Perdiendo el Norte Capítulo 52
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Capítulo 52

Teressa lleva varios minutos sin soltar mi mano, pero sus dedos casi no ejercen presión y tengo la sensación de que, si la dejo ir, se quedará detenida en mitad del camino sin saber hacia dónde continuar. La casa de mis abuelos está a pocos metros. Nunca me había parecido tan lejos.

—Ya llegamos —murmuro mientras acaricio sus nudillos con el pulgar.

Teressa asiente sin mirarme. No sé qué decirle.

Llevo toda la vida solucionando cosas con las manos.

El metal se calienta, se golpea, se corrige.

Incluso cuando una pieza sale mal, siempre existe alguna forma de volver a trabajarla.

Pero esto no funciona así. No puedo devolverle los años que perdió ni borrar lo que acaba de recordar.

Mucho menos explicarle por qué existe una carta que ella no recuerda haber escrito.

Empujo la puerta sin llamar.

— ¿Güela? —llamo mientras ayudo a Teressa a cruzar el umbral.

Olaya aparece desde la cocina secándose las manos en un paño. Su mirada pasa de mí a Teressa y la sonrisa con la que iba a recibirnos desaparece. No pregunta qué ocurre ni necesita mirarme buscando una explicación. Se acerca directamente a ella.

—Ven aquí, bonita —susurra y abre los brazos.

Teressa aguanta un segundo antes de soltarme y refugiarse contra mi abuela. Olaya la estrecha con fuerza, sosteniéndole la nuca con la palma mientras ella vuelve a cerrar los ojos. Me quedo frente a las dos con las manos vacías y una sensación desagradable instalada detrás del esternón.

Mi abuela levanta la vista hacia mí por encima de su cabeza. No necesito explicárselo; basta con esa mirada para que entienda que algo ha cambiado.

—Ha recordado el accidente —digo al fin.

Los brazos de Olaya se tensan alrededor de Teressa.

—Todo —añade ella con la voz apagada al separarse lo suficiente para mirarla—. Estaba en el coche.

Mi abuela cierra los párpados un momento.

—Ay, mi niña…

—¿Tú lo sabías? —pregunta Teressa, secándose las mejillas con las manos—. ¿Sabías que yo iba con ellos?

—Saberlo, no. —Olaya niega despacio y la conduce hasta el sofá sin soltarle el brazo—. Pero lo sospeché durante mucho tiempo.

Teressa se sienta junto a ella y levanta la mirada. Yo permanezco de pie frente a las dos, atento a cada gesto.

—¿Por qué?

—Porque cuando llamamos el verano siguiente para saber por qué no habíais vuelto, Berta nos contó lo de tus padres —explica mi abuela, enlazando los dedos con los de Teressa—. Le pregunté por ti. Si estabas bien, si habías resultado herida, si estabas con ellos cuando ocurrió…

—¿Y qué dijo? —pregunta Teressa, apretándole la mano.

—Muy poco. Que no estabas bien y que necesitabas tiempo. Intenté averiguar algo más, pero evitaba responderme. —Olaya le acaricia los nudillos con el pulgar—. Entendí que no quería hablar del asunto y no insistí.

—Pero pensabas que yo estaba en el coche.

—Pensaba que había ocurrido algo grave contigo. Todos lo pensamos. Desapareciste de un año para otro, Berta apenas quería hablar y, cada vez que alguien preguntaba por ti, respondía lo justo.

—Me estaba protegiendo —murmura Teressa mientras baja la vista hacia sus manos.

«No sé si intenta convencernos o convencerse».

—Probablemente creyó que sí —responde mi abuela con cuidado.

Olaya me observa y no hace falta que diga nada. En ese silencio caben las llamadas, todos aquellos meses escribiendo a una dirección de Sevilla sin obtener respuesta y la única carta que terminó llegando.

—Pero una cosa es no contar lo que pasó —dice Teressa mientras se endereza en el sofá— y otra contestar una carta haciéndose pasar por mí.

Mi abuela frunce el ceño.

—¿Qué carta? —pregunta.

—La que recibí casi un año después de enterarme del accidente —respondo, apoyando las manos en el respaldo de una silla—. Llevaba meses escribiéndole sin recibir respuesta.

—Creía que nunca te había contestado —dice sin apartar los ojos de los míos.

—Yo también lo creí durante mucho tiempo. Hasta que llegó aquella carta.

Teressa se lleva una mano a la sien.

—Yo no recuerdo haberla escrito —susurra—. Aunque, después de lo de hoy, supongo que tampoco puedo estar segura.

—Eso todavía no lo sabemos —le digo.

—Puede que ese recuerdo también haya quedado fuera —añade Olaya con cautela mientras le aprieta la mano.

Teressa cierra los ojos unos segundos y, cuando vuelve a abrirlos, me busca con la mirada.

—Lo siento aquí, Diago. —Se lleva la mano al pecho, cerrando los dedos sobre el jersey—. Sé que ahora mismo parece absurdo fiarme de lo que recuerdo, pero… esa carta no la respondí yo.

No digo nada. Esa misma posibilidad lleva rondándome la cabeza desde que, junto al huerto, me aseguró que jamás había recibido mis cartas. Hasta entonces nunca me había permitido cuestionarlo.

—¿Todavía la conservas? —pregunta mi abuela.

—La guardé, por eso hemos venido —aclaro con un asentimiento.

—Estoy lista. Quiero verla —dice Teressa mientras se pone de pie.

Estoy a punto de preguntarle si está segura, pero me contengo. Algo dentro de mí se resiste a ponerle delante otra pieza de un pasado que hoy no ha dejado de golpearla. Sin embargo, después de todo lo que acaba de recordar, intentar protegerla de un trozo de papel resulta casi ridículo.

—Ven —digo, tendiéndole la mano.

La acepta y subo las escaleras escuchando sus pasos detrás de mí.

Mi antigua habitación continúa prácticamente igual, aunque hace años que dejé de dormir aquí.

Olaya cambió las sábanas, retiró algunos pósteres y convirtió parte del armario en un lugar para guardar mantas, pero hay cosas que nunca logró convencerme de tirar.

Me arrodillo frente al mueble y abro el cajón inferior.

—¿La tienes ahí? —pregunta Teressa desde la puerta, apoyándose en el marco.

—Sí. En una caja.

—Qué específico. Menos mal que has acotado la búsqueda.

La miro por encima del hombro y encuentro una pequeña sonrisa asomando en su boca. Está cansada y todavía tiene los ojos hinchados, pero verla ahí me afloja algo por dentro. Mis dedos encuentran por fin el borde metálico y arrastro la caja hacia mí. El latón está más frío de lo que recordaba.

Al verla, Teressa deja de sonreír.

—¿Todo lo que guardas ahí es mío? —pregunta mientras se acerca.

—No te emociones. También guardaba cosas importantes.

—¿Más importantes que yo?

—Una colección de chapas.

Teressa se lleva una mano al pecho.

—Retiro la pregunta.

Me siento en el suelo con la espalda apoyada contra la cama y dejo la caja entre nosotros. Ella se acomoda a mi lado, tan cerca que su rodilla queda pegada a la mía. Durante unos segundos ninguno hace ademán de abrirla.

—¿Vas a hacerlo tú o tengo que volver a recurrir a las tenazas? —pregunta finalmente.

—Impaciente.

Levanto la tapa. Lo primero que aparece es una piedra pequeña pintada de amarillo, con dos puntos negros y una línea torcida que la atraviesa. Teressa la recoge entre los dedos y la contempla desde distintos ángulos.

—¿Qué demonios es esto?

—Un sol.

—Eso no es un sol.

—Lo pintaste tú —le recuerdo, intentando no sonreír.

Teressa vuelve a estudiarlo.

—Entonces es una obra maestra —sentencia, y gira la piedra entre los dedos.

—Me dijiste que daba suerte.

—¿Y la guardaste? —pregunta, alzando la vista hacia mí.

—No quería arriesgarme.

Su sonrisa crece un poco y devuelve la piedra a la caja.

Debajo aparece una cinta azul, una chapa oxidada que encontramos junto al río y dos papeles doblados varias veces.

Teressa abre uno y descubre un mapa hecho con lápices de colores.

Un camino atraviesa media hoja, hay tres árboles demasiado grandes y una cruz roja ocupa una esquina.

—¿Esto también es mío? —pregunta mientras sigue con el dedo una palabra escrita con letras torcidas.

—Nuestra cuarta expedición.

—¿La cuarta? —repite, mirándome por encima del papel.

—La del tesoro.

—¿Encontramos algo?

—Una cuchara.

Se queda mirándome un segundo antes de soltar una carcajada.

—Vaya mierda de tesoro —dice entre risas.

—Tú dijiste que pertenecía a un pirata.

—Tenía imaginación —se defiende.

—Demasiada.

Pasa el pulgar sobre su propia letra, vuelve a doblar el papel con cuidado y lo deja junto a la piedra. Sus dedos se detienen cuando llega al fondo. Sobre un paño viejo descansa un girasol completamente seco.

—Diago… —susurra, y la mano que había extendido hacia él queda suspendida en el aire.

No necesito preguntarle qué ha reconocido.

—El tuyo.

—El mío —confirmo.

Acerca los dedos hasta uno de los pétalos, pero se detiene antes de tocarlo. Han perdido casi todo el color y el tallo se ha vuelto quebradizo con los años, pero continúa entero.

—Lo conservaste —dice sin apartar los ojos de la flor.

—Me dijiste que lo hiciera.

—Han pasado más de veinte años.

Me encojo de hombros.

—Soy obediente cuando quiero.

Teressa deja escapar una risa húmeda y me golpea suavemente en el hombro.

—Mentiroso.

—También cuando quiero.

La sonrisa le dura hasta que descubre lo que hay debajo del paño. Entonces se apaga. Reconozco el sobre sin necesidad de tocarlo; he repasado aquellas letras demasiadas veces, aunque lleve años sin abrir la caja.

—¿Esa es? —pregunta Teressa mientras su mano vuelve a quedarse inmóvil.

Asiento y saco el sobre con cuidado antes de tendérselo. El papel está amarillento en los bordes, pero su nombre continúa escrito en el mismo lugar. Durante años, verlo ahí bastó para convencerme de que aquella carta era suya.

—No reconozco la letra —murmura pasando la yema del dedo por su nombre.

—Habían pasado meses. Pensé que quizá otra persona había escrito la dirección o que…

—Querías creer que era mía —termina por mí, levantando los ojos.

No hay reproche en su voz. Por eso duele más.

—Sí.

Teressa levanta la solapa y extrae la hoja.

Es una página pequeña para todo lo que consiguió romper.

La despliega con cuidado y empieza a leer mientras yo observo cómo sus ojos recorren una frase que todavía podría recitar de memoria.

No necesito mirar. Sé exactamente dónde está.

Sus dedos empiezan a temblar cuando llega al final.

—Yo no escribí esto —dice.

—No lo recuerdas —le señalo con cuidado.

—No. —Teressa niega y busca a tientas uno de los papeles que acaba de sacar de la caja—. Mira.

Desdobla el mapa y lo coloca junto a la carta. Tardo unos segundos en comprender qué está haciendo.

—Esta es mi letra —dice, señalando las palabras torcidas que llenan el dibujo—. La «T», la forma de hacer las eles, hasta mi manera horrible de escribir las erres. —Desliza el dedo hacia la carta—. Esto no lo escribí yo.

Cojo ambos papeles y los comparo. No se parecen, ni siquiera un poco. Todos estos años he tenido la prueba guardada en la misma caja y nunca se me ocurrió poner una cosa al lado de la otra.

—Joder —murmuro.

Teressa recupera la carta y vuelve a recorrerla con los ojos.

—Alguien la escribió por mí.

Esta vez no hay duda en su voz. Miro el mapa infantil, después la carta y finalmente el girasol seco que descansa entre nosotros. Por primera vez en años, aquellas palabras dejan de parecerme una despedida. Ahora solo veo lo que siempre fueron.

«Una mentira».

—Quiero saber quién la escribió —dice Teressa mientras dobla la hoja con mucho más cuidado del que merece.

Cierro la caja, dejo una mano sobre la tapa y la aparto.

—Lo averiguaremos.

Su mirada encuentra la mía.

—¿Eso es una promesa?

Pienso en dos girasoles, en una niña que me aseguraba que volvería el verano siguiente y en todo lo que ocurrió después con las promesas que ninguno de los dos tuvo oportunidad de cumplir.

—No —respondo mientras acerco mi hombro al suyo—. Esta vez pienso estar contigo cuando lo averigüemos.

Teressa apoya la cabeza contra mí y permanece en silencio, todavía con la carta entre las manos. A nuestros pies, dentro de una vieja caja de latón, siguen amontonadas todas aquellas pequeñas cosas que durante años creí que solo me pertenecían a mí.

La piedra. Los mapas. Una chapa sin ningún valor. Y un girasol que lleva más de veinte años recordándome que, incluso cuando el sol desaparece, no todo tiene que quedarse mirando la oscuridad.