Capítulo 56
El martillo de Mateo cae torcido por tercera vez.
—Otra vez —le digo mientras sujeto la placa de cobre para que no termine en el suelo.
—Está bien.
—Está torcida.
—La de Teressa también estaba torcida.
Levanto la vista y suelto la placa. Mateo aprovecha esos dos segundos de ventaja para alzarla con una sonrisa de triunfo.
—Y dijo que los corazones torcidos también merecían una oportunidad —añade con la solemnidad de quien acaba de demostrar una teoría irrefutable.
—Eso era un corazón. Tú estás intentando hacer una estrella —le recuerdo mientras cojo las tenazas.
—Eso sirve para todo.
Desde el otro lado de la mesa, Inés suelta una carcajada.
Lleva más de diez minutos estampando flores en una lámina que probablemente no soportará una sola más, pero Lolina tendrá que colgarla en algún lugar visible si quiere evitar un conflicto familiar.
Mi abuelo carraspea desde la tienda y no necesito asomarme para saber que está sonriendo.
Hace cuatro días que Teressa se marchó y, al parecer, hasta los niños han decidido convertirse en especialistas en detectar mis defectos. Mateo vuelve a levantar el martillo. Esta vez corrige la posición antes de golpear y la estrella aparece casi completa sobre el cobre.
—Mejor —le digo, satisfecho, y empiezo a recoger las herramientas.
El niño contempla su trabajo un instante.
—¿Se la puedo enseñar a Teressa cuando vuelva?
La pregunta me pilla justo cuando estoy guardando una lima.
—Si vuelve durante el curso.
—Va a volver.
Lo dice con la misma seguridad con la que afirma que el yunque tiene sentimientos. Dejo la herramienta sobre la mesa.
—Concéntrate.
—Eso no es una respuesta —protesta Mateo con el ceño fruncido.
—Lo sé.
—Entonces…
—Mateo.
—Vale.
Inés levanta la cabeza de inmediato.
—Mi abuela dice que cuando dices el nombre de alguien así es porque estás a punto de gruñir —canturrea.
Severino deja escapar una carcajada al otro lado del arco.
—¿Quieres venir tú a dar el curso? —le pregunto.
—Yo ya he trabajado bastante en esta vida —responde sin molestarse en aparecer—. Ahora me toca disfrutar.
—Curiosa manera de hacerlo.
Los niños continúan golpeando y logro concentrarme durante los siguientes minutos.
Calentar, corregir, observar. La rutina de la fragua me mantiene ocupado y, por un rato, eso basta.
Cada golpe reclama atención, cada pieza necesita algo distinto y yo agradezco tener las manos demasiado ocupadas para pensar en Teressa.
El móvil vibra sobre el banco de trabajo y mi mano se detiene antes de alcanzar el martillo. Todo mi cuerpo se tensa por puro reflejo.
«La nombran dos veces y ahora parece que la hayan invocado».
Aprieto la mandíbula y decido no mirarlo.
—Te han escrito —comenta Mateo, poniéndose de puntillas para curiosear.
—Lo he oído.
—¿No vas a leerlo?
—Estoy trabajando.
—Puede ser importante —insiste Mateo.
Inés le da un golpe suave con el codo.
—Seguro que es Teressa —añade en un susurro lo bastante alto para que yo la oiga.
Levanto la vista hacia ellos con seriedad. Inés baja de inmediato la cabeza y finge un interés repentino por su placa. Mateo, en cambio, sostiene mi mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues martilla.
Mateo obedece sin borrar la sonrisa. El móvil permanece en silencio sobre el banco de trabajo.
Teressa me escribió al llegar a Sevilla y le respondí que descansara.
Desde entonces hemos intercambiado algunos mensajes sin importancia: una fotografía de Tizón durmiendo atravesado delante de la puerta de la fragua, una queja suya porque Brisa había ocupado medio baño y algún «buenas noches» demasiado tarde.
Ayer me dijo que todavía no había hablado con Berta.
No le pregunté cuándo pensaba hacerlo. Le dije que podía tomarse el tiempo que necesitara y pienso cumplirlo, aunque empiece a sospechar que mis buenas intenciones tienen una capacidad sorprendente para tocarme los cojones.
—Diago.
Alzo la cabeza y encuentro a mi abuela apoyada en el arco con los brazos cruzados.
—¿Qué?
—Llevas un rato mirando el móvil.
—No lo estaba mirando.
—Claro —dice mi abuela, señalando con la barbilla el teléfono.
—Estoy trabajando.
Severino aparece detrás de ella con una caja entre las manos.
—Déjalo, Olaya.
Ella le dirige una mirada que habría hecho retroceder a cualquiera con un mínimo instinto de supervivencia. Mi abuelo continúa caminando como si llevara cincuenta años practicando precisamente para esto.
—¿Qué os pasa hoy a todos? —pregunto.
—A nosotros, nada —responde Olaya encogiéndose de hombros.
—Entonces estupendo.
—Estupendo.
Regresa a la tienda y no necesito verla para saber que acaba de decirle algo a Severino en voz baja. Decido ignorarlos. Bastante tengo con admitir para mí mismo que la ausencia de Teressa pesa más de lo que debería.
Lara se lleva al resto de los niños poco después de las seis. Inés sale la primera para enseñarle su placa a Lolina y Mateo se queda rezagado junto al yunque. Lo veo estirar una mano y niego con la cabeza.
—Teressa me habría dejado.
—Pero ella no está aquí y esta es mi fragua. Venga, a correr.
Mateo me observa con una seriedad preocupante para alguien que todavía tiene restos de merienda en la camiseta. Después me saca la lengua.
—Fuera.
Se ríe y sale corriendo antes de que pueda responder.
—Ese niño va a acabar dirigiendo el pueblo —comenta Nico desde la entrada.
No lo había oído llegar. Deva aparece detrás de él con dos bolsas de papel y una sonrisa que no me gusta.
—Y tú tendrás que obedecerlo —añade y deja una de las bolsas sobre el mostrador.
—¿Qué queréis?
—Qué bonito verte también —responde Nico.
—Traemos comida —explica Deva mientras levanta una de las bolsas como si eso justificara su presencia—. Tu abuela nos ha dicho que probablemente seguirías aquí hasta que alguien te obligara a parar.
Miro hacia la tienda. Olaya me da la espalda y se entretiene moviendo unas piezas que no necesitaban ningún arreglo.
—Traidores.
—Yo no he dicho nada —responde sin volverse, aunque el tono la delata bastante más que cualquier confesión.
Deva entra en la fragua, deja las bolsas sobre el mostrador y echa un vistazo a la mesa de los niños.
—¿Cómo ha ido?
—Han terminado todos con diez dedos —respondo a la vez que guardo las herramientas.
—Entonces ha ido bien.
Nico recoge una de las placas abandonadas, la gira entre los dedos y alza la vista hacia mí.
—¿Y Teressa?
Devuelvo la atención a la pieza que tengo delante.
—En Sevilla —respondo, más seco de lo necesario.
—Eso ya lo sabemos —interviene Deva mientras se apoya en el borde del mostrador—. La pregunta era cómo está.
—Bien.
—Qué cantidad de información.
—Está arreglando cosas con su familia.
—¿Y cómo va todo por allí? —pregunta Nico, dejando la placa de nuevo sobre la mesa.
—No lo sé —respondo apretando la mordaza del tornillo.
Cuando levanto la cabeza, me encuentro a los dos mirándome en silencio.
—¿Qué?
—Nada —responde Nico.
—Ya, claro. Decid lo que sea que hayáis venido a decir y acabamos antes.
Deva abre una de las bolsas, le da un codazo a Nico para que se aparte, saca cinco empanadillas y me tiende una.
—¿No has hablado con ella?
—Sí.
—Pero no sabes si ha hablado con su tía.
—Cuando quiera contarme lo que ha pasado, me lo contará —respondo y cojo la empanadilla—. No pienso presionarla.
—¿Quién ha dicho que tengas que presionarla? —Deva deja la suya sobre el papel—. Darle espacio está bien, Diago. Convertirte en una estatua mientras esperas a que vuelva es otra cosa.
—No estoy esperando —mascullo entre dientes.
Nico mira hacia la puerta de la fragua.
—Llevas cuatro días levantando la cabeza cada vez que pasa un coche por la carretera.
—Pasan coches. Trabajo de cara a la puerta, es normal que mire —aclaro con un gruñido.
—También trabajabas de cara a la puerta antes —añade Deva y le da otro mordisco a la empanadilla para disimular la sonrisa.
—Os podéis ir los dos.
—Podemos —concede ella—, pero seguirías aquí cuando volviéramos mañana.
Cojo las tenazas y meto la pieza en el fuego de un empujón. Nico espera unos segundos y vuelve a hablar.
—¿Te acuerdas de cuando éramos críos y me contaste lo de la chica del sur que esperaste aquel verano?
«Claro que me acuerdo, demasiado bien».
—Esto no es lo mismo —digo mientras observo el metal recuperar color.
—No —admite Nico—. Ahora sabes dónde está.
—Y sé que necesita estar allí —digo, retirando la pieza del fuego.
—Claro que lo necesita —interviene Deva—. El problema es que pareces haber decidido que respetar eso significa quedarte aquí sin hacer nada.
—¿Qué queréis que haga? —pregunto más alto de lo que pretendía.
—Nada en concreto —responde Deva sin apartar la mirada de mí—. Solo que dejes de convencerte de que todo depende de que ella vuelva.
Descargo el martillo contra el metal una vez y después otra. La pieza cede bajo el golpe. Cuando vuelvo a mirar a Deva, ella se limita a coger otra empanadilla, como si no acabara de meterme el dedo justo donde más molesta.
Nico tarda poco en regalarnos una opinión que nadie le ha pedido.
—Además, hay una diferencia importante entre ahora y cuando tenías trece años.
—Que tengo menos paciencia —mascullo.
—También —responde con una sonrisa—. Pero ya no eres aquel crío.
Deva le da un codazo.
—Muy sutil.
—Nunca he vendido sutileza.
Me paso una mano por la nuca y vuelvo la vista hacia la pieza.
—Si me necesitara, me lo diría.
—¿Tú se lo dirías? —pregunta Nico, alzando las cejas.
Lo miro de reojo. El cabrón ya sabe la respuesta, y eso es lo que más me molesta.
—Eso pensaba —murmura él.
El móvil vibra sobre el banco y los tres volvemos la cabeza al mismo tiempo.
—¿Vais a seguir mirando? —pregunto mientras voy a cogerlo.
—Sí —responde Deva sin ningún pudor.
Desbloqueo la pantalla y aparece el nombre de Teressa.
Creo que mañana voy a hablar con Berta.
Rafa también estará.
Leo el mensaje dos veces y Deva intenta inclinarse para mirar.
—Ni se te ocurra.
—No estaba mirando.
Me alejo un par de pasos mientras pienso qué responder.
«¿Quieres que te llame?». Lo escribo y lo borro.
«Cuéntame en cuanto termines» . Vuelvo a borrar.
No quiero que piense que tiene que contarme nada si no está preparada ni convertir una conversación que ya debe de darle suficiente miedo en otra obligación. Al final escribo solo:
Estoy aquí.
La respuesta tarda menos de un minuto.
Lo sé.
Me quedo mirando esas dos palabras mientras detrás de mí Nico y Deva discuten sobre quién se ha comido la última empanadilla.
Durante cuatro días me he repetido que esperar era la mejor forma de estar a su lado y puede que incluso lo sea.
Sin embargo, mientras guardo el móvil, no puedo evitar acordarme de todas aquellas tardes en las que miraba hacia la carretera confiando en verla aparecer.
Entonces no sabía dónde estaba ni qué había ocurrido.
«Ahora sí».
Y quizá lo que más me joda sea descubrir que, después de tantos años, todavía sé esperar demasiado bien cuando se trata de Teressa. Tal vez sea hora de dejar de esperar.