Capítulo 55
Miro a Diago como si acabara de decirme que hay un oso esperando al otro lado de la puerta.
—No puede ser ella. No llegaba hasta pasado mañana.
—Pues alguien con su voz está amenazándote con una demanda.
Los golpes vuelven a sonar.
—¡Tessa! —grita Brisa desde fuera—. ¡Como estés muerta, me enfado muchísimo porque he facturado una maleta!
Me levanto del regazo de Diago tan rápido que casi le doy con la rodilla en la barbilla.
—Cuidado —gruñe, sujetándome por la cintura para evitar que termine en el suelo.
Recupero el equilibrio y sus manos me sueltan.
—¡Voy! —respondo hacia la puerta mientras me recoloco el jersey.
—¿Qué haces? —pregunta Diago con el ceño fruncido.
—Nada.
—Te estás arreglando la ropa.
Bajo la vista.
—Se me ha subido.
—Estabas sentada.
Entrecierra los ojos, aunque esa pequeña curva en su boca lo delata. Lo ignoro y cruzo el salón justo cuando Brisa vuelve a aporrear la puerta.
—¡Ya voy! —exclamo cuando estoy a punto de agarrar el pomo.
—¡Qué recibimiento tan bonito después de cruzarme media España por ti!
Abro y me encuentro con Brisa en el porche con una maleta enorme, un bolso cruzado sobre el pecho, una mochila colgada de un hombro y el pelo rubio convertido en una especie de manifiesto contra la humedad asturiana.
—¡Sorpre…! —empieza, pero se queda en silencio y le crece una sonrisa enorme.
Me examina la cara con una rapidez que me pone muy nerviosa. Después, su mirada salta por encima de mi hombro hasta Diago, vuelve a mí y termina otra vez en él.
—Vale —dice mientras arrastra la maleta hasta el recibidor—. Antes de que nadie diga nada, necesito confirmar que no he interrumpido una escena sexual porque llevo demasiadas horas viajando para gestionar algo así con madurez.
—Brisa.
—Era una pregunta preventiva —dice, soltando la mochila.
—No estabas interrumpiendo nada —aclara Diago a mi espalda.
Mi amiga lo mira de arriba abajo, analizando todo. Cualquier detalle puede dar pie a un interrogatorio para el que no estoy preparada.
—Eso ha sonado sospechosamente decepcionado.
—Brisa —repito.
—Ya me callo —dice, mientras levanta las manos en señal de rendición.
No se calla, nunca se calla. Sin embargo, cuando vuelve a mirarme, la expresión le cambia. Se acerca un paso y me toca la barbilla con dos dedos antes de observarme mejor.
—Has llorado.
Intento apartar la cara.
—Estoy bien.
—Esa frase contigo ya debería venir acompañada de una orden judicial.
—Brisa…
Esta vez escucha mi voz. Se quita el bolso y lo deja caer al suelo. La broma desaparece.
—¿Qué ha pasado? —pregunta mientras me sujeta por los brazos.
Abro la boca, pero no sé por dónde empezar.
«Accidente. Mis padres. Separación. Girasoles. Diago. Berta. Carta».
Todo sigue dando vueltas dentro de mi cabeza como si alguien hubiera metido veinte años de recuerdos en una centrifugadora y ahora esperara que yo separase los colores. Mi amiga mira a Diago.
—¿Qué ha pasado?
Él no responde por mí, solo me observa. Y no sé por qué ese gesto me ayuda más que cualquier explicación.
—Creo que vas a necesitar sentarte —murmuro.
—Odio muchísimo las conversaciones que empiezan así —responde Brisa mientras recoge el bolso y la mochila del suelo.
Agarro el asa de su maleta y la conduzco hasta la cocina. Cuando nos sentamos, intento decidir cuál de todas las bombas de hoy merece caer primero.
—¿Recuerdas el accidente de mis padres? —pregunto al fin.
—Sí…
Trago saliva y respiro hondo.
—Yo también iba en ese coche.
—Tess… —murmura, y la preocupación borra de golpe cualquier rastro de sorpresa de su rostro.
Y a partir de ahí ya no sé contarle una cosa sin que aparezca otra detrás.
Media hora después, Brisa continúa sentada en la misma silla con una rebanada de pan detenida a medio camino de la boca. No ha dado ni un mordisco en los últimos cinco minutos. Algo que, tratándose de ella, empieza a preocuparme.
Diago ha preparado una cena improvisada con lo que había en casa.
Queso, pan, embutido, una tortilla que todavía quedaba en la nevera y algo de empanada que sobrevivió milagrosamente después de nuestra primera visita al pueblo.
Yo he intentado ayudar, pero después de cortar dos veces el mismo trozo de pan sin conseguir separarlo, Diago me ha quitado el cuchillo de las manos. Sin preguntar. Muy él.
—Espera —dice Brisa al fin, dejando la rebanada sobre el plato—. Necesito rebobinar porque creo que mi cerebro se ha quedado sin memoria RAM.
—No hace falta que…
—Sí hace falta. —Levanta una mano para detenerme y señala a Diago con la otra—. Tú eras el niño.
Diago mastica despacio.
—Supongo.
—No supongas. Eras tú.
—Era yo —confirma.
Brisa se vuelve hacia mí con los ojos como platos.
—El niño de los recuerdos. El de los girasoles. El de la foto. El que te esperaba.
—Sí.
—Y tú no te acordabas de él —añade como si relatara un documental de esos que tanto le gustan.
—Eso ya lo sabes, te lo acabo de contar.
—Ya, pero ahora lo tengo sentado delante comiendo chorizo y la información ha adquirido otra dimensión.
Diago baja la mirada hacia su plato.
—Puedo dejar de comer si ayuda.
—No, por favor. Necesito que todo lo demás permanezca estable.
Se lleva ambas manos a las sienes.
—Vale. Seguimos. Tú —me señala con la rebanada— estabas en el coche.
Asiento y la expresión se le apaga.
—Joder, Tess.
—Sí.
—¿Lo has recordado entero?
—Lo suficiente.
Percibo la mirada de Diago, atento a todas mis palabras y movimientos. No me hace falta mirarlo: lo sé. Igual que noto su rodilla rozando la mía debajo de la mesa desde que nos hemos sentado.
Brisa tarda unos segundos en continuar.
—Y tus padres…
—Se iban a divorciar.
—Vale. Esto es una mierda —afirma y cierra los ojos un segundo.
—Gracias por el análisis.
—Estoy intentando procesarlo con vocabulario técnico.
Se me escapa una sonrisa.
—Y después está la carta —añade Diago mientras deja el vaso sobre la mesa.
Brisa vuelve a abrir los ojos.
—La famosa carta.
—No era famosa hasta hoy —murmuro.
—En mi cabeza ya tiene documental propio.
Le cuento lo que hemos encontrado en la caja.
Le hablo de las llamadas. Las cartas. La respuesta que recibió.
La conversación con Berta. Esta vez Diago interviene para completar algunos huecos, sobre todo cuando mi voz empieza a perder fuerza.
Lo hace sin apropiarse de la historia, limitándose a colocar las piezas que yo dejo caer por el camino.
En algún momento descubro a mi amiga observándolo con una atención sospechosa.
Después baja la vista hacia nuestras rodillas juntas bajo la mesa y vuelve a mirarme a mí.
«No dice nada, y eso es mucho decir».
Brisa escucha. De verdad. Sin interrumpirme ni recurrir a una sola de sus bromas. Cuando termino, se reclina contra la silla y cruza los brazos.
—Vale. Voy a decir algo y luego podéis explicarme por qué estoy equivocada.
Diago y yo intercambiamos una mirada.
—Eso nunca termina bien —murmuro.
—Tu tía contestó una carta haciéndose pasar por ti.
—Eso creo.
—Tessa.
—No lo ha reconocido directamente.
Brisa abre mucho los ojos y se inclina hacia mí, como si necesitara comprobar que estoy hablando en serio.
—¿Qué necesitabas? ¿Que firmara una confesión ante notario?
—Berta ha dicho que tomó decisiones que creyó que eran buenas para mí.
—Eso es un sí vestido con rebeca.
Diago se lleva un puño a la boca, pero el sonido que intenta esconder tiene muy poco de tos. Lo fulmino con la mirada.
—No la animes.
—No he hecho nada —se defiende, levantando las palmas.
Brisa lo señala con un dedo, satisfecha.
—Me cae bien.
Él arquea una ceja.
—Brisa.
—Vale, vale —cede, levantando las manos antes de volver a mirarme—. ¿Y ahora qué?
Bajo los ojos hacia el plato. Llevo diez minutos moviendo un trozo de queso de un lado a otro sin comérmelo.
—Tengo que volver a Sevilla.
Decirlo en voz alta hace que algo se me cierre por dentro. Percibo la tensión en la pierna de Diago al escuchar mis palabras.
—¿Cuándo? —pregunta Brisa.
—No lo sé.
—¿Mañana?
—No sé.
—¿Pasado?
Le sostengo la mirada.
—No te estoy presionando. Estoy entrando en modo logística porque, si entro en modo emocional, igual llamo a Berta y terminamos todas declarando en comisaría.
—No vas a llamar a nadie.
—Por eso he elegido logística.
Saca el móvil del bolso y empieza a tocar la pantalla.
—¿Qué haces?
—Mirar vuelos.
—Brisa…
—Tessa, no voy a comprarte nada sin preguntarte —aclara, mirándome por encima del teléfono—. Pero alguien tiene que encargarse de la logística porque tú llevas diez minutos intentando asesinar un queso con el tenedor.
Observo mi plato y el estado lamentable del trozo que llevo arrastrando de un lado a otro.
—Puedo llevaros al aeropuerto —ofrece Diago mientras deja el cubierto al lado del plato.
Levanto la vista hacia él. Después de todo, sigue haciendo lo mismo que ha hecho durante todo el día: buscar la manera de facilitarme algo, aunque sea una cosa tan pequeña como llevarme de un sitio a otro.
—Gracias, Diago, pero tenemos el coche de alquiler aparcado en la entrada —responde Brisa antes de volver a mirar el móvil—. Aunque, si alguien quisiera acompañarnos por motivos estrictamente sentimentales y nada relacionados con el transporte, tampoco voy a juzgar.
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿Puedes buscar vuelos sin convertirlo todo en una película romántica? —pregunto mientras le lanzo una mirada de advertencia.
—Puedo —responde, muy seria—. La pregunta es ¿por qué iba a hacerlo?
Diago baja la vista hacia su plato, pero la pequeña sonrisa que aparece en su boca lo traiciona.
—Hay un vuelo mañana a mediodía —continúa Brisa, recuperando por fin algo parecido a la profesionalidad—. También otro pasado mañana a primera hora. El de mañana es más caro, pero el de pasado nos obliga a madrugar como personas que han perdido cualquier respeto por la vida.
«Mañana».
Hasta hace unos minutos no sabía ni cómo iba a enfrentarme a Berta y ahora una palabra en la pantalla de Brisa acaba de ponerle hora de salida a todo esto. Desvío la vista a Diago. Él sostiene mi mirada sin preguntarme nada ni intentar influir en una decisión que sabe que tengo que tomar yo.
—Mañana —digo al fin.
Brisa asiente y deja el móvil sobre la mesa.
—Mañana, entonces.
Diago tarda un segundo más en reaccionar.
—Vale.
Debería sonar como una palabra sencilla, pero entre nosotros pesa bastante más.
Deslizo la mano por debajo de la mesa y busco la suya.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos en cuanto la encuentran, ocultos entre nuestras piernas mientras Brisa vuelve a comprobar horarios y empieza a explicarme algo sobre equipaje de mano que dejo de escuchar casi enseguida.
Estoy demasiado pendiente del calor de la mano de Diago y de todo lo que ese «vale» no ha dicho. Mañana volveré a Sevilla para encontrar las respuestas que llevo toda una vida sin saber que necesitaba.