Capítulo 46
—Me ha dicho un pajarito que ayer acompañaste a la andaluza hasta su casa —comenta Nico por encima del sonido de mis martillazos.
«Hoy ha venido dispuesto a tocarme los cojones, como si ambos no supiéramos quién es ese pajarito».
—Sí. ¿Y qué? —gruño sin dejar de trabajar.
—Nada. Solo que hace un rato Celia estaba contando que te vio salir de allí esta mañana.
El siguiente golpe cae con más fuerza de la necesaria. Al otro lado de la puerta abierta, Tizón levanta la cabeza desde el rincón fresco donde lleva tumbado toda la mañana. Me observa unos segundos y, al comprobar que la fragua no se está viniendo abajo, vuelve a apoyar el hocico sobre las patas.
Sabía que alguien me habría visto. Lo que no me apetecía era dar explicaciones sobre lo que ni yo mismo sé cómo definir. Giro la cabeza, clavo los ojos en mi amigo y los entrecierro, a la espera de que añada algo más. Nico me aguanta la mirada sin perder la sonrisa.
—No hace falta que me amenaces. No pienso pedirte detalles.
—Entonces deja de buscarlos.
—No estoy buscando nada. En este pueblo, la información te encuentra, aunque intentes esconderte debajo de una piedra.
—Celia necesita una afición.
—Tú eres su afición —responde, señalándome con el vaso de café—. Al menos esta semana.
Vuelvo la atención al metal y lo sujeto con las tenazas para girarlo sobre el yunque.
—No ocurrió nada que te incumba.
—Eso confirma que ocurrió algo.
—Nico.
—Vale, vale. —Levanta una mano en señal de rendición y da un sorbo al café—. Solo quería saber si estás bien.
—Estoy perfectamente.
Su mirada desciende hasta la pieza sobre la que llevo trabajando toda la mañana.
—Ese pobre metal no opina lo mismo.
Observo la deformación que he provocado en uno de los extremos y aprieto la mandíbula. Tendré que calentarlo otra vez para corregirla.
—Forma parte del proceso.
—Claro. Y yo he venido por el agradable clima de la fragua.
Introduzco la pieza de nuevo en el fuego, decidido a ignorarlo. Nico permanece en silencio durante unos segundos, algo poco habitual en él.
—Ten cuidado, Diago —dice al fin.
—No voy a hacerle daño.
—No hablaba de ella.
Sus palabras encuentran un lugar incómodo en mi pecho.
Avivo el fuego y observo cómo el metal recupera poco a poco el color, fingiendo que no comprendo lo que quiere decir.
Lo peor es que no necesito que me lo explique.
Desde esta mañana intento concentrarme en cualquier cosa que no sea la palabra «volver», pero ha terminado colándose hasta en el ritmo del martillo.
—Necesito salir a tomar el aire —digo mientras retiro la pieza de las brasas.
—¿Quieres compañía? —pregunta Nico con cautela.
Me conoce demasiado bien. Ya en el instituto detectaba incluso los cambios de humor que yo creía no mostrar.
En aquel entonces, no hizo falta que le contara cuánto echaba de menos a la chica del sur cuando dejaron de repetirse aquellos veranos.
La que hablaba muy rápido, hacía preguntas sobre cualquier cosa y tenía una peligrosa facilidad para distraerme.
—No. Me llevo a Tizón.
Al oír su nombre, el perro vuelve a levantar el hocico y se incorpora con una lentitud que deja bastante claro lo poco que le apetece abandonar su rincón.
—Buena elección —concede Nico—. Tiene más tacto que yo.
—Y habla menos.
—Eso también.
Dejo el metal apartado, reduzco la entrada de aire y me desato el delantal.
Cojo el abrigo que cuelga junto a la puerta y me lo pongo antes de cruzar la zona de exposición.
Al otro lado, encuentro a mi abuelo colocando varias navajas sobre el paño oscuro del mostrador.
Ni siquiera alza la cabeza cuando escucha mis pasos.
—Voy a sacar a Tizón —le digo.
Severino mira al perro, que se ha detenido junto a mí con la lengua fuera, y después me observa.
—Tizón lleva toda la mañana durmiendo.
—Entonces será él quien me saque a mí.
—No tardes —dice con una sonrisa mientras niega despacio con la cabeza.
Empujo la puerta y el aire fresco me golpea la cara. Tizón se adelanta, enfila el sendero que bordea la fragua y se pierde entre los árboles. Lo sigo con las manos metidas en los bolsillos, repitiéndome que solo necesito aire, no distancia.
«El problema es que nunca he sabido buscar una sin encontrar la otra».