Perdiendo el Norte Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

La pregunta abre una grieta en todo lo que llevo días intentando contener. Observo su mano sobre mi pecho, la curva húmeda de sus pestañas y esa boca en la que llevo pensando desde que se presentó en Casa Sindo con bálsamo de color y una sonrisa que no debería haberme afectado tanto.

El nombre de otro hombre ha aparecido esta noche en su teléfono. Debería bastar para hacerme retroceder. Sin embargo, aquí estoy.

—No me preguntes eso, Teressa —murmuro, bajando la vista hacia sus labios.

—Habíamos quedado en que responderías.

—He dicho que contestaría a tus preguntas. —Vuelvo a buscar su mirada—. No que fuera una buena idea hacerlas.

—Mis buenas ideas llevan semanas de vacaciones.

Se le escapa una sonrisa nerviosa, pero no retira la mano.

Al contrario, cierra los dedos alrededor de la solapa de mi abrigo y reduce el poco espacio que quedaba entre nosotros.

El paraguas ya no puede protegernos a ambos.

La lluvia moja su pelo y resbala por mi sien. Ninguno parece dispuesto a corregirlo.

—¿Qué soy para ti ahora? —pregunta con un brillo peligroso en los ojos.

La niña que conocí no tiene cabida en la respuesta.

No es ella quien me obliga a tensar la mandíbula cuando otro hombre le escribe.

No es su recuerdo el que consigue que mi cuerpo reaccione cada vez que Teressa se acerca.

Es esta mujer. La que discute conmigo, se gana a mi perro, se burla de mis silencios y ha vuelto a entrar en la fragua como si una parte de ella nunca se hubiera marchado.

—Un problema —gruño.

Sus cejas se elevan.

—Vaya. Intenta no abrumarme con tu romanticismo.

—Uno que lleva toda la noche sentado a mi lado, rozándome la rodilla y hablando de su boca.

Su respiración tropieza.

—Solo mencioné el bálsamo.

—Ese fue el problema —respondo ronco.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

Aprieto la mandíbula. Sus dedos siguen aferrados a mi abrigo y su cuerpo está tan cerca que puedo sentir el calor que desprende incluso bajo la lluvia.

—Nada.

—¿Porque no quieres?

La miro a los ojos. Puedo contestar con una evasiva, apartarme y seguir caminando. Sería lo sensato, pero ella me ha pedido la verdad.

—Porque si empiezo, no sé si voy a querer parar.

Su mirada desciende hacia mi boca y permanece allí el tiempo suficiente para acabar con lo poco que queda de mi autocontrol.

—A lo mejor no quiero que pares.

El paraguas resbala un poco entre mis dedos.

—Has bebido.

—Estoy achispada, Diago. No he perdido la capacidad de saber lo que quiero —murmura.

La forma en que dice mi nombre termina de tensarme por dentro.

—Teressa…

—Una última pregunta.

Su voz tiembla, aunque su mano se desliza hasta mi nuca con una seguridad que contradice ese temblor. Sus dedos se cierran sobre mi pelo y tiran de él.

—¿Quieres besarme? —pregunta sin apartar los ojos de los míos.

«Podría responderle con una sola palabra».

—Sí.

Suelto el paraguas, le rodeo la cintura y la atraigo hasta extinguir el poco espacio que quedaba entre nosotros.

Teressa inspira con fuerza. Siento la presión de sus pechos contra mi torso y el calor de su cuerpo atravesando la ropa húmeda.

Le sujeto la nuca, inclino la cabeza y me detengo a un suspiro de sus labios, concediéndole una última oportunidad para apartarse.

—Teressa… —pronuncio su nombre con la voz rota.

Su aliento tibio acaricia mi boca y me trae el dulzor de la sidra antes incluso de probarla.

Ella hunde más los dedos en mi pelo y termina de dar ese último paso.

El primer contacto me atraviesa entero. Sus labios están calientes pese a la lluvia, suaves y húmedos bajo los míos.

El agua fría se cuela entre nosotros y contrasta con su calor .

Sabe a alcohol, a bálsamo y a todas las veces que he imaginado esto desde que volvió sin permitirme terminar el pensamiento.

La beso despacio, tanteando su respuesta, pero Teressa se pega a mí y me busca con la punta de la lengua.

Cuando roza la mía, el control se me deshace entre las manos.

«A la mierda».

Un sonido ronco me nace del pecho. Cambio el ángulo y profundizo el beso, enredando mi lengua con la suya.

Teressa responde sin vacilar, saboreándome con una lentitud que no encaja con la fuerza con la que tira de mi pelo.

Quiero seguir besándola hasta olvidar que, unos segundos atrás, todavía pretendía comportarme con sensatez.

La lluvia me corre por la nuca, se cuela bajo el cuello del abrigo y desciende helada por mi espalda.

Su pelo se enreda entre mis dedos, mojado y pesado, pero el frío deja de importarme mientras la beso.

Mi mano baja por su espalda hasta la curva de su cadera.

La atraigo con más fuerza, necesitando sentirla entera.

La ropa empapada se nos pega al cuerpo, su respiración se acelera y sus pechos rozan mi torso con cada inhalación.

Me pongo duro contra su vientre. No hay forma humana de disimularlo.

Teressa se queda inmóvil durante una fracción de segundo.

Sé que lo ha notado. Estoy a punto de separarme, pero sus dedos se aferran a mi nuca y, en lugar de apartarse, empuja la cadera hacia mí. El movimiento me arranca otro gruñido.

«Joder».

La beso con todo lo que llevo días negándome.

Me apodero de su boca, recorro su labio inferior con la lengua y lo atrapo suavemente entre los dientes.

Teressa deja escapar un gemido ahogado que vibra contra mis labios y termina de arrasar cualquier intención de detenerme.

Mi pulgar se hunde en la curva de su cintura mientras el resto de mi cuerpo exige acercarla más, aunque ya no exista espacio entre nosotros.

Esto no pertenece a nuestros veranos ni a los recuerdos que ella perdió.

«Esto es de ahora».

De esta mujer. De la que tiembla entre mis brazos al mismo tiempo que me besa como si supiera lo que quiere.

De la que consigue que la lluvia parezca todavía más fría al colarse bajo mi ropa mientras su boca arde contra la mía.

De la que acaba de convertir todos mis intentos por mantenerla lejos en una puta pérdida de tiempo.

Se separa lo justo para tomar aire y deja la frente apoyada en la mía.

Los dos respiramos demasiado deprisa. Aflojo la mano y la deslizo por su costado hasta su rostro.

Retiro la otra de su nuca para acunarle la cara entre ambas manos.

La observo detenidamente. El agua le resbala por las mejillas y se acumula en sus pestañas.

Una gota se detiene en su labio inferior, húmedo e hinchado por mis besos, mientras sus pupilas dilatadas oscurecen casi por completo el color de sus ojos. Verla así no ayuda en absoluto.

Tengo que contener el impulso de volver a devorarle la boca. Ella desvía la vista al paraguas caído sobre las piedras.

—Nos estamos mojando —murmuro.

Una sonrisa lenta aparece en sus labios.

—Solo es agua. No es ácido.

Antes de que pueda responder, vuelve a tirar de mi nuca y me besa. Mis manos abandonan sus mejillas, recorren su cuello y descienden hasta encontrar de nuevo su cintura, como si ya supieran dónde quieren estar.

Esta vez no hay tanteos ni contención. Su lengua busca la mía y la recibo con un gruñido, estrechándola contra mí mientras todo lo demás pierde importancia. La lluvia, el frío, lo que debería hacer y lo que llevo días intentando convencerme de que no quiero.

Porque la verdad es mucho más sencilla y bastante más peligrosa: voy a querer más.

«Mucho más de lo que debería».