Capítulo 53
El móvil lleva diez minutos enchufado al cargador mientras yo intento reunir el valor suficiente para hacer esta llamada.
Porque, aunque una parte de mí quiera entender que Berta pudo hacer todo aquello para protegerme, otra siente la traición demasiado hondo como para fingir que no está ahí.
No quiero dejarme arrastrar por el enfado, pero ahora mismo este tiene muchas cosas que decir.
Por cuarta vez desde que lo puse a cargar, me levanto para comprobar la batería.
—Doce por ciento —murmuro, y percibo cómo Diago me mira de reojo.
«Ya no tengo excusas».
Vuelvo a la mesa sin cogerlo. La carta permanece doblada junto al sobre amarillento.
La he leído tantas veces desde que regresamos de casa de Olaya que las palabras deberían haber perdido fuerza; sin embargo, ocurre justo lo contrario.
Cada vez que veo aquella frase siento el mismo pellizco desagradable debajo de las costillas.
Es mejor que no sigamos hablando.
Diago está sentado al otro lado de la mesa. A veces levanto la vista y lo encuentro observándome; otras, parece concentrado en una grieta de la madera. No ha intentado convencerme de que llame ni me ha preguntado trescientas veces si estoy preparada. Se ha limitado a quedarse.
—Ya tiene batería —dice al fin.
—Gracias, servicio técnico —respondo, arqueando una ceja.
—Llevas quince minutos levantándote para comprobarlo cada treinta segundos.
—Estoy supervisando la carga.
Una leve sonrisa aparece en sus labios y, por alguna razón, ese simple gesto consigue aflojar un poco la tensión que llevo acumulada.
Resoplo y vuelvo a levantarme para coger el teléfono.
El cable se resiste y tengo que darle un pequeño tirón para desconectarlo.
Mierda. Hasta el cargador está intentando retenerme.
Regreso a la mesa y, en lugar de ocupar mi sitio, me siento junto a Diago.
La decisión parece pequeña hasta que nuestras piernas se encuentran debajo de la tabla.
Esta vez, el contacto no termina ahí. Diago apoya una mano sobre mi rodilla y el peso cálido de su palma consigue relajar una parte de mí solo por tenerlo cerca.
Suelto un largo suspiro y desbloqueo la pantalla. El nombre de Berta está entre los primeros de la lista de llamadas. Mi dedo se queda suspendido encima.
—No sé cómo preguntárselo.
—Como lo sientas.
—Gran consejo.
—No soy yo quien se gana la vida dándolos —responde sin inmutarse.
Giro la cabeza hacia él.
—En estos momentos mi currículum como consejera sentimental está bastante cuestionado —le recuerdo.
—Esto no es sentimental.
Bajo la vista hacia la carta.
—No sé muy bien qué es.
Diago tampoco responde a eso. Pulso el nombre antes de tener tiempo de arrepentirme y me llevo el teléfono a la oreja. El primer tono me aprieta el estómago; el segundo me hace replantearme todas mis decisiones desde que aprendí a usar un teléfono y, al tercero, estoy a punto de colgar.
Entonces Diago retira la mano de mi rodilla. Antes de que pueda echar de menos su calor, la deja sobre la mesa, con la palma hacia arriba, junto a la mía. No me mira ni intenta buscar mis dedos. Los entrelazo y aprieto.
Berta descuelga al cuarto tono.
—¿Tessa?
Su voz me golpea con una normalidad que casi me hace sentir ridícula. Durante un momento estoy de vuelta en Sevilla, preguntándole dónde guarda las sábanas limpias o escuchándola recordarme que debería comer más fruta.
—Hola, tía —consigo responder, aunque mi voz sale más baja de lo que pretendía.
—Cariño, qué alegría. Estaba pensando en llamarte. ¿Cómo estás? ¿Ha pasado algo? ¿Por qué llamas a estas horas?
Cierro los ojos ante la avalancha de preguntas. Son demasiadas de golpe y, al mismo tiempo, tan propias de Berta que casi olvido por qué la he llamado.
—Necesito hablar contigo —la interrumpo sin darle tiempo a lanzar otra pregunta.
Al otro lado se hace un breve silencio, pero es suficiente para que note el cambio. Abro los ojos y encuentro a Diago observándome.
—Claro —responde ella, ahora con cautela—. Dime.
Activo el manos libres y dejo el móvil sobre la mesa.
—Estoy con Diago.
—Ah —murmura Berta después de una pausa algo más larga de lo normal.
Aprieto sus dedos antes de continuar.
—He encontrado una carta.
Del altavoz no sale nada. Ni siquiera su respiración.
—¿Qué carta? —pregunta al fin, aunque su voz ya no suena igual.
—Una que recibió Diago casi un año después de que empezara a escribirme. Cuando no volvimos al verano siguiente y supieron lo de mis padres, intentó ponerse en contacto conmigo durante meses… —Me tomo un momento para reunir el valor que me falta—. Entonces llegó esa carta.
Mi tía inspira con tanta fuerza que el sonido llega perfectamente a través del altavoz.
—Tessa…
Los dedos de Diago se cierran alrededor de los míos y me devuelven la presión. El corazón me da un golpe; aun así, sigo adelante.
—La carta está firmada con mi nombre.
—Cariño, yo…
—Y yo no recuerdo haberla escrito —la interrumpo.
—Sabes que hay muchas cosas de aquella época que no recuerdas —dice Berta con cuidado.
—Lo sé —respondo más rápido de lo que pretendía—. Hoy he recordado bastantes.
El silencio de Berta llega de golpe. Casi puedo imaginarla inmóvil, con el teléfono pegado al oído.
—¿Qué quieres decir?
Miro a Diago antes de responder. Él sostiene mi mirada y asiente una sola vez.
—He recordado el accidente.
Un golpe seco llega a través del altavoz, como si algo hubiera caído sobre una superficie.
—Berta.
—Estoy aquí… —se apresura a responder, aunque le tiembla la voz—. Estoy aquí, mi niña.
Trago saliva con dificultad.
—Yo iba en el coche.
Se le escapa un sonido ahogado, a medio camino entre una bocanada de aire y un sollozo.
—Tessa…
—Lo he recordado... El viaje. La discusión. Lo que dijeron mis padres. —Me obligo a continuar, aunque noto cómo se me cierra la garganta—. Sé que iban a separarse.
—Ay, cariño…
—Y también sé que llevaba conmigo el girasol.
Diago baja la mirada hacia nuestros dedos entrelazados.
—Tessa, por favor…
—No, tía. —Me enderezo en la silla—. Sé que mi memoria puede seguir teniendo huecos, pero esta vez necesito una respuesta que no dependa de lo que yo recuerde.
Berta se queda callada. Un pequeño temblor recorre nuestras manos entrelazadas y no sé a cuál de los dos pertenece.
—¿Contestaste tú esa carta?
Silencio. La pregunta queda flotando entre Sevilla y Asturias.
—Berta —insisto.
—Yo… solo quería… —responde casi sin voz.
Se me corta el aire. No ha dicho que sí, pero tampoco ha intentado negarlo.
—Fuiste tú —murmuro.
—Tessa, déjame explicártelo —ruega con la voz cada vez más inestable.
—¿Explicarme qué? —pregunto mientras me presiono la frente con la mano libre—. Ahora mismo solo necesito que me digas la verdad. ¿Escribiste tú esa carta?
La respiración entrecortada de Berta llena el altavoz.
—Yo… tomé decisiones que entonces creí que eran las mejores para ti.
Cierro los párpados con fuerza conteniendo las lágrimas.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Lo sé, mi niña.
—No me llames así ahora —le pido, y odio que la voz se me rompa justo al final.
Suelto la mano de Diago para frotarme los ojos. Cuando vuelvo a bajarla, encuentro la suya esperándome sobre la mesa. Esta vez no dudo. La cubro con la mía y me aferro a su calor unos segundos, como si necesitara ese contacto para no venirme abajo.
—Él me buscó durante meses, Berta. Llamó, escribió y yo no supe nada de todo aquello.
—Tessa…
—Voy a preguntártelo otra vez. ¿Fuiste tú quien respondió a Diago?
El silencio que sigue responde por ella mucho antes de que encuentre las palabras.
—Necesito que me escuches —dice al fin, casi en un susurro—. No fue tan sencillo como ahora puede parecer.
—Entonces explícame qué fue.
Oigo movimiento junto al teléfono y la voz amortiguada de Rafa.
—Berta, dame el teléfono.
—Rafa, no…
—Dámelo, anda —insiste él con suavidad.
Hay un roce, unas palabras que no alcanzo a entender y, unos segundos después, es mi tío quien habla a través del altavoz.
—Tessa.
—Hola, tío —respondo—. Espero que tú sí tengas intención de contestarme.
—La tenemos. Los dos. Pero no creo que esta conversación deba ocurrir así.
Suelto una risa incrédula.
—¿Así cómo? ¿Por teléfono? Porque habría agradecido bastante que alguien utilizara uno hace veinte años.
—Tienes razón —admite Rafa sin intentar defenderse, y su respuesta consigue frenarme—. Precisamente por eso no quiero que tu tía intente resumirte ahora en cinco minutos algo que lleva años sin saber cómo contarte.
Aprieto los labios y miro la carta sobre la mesa.
—Solo quiero saber qué pasó.
—Y vas a saberlo todo —me asegura—. Pero ven a Sevilla. Siéntate con nosotros y pregunta lo que necesites. Sin prisas y sin una línea de teléfono en medio.
Levanto la vista hacia Diago. Él me devuelve la mirada sin dejar ver qué piensa.
—¿Me estás pidiendo que vuelva?
—Te estoy pidiendo que vengas cuando puedas —aclara Rafa—. Hay cosas que Berta tiene que explicarte mirándote a los ojos.
—¿Qué cosas? —pregunto con un nudo en el estómago.
Rafa tarda demasiado en responder.
—Las que tendríamos que haberte contado hace mucho tiempo.
Me quedo mirando el teléfono mientras esas palabras se instalan en ese rincón de la cabeza donde empiezan las peores preguntas.
—Vuelve a casa, Tessa —añade con suavidad—. Hablaremos de todo cuando estés aquí.
Observo nuestras manos unidas sobre la mesa y comprendo que «vuelve a casa» no significa lo mismo para los dos.