Capítulo 39
El ruido del local parece alejarse. Su voz ha bajado lo suficiente para que la pregunta se quede entre nosotros, pese a todas las personas reunidas alrededor de la mesa. Aprieto los dedos contra el pelo de Tizón.
—Estoy empezando a averiguarlo.
Algo cambia en su mirada. No sé si es deseo, miedo o la misma confusión que llevo yo dentro, pero dura lo bastante para que me cueste apartar los ojos de él. Antes de que pueda decidir qué significa, Sindo reclama el siguiente turno. Diago saca otro papel, lo lee y niega con la cabeza
—Otro —dice, tendiéndoselo a Sindo.
—Es el que te ha tocado —le recuerda él.
—Ese no.
Deva se pone de pie y le arrebata el papel antes de que pueda impedirlo.
— Dirty Dancing —lee en voz alta y rompe a reír—. Esto no te lo cambia nadie.
—Ya has dicho el título —señala Diago, fulminándola con la mirada.
—La ronda no había empezado. Coges otro papel y haces esta.
Diago se recuesta en la silla y cruza los brazos.
—No pienso bailar.
—No hace falta que lo hagas bien —le aseguro—. De hecho, nadie lo espera.
Me dedica una mirada poco amistosa.
—Tú menos.
—Yo confío muchísimo en ti —respondo muy seria—. La sidra ayuda.
Sindo devuelve el papel al cuenco y obliga a Diago a sacar otro, pero Deva no deja de exigir una demostración.
Al final, él resopla, se coloca frente a nosotros, apoya las manos en la cintura y mueve las caderas una sola vez.
El movimiento es tan pequeño que podría haberlo provocado una corriente de aire y, aun así, me despierta un cosquilleo en el estómago.
—¿Eso era bailar? —pregunto, alzando una ceja.
—Sí —responde, como si no admitiera discusión.
—He visto muebles con más ritmo.
Diago deja caer las manos y regresa a su sitio.
—No pienso repetirlo.
—Una pena —murmuro mientras su hombro queda apoyado contra el mío—. Empezaba a ponerme nerviosa.
Las carcajadas recorren la mesa. Diago inclina la cabeza hacia mí y su barba me acaricia la sien. Contengo la respiración sin darme cuenta.
—La sidra te vuelve imprudente —susurra con voz ronca.
—La sidra solo está dando voz a ideas que ya estaban aquí.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Aparta la cabeza despacio. El contacto ha durado solo un instante, pero la piel me sigue vibrando cuando el teléfono tiembla sobre la mesa.
La pantalla se ilumina y el nombre de Mikel aparece sobre la notificación.
Durante años, esas cinco letras fueron una promesa.
Después se convirtieron en una pregunta que me impedía dormir y en la prueba de que puedes conocer la forma en la que alguien toma el café sin tener la menor idea de lo que guarda dentro.
Abro el mensaje.
Mikel:
Tessa, por favor. Necesito hablar contigo.
¿Estás bien?
La alegría de hace unos segundos se repliega.
No desaparece, pero deja espacio a esa punzada conocida que todavía sabe encontrarme incluso cuando creo haber cerrado todas las puertas.
Hay que reconocer que tiene una puntería extraordinaria.
Pregunta si estoy bien después de haberse ocupado personalmente de que no lo estuviera.
El pulgar se me queda suspendido sobre el teclado.
Podría responderle y exigir una explicación nueva que seguramente sonaría igual que las anteriores.
Preguntarle por Calista. Decirle que estoy en un pueblo del norte, rodeada de personas que conocieron a mis padres y sentada al lado de un hombre que consigue desordenarme con una facilidad que empieza a preocuparme.
Sin embargo, no hago nada de eso. Mantengo pulsada la conversación y silencio las notificaciones.
Después bloqueo la pantalla y guardo el teléfono en el bolsillo.
No responder también es una respuesta. Y, por primera vez desde la boda, no nace del miedo a lo que pueda decirme, nace de la certeza de que no quiero permitirle entrar en este momento.
Cuando levanto la cabeza, Diago está observándome. Su atención baja hacia el bolsillo donde he guardado el móvil y vuelve a mi rostro.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —respondo demasiado deprisa.
Una leve arruga aparece entre sus cejas. Al final asiente, aunque la rigidez de sus facciones deja claro que no me cree. Su rodilla deja de tocar la mía y la distancia, aunque solo sea de unos centímetros, se instala entre nosotros con una rapidez que no entiendo.
Sindo anuncia que Deva y Nico están empatados con nosotros. La última película decidirá quién paga la siguiente botella.
—Te toca —dice Diago, señalando el cuenco.
Su tono continúa siendo tranquilo, pero la ligereza de antes ha desaparecido. Me levanto y saco un papel. Regreso al futuro .
Sindo pone en marcha el cronómetro. Señalo hacia atrás por encima del hombro, doy dos pasos en esa dirección y después avanzo. Me llevo un dedo a la muñeca, fingiendo que consulto un reloj.
— Regreso al futuro —responde Diago.
No han pasado ni cinco segundos. Me quedo anclada en el sitio. Él me sostiene la mirada desde el otro lado de la mesa y por un instante recupero la sensación de que existe una conversación entre nosotros a la que nadie más tiene acceso.
—¡Eso estaba acordado! —protesta Celia, señalándonos con un dedo.
—No hemos acordado nada —replica Diago.
—Nadie adivina una película con esos gestos.
—Él sí —digo, todavía mirándolo.
Sindo nos concede el punto y el grupo comienza a aplaudir. Tizón ladra, contagiado por el ruido, y Deva acusa a Nico de haberla perjudicado emocionalmente. Él le recuerda que ha rugido, hablado y mirado dos papeles ajenos en menos de una hora.
Diago y yo hemos ganado, aunque él recibe la noticia con una serenidad que no se corresponde con el hombre que ha discutido cada punto como si estuviera defendiendo su patrimonio familiar.
—Eres muy competitivo —le digo al regresar a mi silla.
—No me gusta perder —responde, levantando el vaso hacia mí.
—Eso es lo que diría una persona competitiva.
Chocamos nuestros vasos para celebrar la victoria. Esta vez bebo el culín sin hacer ninguna mueca y Diago levanta una ceja, impresionado.
—Aprendo rápido —presumo.
—Ya me he dado cuenta.
La frase contiene algo que va mucho más allá de la sidra.
Pienso en los taburetes, las tenazas y el punzón.
En la forma en que mi cuerpo reconoce partes de su mundo que mi cabeza insiste en mantener cerradas.
Introduzco una mano en el bolsillo y encuentro la plaquita.
El borde del cobre se clava suavemente contra la yema de mi dedo.
Fuera comienza a llover. Las primeras gotas golpean los cristales mientras Sindo recoge los papeles y Deva exige una última ronda que nadie parece dispuesto a concederle.
El grupo se dispersa poco a poco. Olaya se pone el abrigo, Severino termina su vaso y Lolina abre el paraguas dentro del local hasta que todos le gritan que trae mala suerte.
Me levanto y una leve ingravidez me obliga a apoyar la mano en el respaldo de la silla. Estoy achispada, no borracha. La diferencia es importante. Puedo caminar en línea recta, recordar dónde vivo y reconocer que aceptar otro culín convertiría varias decisiones cuestionables en ideas magníficas.
Me pongo la chaqueta.
—Vamos, Tizón —llama Severino desde la puerta.
El perro continúa pegado a mis piernas. Olaya abre la bolsa donde ha guardado los últimos trozos de empanada. Tizón se incorpora y atraviesa el local sin dedicarme una despedida.
—Lo nuestro no ha significado nada para él —me lamento, llevándome una mano al pecho.
—Te lo advertí —dice Diago.
—Todos sois iguales.
—No pienso responder a eso —replica, negando con la cabeza.
Olaya y Severino salen con Tizón. Me despido de Sindo, Lara y Nico y camino hasta la puerta. Deva me abraza con más entusiasmo del necesario y, sin llegar a soltarme, me susurra al oído:
—Tú y el herrero hacéis un equipo estupendo.
No necesito preguntarle si sigue hablando del juego. Alza las cejas y se da la vuelta.
—¿Tienes paraguas? —pregunta Diago a mi espalda.
—No. Vivo cuesta arriba. Si corro, llegaré antes de que la lluvia empiece a tomárselo en serio.
Abro la puerta y una ráfaga húmeda me obliga a cerrarme la chaqueta. La calle brilla bajo las farolas y el agua empieza a descender entre las piedras.
—Te acompaño.
Cuando me giro hacia él, ya se ha puesto el abrigo.
—No hace falta.
—Aun así.
—He bebido sidra, no he perdido la capacidad de orientarme.
Diago coge un paraguas negro del soporte y se acerca, como si la conversación estuviera terminada. La distancia que ha impuesto entre nosotros desde que apareció el mensaje de Mikel sigue ahí, escondida detrás de su expresión seria; sin embargo, ha decidido acompañarme.
Deva observa desde la barra con una sonrisa que promete futuras preguntas. Me despido con la mano y salgo junto a Diago.
A nuestras espaldas, la puerta de Casa Sindo se cierra y las voces se quedan dentro. Delante solo están la cuesta, la lluvia y todo lo que llevamos horas evitando decirnos.