Perdiendo el Norte Capítulo 49
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Capítulo 49

El paseo no ha servido para nada. He recorrido medio bosque siguiendo a Tizón, he dejado que el frío me secara el sudor de la fragua y he intentado concentrarme en el sonido del agua que desciende entre los árboles.

Sin embargo, la palabra «volver» continúa martilleándome la cabeza con la misma insistencia que cuando salí del taller.

Teressa tiene una vida en Sevilla. Un trabajo. Una amiga que llegará pasado mañana y que, tarde o temprano, se la llevará de regreso a todo lo que dejó allí.

«Lo sabía desde el principio. El problema es que anoche decidí olvidarlo».

Cuando los árboles empiezan a abrirse y aparecen las primeras casas del pueblo, sigo sin haber conseguido ordenar una sola idea.

Tizón se aleja un par de pasos para olfatear unos helechos.

Le silbo sin detenerme y, esta vez, obedece.

Trota a mi lado unos metros, hasta que alza la cabeza y se queda inmóvil.

—¿Qué pasa?

Sus orejas se levantan. Un segundo después sale corriendo. Sigo la dirección que ha tomado y descubro una figura al otro extremo del camino, junto al muro del huerto de mi abuela.

«Teressa».

Avanza hacia nosotros. Tiene el pelo revuelto por la humedad, las mejillas enrojecidas y una expresión que no consigo interpretar desde esta distancia.

Tizón llega hasta ella y comienza a rodearla, moviendo la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se balancea.

Teressa apenas parece reparar en él. Me está mirando a mí.

Algo en su rostro hace que acelere el paso.

—Teressa.

Echa a correr. Pienso que ha ocurrido algo.

Que se ha hecho daño, que alguien le ha contado lo que no debía o que los recuerdos han regresado de una forma que no puede soportar.

No me da tiempo a preguntar. Cuando llega hasta mí, se lanza contra mi cuerpo y me rodea la cintura con las piernas.

La sujeto por instinto, con un brazo alrededor de su espalda y el otro bajo sus muslos.

El impacto me obliga a retroceder un paso.

—¿Qué…?

Teressa hunde ambas manos en mi pelo y me besa.

No es un beso lento como el de esta mañana.

No hay cautela ni sueño ni espacio para preguntarnos qué estamos haciendo.

Su boca se apodera de la mía con una urgencia que me deja inmóvil durante un segundo.

Después aprieto los dedos contra su cuerpo y le devuelvo el beso con la misma intensidad.

«Sabe a lluvia y a lágrimas».

Tizón ladra a nuestros pies, molesto por haber quedado fuera de un recibimiento que probablemente considera mérito suyo.

Teressa deja escapar una risa contra mis labios antes de besarme otra vez.

La atraigo con más fuerza, incapaz de comprender qué ha cambiado y demasiado cobarde para interrumpirlo.

Cuando se aparta, respira deprisa. Mantiene la frente apoyada contra la mía y una sonrisa temblorosa le curva los labios.

—Me acuerdo —susurra, y todo mi cuerpo se congela.

—¿De qué? —pregunto mientras sus dedos se cierran en mi nuca.

—De los girasoles.

La palabra se instala en un lugar al que no permito que nadie se acerque desde hace años. Bajo a Teressa despacio, aunque no retiro las manos de su cintura cuando sus zapatillas tocan el suelo. Necesito sujetarla. O sujetarme yo. No tengo claro quién de los dos corre más peligro de caer.

—¿Qué recuerdas? —pregunto con cautela.

Teressa se limpia una lágrima con el dorso de la mano. Esta vez su sonrisa consigue imponerse.

—El huerto de Olaya. Los dos sentados en el muro y tu teoría absurda sobre los girasoles. Dijiste que, cuando desaparecía el sol, se miraban entre ellos para no quedarse mirando la oscuridad. Y que, cuando salía, volvían a mirar todos en la misma dirección —recita de manera atropellada.

La observo sin atreverme a respirar demasiado fuerte. Podría estar repitiendo algo que le han contado, pero nadie más conocía aquella conversación. Ni siquiera mis abuelos.

—Era una teoría pésima.

—Era preciosa —dice con una sonrisa que me ilumina el corazón.

Aparto la vista hacia el huerto. Los girasoles sobresalen por encima del muro, inclinados bajo el peso del agua.

—También recuerdo que cortaste dos —añade Teressa, acercándose un poco más—. Uno para ti y otro para mí.

Cierro los ojos un instante.

—Olaya estuvo una semana buscándolos.

—¿Y a quién culpaste?

—A un jabalí.

—¿Te creyó?

—No. Miento fatal y acabé limpiando el huerto entero como castigo —confieso con los ojos húmedos.

Teressa se ríe. El sonido se mezcla con el rumor del agua y consigue devolverme a aquel verano. A ella sentada sobre las piedras, balanceando las piernas mientras hablaba sin parar. Al girasol que casi la ocultaba por completo cuando se lo entregué.

Regreso a sus ojos verdes.

—Yo… te prometí que volvería —murmura y la sonrisa se le borra poco a poco.

—Teressa…

—Tú dijiste que me esperarías.

—Éramos niños.

—Tú también eras un niño y lo recuerdas todo.

No encuentro una respuesta que no revele demasiado. Teressa baja las manos hasta mi pecho y alisa con los dedos una arruga inexistente en la camiseta.

—He estado en la tienda —susurra—. Severino me ha enseñado las navajas de la familia. Me ha hablado de Raíz, de Olaya y de la primera que terminaste tú solo —continúa, observando mi reacción con demasiada atención—. La del girasol.

«Mi abuelo haciendo de las suyas».

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Tenía una «T» al otro lado de la hoja.

No digo nada. Ella espera unos segundos y, al comprobar que no pienso ayudarla, arquea una ceja.

—¿Vas a obligarme a sacarte las palabras con unas tenazas?

—No sabes utilizarlas.

—Puedo aprender —replica, sosteniéndome la mirada.

A pesar de todo, una comisura de mi boca amenaza con levantarse.

—La terminé aquel otoño —admito.

—¿Después de que me marchara?

Asiento y Teressa traga saliva.

—¿La «T» era por mí?

—Sí.

—¿Solo vas a decir «sí»?

—Has hecho una pregunta.

—Y yo que pensaba que recuperar recuerdos iba a mejorar tu capacidad de conversación.

Le sujeto la barbilla y la obligo a mirarme.

—No era el nombre de la navaja.

—Entonces, ¿qué era?

El viento mueve algunos mechones sobre sus mejillas. Los aparto con los dedos antes de responder.

—El tuyo.

Sus labios se separan, pero no sale ningún sonido.

La emoción que atraviesa su rostro me obliga a desviar la vista.

Nunca quise que viera esa navaja. No porque me avergüence haberla hecho, sino porque durante demasiado tiempo fue la prueba de una espera que terminé aprendiendo a ocultar.

Teressa apoya la mejilla contra mi mano.

—Me esperaste de verdad.

—Te lo había prometido.

—Y yo no volví...

Teressa me agarra de la camiseta cuando intento apartarme.

—Pero tú no lo sabías.

—No.

Baja la cabeza. El modo en que sus dedos se tensan sobre la tela me dice que ha comprendido todo lo que no cabe en esa respuesta.

—¿Cuándo supiste que ya no iba a volver? —pregunta.

—A finales de julio. Mi abuela llamó a Berta para preguntarle por qué no habíais venido.

Su mano pierde fuerza sobre mi jersey.

—Pero para entonces había pasado casi un año —susurra.

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que tus padres habían muerto en un accidente de coche y que tú no estabas bien.

No nos contó nada más. Tampoco hizo falta para que todo el pueblo comprendiera qué era lo que había sucedido. Teressa retrocede un paso.

—Te dije que volvería y desaparecí. Y, para colmo, ahora que he regresado, ni siquiera recordaba que existías.

—No fue culpa tuya.

—¿Cómo puedes decirlo con tanta seguridad?

—Porque no elegiste olvidarme.

—Eso no cambia lo que te hice.

—Tú no me hiciste nada.

Esperarla fue decisión mía. No pienso permitir que convierta aquella espera en una culpa más que añadir a todas las que ya arrastra.

Teressa se cruza de brazos, como si el frío hubiera atravesado de pronto su chaqueta.

Tizón deja de olfatear el borde del camino, se acerca y le mete el hocico bajo el codo.

Insiste hasta obligarla a descruzar los brazos y, en cuanto lo consigue, le lame los dedos.

Ella hunde la mano en el pelo de su cuello sin dejar de mirarme.

—No entiendo por qué esta parte quedó enterrada —murmura—. No era un recuerdo triste. Éramos felices.

«Éramos… ahí está todo».

—¿Hasta dónde recuerdas?

—¿Qué? —pregunta, frunciendo el ceño.

—De aquel verano… ¿Cuál es el último recuerdo que tienes?

Desvía la vista hacia el girasol más cercano, inclinado sobre el muro.

—Lo último que recuerdo eres tú —susurra—. El huerto, los girasoles y tu promesa de esperarme. Después no hay nada. Solo vacío. No recuerdo el viaje de vuelta ni por qué no regresé al verano siguiente.

El alivio de hace unos segundos desaparece, porque ya sé dónde termina su memoria y qué hay justo al otro lado. Todas las piezas encajan de golpe.

—Teressa… —Le sujeto el rostro entre las manos—. El accidente ocurrió en ese viaje.