Capítulo 48
Salgo de Forxa Olaya con el tacto de la madera todavía presente en la palma. Cierro los dedos como si pudiera conservarlo un poco más y echo a andar con una sonrisa que aparece sin que consiga evitarlo.
«Una T».
Existen muchas palabras que empiezan por esa letra.
Sin embargo, cuanto más intento convencerme de que podría significar cualquier cosa, más se ensancha la calidez que llevo dentro.
Diago convirtió un girasol en la marca de la primera navaja que hizo solo.
Y después grabó una «T» al otro lado de la hoja.
«Significa más de lo que mi cabeza puede recordar. Lo sé».
Necesito preguntárselo. Escuchar cómo intenta restarle importancia con una de sus respuestas escuetas mientras evita mirarme. Quiero verlo apretar la mandíbula cuando insista, porque pienso hacerlo. Y mucho.
La posibilidad hace que mi sonrisa crezca.
Tomo el camino que desciende entre las casas sin decidir muy bien adónde voy.
La lluvia ha dado una tregua, pero las hojas siguen soltando gotas sobre las piedras y el aire huele a tierra mojada, a madera húmeda y a ese norte que empieza a resultarme extrañamente familiar.
Cruzo una calle estrecha, dejo atrás un hórreo y sigo el muro cubierto de musgo, dejándome llevar por un pueblo que cada vez siento menos ajeno.
«No reconozco el camino, pero sí la sensación».
Hay algo en mí que sabe cuándo girar. Mis pies eligen una bifurcación sin que llegue a planteármelo y siguen un sendero flanqueado por hortensias hasta que las casas quedan atrás.
La familiaridad aumenta con cada paso. No nace de una imagen concreta, surge de pequeños impulsos: la certeza de que detrás de la siguiente curva habrá un muro bajo, de que una de sus piedras está suelta y de que al otro lado comienza el huerto de Olaya.
La curva aparece y también el muro. Mis pies echan raíces en el suelo.
Por encima de las piedras asoman varios girasoles.
Algunos se alzan rectos a pesar del agua acumulada sobre los pétalos; otros inclinan la cabeza, vencidos por la lluvia.
El cielo continúa cubierto, pero el amarillo parece conservar su propia luz en mitad de aquel paisaje verde y gris.
La sonrisa desaparece de mis labios. No sé qué ocurre.
Un instante antes estaba pensando en Diago y en todas las maneras posibles de obligarlo a explicarme el significado de aquella letra.
Ahora apenas consigo respirar. Me acerco al muro y apoyo una mano sobre la piedra húmeda.
El frío me atraviesa la piel, pero no consigue apagar el calor que se extiende por mi cuerpo.
Es el mismo que sentí al sostener la navaja, solo que ahora crece sin medida y lo ocupa todo hasta volverse doloroso.
Uno de los girasoles se balancea con el viento y una lágrima resbala hasta la comisura de mis labios. Me la limpio, desconcertada. Después llega otra.
—¿Por qué estoy llorando? —susurro.
Las flores no responden, sin embargo, algo se abre paso detrás de la neblina. Primero llega una voz, más joven y menos grave, aunque reconocería ese tono en cualquier parte.
«No están tristes».
Cierro los ojos y el huerto desaparece. Cuando vuelve a formarse, el sol me calienta los hombros y las piedras del muro están secas bajo mis manos. Mis piernas, mucho más cortas, cuelgan al otro lado mientras observo a un Diago adolescente abrirse paso entre los girasoles.
—Sí que lo están —protesto—. Llevan todo el día mirando al suelo.
—Porque está anocheciendo.
—Eso no es una explicación.
Diago aparta una hoja enorme para pasar. Tiene el pelo demasiado largo sobre la frente y una mancha de hollín en una mejilla. Probablemente ha venido directo de la fragua.
—Siguen al sol —dice como si con eso bastara.
—Eso ya lo sé. Lo aprendí en el colegio.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
—Porque en el colegio no explicaron qué hacen cuando el sol desaparece.
Diago levanta la vista hacia mí. Permanece callado unos segundos, buscando una respuesta que sospecho que tampoco conoce.
—Se miran entre ellos.
—Te lo acabas de inventar —lo acuso, frunciendo el ceño.
—No —gruñe.
—Sí.
—¿Para qué preguntas si no vas a creerme?
Cruzo los brazos. Diago intenta ocultar una sonrisa mientras se detiene frente a dos girasoles inclinados el uno hacia el otro.
—Cuando no hay sol, se miran entre ellos —repite—. Así ninguno tiene que quedarse mirando la oscuridad.
La respuesta me gusta tanto que decido no recordarle que los girasoles no tienen ojos.
—¿Y cuándo vuelve a salir?
—Entonces todos miran en la misma dirección otra vez.
—Eso es un poco aburrido.
—Son flores, Teressa. No puedes pedirles mucho más.
Le lanzo una hoja que he arrancado del muro. No llega ni a rozarlo, pero Diago se aparta como si hubiese tenido alguna posibilidad de acertar.
El recuerdo tiembla. Por un momento, las imágenes se mezclan con el amarillo de los girasoles que tengo delante.
Podría abrir los ojos. Una parte de mí quiere hacerlo, detenerme para no averiguar por qué esta escena ha permanecido enterrada tantos años.
Sin embargo, no lo hago. Me aferro a la piedra y el tiempo avanza dentro del recuerdo.
El cielo se ha teñido de naranja. Diago y yo estamos sentados sobre el muro, pero ya no hablamos. Mañana regreso a Sevilla y el silencio entre nosotros pesa más que las maletas que mi madre lleva toda la tarde preparando. Arranco un pedazo de musgo de la piedra y lo deshago entre los dedos.
—El próximo verano volveré antes.
Diago mantiene la vista en el huerto.
—Siempre dices lo mismo.
—Esta vez es verdad.
—También dices eso siempre —responde, mirándome de reojo.
Le doy un golpe en el hombro, pero ni se inmuta.
—Podrías fingir que vas a echarme de menos.
—Podrías dejar de decir tonterías.
—Eso significa que sí —digo con una sonrisa mientras me acerco un poco más.
Diago se pone en pie antes de que pueda verle la cara y salta al otro lado del muro. Lo observo caminar entre las plantas hasta detenerse frente a dos girasoles más pequeños que los demás. Saca la navaja que lleva en el bolsillo y corta los tallos con cuidado. Regresa con uno en cada mano.
—Olaya te va a matar —le advierto.
—Si no se lo cuentas, no.
Me pongo en pie cuando llega hasta mí y él me entrega uno de los girasoles. El tallo es grueso y áspero, y tengo que sujetarlo con ambas manos.
—Este es el tuyo —dice.
—¿Y el otro? —pregunto, señalando el girasol que todavía sostiene.
—El mío.
Miro las dos flores y después a él. Diago baja la vista hacia el girasol que sostiene. Sus dedos recorren uno de los pétalos y se encoge de hombros.
—Cuando estés en Sevilla y sea de noche, puedes mirar el tuyo.
—Se va a secar —confieso, arrugando la nariz.
—Ya lo sé.
—Entonces tu plan tiene bastantes fallos.
—Teressa.
—Vale, vale. Lo miraré.
Su expresión continúa seria, como si no bastara con que acepte una idea que no comprendo.
—Y sabrás que el otro también está mirando —añade.
Entonces lo entiendo. Aprieto el tallo contra el pecho y el centro oscuro de la flor me roza la barbilla.
—Aunque estemos lejos.
Diago sonríe. Es una sonrisa breve, casi tímida, muy distinta de las que me regala ahora y, al mismo tiempo, exactamente igual.
—Volveré el próximo verano —prometo.
Esta vez Diago no aparta la vista.
—Te esperaré.
La sencillez con la que lo dice consigue que algo me apriete por dentro. Levanto el girasol entre nosotros para ocultarme detrás de los pétalos.
—Más te vale. Si encuentro a otra ocupando mi sitio en el muro, la tiro al huerto.
—No habrá otra.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto, bajando la flor.
Diago se acerca y coloca su girasol junto al mío hasta que las dos flores quedan frente a frente.
—Porque este sitio es tuyo.
Lo miro por encima de los pétalos con las mejillas encendidas. Está demasiado cerca y, por primera vez en toda la tarde, ninguno de los dos parece tener algo que decir. Diago baja despacio el girasol que sostiene y, sin saber muy bien por qué, yo hago lo mismo.
Cuando vuelve a mirarme, lo hace de una forma que me pone todavía más nerviosa. No sé quién se acerca primero. Puede que los dos. Los girasoles quedan atrapados entre nuestros cuerpos y su nariz choca torpemente con la mía antes de que sus labios rocen los míos.
El recuerdo se detiene ahí. No aparece el viaje de vuelta, tampoco el final de aquel verano. Solo Diago delante de mí, dos girasoles entrelazándose y una promesa que entonces me pareció imposible de romper.
Abro los ojos. El huerto de Olaya vuelve a extenderse al otro lado del muro, cubierto por la luz gris de la tarde.
Tengo las mejillas mojadas y los dedos aferrados a la piedra con tanta fuerza que me duelen.
Ahora sé por qué sentí esto con el girasol de la navaja.
Sé qué significa que Diago lo escogiera para la primera pieza que decidió conservar.
Y sé cuál es la única palabra que puede esconderse detrás de aquella «T».
«Teressa».
Él se acordaba. Cuando me salvó en la cuesta, cuando me acompañó a casa bajo la lluvia, cuando me preparó el desayuno esta mañana…
Diago sabía quién era yo. Recordaba el muro, las flores y aquella promesa mientras yo lo miraba como si fuera un desconocido.
Me llevo una mano al pecho. El dolor continúa allí, pero ya no se parece a la punzada imprecisa de los últimos días.
Ahora tiene un rostro y una voz: los de un muchacho que sostuvo un girasol cuando aseguró que me esperaría.
«Y yo le prometí que volvería».
Contemplo las flores inclinadas unas hacia otras bajo el cielo sin sol. Durante todos estos días he pensado que regresé al norte empujada por una sensación que no sabía explicar. Quizá no era el pueblo lo que intentaba recordar.
«Quizá siempre fue él».
Necesito encontrar a Diago. Preguntarle cuánto tiempo esperó, por qué nunca me habló de los girasoles y cómo pudo mirarme todos estos días sin contarme que una parte de mí seguía guardada en la primera navaja que hizo con sus propias manos.
Me aparto del muro y vuelvo hacia el camino. Antes de marcharme, miro una última vez el huerto.
—He vuelto —susurro, aunque Diago no está allí para escucharme.
«Solo que he tardado demasiado».