Perdiendo el Norte Capítulo 42
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Capítulo 42

La última hebra de sensatez que me quedaba se rompe. Le busco una duda en la mirada. Una vacilación. Cualquier cosa que me permita recordar por qué quedarme en esta casa era una mala idea.

No encuentro nada.

Teressa continúa frente a mí, con los labios hinchados, la camiseta mojada adherida al cuerpo y la muñeca todavía atrapada entre mis dedos.

La suelto solo para rodearle la cintura con las dos manos y atraerla contra mí.

Su respiración pierde el ritmo un instante.

No le doy tiempo a recuperarlo y vuelvo a besarla.

Esta vez no queda nada que contener. Teressa se aferra a mis hombros cuando la alzo de un solo impulso.

Sus piernas se enroscan alrededor de mis caderas y mis manos se cierran bajo sus muslos para sostenerla.

El movimiento aprieta su cuerpo contra el mío y me arranca un gruñido que ella recibe con una sonrisa pegada a mi boca.

—Eso ha sido muy de hombre de las cavernas —susurra.

—Tú te has enroscado sola.

—Por seguridad —aclara contra mis labios.

—Claro…

Vuelve a besarme antes de que pueda decir nada más. Retrocedo con ella en brazos hasta que su espalda encuentra la pared del recibidor. El golpe es suave, pero el jadeo que escapa de sus labios me pone todavía más duro.

Teressa se mueve contra mí.

—No hagas eso —gruño sobre su boca.

—¿Esto?

Repite el movimiento. Lento. Deliberado. Cierro los ojos durante un segundo porque estoy a punto de perder el poco control que me queda.

—Exactamente eso.

—Pensaba que querías que dejara de fingir que no sabía lo que iba a pasar.

—Sabes demasiado para alguien que hace un minuto no era capaz de encontrar sus llaves.

Su risa muere cuando le muerdo con suavidad el labio inferior.

Cierra los párpados e inclina la cabeza, dejándome espacio.

Deslizo la boca por su mandíbula hasta detenerme bajo su oreja, justo donde el pulso le late desbocado contra la piel.

Siento el latido antes de seguir descendiendo por su cuello.

—Diago…

Oír mi nombre así termina de deshacerme. Aparto la boca de su cuello y la miro. Tiene las mejillas encendidas y las pupilas tan dilatadas que casi no queda rastro del color de sus iris. Sin embargo, necesito preguntarlo. Incluso ahora. Sobre todo ahora.

—Dímelo.

—¿El qué? —pregunta todavía sin aliento.

—Que estás segura.

La expresión juguetona desaparece. Teressa sostiene mi mirada y acaricia con los dedos la piel bajo mi barba.

—Estoy segura.

—¿Dónde?

Una sonrisa lenta curva sus labios.

—Arriba.

—Eso no es una dirección.

—Primera puerta a la derecha. —Sus dedos se enganchan en mi nuca—. Y, como tardes mucho, igual cambio de opinión.

Ajusto las manos bajo sus muslos y me separo de la pared.

—No vas a tener tiempo.

Subo las escaleras con ella aferrada a mí. Teressa vuelve a besarme en el primer peldaño y, cuando intento responderle, casi pierdo el equilibrio en el segundo.

—Como sigas haciendo eso, vamos a matarnos —le advierto.

—Sería una muerte bastante romántica.

—Caernos por unas escaleras medio desnudos no tiene nada de romántico.

—Todavía no estamos medio desnudos.

La miro un instante.

—Ese problema pienso solucionarlo.

Su risa me vibra en la garganta. Alcanzo la habitación y la dejo sobre el borde de la cama.

Teressa no me permite alejarme. Sus manos encuentran el bajo de mi camiseta y tiran hacia arriba.

La tela mojada se resiste hasta que me la quito por la cabeza y la arrojo al suelo.

Su sonrisa cambia. Se vuelve más lenta, más felina, mientras recorre mi pecho con una mirada tan detenida que tengo que cerrar las manos para no abalanzarme de nuevo sobre ella.

Extiende los dedos y sigue con ellos el camino de una pequeña cicatriz cerca de mis costillas. Después baja por mi abdomen. Los músculos se contraen bajo su caricia y ella levanta los ojos hacia mí, satisfecha por la reacción.

—Eso también lo haces a propósito.

—Puede.

Le sujeto la barbilla y la obligo a alzar el rostro.

—Eres un peligro.

—Y tú hablas demasiado para ser tan gruñón.

Me inclino sobre ella. Teressa cae de espaldas en el colchón y tira de mí hasta colocarme entre sus piernas. Su ropa está tan empapada como la mía, pero su cuerpo es puro fuego. Deslizo una mano bajo el borde de su camiseta y acaricio la piel caliente de su cintura. Cierra los ojos y se estremece.

—Estás helada.

—Pues tendrás que hacer algo para remediarlo.

No necesito que me lo repita. Le quito la camiseta despacio, despegándola de su piel. Su pelo húmedo se extiende sobre la almohada y el encaje oscuro del sujetador resalta sobre el rubor que le cubre el pecho. Me quedo mirándola, incapaz de apartar los ojos, y Teressa se incorpora sobre los codos.

—¿Y bien?

—Estoy intentando recordar por qué esto era una mala idea.

—¿Algún avance?

—Ninguno.

Su sonrisa me recibe cuando vuelvo a besarla.

Ya no sé quién desnuda a quién. Mis dedos encuentran el cierre de su sujetador mientras los suyos desabrochan mis vaqueros.

Las prendas mojadas caen al suelo entre besos, manos impacientes y respiraciones cada vez más agitadas.

Mi boca descubre poco a poco dónde se le rompe la respiración.

Teressa se retuerce debajo de mí cuando desciendo por su cuello.

Alcanzo uno de sus pechos y cierro los labios alrededor del pezón.

Arquea la espalda y pronuncia mi nombre de una forma que hace que toda la sangre abandone mi cabeza.

—Otra vez —le pido.

—¿Qué?

—Mi nombre.

—Diago —susurra, enredando los dedos en mi pelo.

La beso con fiereza.

—Así.

Sus uñas se hunden en mis hombros mientras mi mano desciende por su vientre. La detengo sobre la cinturilla de sus vaqueros y levanto la mirada. Teressa asiente sin apartar los ojos de mí. La tela mojada se aferra a sus piernas y nos obliga a forcejear con ella.

—Joder —gruño.

Teressa se ríe.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—Eso mismo dijiste con el jersey y tampoco era verdad.

Consigo quitarle los vaqueros y los arrojo con fuerza al suelo.

—Solucionado.

—Has tardado bastante —dice, arqueando una ceja.

Le sujeto los tobillos y tiro de ella hasta acercarla al borde del colchón.

Su risa se transforma en un jadeo cuando sus piernas quedan abiertas a ambos lados de mi cuerpo.

El encaje oscuro no consigue ocultar su excitación.

Engancho los dedos en la tela y levanto la vista.

Ella alza las caderas para ayudarme a quitársela.

El gesto contiene una respuesta más clara que cualquier palabra.

Me arrodillo entre sus piernas.

—Diago… —susurra.

—Mírame.

Apoya el peso sobre los codos y sostiene mi mirada.

Tiene el pecho agitado, la boca entreabierta y las mejillas encendidas.

Deslizo las manos por la cara interna de sus muslos, separándolos un poco más, y noto cómo se estremece antes incluso de que la toque donde ambos sabemos que lo necesita.

Acaricio con la yema de los dedos sus labios hinchados.

Teressa arquea la espalda y cierra los ojos.

—He dicho que me mires.

Los abre de nuevo. Esta vez hay un desafío empañado de deseo.

—Y yo he dicho que hablas demasiado.

Deslizo un dedo en su interior y la réplica muere en su garganta. Está caliente. Húmeda. Tan preparada para mí que tengo que apretar los dientes para no olvidar por completo lo que pretendía hacer.

—¿Decías?

Teressa me dedica una mirada que promete vengarse, pero se transforma en un gemido cuando añado un segundo dedo y presiono con el pulgar sobre su clítoris. Sus manos se aferran a las sábanas.

—No te contengas —le ordeno.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú quien… —jadea.

Curvo los dedos en su interior y la frase se rompe.

«Eso es».

Bajo la cabeza y beso la cara interna de uno de sus muslos. Después, el otro. Teressa se retuerce, impaciente, y empuja el coño hacia mí.

—Diago, por favor.

Escucharla pedírmelo arrasa lo poco que quedaba de mi control. Cierro la boca sobre ella. La sujeto por las caderas para impedir que se aparte mientras la recorro con la lengua. Ella intenta contener los sonidos mordiéndose el labio, pero aumento el ritmo de los dedos hasta obligarla a soltarlo.

—Quiero oírte.

—Como sigas haciendo eso, va a oírme todo el pueblo.

—Que escuchen.

Su risa se convierte en un gemido cuando vuelvo a concentrarme en su clítoris.

Ya no se esconde. Se mueve contra mi boca, tira de mi pelo y pronuncia mi nombre como si no supiera decidir si es una súplica o una amenaza.

No aparto los ojos de ella. Quiero verla perder el control.

Saber qué sonido hace cuando está a punto de correrse.

Aprender cada reacción de su cuerpo hasta que no pueda fingir que esto ha sido un impulso provocado por la lluvia o la sidra.

Su respiración se acelera. Sus muslos se tensan a ambos lados de mi cabeza y siento cómo se contrae alrededor de mis dedos.

—Diago…

—Déjate llevar.

Teressa se deshace con mi nombre en los labios.

Su cuerpo se arquea sobre el colchón y sus dedos se cierran con fuerza en mi pelo mientras el orgasmo la sacude.

No me detengo hasta que tira de mí, todavía temblando, y me obliga a subir por su cuerpo.

Cuando alcanzo su boca, me besa y se saborea en mi lengua.

—Vale… —murmura sin aliento—. Eso ha sido jugar sucio.

Le muerdo el labio inferior.

—Todavía no he terminado contigo —susurro ronco contra su boca.

Su expresión consigue que mi polla dé un tirón entre los dos. Me obligo a apartarme antes de olvidar lo único que todavía importa.

—Necesitamos protección.

—Neceser del baño.

La miro entrecerrando los ojos.

—¿Has venido preparada?

—Brisa vino preparada. Según ella, una mujer nunca sabe cuándo puede encontrarse a un vikingo malhumorado en mitad de Asturias.

—Recuérdame que no vuelva a hablar con tu amiga.

—Ahora mismo no quiero que hables con nadie.