Perdiendo el Norte Capítulo 50 #2
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Capítulo 50 #2

Me había despertado porque escuché la voz de mamá desde el pasillo. No estaba gritando. Creo que habría sido mejor si hubiera gritado. Hablaba bajito, como cuando los mayores dicen cosas que no quieren que los niños escuchen. Me acerqué descalza hasta la cocina y me quedé detrás de la puerta.

—No delante de Teressa —había respondido papá.

—Está durmiendo.

—Entonces espera a que volvamos a Sevilla.

—Eso haces siempre. Esperar.

Después llegó un silencio tan largo que pensé que habían terminado. Estaba a punto de regresar a mi habitación cuando mamá volvió a hablar.

—No quiero pasar otro año fingiendo que venir aquí lo arregla todo.

No entendí qué había que arreglar. Solo supe que algo estaba roto.

—¿Vas a llevar eso todo el camino? —pregunta papá ahora, mirando el girasol por el retrovisor.

Abrazo la flor contra mi pecho.

—Sí.

—Déjala, Pelayo —dice mamá sin mirarlo.

—Solo he preguntado —responde mi padre volviendo la atención a la carretera.

—Ya.

La forma en la que mamá pronuncia esa palabra hace que el coche se vuelva más pequeño.

Miro por la ventana. Los árboles pasan deprisa y las montañas se van quedando atrás.

Quiero que Diago tenga razón. Quiero creer que el próximo verano volveremos y todo seguirá igual.

Yo me sentaré en mi taburete, él fingirá que le molesto y plantaremos otros dos girasoles.

Papá sube un poco el volumen de la radio, pero mamá lo baja.

—Carmen... —advierte él mientras vuelve a subirlo.

—No quiero música.

—Pues yo sí.

—Claro. Porque mientras haya ruido no tienes que hablar.

Papá aprieta las manos alrededor del volante.

—No vamos a hacer esto ahora.

—¿Cuándo, entonces? —pregunta mamá, girándose hacia él—. Porque en la casa no podíamos. Delante de tu familia tampoco. En el pueblo había que sonreír. Y ahora…

—Teressa está detrás —la interrumpe papá.

Papá levanta la vista hacia el retrovisor mientras mamá se vuelve hacia mí. Yo bajo rápidamente los ojos hasta el girasol.

—Ya lo sé —responde mamá, y su voz cambia—. Pero Teressa ya no es un bebé. Pelayo. Se da cuenta.

Aprieto los dedos alrededor del tallo.

«No quiero darme cuenta».

—Precisamente por ella deberíamos esperar —dice papá.

—Llevamos años esperando por ella.

Levanto la cabeza. Mamá se lleva una mano a la frente y cierra los ojos un segundo.

—Eso no ha sonado como quería.

—Pues ha sonado exactamente tal cual lo has dicho —responde papá.

—No estoy culpando a nuestra hija y lo sabes.

—Entonces deja de hablar dando a entender que es la razón por la que sigues aquí.

—¿Y qué quieres que diga? ¿Que venir cada verano, hacernos fotos y actuar como si fuéramos felices no arregla nada?

El corazón empieza a golpearme demasiado deprisa. Miro el girasol y repito en silencio las palabras de Diago.

«Aunque estemos lejos».

—Basta, Carmen —dice papá, y esta vez su voz suena más fuerte.

—No. Basta de aplazarlo. Basta de pensar que dos meses aquí van a devolvernos lo que ya no tenemos.

—Te he dicho que no delante de ella.

—Y yo te estoy diciendo que ella lo sabe.

—¡No sé nada! —grito sin de poder evitarlo.

Los dos se quedan en silencio. Papá me mira por el retrovisor y su expresión cambia de inmediato.

—Cariño...

—¡No quiero saber nada! —exclamo más alto.

Mamá se vuelve en el asiento para mirarme.

—Teressa, cielo...

—¡No!

Abrazo el girasol con tanta fuerza que el tallo me raspa la palma.

—No discutáis.

—No estamos discutiendo —dice papá demasiado rápido.

Mamá cierra los ojos un instante.

—Lo siento.

—Pues parad.

—Vamos a parar —promete papá mientras dirige una mirada rápida hacia mamá—. ¿Vale? Se acabó.

Durante unos segundos solo escucho el ruido de las ruedas sobre el asfalto. Me concentro en contar los pétalos del girasol, aunque pierdo la cuenta en el ocho y vuelvo a empezar.

Uno.

Dos.

Tres.

—No puedes seguir prometiéndole cosas que no sabes si vas a cumplir —murmura mamá.

Dejo de contar y papá expulsa el aire por la nariz.

—Carmen.

—Llevas todo el verano diciéndole que volveremos el próximo año y ni siquiera sabemos dónde vamos a estar viviendo.

—Ahora no.

—¿Cuándo?

—¡He dicho que ahora no!

Papá aparta una mano del volante al gesticular y vuelve a agarrarlo enseguida. El coche entra en una curva y los árboles quedan ocultos tras de una pared de piedra.

—Pues yo sí lo sé —dice mamá, con la voz temblándole por primera vez—. No quiero seguir casada contigo.

El girasol deja de pesar. No entiendo la frase completa. O quizá sí y por eso deseo no haberla entendido. Papá gira la cabeza hacia ella.

—¿Qué acabas de decir?

—Pelayo, mira la carretera.

—¿Qué acabas de decir? —repite.

—Que quiero separarme.

El coche parece inclinarse un poco al salir de la curva. Papá vuelve los ojos al frente y corrige el volante.

—¿Separarte? —murmura, incrédulo.

—¡Quiero el divorcio! —exclama mamá.

La palabra me atraviesa, directa a mi corazón.

«Divorcio».

La he escuchado en películas. En el colegio. A una compañera cuya madre vive en otra casa. Mis padres no pueden divorciarse. Mis padres son mis padres. Ellos se quieren. Son lo que yo defino como amor verdadero. Venimos aquí todos los veranos. Somos felices.

«Éramos felices».

—¡No! —grito, apretando el girasol contra el pecho—. ¡No quiero escucharos!

—Teressa... —Mamá se vuelve hacia mí.

—¡Parad! ¡Parad ya!

Papá dice algo que no consigo entender. Mamá también.

Sus voces empiezan a mezclarse mientras me tapo un oído con una mano y con la otra sigo aferrada al tallo.

Cierro los ojos con todas mis fuerzas. Pienso en el huerto.

En dos girasoles inclinados uno frente al otro.

En Diago diciéndome que el otro también estará mirando. En sus dedos entrelazados con los míos.

«Te esperaré».

—¡Teressa! —grita mi madre.

Abro los ojos y todo ocurre demasiado deprisa. La carretera. Las manos de mi padre girando el volante. La voz de mamá convertida en un grito. El girasol aplastado contra mi pecho. Un golpe seco. Cristales. Mi cuerpo empujado hacia delante y el cinturón clavándose con fuerza.

Otro golpe.

Después… nada. Solo oscuridad.