Perdiendo el Norte Capítulo 43
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Capítulo 43

Extiendo una mano hacia el lado derecho de la cama. Está frío. Palpo un poco más y no hay nadie. Abro los párpados de golpe.

«Estoy sola, ¿lo he soñado?».

No. El agradable cansancio de mi cuerpo y la piel sensible de mi cuello responden por sí solos.

Definitivamente, no. La sábana conserva la arruga de su cuerpo.

Me incorporo y miro alrededor como si un hombre del tamaño de Diago pudiera esconderse detrás de una mesilla.

La lluvia continúa golpeando los cristales, aunque la tormenta parece haberse alejado.

Su ropa ya no está amontonada junto a la mía y la puerta del dormitorio permanece entreabierta.

Durante unos segundos, una inseguridad bastante conocida me aprieta el pecho. Recojo la sábana contra mí y vuelvo a mirar hacia la puerta.

—¿Se ha ido? ¿Así sin más? —murmuro.

Un golpe procedente de la planta baja rompe el silencio. Después llega el sonido de una puerta al cerrarse y el olor a café recién hecho.

Me pongo la bata y salgo al pasillo. Al bajar los primeros peldaños, escucho el chirrido de otra puerta de armario, el tintineo de unas cucharillas y un murmullo grave que no consigo entender.

Diago está en la cocina. Solo lleva puestos los pantalones, camina descalzo y tiene el pelo todavía más revuelto que anoche.

Su jersey y su camiseta cuelgan sobre el respaldo de dos sillas, cerca de la ventana.

Me detengo a observar cómo los músculos de su enorme espalda se desplazan con cada movimiento.

La luz amarillenta de la cocina resbala sobre el tono tostado de su piel y acentúa las cicatrices más claras.

Mi mirada baja por la línea de su columna, se entretiene en la forma en que su cuerpo se estrecha hasta desaparecer bajo la cinturilla de los pantalones y confirma algo que anoche tuve oportunidad de comprobar con bastante detenimiento: este hombre esconde demasiados músculos bajo la ropa.

Abre el armario de las tazas sin titubear. Después encuentra el plato del pan, el cajón de los cubiertos y la miel que compré en casa de Lolina. Se mueve como alguien que ya formaba parte de esta casa mucho antes de que yo recordara que existía.

Me apoyo en el marco de la puerta.

—¿Piensas explicarme por qué conoces mejor mi cocina que yo?

Diago no se sobresalta. Ni siquiera se vuelve de inmediato.

—Buenos días a ti también.

—Todavía no he decidido si lo son. Me he despertado sola —digo con fingido enfado.

Ahora sí me mira. Sus ojos recorren la bata y se detienen un segundo más de la cuenta en mis piernas desnudas.

—Estaba un piso más abajo.

—Distancia suficiente para que mi imaginación se pusiera creativa.

—Tu imaginación debería descansar después de anoche.

El calor me sube hasta las mejillas. Diago curva apenas una comisura antes de regresar a la cafetera.

—¿Cómo sabías dónde estaban las tazas? —insisto.

—Siguen en el mismo sitio.

La respuesta me borra parte de la sonrisa.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre. Tu madre las guardaba ahí.

Observo el armario abierto. Dentro hay seis tazas desparejadas, un azucarero con flores azules y una jarrita con una pequeña grieta junto al asa. Objetos que han permanecido esperando durante años a que alguien regresara y supiera dónde encontrarlos.

Diago cierra la puerta con cuidado.

—Casi nada ha cambiado —añade.

—Yo sí.

Su mirada regresa a mí.

—Sí.

Solo dice eso, pero la forma en que lo hace consigue que vuelva a sentir sus manos sobre mi cuerpo. Aparto la vista antes de que decida comprobar cuánto he cambiado.

—¿Qué haces?

—El desayuno.

—Ya veo que el sexo no ha mejorado tu capacidad de conversación.

—Tengo que ir a la fragua.

Bajo la vista hacia la encimera.

—Claro —respondo, aunque la voz me traiciona.

Diago deja la cuchara y se acerca. Se detiene delante de mí, tan cerca que tengo que levantar la cabeza para mirarlo.

Sus ojos descienden hasta la abertura de la bata.

Alza una mano y recorre con el índice el borde de la tela desde mi clavícula hasta el nacimiento de mis pechos.

No llega a abrirla, pero la caricia basta para erizarme la piel y acelerar mi respiración.

Su dedo vuelve a ascender despacio hasta detenerse bajo mi barbilla y me levanta un poco más el rostro.

—No me estoy escapando.

—No he dicho que lo hicieras.

—No hacía falta.

—Qué seguridad la tuya para interpretar pensamientos ajenos.

—Eres una mentirosa pésima, Teressa.

—Y tú muy presuntuoso para ser tan temprano.

Me sujeta la barbilla entre los dedos. El cuidado de la caricia no encaja demasiado con todo lo que esas mismas manos hicieron anoche.

—Tengo que abrir el taller —dice—. Pero no pensaba marcharme sin darte de comer.

—Qué romántico.

—Después del ejercicio de anoche, necesitas reponer fuerzas.

—Creo que tú hiciste bastante más esfuerzo.

Esta vez sonríe de verdad. Es breve, contenido y tan poco habitual que me entran ganas de hacer alguna estupidez para retenerlo.

«Como besarlo».

Diago se adelanta. Inclina la cabeza y roza mis labios con los suyos.

Permanece así un instante, acariciándome la boca sin llegar a tomarla, hasta que soy yo quien termina de acercarse.

Entonces me besa. Despacio. Todavía adormecido.

Sin exigir nada. Y consigue resultarme más peligroso que todos los besos de anoche.

Cuando se aparta, deja la frente apoyada contra la mía.

—Siéntate.

—¿Eso es una orden?

—Es café.

—Mucho mejor.

Ocupo una de las sillas mientras él regresa a la encimera. Lo observo servirme una taza y colocar delante de mí pan tostado, mantequilla y miel. Todo con esa naturalidad desconcertante, como si despertar medio desnudo en mi casa y prepararme el desayuno fuera algo que lleváramos haciendo años.

«No lo he soñado».

Lo peligroso es que empieza a parecerse demasiado a algo que podría querer repetir cada mañana. Bajo la vista hacia el desayuno antes de que esa idea eche raíces donde no debe y doy otro bocado, fingiendo que mi mayor preocupación en este momento es el pan con miel.

—Está todo muy rico, gracias —digo con la boca llena.

Diago alarga una mano y me limpia la comisura de los labios con el pulgar. Me quedo tan quieta que podrían contratarme como maniquí. Aunque a veces parezca igual de gris que las nubes que cubren el pueblo, él es fuego. Las mejillas se me encienden al instante y me pierdo en sus ojos color tierra.

—Tenías un poco de miel —explica.

Después se lleva el pulgar a la boca y lame el resto.

«Madre mía».

Aprieto los muslos porque ese gesto ha ido directo a mi entrepierna. Mi pecho sube y baja demasiado rápido al recordar cada una de las cosas que hicimos anoche. Aspiro aire y me levanto tan de sopetón que la silla chirría contra el suelo.

—Voy a buscar…

—¿El qué? —pregunta Diago.

«Di lo que sea, Tessa, o acabamos protagonizando una película porno durante el desayuno».

—El álbum.

Se limita a observarme. Después suelta una risa ronca mientras yo escapo de la cocina.

Cuando regreso, la sonrisa que me recibe resulta muy peligrosa.

Coloco el álbum sobre la mesa bajo su atenta mirada y comienzo a pasar las páginas.

Mis padres ocupan el primer plano de una de las fotografías.

Al fondo, casi confundidas con el paisaje, aparecen dos figuras caminando juntas.

El calor continúa instalado en mi pecho, aunque agradezco que haya cambiado de dirección.

—Me acuerdo —digo y señalo la imagen—. Estos dos del fondo somos nosotros.

Diago se inclina sobre la fotografía.

—Sí.

—Ese día fui a la fragua… —Cierro los ojos y me aferro a las imágenes que aparecen—.

Porque había pasado algo. Quería contártelo y…

—Casi puedo sentir la tierra crujir bajo mis zapatillas.

Su espalda delante de mí. El modo en que volvía la cabeza cada pocos pasos—.

Tú me propusiste que fuéramos a un sitio especial.

Su mano cubre la mía sobre la página.

—Así fue.

—No recuerdo qué había ocurrido ni adónde me llevaste —admito—. Solo el camino. Tú ibas delante y no dejabas de girarte.

—Para comprobar que me seguías.

Levanto los ojos hacia él.

—Sí. Eso también lo recuerdo.

Los dedos de Diago se cierran un poco más alrededor de los míos. Una emoción difícil de descifrar atraviesa su mirada. Esperanza, quizá. De esa que parece doler cuando llevas demasiado tiempo sin permitirte sentirla.

—Te recuerdo, Diago —susurro.

Y esta vez nadie ha tenido que contármelo.