Capítulo 47
Cuando guardo el móvil y levanto la vista, estoy delante de Forxa Olaya. No recuerdo haber decidido tomar el camino hacia la tienda, aunque empiezo a sospechar que mis pies están tan poco interesados como el resto de mi cuerpo en consultar a mi cerebro.
Empujo la puerta. La campanilla anuncia mi llegada, pero Severino está hablando y no quiero interrumpirlo.
Me dedica un gesto con la cabeza antes de continuar con la explicación que ofrece a una familia de turistas: una pareja y sus dos hijos, todos inclinados sobre el mostrador.
Mi mirada se escapa hacia el arco de piedra que comunica la tienda con la fragua.
El fuego permanece bajo y el martillo descansa sobre la mesa.
«Diago no está».
La decepción me oprime el pecho un instante. Me recuerdo que no sabía que iba a venir, que no hemos quedado y que resulta absurdo esperar que permanezca en el mismo sitio todo el día por si a mí se me ocurre aparecer.
Me acerco a uno de los expositores fingiendo interés por las piezas. Al lado de ellas, encuentro una pequeña hilera de llaveros de madera con forma de navaja y acaricio con la yema de los dedos el tallado. Son casi idénticos al que cuelga de las llaves de la casa.
«Parece que todo me llevaba hasta aquí».
Al fondo, Severino empieza a hablar y termino prestándole atención. Sobre el mostrador ha extendido un paño oscuro y, encima, ha colocado tres navajas.
—Estas no están a la venta —explica, recorriéndolas con una mirada en la que asoma algo parecido al orgullo—.
En esta familia, cuando alguien toma el relevo de la fragua, conserva una pieza.
No tiene que ser la más perfecta ni la más valiosa.
Solo la primera en la que reconoce al artesano que quiere llegar a ser.
El hijo menor contempla las navajas con los ojos muy abiertos.
—¿Y les ponéis nombre?
—Siempre. —Severino acaricia el paño con la yema de los dedos—. Los artesanos cambiamos con los años, pero, mientras una pieza conserve nuestro nombre, una parte de nuestras manos permanece en ella.
Toma la primera. Es la más antigua, la madera del mango se ha oscurecido con los años y la hoja conserva pequeñas marcas que nadie ha intentado borrar.
—La hizo mi abuelo, el bisabuelo de Diago. La llamó Raíz.
—¿Fue la primera navaja que hizo? —pregunta el niño.
—No. Fue la primera que decidió no vender.
—Severino la sostiene con el cuidado que se reserva a las cosas que ya no pueden reemplazarse—.
Decía que aquella pieza le había enseñado que podía construir una vida alrededor de este oficio.
De ella salieron los primeros encargos, este taller y todo lo que vino después.
Por eso la llamó Raíz: porque, aunque nadie pudiera verla, todo seguía creciendo desde allí.
Deposita la navaja sobre el paño y toma la segunda. Su mango es de una madera más clara, surcada por vetas oscuras.
—Esta es mía. Se llama Olaya.
La madre sonríe.
—Como la tienda.
—No. —La corrección de Severino es inmediata, aunque sus facciones se suavizan—. La tienda se llama como ella.
—¿Entonces antiguamente tenía otro nombre?
—Antes solo era la forja de mi abuelo —dice Severino, observando la navaja—. Forxa Olaya vino después.
Pasa el pulgar por la madera y, durante unos segundos, deja de hablar para los turistas.
—La fabriqué cuando me hice cargo de la fragua.
Pensaba venderla, pero Olaya, mi mujer, la apartó antes de que pudiera colocarle el precio.
Dijo que esta se quedaba con nosotros. Yo creía que bastaba con saber trabajar el acero para mantener vivo el negocio.
Ella me enseñó que también había que escuchar a la gente, atenderla y conseguir que quisiera regresar.
Mientras yo me encerraba aquí detrás, Olaya lograba que alguien se llevara una navaja incluso cuando había entrado solo para resguardarse de la lluvia.
—Eso es tener talento —comenta el padre.
—Mucho más que golpear el metal —asegura Severino, con un brillo distinto en los ojos—. Yo hice la navaja, pero ella mantuvo en pie todo lo que representa.
La deja junto a Raíz. La hija mayor señala entonces la última pieza.
—¿Y esa?
Mi atención se dirige hacia ella antes de que Severino llegue a tocarla. Es más reciente que las otras. El mango conserva el tono cálido de la madera y la hoja está abierta. En una de sus caras hay grabado un girasol de pétalos largos y desiguales.
Severino no la levanta de inmediato. Primero acomoda las otras dos sobre el paño y después rodea el mango con los dedos.
—Esta la hizo Diago, mi nieto y el que ahora es el alma de esta fragua —explica.
Su voz ha cambiado. Apenas un matiz, una nota de orgullo más profunda que la anterior, pero suficiente para que yo la perciba.
—Fue la primera navaja que terminó sin que yo tuviera que corregirle un golpe, una línea o un remache.
La trabajó entera: calentó el acero, dio forma a la hoja, ajustó la virola, preparó el mango y ensambló cada pieza.
Cuando acabó, se quedó observándola un buen rato. Después dijo que no estaba en venta.
Me acerco un poco más. Reconozco la forma del girasol. Es la misma del punzón que eligió Inés durante el taller con los niños.
—¿Cómo se llama? —pregunta la muchacha.
Severino tarda en responder.
—Nunca quiso decírnoslo.
—Pero ha dicho que todas tienen un nombre.
—Y lo tienen. Diago también se lo puso a esta, aunque nunca lo pronunció delante de nosotros.
Gira la muñeca despacio para mostrar el girasol grabado en una de las caras de la hoja. Después le da la vuelta. En el otro lado, junto al nacimiento del acero, hay una marca diminuta. Una sola letra.
«T».
—¿Eso es el nombre? —pregunta el niño.
—Es lo único que quiso grabar.
—¿Y qué significa?
Severino levanta la cabeza. Sus ojos encuentran los míos al otro lado del mostrador y permanecen allí un segundo más de lo necesario.
—Hay historias que solo puede contar la persona a la que pertenecen —responde antes de volver a mirar a la familia—. Eso tendríais que preguntárselo a Diago.
El padre le agradece la explicación y señala una de las piezas del expositor que quieren llevarse.
Mientras Severino la envuelve, la madre repara en mí y reúne a los niños con un gesto discreto, dejándome libre el espacio frente al mostrador.
Pagan la navaja, se despiden y la campanilla vuelve a sonar cuando salen.
La tienda queda en silencio. Solo entonces me acerco al paño oscuro. Observo primero el girasol y después la letra grabada al otro lado de la hoja.
«T de temple. De tradición. De Tizón».
Existen muchas palabras que empiezan por esa letra. El problema es que, después de la mirada de Severino, solo consigo pensar en una.
—Es muy bonita —murmuro, porque no se me ocurre nada más inteligente que decir.
—Toma, obsérvala de cerca —me anima Severino.
Deposita la navaja abierta sobre el paño, con el mango orientado hacia mí.
La recojo con cuidado. La madera encaja en mi palma como si hubiese sido creada para permanecer allí.
Inclino la hoja y la luz se desliza sobre los pétalos del girasol.
Cuando giro la muñeca, la pequeña «T» aparece al otro lado.
Entonces, sin saber por qué, la calidez que me empujó a regresar al norte comienza a expandirse dentro de mí.
El corazón se acelera y las imágenes se suceden antes de que pueda retener ninguna.
No forman todavía un recuerdo completo, solo fogonazos: unas manos más grandes cubriendo las mías, el calor del fuego encendiéndome las mejillas y una promesa susurrada entre piedras.
Una presión intensa me obliga a tomar aire. Al levantar la cabeza, desvío la mirada hacia el arco que comunica la tienda con la fragua.
—Ha salido a pasear con Tizón —me informa Severino, siguiendo la dirección de mis ojos.
Devuelvo la navaja, aunque la pequeña «T» parece haberse quedado grabada en el centro de mi palma. Cuando entré en Forxa Olaya, no sabía por qué mis pasos me habían traído hasta aquí. Ahora sí.