Perdiendo el Norte Capítulo 41
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Capítulo 41

Besar a Diago no se parece en nada a lo que había imaginado. Para empezar, en mis fantasías clandestinas no llovía con tanta fuerza ni tenía estas zapatillas. Ni había previsto el modo en que su mano se cerraría sobre mi cintura cuando lo agarro por la nuca y vuelvo a buscarlo.

Me recibe con un sonido ronco. Su boca se apodera de la mía y el frío desaparece bajo el calor de sus labios.

Ya no queda nada contenido en el beso. Ni prudencia ni preguntas.

Solo su lengua enredándose con la mía, la barba arañándome la piel y esa forma de sujetarme que convierte la posibilidad de caerme en algo completamente irrelevante.

El agua resbala entre los dos. Le recorre el rostro, se acumula en su barba y termina en mi boca cuando vuelvo a besarlo. Sabe a lluvia, a sidra y a Diago. Una combinación que debería estar prohibida.

Esta vez no me sorprende sentir su erección contra el vientre.

Me estremece de una manera distinta. Más consciente.

Más peligrosa. Deslizo una mano por su pecho y noto cómo los músculos se tensan bajo el abrigo mojado.

Él responde apretándome contra su cuerpo y, durante unos segundos, olvido la cuesta, la casa y cualquier futuro que exista más allá de este instante.

«Solo está él».

El hombre que recuerda dónde me sentaba, las preguntas que hacía y las herramientas que intentaba levantar. El niño que estuvo detrás de mis recuerdos y el adulto que lleva días colándose en pensamientos donde no debería tener permitido entrar sin llamar.

Diago interrumpe el beso con un gruñido y apoya la frente contra la mía. Su respiración choca contra mis labios.

—Teressa…

—Me encanta cómo pronuncias mi nombre —susurro.

Sus dedos se hunden un poco más en mi cintura y siento un latido caliente entre las piernas.

—Tenemos que parar.

—¿Por qué? La casa no va a irse a ningún sitio.

Diago me dedica una mirada llena de significado antes de desviarla hacia la izquierda.

Sigo su recorrido y, en ese instante, una cortina se mueve en la ventana de la casa más cercana.

Había olvidado que en el pueblo vive más gente.

La tela vuelve a caer de golpe y quienquiera que se esconda detrás acaba de vernos en primera fila.

A juzgar por la velocidad con la que ha desaparecido, habrá deducido que nuestra película romántica estaba a punto de cambiar de clasificación por edades.

Se me escapa la risa y vuelvo a mirar a Diago.

Tiene las pupilas dilatadas y la mandíbula tensa.

—Mañana lo sabrá todo el pueblo —murmura—. Si es que Maruja no está ya haciendo la primera llamada.

Suelto una carcajada porque nunca había imaginado a Diago preocupado por los cotilleos. Aunque, por la forma en que vuelve a contemplar mi boca, sospecho que no le inquieta lo que puedan contar, sino cuánto llegarían a ver si continuamos aquí.

La lluvia arrecia. Levanto la cara hacia el cielo y tomo una decisión. Ahora mismo ni toda el agua del norte conseguiría apagar lo que acabamos de encender. Le cojo la mano y Diago me observa con una ceja arqueada, pero no le doy tiempo a preguntar antes de tirar de él.

—¡Vamos!

Echo a correr cuesta arriba. Mis zapatillas mágicas consiguen, contra todo pronóstico, mantenerme en pie a la vez que arrastro a Diago conmigo y río con una alegría que parece nacer de algún lugar antiguo.

Durante un segundo, la escena se superpone a otra: mis piernas son más cortas, mi mano mucho más pequeña y vuelvo a ser yo quien tira de él bajo la lluvia mientras me sigue.

Un escalofrío me recorre entera y no tiene nada que ver con la humedad.

No sé si lo he recordado o si mi cuerpo, una vez más, ha llegado antes que mi memoria.

Empujo la verja y recorremos a la carrera el camino hasta refugiarnos bajo el porche.

Abro el bolso para buscar las llaves, pero las muy puñeteras parecen haberse escondido en su interior.

Tampoco es tan grande. Al fin doy con ellas, aunque los dedos me tiemblan tanto que no consigo separar la de la entrada del resto.

Diago cubre mi mano con la suya. Levanto la barbilla y me encuentro con sus ojos.

Entonces avanza hacia mí, obligándome a retroceder hasta que mi espalda choca contra la puerta.

Una de sus manos se cierra sobre mi cintura y la otra me sujeta la barbilla mientras se inclina.

El beso es dulce, lento, casi cuidadoso, pero la presión de su cuerpo contra el mío tiene algo posesivo y me deja claro que se le agota la contención.

Sus labios se separan de los míos apenas un instante y vuelve a atraparlos, como si no pudiera evitar concederse una caricia más.

Cuando por fin se aparta, me quita las llaves de los dedos sin alejarse.

Continúo atrapada entre la madera y su cuerpo mientras busca la correcta y estira el brazo a mi alrededor para introducirla en la cerradura.

La mano grande, las pequeñas cicatrices, la precisión con la que la hace girar a pocos centímetros de mi cadera…

A estas alturas, hasta ver a Diago abrir una puerta me parece obscenamente erótico.

La cerradura cede con un chasquido y la hoja se mueve bajo mi espalda, pero él me rodea la cintura a tiempo de evitar que pierda el equilibrio.

«No hay vuelta atrás».

Me suelta con cuidado y se aparta sin dejar de mirarme. Echo de menos la presión de su cuerpo antes incluso de que llegue a existir distancia entre nosotros.

—Voy a comprobar que las ventanas estén bien cerradas. Se acerca una buena tormenta —dice mientras se dispone a adentrarse en la casa.

Extiendo la mano cuando se dispone a dar el primer paso y me aferro a la parte trasera de su chaqueta.

La tela mojada se arruga entre mis dedos cuando tiro de él.

Diago se detiene, los hombros se le tensan y se vuelve despacio.

Primero baja la mirada hasta mi mano cerrada sobre la prenda y después la levanta hacia mis ojos.

El cambio es inmediato: la intención práctica desaparece de su expresión y todo lo que lleva conteniendo vuelve a ocupar su lugar.

—Quédate hasta que deje de llover.

—Teressa…

Pronuncia mi nombre como una advertencia, pero la voz le sale demasiado rota para resultar convincente. Cierro los ojos un instante porque me gusta más de lo razonable cómo suena en sus labios. Ninguno de los dos puede fingir que mi invitación tiene algo que ver con la tormenta.

Suelto su chaqueta, aunque ninguno se mueve.

La casa permanece a oscuras detrás de él y la escasa claridad que se filtra por las ventanas recorta la anchura de sus hombros.

Doy un paso hacia él y borro la distancia que acaba de empeñarse en crear.

Llevo las manos hasta las solapas de su abrigo.

Se las separo y deslizo la prenda mojada por sus hombros.

—Estás empapado —digo, como si necesitara una excusa para empezar a desnudarlo.

El abrigo cae al suelo con un sonido húmedo. Diago inspira con fuerza, pero no intenta detenerme. Su mirada sigue el movimiento de mis manos y luego se eleva lentamente hasta mi boca. El recuerdo de su lengua aún está demasiado reciente y mi cuerpo reacciona a la promesa contenida en sus ojos.

—Tú también estás muy mojada —susurra voz ronca, y cada nervio de mi cuerpo se tensa ante un doble sentido que no sé si ha sido intencionado.

«Lo estoy en todos los malditos sentidos».

Diago atrapa el tirador de la cremallera entre los dedos y comienza a bajarlo con una lentitud desesperante, sin apartar los ojos de los míos.

Los dientes se separan uno a uno y el sonido parece demasiado intenso en mitad de la casa silenciosa.

Sus nudillos rozan mi cuerpo durante el recorrido, una presión leve a través de la ropa mojada, pero suficiente para obligarme a contener el aire.

Es una jodida tortura y, por la tensión de su mandíbula, sabe perfectamente lo que está haciendo.

Cuando la cremallera alcanza el final, no retira la mano.

Sus dedos se quedan a escasos centímetros de mi sexo y todo mi cuerpo aguarda una caricia que no llega.

Diago inspira con fuerza antes de elevar las manos y empujarme el abrigo por los hombros.

Sus palmas bajan por mis brazos mientras la prenda queda atrapada en las muñecas.

Me ayuda a liberarlas sin apartar la mirada de mis labios y, cuando termina en el suelo, sus dedos permanecen cerrados alrededor de mis muñecas durante unos segundos más de los necesarios.

El silencio se vuelve denso.

—Voy a buscar unas toallas —consigo decir, aunque mi voz no suena como si estuviera pensando en secarnos.

—Yo… —carraspea en un intento poco convincente por recomponerse— comprobaré las ventanas.

Nos aferramos a esas dos tareas prácticas como si no acabáramos de desvestirnos mutuamente en mitad de un recibidor a oscuras. Diago acaricia con el pulgar el interior de mi muñeca antes de soltarme.

—No tardes.

No sé si es una orden o una promesa, pero ambas posibilidades consiguen que me tiemblen las piernas.

Subo las escaleras sintiendo su mirada sobre mi espalda.

En el baño encuentro dos toallas grandes y aprovecho para contemplarme en el espejo.

Tengo el pelo pegado a las mejillas, el bálsamo casi ha desaparecido y mis labios continúan enrojecidos por sus besos.

No parezco una mujer que tenga la situación bajo control, pero ¿a quién pretendo engañar? No la tengo.

Mientras intento reconocerme, escucho cómo se cierra la puerta de entrada, el golpe del pestillo, el chasquido de varios interruptores y el sonido amortiguado de las ventanas al encajar.

Cuando regreso al recibidor, las lámparas están encendidas y encuentro a Diago de espaldas, comprobando el cierre de la última.

Al levantar el brazo para ajustar el pestillo, el jersey se le eleva lo suficiente para dejar al descubierto una franja de piel sobre los vaqueros.

Mis ojos se detienen allí y, cuando se vuelve, ya no existe ninguna posibilidad de fingir que estaba observando la decoración.

—Gracias —dice cuando le tiendo una de las toallas.

Se la pasa por el pelo con movimientos enérgicos. Los mechones oscuros se levantan en distintas direcciones y parte del agua queda atrapada en su barba. Yo me seco los brazos, aunque la camiseta continúa adherida a mi piel y los vaqueros pesan el doble que cuando salí de casa.

—Deberías cambiarte —dice.

—Tú también.

Diago tira del cuello del jersey mojado, pero la tela se queda pegada a la camiseta que lleva debajo. Forcejea con ella y termina atrapado durante un instante. Me muerdo el labio para no reírme.

—¿Necesitas ayuda?

Su cabeza emerge entre la tela.

—No.

Me adelanto, me aferro al borde del jersey y tiro de él para ayudarlo a terminar de quitárselo.

Al hacerlo, mis nudillos rozan la franja de piel que ha quedado al descubierto sobre sus vaqueros.

El contacto le arranca una inhalación lenta.

Dura un segundo, pero siento cómo se le contrae el abdomen bajo los dedos antes de que el jersey salga por fin.

Lo dejo junto al abrigo sin apartar la mirada.

La camiseta oscura se le amolda al torso y dibuja unos músculos que, a juzgar por la sequedad repentina de mi boca, no estaba preparada para ver tan de cerca.

—Teressa.

—¿Qué?

Su atención desciende hasta mi camiseta mojada.

El tejido se ha vuelto casi transparente y permite adivinar el encaje del sujetador.

Noto cómo se me endurecen los pezones bajo su escrutinio y el oscurecimiento de sus ojos me confirma que él también se ha dado cuenta.

El músculo de su mandíbula se contrae. Me acerco y levanto la toalla hasta su cabeza.

Diago permanece quieto mientras seco los mechones que se le han pegado a la frente.

Tengo que ponerme de puntillas para alcanzar la parte superior y él inclina el cuerpo hacia mí.

El movimiento hace que mi pecho roce el suyo.

El contacto nos roba el aire durante un instante. La camiseta húmeda no sirve de barrera. Noto el calor de su cuerpo, la firmeza de sus músculos y el lento movimiento de su pecho contra el mío.

—Estate quieto. Déjame hacerlo bien… —murmuro, aunque soy yo quien no consigue mantener el pulso firme.

«Si ya me gustaba vestido, con la camiseta pegada al cuerpo es una jodida fantasía».

Una exhalación breve le ensancha el pecho. Paso la toalla por un lado de su cabeza y después por su barba. El gesto cambia de intención cuando mis dedos se deslizan hasta su mandíbula. La aspereza me raspa las yemas. Diago cierra los ojos un instante y gira ligeramente el rostro hacia mi caricia.

La toalla cae al suelo cuando cierra una mano alrededor de mi muñeca. Su pulgar se apoya sobre mi pulso desbocado.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Tocarme como si no supieras lo que va a pasar.

El corazón me golpea contra las costillas, pero no aparto la mano.

—Quizá quiero que dejes de decirme lo que va a pasar y hagas que pase.