Perdiendo el Norte Capítulo 54
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Capítulo 54

La llamada termina, pero Teressa tarda unos segundos en apartar la mirada del teléfono. Su mano sigue dentro de la mía y sus ojos permanecen clavados en la pantalla apagada, como si todavía pudiera encontrar alguna respuesta en ella.

Me mantengo en silencio. No porque no tenga nada que decir, sino porque tengo demasiado.

«Vuelve a casa».

La frase se repite en mi cabeza con más fuerza de la que me gustaría reconocer.

Sevilla está a cientos de kilómetros, pero durante un momento tengo la sensación de que acaba de plantarse en mitad del salón, entre la carta abierta, el cargador todavía enchufado y nuestras manos entrelazadas sobre la mesa.

—Hay más cosas —murmura Teressa con la vista perdida—. Lo has oído, ¿no?

—Sí.

—«Las que tendríamos que haberte contado hace mucho tiempo» —repite con una mueca—. Estupendo. Justo lo que una necesita escuchar después de descubrir que tiene media vida escondida detrás de una cortina.

Le acaricio los nudillos con el pulgar y aflojo un poco el agarre para poder mirarla mejor.

—Por lo menos ahora sabes que están dispuestos a hablar.

—Después de veinte años. Un servicio bastante rápido.

La ironía le sale cansada. Casi no tiene fuerza para sostenerla y, aun así, ahí está. Muy Teressa. Capaz de estar hecha polvo y encontrar energía suficiente para lanzarle una patada a la situación antes de dejar que la aplaste.

—¿Qué vas a hacer? —pregunto, observándola.

—No lo sé.

Asiento.

—Vale.

—¿Vale? —repite, mirándome como si acabara de decir una barbaridad.

—No tienes que decidirlo ahora.

Teressa se reclina contra el respaldo y frunce el ceño.

—Eso ha sonado sorprendentemente sensato viniendo de ti.

—Tengo momentos.

—Muy pocos.

—Por eso intento administrarlos bien.

La comisura de su boca se mueve y, aunque no llega a ser una sonrisa completa, me basta para notar cómo se afloja la presión que llevo en el pecho desde que Rafa ha pronunciado esas tres palabras.

Solo que dura poco. Teressa tiene que regresar.

No sé si mañana, pasado o dentro de una semana, pero la esperan una familia, una conversación pendiente, un trabajo en Sevilla y una vida que no cabe en esta casa, por mucho que en los últimos días me haya resultado demasiado fácil imaginarla aquí.

«Y ese es el problema».

Ya hice esto una vez: esperar que volviera porque me había prometido que lo haría.

Era un crío y pasé aquel verano pendiente de verla aparecer por la cuesta hasta que entendimos que no iba a hacerlo.

Después supe lo de sus padres y empecé a llamar, a escribir, a buscar durante meses alguna forma de hacerle saber que seguía aquí.

Entonces recibí aquella respuesta y dejé de esperar.

Aprendí bastante pronto que una promesa no siempre significa que alguien pueda cumplirla.

—Tienes que volver —digo, apretando su mano.

Teressa levanta la mirada hacia mí y permanece callada unos segundos.

No encuentro rechazo en su expresión, solo cansancio y demasiadas cosas compitiendo dentro de su cabeza.

Los rizos negros le caen desordenados alrededor del rostro y hasta el brillo obstinado de sus ojos parece haberse apagado un poco.

—Ya lo sé —murmura al bajar la vista—. Pero no sé cuándo. Ni qué hacer primero. Ni siquiera sé qué se supone que tengo que sentir ahora mismo.

Giro la silla un poco hacia ella.

—Acabas de enterarte. Date tiempo.

Teressa suelta mi mano, se pasa ambas por la cara y deja caer los hombros.

—Es que todo está ocurriendo demasiado rápido.

Esta mañana estaba intentando entender por qué había olvidado un beso y ahora resulta que mis padres iban a divorciarse, yo estaba en el coche, mi tía respondió una carta en mi nombre y tengo que volver a Sevilla para descubrir qué más decidió no contarme.

—Baja las manos y me mira—. Y tú dices «tienes que volver» como si fuera tan sencillo como coger una chaqueta.

No lo es. Nada de lo que le ha ocurrido hoy lo es, ni tengo una frase que lo vuelva más fácil. Después de años construyendo una reputación de hombre con pocas palabras, en unas semanas esta mujer ha logrado que las suelte sin supervisión.

—No he dicho que sea sencillo —respondo mientras recupero su mano—. He dicho que tienes que volver. No necesitas saber ni cuándo ni qué vas a decir al llegar. Solo que, cuando estés preparada, tienes que ir y escuchar lo que tengan que contarte.

Teressa contempla nuestros dedos entrelazados.

—Me da miedo.

No necesito preguntarle por qué. Después de lo que ha recuperado hoy, entiendo que le dé miedo abrir otra puerta sin saber qué hay detrás.

—Lo sé —respondo, acariciándola con el pulgar.

—¿Y si hay más cosas?

—Probablemente las haya.

Me mira con una mezcla de reproche y resignación.

—Podrías mentirme un poco.

—Se me da fatal.

—Eso también es verdad.

Exhala despacio y se hunde un poco más en la silla.

La observo hasta que creo entender qué necesita.

Lo mismo que necesitaba cuando era una cría y aparecía en la fragua con los ojos brillantes, fingiendo que no le pasaba nada.

No necesita más respuestas. Solo un sitio donde poder dejar de buscarlas durante un rato.

—Puedes quedarte aquí —le digo.

Teressa me observa. Quizá recuerda esas palabras o quizá solo entiende lo que quiero decir ahora.

Tiro suavemente de su mano para acercarla y ella no ofrece resistencia.

Se incorpora lo justo para salvar la distancia entre las dos sillas y termina sentándose de lado sobre mi regazo.

Entonces suelta mi mano para rodearme el cuello con los brazos y hundir la cara contra mi pecho.

—Aquí… —susurra, pegada a mi corazón.

La abrazo con fuerza. Eso sí sé hacerlo.

Le paso un brazo alrededor de la cintura para sostenerla contra mí y coloco la otra mano en su nuca hasta que su cuerpo empieza a ceder contra el mío.

No intento decirle que todo saldrá bien porque no tengo ni idea, ni sé si Berta podrá decir algo que lo arregle.

Hay cosas que las palabras no consiguen devolver a su sitio.

Me limito a quedarme con ella, dándole el tiempo que necesite.

—Estoy tan cansada —murmura contra mi camiseta.

—Ya.

—Y no me refiero a dormir.

—También lo sé.

—Podrías esforzarte con las respuestas —dice, levantando un poco la cabeza.

—Estoy haciendo varias cosas a la vez.

—Me estás abrazando —confirma, acomodando de nuevo la mejilla sobre mí.

—Exacto.

Una risa pequeña le vibra contra el pecho y algo dentro de mí se afloja al escucharla.

—Esto se te da bastante mejor que hablar.

—Eso llevo años intentando explicaros a todos.

—No explicas nada. Gruñes y esperas que traduzcamos.

—Hasta ahora ha funcionado.

Teressa sonríe y se acurruca un poco más sobre mí. La aprieto contra mi pecho antes de que empiece a darle demasiadas vueltas a todo.

—Cuando estés preparada, vuelves —murmuro sobre su pelo.

Noto cómo se queda quieta. Después levanta la cabeza.

—¿A Sevilla?

Bajo la mirada hacia ella. Los dos sabemos que no está preguntando solo por Sevilla, aunque ninguno parece dispuesto a decirlo en voz alta.

—Donde necesites ir.

Teressa vuelve la cabeza para mirarme.

—Cobarde —dice, entrecerrando los ojos.

—Práctico.

—Mentiroso.

Esta vez soy yo quien sonríe. Ella me estudia unos segundos y después desliza una mano desde mi cuello hasta apoyarla sobre mi pecho.

—No quiero que pienses que porque vuelva a Sevilla…

—No pienso nada —la interrumpo.

—Eso es mentira.

—Vale. Intento no pensar demasiado.

—No sé qué va a pasar, Diago —susurra mientras sus dedos juegan con la tela de mi camiseta.

—Yo tampoco.

—Y no quiero prometerte que volveré dentro de tres días o de una semana porque creo que nosotros ya hemos tenido suficientes problemas con las promesas.

La frase me golpea justo en el lugar que llevo años fingiendo que no existe. Aun así, asiento.

—Entonces no prometas nada.

—¿Así de fácil? —pregunta, alzando la mirada.

—No. —Le aparto un mechón de la cara—. Pero prefiero que no me prometas nada a que me digas algo porque crees que necesito escucharlo.

Su expresión se ablanda.

—¿Y qué necesitas escuchar?

Podría mentir. Decirle que nada, que haga lo que tenga que hacer y que a mí me da exactamente igual cuándo vuelva o si lo hace. Sin embargo, ya hemos tenido suficientes mentiras por hoy.

—Que ahora estás aquí.

Teressa parpadea, se acerca y apoya la frente contra la mía.

—Ahora estoy aquí.

Cierro los ojos un instante. Con eso me basta, o eso intento decirme, porque la idea de verla marcharse sigue dándome miedo.

No porque me deba quedarse ni porque lo que ha ocurrido entre nosotros me dé derecho a pedirle nada, sino porque ya sé lo que se siente cuando Teressa desaparece de mi vida y una vez ha sido suficiente.

Tres golpes fuertes contra la puerta nos obligan a separarnos. Teressa alza la cabeza, desconcertada.

—¿Esperas a alguien?

—No.

Los golpes se repiten y, antes de que podamos movernos, una voz atraviesa la madera.

—¡Tessa! ¡Abre o esta maleta me va a provocar una hernia y tendré que demandarte!

Teressa abre los ojos de par en par y yo reconozco la voz un segundo después.

—Brisa.

—No puede ser.

—Parece bastante ella.