Perdiendo el Norte Capítulo 40
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Capítulo 40

—Sí que llueve ahora… —comenta Teressa y da un paso atrás.

—Solo es agua. No es ácido —digo.

Gira la cabeza hacia mí y nuestros ojos se encuentran. No aparto la mía. Sus iris verdes centellean bajo la luz de las farolas mientras el golpeteo de la lluvia contra el alero y las voces que llegan desde el interior de Casa Sindo parecen apagarse a nuestro alrededor.

—¿Qué?

—Es lo mismo que digo siempre… —murmura.

Algo cambia en su mirada, una obstinación que reconozco enseguida. Como si intentara abrirse paso a través de esa niebla que mantiene sus recuerdos fuera de alcance. Y detrás seguimos estando nosotros: sus padres, el pueblo, mis abuelos, la fragua, el huerto… yo.

—Lo sé.

Frunce el ceño.

—¿Lo sabes? Juraría que nunca lo he dicho delante de ti.

Asiento, incapaz de explicarle que se lo he oído tantas veces que la frase todavía conserva la voz de la niña que fue.

Desvío la vista hacia la lluvia, saco el paraguas y lo abro con un golpe seco.

Después, con la mano libre, le rodeo la cintura y la atraigo bajo él.

Su cuerpo choca contra el mío y, aunque el gesto la sorprende, no se aparta. Se queda mirándome, expectante.

—Vamos. Así no te mojarás.

—Acabas de decir que solo es agua —me recuerda con una sonrisa.

—También te he visto retroceder.

—Estaba evaluando el nivel de amenaza.

Salimos de debajo del alero. El paraguas debería cubrirnos sin problemas, pero Teressa se empeña en dejar una distancia prudente entre los dos y uno de sus hombros queda expuesto. Vuelvo a atraerla con una leve presión en el costado. Su cuerpo se pega al mío y noto cómo contiene el aire.

Empezamos a caminar, y la plaza va quedando atrás, envuelta en el resplandor anaranjado de las farolas.

El agua corre entre las piedras y el aire huele a tierra mojada y a leña.

A ratos, el viento empuja el pelo de Teressa hacia mí y me llega el aroma floral de su champú.

Avanzamos tan juntos que su brazo roza el mío con cada paso.

«No debería gustarme tanto».

—¿Pasé muchas horas contigo en la fragua, Diago?

La pregunta consigue que mis pasos pierdan el ritmo.

—Sí.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué?

—Responder con una sola palabra y esperar que mi cerebro rellene los huecos. Ya hemos comprobado que no destaca en esa tarea.

Miro al frente. Podría volver a protegerme con una respuesta seca, pero llevo demasiado tiempo haciéndolo. Desde que regresó, he decidido qué contarle y qué guardar como si esos recuerdos me pertenecieran únicamente a mí. Quizá haya llegado el momento de devolverle algunos.

—Pasabas allí casi todas las tardes —respondo sin soltarla—. A veces también aparecías por la mañana.

—¿Y qué hacía?

—Molestar.

Me da un pequeño codazo en el costado.

—He pedido sinceridad, no difamaciones —protesta entre risas.

—Te sentabas en el taburete y preguntabas para qué servía cada herramienta. Después querías tocarlas todas.

—Una curiosidad completamente razonable.

—Intentaste levantar un martillo que pesaba casi tanto como tú.

—¿Lo conseguí? —pregunta, mirándome de lado.

—Te caíste de culo.

—Esa parte podrías habértela ahorrado.

—Has pedido que no omita detalles.

—Empiezo a arrepentirme.

La imagino otra vez entrando en la fragua con las rodillas manchadas de tierra y el pelo recogido de cualquier manera.

Siempre llevaba un rasguño nuevo, traía una historia urgente y estaba convencida de que todo cuanto ocurría a su alrededor merecía una pregunta.

Hablaba tan deprisa que a veces resultaba imposible seguirle el ritmo, pero su voz se colaba entre los golpes del martillo y llenaba la fragua hasta convertir el ruido en una música que llevaba años sin escuchar y que reconocí en cuanto regresó.

—Decías que eras mi ayudante —continúo con la vista perdida al frente—. Me alcanzabas las herramientas, ordenabas los punzones y barrías el suelo hasta que mi abuelo te quitaba la escoba porque levantabas más polvo del que recogías.

—Era pequeña. Mi método necesitaba tiempo para perfeccionarse.

—Severino decía que algún día conseguirías doblar el acero a fuerza de hablarle.

Teressa suelta una risa. El sonido se extiende por la calle desierta y despierta una sensación que creía enterrada: la de caminar junto a ella sin pensar en el momento en que tendría que verla marcharse.

No puedo evitar observarla, memorizar la curva de su sonrisa bajo la luz de las farolas, como si una parte de mí ya se estuviera preparando para conservarla otra vez en forma de recuerdo.

—¿Por eso sabía dónde estaban los taburetes? —pregunta después de unos segundos.

—Sí.

—¿Y qué tenazas necesitabas?

—También. Me las alcanzabas siempre. Te empeñaste en aprender para qué servía cada una.

Su sonrisa desaparece despacio.

—Mi cuerpo se acuerda de tu fragua mejor que yo.

La frase se me mete bajo la piel y araña algo que preferiría no tocar.

—No digas eso —le advierto con más brusquedad de la necesaria.

—¿Por qué? —pregunta, volviendo el rostro hacia mí.

Porque noto cada roce de su cadera contra la mía. Porque todavía recuerdo el calor de su cintura bajo mi mano junto al río. Porque llevo toda la noche mirando su boca y esa frase acaba de llenarme la cabeza de imágenes que no tienen absolutamente nada que ver con la fragua.

—Porque no sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé. —Levanta un poco la barbilla—. Mi cabeza no recuerda dónde guardabais los taburetes, pero mis pies me llevaron hasta ellos. No conozco esas tenazas, pero mi mano escogió las que necesitabas. No sé qué significa y estoy intentando averiguarlo.

Continuamos subiendo. La lluvia golpea la tela del paraguas y encierra su voz con la mía. No se ve a nadie en la calle. Solo nosotros, avanzando demasiado despacio por una cuesta que no debería llevarnos tanto tiempo.

—¿Por qué no me lo contaste? —pregunta.

—Porque no quería llenarte la cabeza con mis recuerdos y que acabaras confundiéndolos con los tuyos.

Teressa tarda unos segundos en responder.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato.

—Procura ocultar la decepción.

—Estoy intentándolo, pero acabas de estropear la imagen de hombre incapaz de gestionar sus emociones que me había formado de ti.

—No la descartes todavía.

—Menos mal —dice mientras se pasa una mano por la frente.

Su brazo vuelve a rozar el mío. Esta vez ninguno de los dos intenta evitarlo.

—¿Crees que olvidé la fragua después del accidente de mis padres? —pregunta sin mirarme.

La pregunta me obliga a detenerme. Esa duda lleva golpeándome desde que la vi. Teressa da un paso más antes de volverse. El paraguas se inclina y algunas gotas alcanzan mi nuca; sin embargo, no me molestan.

—No lo sé —admito.

—¿No te lo habías preguntado?

—Muchas veces.

—¿Y qué piensas?

Aparto la vista hacia la cuesta. Limitarme a responder a sus preguntas parecía más sencillo antes de que empezara a formular las adecuadas.

—Al principio pensé que lo habías olvidado porque eras una niña y habían pasado demasiados años.

Después entendí que casi no recordabas nada de aquel verano y supuse que tendría que ver con la muerte de tus padres, con haberte marchado o con todo a la vez.

—Regreso a sus ojos—. Pero la fragua, el río, los veranos…

Todo eso ocurrió mucho antes de que tu vida cambiara.

No entiendo cómo pudo desaparecer también.

La veo tragar saliva.

—Ni yo.

No hay dramatismo en su respuesta. Solo una sinceridad tan desnuda que me obliga a aflojar los dedos alrededor del paraguas.

—Mi cerebro debió de contratar a alguien muy poco cualificado para organizar el archivo —añade—. Presentaré una reclamación cuando encuentre el departamento correspondiente.

La conozco lo suficiente para saber qué esconde detrás de la broma. El mismo miedo que apareció en su rostro cuando abrió el armario. La sospecha de que una parte de ella sigue moviéndose por este pueblo mientras el resto intenta alcanzarla.

Reanudamos el camino.

—¿Éramos muy amigos? —pregunta en un susurro.

—Sí.

—Diago… —insiste, buscándome la mirada.

Respiro hondo antes de responder.

—Pasabas más tiempo conmigo que con cualquier otro niño del pueblo. Cuando llegaba junio, empezaba a preguntar cuándo vendríais. Y, cuando terminaba agosto, odiaba ver vuestro coche desaparecer por la carretera.

Teressa guarda silencio y baja la vista un instante.

—Eso sí ha sido una respuesta —murmura, con una sonrisa pequeña.

—Es lo que me has pedido.

—¿Me echabas de menos? —pregunta después, casi con cuidado.

La pregunta me golpea de lleno en el pecho.

—Sí.

Sus ojos regresan a los míos.

—¿Mucho?

Podría mentirle. La lluvia, la oscuridad y el alcohol me proporcionarían una excusa aceptable. Mañana podría fingir que esta conversación nunca ha ocurrido y regresar a la fragua convencido de que sigo teniendo el control.

—Más de lo que debería haber echado de menos a alguien que solo venía durante el verano.

Sus pasos se detienen de nuevo y esta vez paro al mismo tiempo. Estamos tan cerca que la punta de sus estúpidas zapatillas queda entre mis botas. Teressa alza el rostro y el borde del paraguas nos oculta la calle, las casas y cualquier lugar hacia el que pueda escapar.

—Yo no te recuerdo —dice con la voz más baja—, pero hay momentos en los que siento que sí —confiesa llevándose la mano al pecho—. Es una sensación que está justo aquí.

No sé qué hacer con esa confesión.

—Cuando encontré los taburetes —continúa—. Cuando supe qué herramienta darte. Cuando me llamas Teressa y una parte de mí quiere corregirte, pero otra… —Sacude levemente la cabeza—. Otra siente que lleva toda la vida escuchándotelo decir.

El aire abandona mis pulmones y ella acerca la mano a mi abrigo. Roza la tela con las yemas, como si necesitara comprobar que sigo delante.

—¿Te dolió que no te reconociera?

No aparto los ojos, no sé si el alcohol ha retirado el filtro o si todo lo que está sucediendo es porque ya tenía que ocurrir.

—Sí.

Sus dedos se inmovilizan sobre mi pecho.

—Lo siento.

—No es culpa tuya.

—Eso no significa que no pueda sentirlo.

—No necesito que te disculpes.

—¿Y qué necesitas?