Perdiendo el Norte Capítulo 50
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Capítulo 50

Pasado;

Me escondo detrás del muro y rompo la fotografía.

El papel cede entre mis manos y me quedo mirando las dos mitades con los labios apretados.

Después las guardo en el bolsillo y echo a correr.

Acelero el paso cuando veo la plaza. Sé que no debería correr por esta cuesta; me lo han repetido mil veces.

—¡Ten cuidado, Teressa! —grita Claudia desde su ventana. Las hortensias la tienen medio camuflada, pero su voz es inconfundible.

Me limpio las lágrimas con rabia usando la manga de la sudadera. Aprieto los párpados y cuento hasta cinco. Por favor, no quiero que él me vea así. Solo quiero estar con Diago, escuchar lo que me cuente de la fragua y olvidarme un rato de lo que acaba de pasar.

«Solo una vez más…».

De dos zancadas me planto frente al escaparate de la tienda.

Me miro de reojo en el reflejo del cristal y agito los rizos, intentando que parezca que llevo toda la tarde correteando por algún sendero y no llorando.

Aspiro profundamente y empujo la puerta.

La campanilla me delata antes de que pueda saludar.

Olaya está ocupada con una pareja junto al mostrador, así que aprovecho para escabullirme hacia la fragua.

El sonido del martillo llega primero, metal contra metal.

Después, el calor que escapa del taller. Y ahí está él.

«Diago».

Levanta la cabeza y me sonríe. Su abuelo le da un cocorote y me tapo la boca para contener la risa.

—No te distraigas ahora —lo regaña Severino mientras le da un par de órdenes más.

Diago endereza los hombros y parece ganar dos centímetros. Sigue las indicaciones de su abuelo y continúa trabajando.

—Hola, bonita. —Severino me mira y después vuelve la vista hacia su nieto—. Está terminando, al menos hoy lo hace mejor que ayer.

—Es cierto, lo de hoy empieza a tener forma —digo, acercándome al taburete donde suelo sentarme.

Los ojos de Diago me siguen. No quiero que note que he llorado, así que le saco la lengua.

—Descansa un rato, pero no te acostumbres —le advierte Severino—. No siempre estará ella para salvarte de una regañina.

Su abuelo se encamina hacia la tienda y ambos esperamos a que desaparezca de nuestra vista para acercarnos un poco más.

—¿Qué te pasa? —pregunta Diago mientras deja las herramientas sobre la mesa y se limpia las manos en los pantalones.

—Nada.

Entrecierra los ojos y me observa detenidamente.

—Has llorado.

—Se me ha metido algo en el ojo. —Bajo la vista a mis zapatillas y balanceo una pierna desde el taburete.

Diago se arrodilla frente a mí, apoya las manos sobre mis rodillas y me observa.

—¿En los dos? —pregunta y alza una ceja.

—Era una cosa muy grande.

Se levanta, sacudiéndose el polvo, y yo sigo sus movimientos.

—Puedes quedarte aquí —dice al fin.

—Ya estaba aquí —confirmo.

—Ya.

—Qué listo eres.

Esta vez sí sonríe y se cruza de brazos.

—No tienes que contarme nada.

—Menos mal, porque no pensaba hacerlo —digo limpiándome un sudor imaginario.

—También lo sé.

—Presumido. —Le hago una pedorreta.

La campanilla de la tienda suena al otro lado de la pared.

—¿Olaya? —La voz de mi madre llega amortiguada desde el mostrador—. ¿Has visto a Teressa? Ha salido corriendo de casa…

—Está con Diago —responde Severino.

El aire se me queda atrapado en el pecho. Diago deja de sonreír. Sus ojos vuelven a mí y, esta vez, no necesita preguntar. Niego con la cabeza y me llevo un dedo a los labios. Él mira hacia la puerta que comunica con la tienda, vuelve a clavar la vista en mí y señala con la barbilla el almacén.

—Métete ahí.

—¿Qué?

—Confía en mí.

Me deslizo del taburete y atravieso la fragua mientras los pasos de mi madre se acercan. Antes de entrar en el almacén, me vuelvo hacia él.

—Como te pillen, te van a matar.

—Primero tendrán que pillarme —susurra.

Cierro la puerta dejando una rendija.

—¡Teressa ha salido por la puerta de atrás! —grita Diago desde la fragua.

Me tapo la boca con las dos manos para no reírme.

—¿Por la puerta de atrás? —pregunta mi madre.

—Sí.

—¿Y adónde ha ido?

—No me lo ha dicho —responde después de unos segundos.

Sonrío en la oscuridad.

«Miente fatal».

Cuando la campanilla vuelve a sonar, espero unos minutos que se me hacen eternos mientras escucho a Diago hablar con sus abuelos. Por más que pego la oreja a la puerta, no consigo entender todo lo que dicen. De repente, la hoja se abre y él aparece al otro lado.

—Vamos —dice y me tiende la mano.

La acepto sin preguntar adónde. Con Diago casi nunca hace falta.

Un rato después estamos en nuestro sitio especial, sentados sobre el muro.

Al apoyar las manos en la piedra, me acuerdo de ayer y noto que las mejillas vuelven a arderme.

Nuestro primer beso. Fue tan rápido que durante un segundo pensé que quizá me lo había inventado, hasta que vi sus orejas rojas y él me preguntó por qué lo miraba así.

No supe qué contestar. Todavía no lo sé.

Últimamente me trae aquí más veces de las que puedo contar.

Nunca me pregunta qué ocurre en casa ni por qué algunos días aparezco con ganas de no volver hasta la hora de cenar.

Se limita a hablarme de la fragua, a contarme lo que Severino le está enseñando o a inventarse misiones que nunca logramos terminar porque, según él, me distraigo demasiado.

Mis veranos son más bonitos gracias a él. No sé si lo sabe, pero su voz calma las tormentas que parecen haberse instalado bajo el tejado de mi casa.

—Nos vamos en un rato —digo mientras arranco un poco de hierba.

Diago deja de contarme cómo ha conseguido estropear dos veces la misma pieza y clava la vista en el huerto.

—Lo sé —responde, moviendo una piedrecita con la punta de la zapatilla.

—Podrías poner un poco más de entusiasmo.

—Te estás marchando, Teressa. No veo qué parte debería entusiasmarme.

Lo miro de lado y una sonrisa consigue abrirse paso entre todo lo que llevo dentro. Diago resopla y se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

—¿Todavía tienes el girasol? —pregunta después de unos segundos.

—Claro que lo tengo —respondo, ofendida, y él gira la cabeza para mirarme—. ¿Por quién me tomas?

—¿Entero? —pregunta.

—Entero. Mi madre dice que acabará marchitándose, pero yo le he dicho que no importa.

—Se marchitará.

—Gracias por el apoyo.

—Es una flor, Teressa.

—Es mi flor —lo corrijo mientras le doy otro empujón—. Y tú dijiste que tenía que mirarla cuando estuviera en Sevilla.

Diago baja los ojos hacia sus manos y frota el pulgar contra una mancha oscura que todavía conserva de la fragua.

—Para saber que el otro también está mirando.

—Aunque estemos lejos —sentencio.

Cuando vuelve a mirarme, sonríe de esa forma pequeña que utiliza cuando algo le importa mucho y no quiere que se note.

Diago baja del muro de un salto y me extiende los brazos.

Me acerco al borde y él me agarra por la cintura para ayudarme a bajar.

Cuando mis pies tocan el suelo, tarda un segundo en soltarme.

Me quedo frente a él y tengo que levantar la cara porque sigue sacándome una cabeza.

Nos observamos sin decir nada y vuelvo a sentir las mariposas de ayer.

—Será mejor que regresemos —murmura mientras busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.

Asiento, tragándome las ganas de llorar. Porque ya lo echo de menos y aún no me he marchado.

El camino de vuelta se me hace demasiado corto.

Diago no dice nada cuando me aprieto un poco más contra su brazo; solo acaricia mi pulgar con el suyo y continúa caminando a mi lado como si no tuviera ninguna prisa por llegar.

Cuando doblamos la última curva, el coche de mis padres espera frente a la casa con el maletero cargado hasta arriba.

Mi padre sale a recibirnos y Diago deja de mover su dedo. Después me suelta.

—Por fin —dice papá mientras me abre los brazos—. ¿Dónde te habías metido? Estábamos a punto de salir a buscarte.

Corro hacia él porque es lo que hago siempre.

Mi madre se une a nosotros. El abrazo de los dos me envuelve unos segundos.

Sin embargo, algo ya no encaja igual. Esta mañana también estaban juntos cuando los oí discutir y parecían mis padres de siempre justo antes de que mamá dijera que ya no podía seguir así.

Trago saliva y miro por encima del hombro de mi padre. Diago sigue donde lo he dejado.

—Gracias, Diago. Siempre cuidas de Teressa —dice mi madre.

—Si ya te has despedido, sube al coche —añade papá al apartarse—. Tenemos un largo camino por delante.

—¡Espera! —exclamo y echo a correr hacia la casa.

Entro casi derrapando, atravieso el pasillo y me meto en mi habitación.

El girasol sigue sobre la cómoda, apoyado dentro de un tarro con agua.

Algunos pétalos empiezan a curvarse por los bordes, pero continúa siendo el más bonito que he tenido nunca.

Lo saco con cuidado y aprieto el tallo contra el pecho.

—No me olvido de ti —le susurro.

Cuando regreso al coche, las lágrimas vuelven a caerme silenciosas por las mejillas.

Me siento en el asiento trasero con el girasol entre las manos y pego la cara al cristal.

Diago continúa delante de la casa, con las manos metidas en los bolsillos y los hombros un poco encogidos.

No deja de mirarme y yo tampoco aparto los ojos hasta que una curva se lo lleva.

Los primeros minutos nadie habla. Mamá lleva la ventanilla un poco bajada y el aire mueve algunos mechones de su pelo.

Papá tiene las dos manos apoyadas en el volante y tararea una canción que suena en la radio, pero no llega ni al estribillo antes de rendirse.

Me acomodo el girasol sobre las piernas y acaricio uno de los pétalos con la punta del dedo.

Después me recojo el pelo en dos coletas, más por hacer algo con las manos que porque lo necesite.

Quiero pensar en Diago. No quiero pensar en esta mañana, pero las palabras regresan igual.

«No podemos seguir fingiendo, Pelayo».