Capítulo 44
Teressa mantiene los ojos cerrados y una mano sobre la fotografía. La otra continúa debajo de la mía. Sus párpados tiemblan mientras intenta alcanzar unas imágenes que para mí no están tan lejos.
Recuerdo aquella tarde. Llegó a la fragua alterada, con los ojos demasiado brillantes, y no quiso contarme todo lo que había ocurrido.
Solo dijo que todavía no quería volver a casa, así que dejé lo que estaba haciendo y me la llevé de allí con la excusa de que nos íbamos de aventura.
A descubrir algo. Lo que fuera con tal de distraerla.
Durante años, fue más fácil aceptar que me había olvidado que preguntarme por qué. Ahora le haría tantas preguntas, pero prefiero no presionarla. Quiero que los recuerdos lleguen como tengan que llegar. Yo estaré aquí para ayudarla cuando lo hagan.
—Te recuerdo, Diago.
He soportado el calor de la fragua, cortes que necesitaron puntos y quemaduras que me arrancaron la piel. Nada me ha dejado tan indefenso como escuchar mi nombre en su boca de esa manera.
Me inclino y le beso la frente. Podría decirle que yo no he olvidado ni un solo día. Que recuerdo la ropa que llevaba, las preguntas que hacía y la forma en que aparecía en la fragua inventándose cualquier excusa para quedarse conmigo.
El teléfono vibra sobre la mesa. Teressa se sobresalta y gira la cabeza hacia la pantalla.
—Es Brisa.
Retiro la mano para dejarla responder y me levanto. Tengo que vestirme y abrir el taller. Llevo suficiente retraso, aunque una parte de mí continúa buscando razones para permanecer en esta cocina.
—Buenos días —saluda Teressa después de activar el manos libres.
La voz de Brisa llena la casa.
—Dime que sigues viva.
—Sigo viva —responde mientras acaricia el borde de la fotografía.
—Necesito más información. Esta mañana he mirado la app del tiempo y he visto que anoche hubo una tormenta de las gordas. ¿Estás bien?
Teressa me observa. La sonrisa que intenta ocultar me devuelve a la noche anterior. A su cuerpo debajo del mío. A la forma en que se acurrucó contra mi pecho cuando tronó y terminó quedándose dormida sin soltarme la mano.
—Ah, ¿sí? Ni me enteré. Me quedé dormida —responde bajando la vista al álbum.
—¿Qué? Tessa, desde aquí huelo la mentira…
Teressa se aclara la garganta y pasa una página que ni siquiera mira.
—¿Para qué llamabas?
—Para avisarte de que pasado mañana estoy allí.
Me quedo con la camiseta a medio bajar, a la altura del pecho.
—¿Tan pronto? —pregunta Teressa, levantando la vista.
—He terminado antes de lo que esperaba. Llegaré por la tarde.
—Pensaba que tardarías algunos días más —dice, sorprendida.
—Reconoce que me echas de menos y acabamos antes.
—La casa está mucho más tranquila sin ti —replica, aunque una sonrisa amenaza con traicionarla.
—Y también más aburrida. Además, me he encontrado con Lucía. Dice que en la redacción están deseando que vuelvas porque te necesitan, pero que Elena no quiere presionarte porque eso causa malas vibraciones o energías negativas en los chacras. O algo así.
Termino de bajarme la camiseta. El tejido se pega a mi espalda, todavía húmedo en algunas zonas.
—Aún me quedan días de vacaciones —dice Teressa y gira la cucharilla dentro de la taza—. Fue ella quien me obligó a cogerlas. Ya hablaremos de volver.
El último verbo permanece suspendido en la cocina.
«Volver».
No marcharse. No regresar durante unos días para resolver algo. Volver a su vida.
Recojo el jersey del respaldo de la silla y compruebo que continúa demasiado mojado para ponérmelo. Teressa me observa mientras Brisa sigue hablando.
—Ya, ya… Lo sé. Pero diría que en la redacción están marcando los días en el calendario. SOS Corazón no puede sobrevivir sin ti.
Habla de su regreso como si ya existiera una fecha, aunque Teressa todavía no la conozca.
—Acabas de anunciarme que vienes pasado mañana. Ya nos pondremos al día de todo —dice al dejar la cucharilla y cerrar el álbum despacio—. Aunque sí tengo que reconocer que he estado leyendo las consultas que me mandó Elena y el gusanillo ha vuelto.
—¿Con respuestas sensatas? ¿Nada de toxicidad?
—Sí. —Teressa levanta los ojos hasta encontrar los míos—. Hay algo aquí que me inspira. Así que, por ahora, no hablemos de cuándo voy a volver.
La respuesta debería aliviar la presión que se ha instalado en mi pecho.
Sin embargo, no lo consigue. No ha dicho que no vaya a hacerlo.
Tampoco tendría sentido que lo dijera. Su trabajo, su amiga y toda su vida se encuentran allí.
Este pueblo solo era el lugar al que vino para recuperar una versión de sí misma que había olvidado y dejar atrás a otro hombre.
Anoche todo parecía más sencillo.
«Joder».
—Hablamos cuando llegue —concede Brisa—. Ahora dime por qué respondes como si acabaras de correr una maratón y quién está haciendo ruido a tu lado.
Teressa me mira. No aparto los ojos.
—Son las tuberías. Estás imaginando cosas —miente mientras intenta contener la sonrisa—. Hablamos cuando llegues. Te quiero, Brisa.
Cuelga antes de que su amiga pueda protestar y deja el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Sutil —comento, estirando el borde de la camiseta.
—No sé de qué hablas. —Teressa cruza los brazos sobre el pecho.
—Eres una mentirosa pésima.
—Eso ya me lo ha dicho un hombre muy presuntuoso —replica y alza la barbilla.
La sonrisa continúa en su boca, pero se desvanece un poco cuando comprende que no respondo. Se levanta y acorta la distancia entre nosotros.
—Brisa habla demasiado.
—Me había dado cuenta.
—Que vuelva no significa que yo vaya a regresar hoy a Sevilla.
—No he dicho que fueras a hacerlo.
—No hacía falta.
Utiliza mis propias palabras y, por un instante, estoy a punto de sonreír.
—Tienes un trabajo allí —digo, dejando el jersey sobre la silla.
—También tengo cosas que hacer aquí.
Su mirada se desvía hacia el álbum abierto.
«Cosas que recordar. No razones para quedarse».
Me obligo a apartar esa idea para que no estropee una mañana que no debería haber ocurrido y que, aun así, no cambiaría por nada.
—Tengo que abrir la fragua.
—Lo sé.
Teressa sujeta el borde de mi camiseta antes de que pueda alejarme. Tira suavemente y me inclino hacia ella. Su boca encuentra la mía en un beso breve, cálido y tan natural que mi cuerpo lo acepta como si lleváramos años empezando las mañanas de esta forma.
—No estoy arrepentida —susurra contra mis labios.
Le acaricio la mejilla con el pulgar.
—Yo tampoco.
—¿Volverás después?
Podría decirle que no es una buena idea. Que necesito poner distancia y recordar que cada día que pasa la acerca un poco más al momento de marcharse.
—Sí.
La respuesta sale antes de que el miedo consiga detenerla. Teressa me regala una sonrisa.
—No tardes.
Salgo de la casa con esas dos palabras siguiéndome por el camino. La lluvia ha cesado, pero el agua continúa descendiendo entre las piedras y el cielo conserva el mismo color gris de toda la mañana. Cuando llego a la fragua, Severino ya ha abierto la puerta.
Tizón levanta la cabeza desde su sitio y me observa como si también supiera dónde he pasado la noche.
Después se acerca, olfatea las perneras de mis vaqueros y empieza a menear la cola con un gemido impaciente.
Mira hacia la puerta y repite el gesto, a la espera de que alguien más cruce el umbral detrás de mí.
—Hoy no viene —murmuro.
—Llegas tarde —dice mi abuelo.
—Siete minutos.
—Tarde.
Cojo una de las camisetas que guardo en el armario y me cambio la que llevo.
Después me coloco el delantal sin responder.
Enciendo la fragua y observo cómo el fuego crece hasta alcanzar la temperatura adecuada.
El calor siempre ha sido sencillo. Basta con conocer el metal, medir la fuerza y saber cuándo dejar de golpear.
Con Teressa nunca he sabido cuándo detenerme.
Esta mañana ha empezado a encontrarme dentro de sus recuerdos mientras yo cometo el error de imaginarla en mi futuro. Sin embargo, la voz de Brisa continúa repitiéndose por encima del sonido del martillo.
«La vuelta a Sevilla».
Por primera vez desde que Teressa regresó, no me preocupa que no recuerde. Me preocupa lo que hará cuando lo haga del todo y ya no le quede ningún motivo para quedarse.