Capítulo 42 #2
Cuando regreso, Teressa me espera de rodillas sobre el colchón.
Desnuda. Sonrojada. Con el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros y una sonrisa que amenaza con volver a dejarme sin control cuando todavía ni siquiera he llegado a la cama.
Su mirada desciende por mi cuerpo. Esta vez soy yo quien se queda expuesto bajo su escrutinio.
—¿Y bien? —pregunto, repitiendo sus palabras.
—Estoy siendo concienzuda.
—Teressa…
No termino la advertencia. Se acerca hasta el borde del colchón y cierra una mano alrededor de mi polla. El aire abandona mis pulmones de golpe.
—¿Qué ocurre? —pregunta con una inocencia que no engañaría a nadie—. ¿Ahora no quieres que te toque?
Me aferro a su nuca y la beso antes de que consiga volverme completamente loco. Teressa sonríe contra mi boca mientras me acaricia despacio, desde la base hasta la punta. Aumenta la fricción y aprieto la mandíbula conteniendo un gemido.
—Túmbate —gruño.
—Eso ha sonado a orden.
—Lo era.
No le doy tiempo a obedecer. Le sujeto la cintura con ambas manos y la tumbo de espaldas sobre el colchón.
Su carcajada termina en un jadeo cuando me acomodo entre sus piernas.
Me coloco la protección sin apartar los ojos de ella.
Teressa observa cada movimiento y, cuando termino, se abre un poco más para recibirme.
Deslizo la punta de mi polla entre sus pliegues húmedos y su sonrisa desaparece.
Sus dedos se cierran alrededor de mis brazos cuando la rozo una vez. Y otra.
—Diago…
—Dime qué quieres.
—A ti.
Dos palabras. Solo necesita dos palabras para deshacer todo el control que he intentado conservar.
Me coloco en su entrada y empujo despacio.
Su cuerpo se abre para mí centímetro a centímetro, caliente y tan estrecho que tengo que detenerme a mitad del movimiento.
Teressa contiene el aire y sus uñas se clavan en mis hombros.
—Mírame.
Abre los ojos y me sostiene la mirada. Eleva las caderas y me obliga a hundirme por completo en ella. El placer me golpea con tanta fuerza que tengo que cerrar los párpados.
—Joder, Teressa.
Sus piernas se tensan alrededor de mí.
—No te pares.
—Solo intento no perder el control.
Me atrae todavía más hacia ella.
—Creo que ya llegas tarde.
«Tiene razón».
Salgo casi por completo y vuelvo a hundirme en ella.
Teressa gime contra mi boca. Repito el movimiento con más fuerza y su cuerpo se arquea para recibirme.
El mundo se reduce a esta habitación. Al golpeteo de la lluvia contra los cristales.
Al calor de su piel envolviéndome. A sus uñas arañándome la espalda y a los sonidos que trata de contener hasta que termino arrancándoselos uno por uno.
Teressa se mueve conmigo. Levanta las caderas para encontrar cada embestida, me besa como si quisiera devorarme y me aprieta con las piernas cada vez que intento contener el ritmo.
Le sujeto la cintura con una mano y me incorporo lo suficiente para verla.
Tiene el pelo extendido sobre la almohada, los pechos agitándose al compás de nuestros movimientos y la boca abierta en busca de aire.
Me cuesta respirar. No recuerdo haber deseado así a nadie.
Hundo los dedos en la suavidad de su muslo y elevo su pierna. El cambio me permite entrar más profundamente. Teressa grita mi nombre.
—Así —dice—. No pares.
Aumento el ritmo. Más fuerte. Más hondo.
La cama golpea contra la pared. La lluvia cae con más fuerza sobre el tejado y el sonido de nuestros cuerpos se mezcla con la tormenta.
Teressa ya no intenta contenerse. Me recibe una y otra vez, aferrada a mis hombros, hasta que su respiración empieza a quebrarse.
Deslizo una mano entre nuestros cuerpos y acaricio su clítoris.
—Diago…
—Quiero sentirte otra vez.
Sus músculos se tensan a mi alrededor.
—No puedo…
—Sí puedes.
Trazo otro círculo con el pulgar y sus uñas se clavan en mi piel. Le sujeto una mano sobre la almohada y entrelazo nuestros dedos. Teressa aprieta los míos mientras continúo moviéndome dentro de ella. Ese gesto me alcanza de una forma distinta. Más honda. Mucho más peligrosa que el deseo.
Porque no se trata solo de su cuerpo debajo del mío ni de la manera en que me envuelve cada vez que vuelvo a hundirme.
Es su mano aferrada a la mía. La confianza con la que se abandona.
La certeza absurda de que podría acostumbrarme a encontrarla así, mirándome como si no existiera ningún otro lugar al que quisiera marcharse.
Esa es la verdadera mala idea. No estar dentro de ella.
«Querer quedarme».
Teressa pronuncia mi nombre y se contrae con fuerza a mi alrededor. El orgasmo la atraviesa mientras sus dedos se cierran sobre los míos y todo su cuerpo tiembla.
Intento resistir. Consigo aguantar dos embestidas más.
Me corro con la cara hundida en su cuello, su nombre roto contra su clavícula y su respiración mezclándose con la mía.
Durante unos segundos, ninguno se mueve.
El agua continúa golpeando el tejado. Nuestras manos siguen unidas sobre la almohada y el corazón de Teressa late con tanta fuerza contra mi pecho que podría confundirlo con el mío.
Deposito un beso sobre su piel antes de apartarme.
Me ocupo de la protección y regreso a la cama.
Teressa se ha acurrucado de lado, todavía intentando recuperar el aliento.
Levanto la colcha y la cubro con ella cuando me tumbo.
Ella gira el rostro hacia mí y una sonrisa lenta le curva los labios.
Está despeinada, sonrojada y demasiado satisfecha consigo misma.
«Está jodidamente preciosa».
Un relámpago ilumina la habitación. El trueno llega casi de inmediato y el cuerpo de Teressa se pone rígido junto al mío.
La sonrisa desaparece de sus labios. Sus dedos se cierran con fuerza alrededor de mi mano y, en el terror fugaz que atraviesa su mirada, reconozco a la niña que se escondía debajo de la mesa con las manos sobre los oídos.
Reacciono antes de pensarlo. La atraigo contra mi pecho y le cubro la nuca con una mano.
—Solo ha sido un trueno —susurra demasiado rápido.
—Lo sé.
Otro relámpago blanquea la ventana. Empiezo a contar en voz baja.
—Uno… dos… tres…
El estruendo llega antes de alcanzar el cuatro. Teressa levanta la cabeza. Hay algo distinto en su mirada. Ya no es solo miedo. Es desconcierto.
—¿Qué haces?
—Calcular la distancia.
—Ya sé para qué sirve.
—Entonces no preguntes.
—No me refiero a eso. —Su voz pierde fuerza—. ¿Cómo sabes que necesito que cuentes?
Le acaricio el pelo húmedo y aparto un mechón de su mejilla. No existe una respuesta sencilla. Ninguna que no abra una puerta que quizá todavía deba permanecer cerrada.
—Porque siempre te daban miedo las tormentas.
Teressa deja de respirar durante un instante. Fuera vuelve a relampaguear.
—Uno… —empiezo.
Ella se acurruca contra mí.
—Dos… —continúa en voz baja.
La estrecho un poco más entre mis brazos mientras esperamos juntos el trueno.