasado y tengamos que cobrar entrada.
—Dámelas.
—Conduzco yo.
—Brisa…
—Tú vas a enfrentarte a veinte años de secretos familiares. Déjame al menos pelearme con el tráfico.
La miro un momento y termino cediendo.
—Vale.
—Mira qué fácil. —Se guarda las llaves en el bolso con una sonrisa satisfecha—. Hoy estás que te sales.
Antes de seguirla, vuelvo la cabeza hacia el salón. La maleta continúa donde la dejé, cerrada y sin deshacer, como si una parte de mí todavía se negara a aceptar que el viaje al norte ha terminado.
Brisa ya tiene la puerta abierta cuando me mira por encima del hombro.
—¿Vienes?
Mantengo la vista en la maleta un segundo más.
—Ya voy.
No sé muy bien si se lo digo a ella o a todo lo que todavía me espera en el norte.