Capítulo 51
Los recuerdos me aprisionan hasta dejarme sin aire. Las piernas me tiemblan y el suelo parece ceder bajo mis pies, pero Diago me sujeta con más fuerza antes de que pueda perder el equilibrio.
—Teressa, mírame… —me pide, inclinándose para buscar mis ojos.
«No puedo. Todo ha vuelto de golpe».
Pensé que solo había olvidado a Diago y una promesa. Me equivocaba. Había enterrado mucho más: la cocina, las discusiones a media voz, mi madre diciendo que no podían seguir fingiendo, el coche y aquella palabra que lo rompió todo.
«Divorcio».
—Estaba en ese coche, Diago —susurro mientras las lágrimas caen sin descanso—. Yo estaba con ellos.
Diago sigue sujetándome por los brazos, pero afloja la presión cuando mis piernas dejan de temblar. Solo entonces levanta las manos hasta mis mejillas y seca con los pulgares la humedad que las cubre. Su expresión se quiebra un instante, aunque no parece sorprendido.
—Se iban a divorciar —consigo decir, aferrada a sus muñecas—. Nunca se quisieron. Todo era mentira.
—No. —Diago niega despacio mientras sus pulgares recorren de nuevo mis mejillas—. No conviertas lo que acabas de recordar en algo que tampoco fue.
—¿Cómo puedes decir eso? —pregunto, mirándolo a través de las lágrimas.
—Porque se quisieron, Teressa —responde y uno de sus dedos se desliza bajo mi ojo—. Que al final no supieran cómo seguir haciéndolo no significa que todo lo anterior fuera mentira.
La frase me duele casi tanto como el recuerdo. La presión de mis dedos cede poco a poco hasta que termino dejando caer los brazos a ambos lados del cuerpo.
—Yo creía que eran felices —murmuro.
—Lo sé.
—Eran mi prueba de que el amor podía durar.
Diago me aparta un rizo húmedo de la mejilla antes de responder.
—Quizá fueron felices durante mucho tiempo. Que al final dejara de funcionar no borra lo vivido.
Cierro los ojos, intentando encajar esa posibilidad dentro de la imagen perfecta que he conservado de ellos a lo largo de tantos años.
—¿Sabías que estaban mal? —pregunto al volver a mirarlo.
—Sabía que algo no iba bien —admite, bajando las manos hasta mis brazos—. En el pueblo se comentaban cosas, pero yo tenía trece años. No sabía qué ocurría en realidad.
—¿Por eso siempre me arrastrabas a alguna misión o a descubrir una nueva guarida?
En su rostro se dibuja una sonrisa triste.
—No por los rumores. —Niega suavemente y me coloca otro rizo detrás de la oreja—. Por ti. Algunos días aparecías distinta.
—¿Distinta cómo?
—Más callada.
A pesar de todo, una risa rota consigue abrirse paso entre las lágrimas.
—Eso sí que debía de ser preocupante.
—Mucho —confirma, y la sombra de una sonrisa aparece también en sus labios.
La risa termina convertida en un sollozo y Diago deja de hablar.
Me estrecha contra su pecho y esta vez no intento contener nada.
Lloro por mis padres, por aquella niña sentada en el asiento trasero, por la vida que creí recordar y por todo lo que mi cabeza decidió esconder para permitirme seguir adelante.
Y Diago vuelve a hacer lo mismo que hacía entonces: no intenta arreglarlo, no me obliga a hablar ni busca una frase capaz de aliviar algo que no tiene remedio.
Solo se queda. Entre un sollozo y el siguiente, regresa otro recuerdo.
Su voz en el huerto, tan segura mientras prometía que me esperaría.
La pregunta sale sin darme tiempo a pensar demasiado en ella.
—¿Me buscaste? —pregunto contra su pecho.
Los brazos de Diago se tensan alrededor de mí.
—Lo hice, Teressa —susurra mientras me acaricia el pelo y deposita un beso sobre mi sien—. Estuve llamando un tiempo un tiempo. Después empecé a mandarte cartas.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Cartas?
—Durante casi un año —responde sin soltarme—. Como no contestabas, acabé creyendo que no querías hacerlo. Hasta que llegó una.
—¿Mía? —pregunto, y el corazón me da un vuelco.
Aprieta la mandíbula.
—Eso creí. Para entonces ya había perdido la esperanza y, cuando vi una carta firmada con tu nombre… —Baja la barbilla y sus dedos dejan de moverse sobre mi espalda—. Había una frase. Una sola. Se me quedó grabada.
—¿Qué decía?
Diago tarda en responder. Sus brazos continúan rodeándome, pero algo cambia en su expresión. Ya no parece estar mirando a la mujer que tiene delante; por un momento vuelve a ser aquel niño que pasó un verano entero esperando que un coche apareciera por la plaza.
—Es mejor que no sigamos hablando —dice al fin.
Me aparto lo suficiente para verle bien la cara.
—¿Qué? —pregunto, convencida de haberlo entendido mal.
—Eso decía —murmura mientras sus ojos buscan los míos.
—No. —Niego con la cabeza y me limpio las lágrimas con el dorso de la mano—. Yo nunca te escribí eso.
Diago frunce el ceño.
—Estaba firmada con tu nombre.
—Me da igual lo que pusiera al final de esa carta.
—Le agarro la camiseta con ambas manos y la voz vuelve a romperse—.
Acabo de recordar que te prometí que volvería, que me llevé aquel girasol conmigo y que estaba pensando en ti segundos antes de que todo se fuera a la mierda.
¿De verdad crees que después habría decidido que no quería volver a hablar contigo?
Diago guarda silencio. Sus ojos recorren mi rostro y veo el momento exacto en que empieza a reconsiderar algo que ha dado por cierto tantos años.
—Yo pensé que habías cambiado de opinión —murmura—. Que después de todo lo que había pasado no querías saber nada de aquí. Ni de mí.
—Y yo he pasado media vida creyendo que aquí no tenía nada —respondo, soltando un poco su camiseta.
La frase queda suspendida entre los dos al tiempo que intento ordenar todo lo que acaba de contarme.
Diago me llamó, me escribió por meses y yo no supe nada.
Ninguna de aquellas cartas llegó a mis manos y, aun así, alguien respondió en mi nombre y logró que dejara de buscarme.
Un frío distinto al de la tarde me recorre la espalda.
—¿Conservas esa carta? —pregunto, y mis dedos vuelven a cerrarse sobre la tela.
Diago tarda un segundo en asentir. Cierro los ojos e intento imaginar aquel sobre, una carta firmada con mi nombre y una frase que nos separó durante años sin que ninguno de los dos supiera la verdad.
Cuando vuelvo a abrirlos, una certeza empieza a imponerse entre todo el ruido que tengo dentro.
El accidente me arrebató mis recuerdos, pero alguien tomó después una decisión por mí cuando yo ni siquiera podía recordar que Diago existía.
Y con una sola frase también me arrebató a él.