Capítulo 45
Paso una página del álbum y observo las fotografías con más atención. Ahora que algunos recuerdos empiezan a regresar, también crece la calidez que me atrajo hasta el pueblo, esa certeza inexplicable de que tenía que volver.
Me detengo en una imagen rasgada justo por la mitad.
Alguien ha unido las dos partes con cinta adhesiva, ya amarillenta por el paso de los años.
La rotura atraviesa el espacio que separa a mis padres de mí.
Saco la fotografía de la lámina con cuidado y la observo detenidamente.
Aparezco a un lado, sonriendo y sacándole la lengua a la cámara.
Al fondo, ellos están más serios que en otras fotografías.
Mi madre me mira con los brazos cruzados mientras mi padre parece explicarle algo.
Sus figuras están borrosas, fuera de foco.
Toda la nitidez de la imagen se concentra en mí.
Deslizo la yema del dedo sobre la cinta adhesiva.
No recuerdo quién rasgó la fotografía. Tampoco por qué alguien decidió recomponerla.
La coloco de nuevo en su sitio y paso la página.
En esta predominan las fotografías mías haciendo la tonta: sacando la lengua, bizqueando o inflando las mejillas.
En una de ellas, mis padres me abrazan, uno a cada lado, e imitan mi gesto.
La imagen me llena el pecho de calor. Parecen felices.
Tanto que, durante unos segundos, me convenzo de que he interpretado mal la seriedad de sus rostros en la fotografía anterior.
Aun así, la punzada no desaparece del todo.
Cierro el álbum y me quedo un momento con las manos apoyadas sobre la cubierta.
Desvío la vista hacia los marcos que siguen boca abajo sobre la repisa de la chimenea.
Durante días he pasado junto a ellos fingiendo que no los veía, como si mantener las fotografías ocultas pudiera impedir que removieran algo más.
Esta vez me acerco. Le doy la vuelta al primero.
La imagen está en blanco y negro, y en ella aparece mi padre delante de esta misma casa, mucho más joven de lo que recuerdo, con el pelo más largo, una camiseta clara y esa sonrisa abierta que ya empiezo a reconocer en algunas fotografías del álbum.
Solo es un muchacho apoyado en la barandilla del porche, mirando a la cámara como si todavía no supiera todo lo que iba a ocurrir aquí.
Trago saliva y cojo el segundo marco. Soy yo.
Debo de tener pocos meses. Estoy envuelta en una manta y mi madre me sostiene contra su pecho delante de la casa.
Tiene la cabeza inclinada hacia mí y una expresión que me obliga a acercar la fotografía un poco más.
Entonces me fijo en el porche, en la piedra de la fachada, en ese paisaje que todavía no podía recordar y, sin embargo, ya formaba parte de mí.
Antes de aprender a caminar, antes de saber siquiera quién era, yo ya estaba aquí.
Y, por primera vez, el norte deja de parecerme solo un lugar al que volvía. Empieza a sentirse un poco más como un hogar.
Después de ducharme, recojo y limpio un poco la casa.
Al pasar un trapo por el aparador, encuentro el pulverizador que Elena incluyó en la caja y lo observo con cierta desconfianza.
Me digo que esto no puede ser peligroso.
No tengo que encender nada y solo sirve para limpiar las energías negativas.
Quizá consiga librarme de esa sensación que me acompaña desde que vi la fotografía rasgada.
Pulverizo los rincones con la solemnidad de quien ya ha estado a punto de incendiar una casa durante un ritual de purificación. Como no aparece humo ni se activa ninguna alarma, decido ampliar la limpieza al porche. Abro la puerta y comienzo mi labor.
—¿Es repelente para los jabalíes? —exclama Celia desde el camino.
Mi dedo se detiene sobre el pulverizador.
—No. Es para limpiar las energías negativas —respondo. Tardo un segundo en asimilar sus palabras y doy un paso atrás—. Espera. ¿Hay jabalíes?
—Esto está pegado al monte, hija —me recuerda, señalando el bosque—. Alguno baja de vez en cuando, pero tranquila: no suelen llamar a la puerta.
Observo los árboles y decido continuar la limpieza desde una distancia prudencial.
—¿Vas a bajar al pueblo? —pregunta Celia al reparar en que ya estoy vestida.
—Sí, quiero buscar algunos de los lugares a los que solía ir de pequeña.
—No te costará encontrarlos —asegura y reanuda el camino—. Aquí cambia la gente, pero las piedras siguen siempre en el mismo sitio.
Dejo el pulverizador junto a la puerta y saco el teléfono para revisar las fotos que hice antes de cerrar el álbum. Todas muestran rincones cercanos del pueblo. Los senderos, los bosques y los lugares más alejados pueden esperar. Esos quiero descubrirlos con Diago.
El móvil vibra en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saco y observo el nombre que aparece en la pantalla: Mikel. Silencio la llamada y vuelvo a guardarlo.
«Puedes esperar un poco más».
Llevo buena parte del día perdiéndome entre lo que conservo en la memoria y lo que guardan las fotografías del móvil.
La gente se acerca a mí con una familiaridad que duele.
Tengo recuerdos de este pueblo, de juegos en la plaza y de instantes que se me escapan entre los dedos como la lluvia que empieza a caer.
No entiendo por qué algunos quedaron sepultados bajo esa neblina que ahora comienza a dispersarse.
Cuando me siento en un banco de la plaza, un anciano de los que charlan junto a la fuente me reconoce.
Me cuenta lo trasto que era, las ideas que tenía y cómo cada verano me inventaba una misión diferente.
Los demás no tardan en sumarse y empiezan a hablarme de mis padres: de sus largos paseos, de lo mucho que mi padre se detenía para ayudar a cualquiera y de que ni siquiera durante las vacaciones conseguía olvidarse de su profesión.
—Pelayo no sabía dejar de ser maestro —me cuenta uno de ellos, apoyando ambas manos sobre el bastón—. Hasta aquí se buscó un alumno.
No necesito preguntar quién fue aquel alumno. Varias miradas se desvían hacia la fragua.
«Diago».
Sevi le enseñó a trabajar el metal. Quizá mi padre le enseñó, sin pretenderlo, algo sobre la paciencia necesaria para transmitir lo que uno sabe.
Pienso en Diago inclinándose junto a Mateo, corrigiendo la posición de sus manos y repitiéndole por enésima vez que el yunque no se acaricia.
Y, casi sin darme cuenta, encuentro una pequeña parte de mi padre en el hombre en que se ha convertido aquel rapaz.
Continúo hasta la iglesia, uno de los edificios más antiguos del pueblo.
En la fotografía apenas se distingue la fachada de piedra detrás de mí: aparezco subida al murete que rodea el pequeño jardín, con los brazos extendidos y una expresión de absoluta concentración, como si mantener el equilibrio fuera una cuestión de vida o muerte.
Levanto el móvil para comparar ambos lugares.
—No me digas que eres una de esas influencers .
La voz de Deva hace que me gire. Se acerca por el camino con una tote bag decorada con el nombre del pueblo y un dibujo precioso de las montañas.
—¿Qué? No, por favor —me apresuro a aclarar—. Solo estoy mirando el encuadre.
—Menos mal —dice, llevándose una mano al pecho y soltando un largo suspiro de alivio—.
Últimamente han venido algunas influencers de esas que graban cuatro vídeos y hablan del pueblo como si lo conocieran.
Estamos un poco cansados de ese tipo de turismo, aunque, según ellas, nos hacen «publicidad».
—Traza las comillas en el aire y me observa con curiosidad—.
Por cierto, ¿a qué te dedicas? Ahora que lo pienso, diría que ese dato todavía no circula por el pueblo.
Eso sí, todo el mundo conoce lo de la humareda y, bueno… lo que ha pasado con el pulverizador.
—¿Cómo pueden saberlo ya? —pregunto, bajando el teléfono.
—Es un pueblo pequeño —explica encogiéndose de hombros—. Puede que Celia ya se lo haya contado hasta al cura —añade, señalando la iglesia con la barbilla.
—Trabajo como redactora en Boom! , una revista juvenil en Sevilla. Llevo una sección llamada SOS Corazón . Respondo consultas sobre relaciones, rupturas, amistades… Ese tipo de cosas.
—¿Tú das consejos sentimentales? —pregunta Deva después de parpadear un par de veces.
—Sobre el papel se me da de maravilla.
—¿Y fuera de él? —inquiere, ladeando la cabeza.
—Fuera del papel no hay un correo que puedas releer veinte veces antes de responder. Así que improviso, como todo el mundo.
—Qué pena —dice mientras una sonrisa lenta se extiende por su rostro—. Iba a pedirte una valoración profesional de lo que ocurrió después de que salieras de Casa Sindo con Diago.
«Vaya con Deva. Me la ha colado en menos de dos segundos».
—No sé de qué hablas —respondo intentando mantener la expresión más inocente de mi repertorio.
—Ya… —Deva arquea una ceja—. ¿Crees que en el pueblo no se comenta que os marchasteis juntos?
La sangre me sube de golpe a las mejillas. Anoche no me importaron las consecuencias. Hoy parece que me toca apechugar con ellas. Me guardo el teléfono en el bolsillo.
—No ocurrió nada —aclaro demasiado deprisa.
—Yo no he preguntado —replica Deva, sonriendo.
Suelto aire por la nariz y vuelvo la vista hacia la iglesia. Su risa breve se mezcla con el sonido del agua que cae desde el borde del tejado. Durante unos segundos permanecemos en silencio.
—Solo dime una cosa —pide con un tono más suave—. ¿Estás bien?
—Sí —respondo, sorprendida por el cambio.
—¿Y él? —pregunta sin mirarme.
—Diago siempre parece estar bien.
—No. Diago siempre parece Diago —me corrige—. No es lo mismo.
Pienso en él moviéndose por mi cocina como si nunca hubiera dejado de pertenecer a aquella casa. En el café, la miel y el beso con el que se ha despedido.
—Esta mañana me ha preparado el desayuno —confieso.
—Ah —murmura Deva alzando las cejas.
—¿Qué significa ese «ah»?
—Que con Diago las cosas importantes suelen caber en gestos pequeños. Un paraguas, un desayuno… —Se encoge de hombros—. Hay que saber mirar.
—Yo estoy aprendiendo.
—Me alegro —dice tras observarme, esta vez sin rastro de malicia en la sonrisa.
Se aleja, aunque se detiene después de dar unos pasos.
—Por cierto —añade por encima del hombro—, aquella noche no sonreí porque os marcharais juntos.
—¿Entonces por qué?
—Porque vi cómo te miró antes de coger el paraguas.
—¿Y cómo me miró?
Deva se acomoda la bolsa sobre el hombro y vuelve a sonreír.
—Como si acabara de perder una discusión consigo mismo.
La veo marcharse y vuelvo a sacar el teléfono. Deslizo el dedo por las fotografías que he hecho durante los últimos días: la plaza, el puente, la poza… Me detengo en una del molino. Estoy a punto de pasar a la siguiente cuando descubro una silueta en uno de los extremos.
Amplío la imagen con dos dedos. La calidad se resiente, pero aún distingo a Diago junto a la orilla, con Tizón tumbado a sus pies. Mientras yo intentaba atrapar el molino dentro del encuadre, la cámara guardó algo que no supe ver entonces: la forma en que Diago me miraba.