Perdiendo el Norte Capítulo 38
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Capítulo 38

Una «no cita» no debería exigirme tres cambios de outfit .

El primero era demasiado informal. El segundo decía llevo toda la tarde esperando este momento y el tercero parecía elegido por una mujer que había renunciado al amor, a la esperanza y posiblemente a la vida social.

Al final he vuelto al primero, lo que demuestra que acabo de invertir cuarenta minutos en regresar al punto de partida.

Me observo frente al espejo del dormitorio.

Vaqueros negros, jersey color crema y las zapatillas mágicas de Brisa.

Un conjunto normal para ir a Casa Sindo a jugar a adivinar películas con medio pueblo.

Nada en él sugiere que me haya duchado, dejado el pelo suelto y aplicado dos veces el bálsamo con color hasta conseguir esa naturalidad que solo requiere media hora de esfuerzo.

«Esto no es una cita».

Diago ni siquiera va por mí. Lo dejó bastante claro delante de sus abuelos, Deva, Tizón y cualquier antepasado que pudiera estar escuchando desde el más allá.

Me inclino hacia el espejo y retiro con el dedo una pequeña mancha del delineador. Después me aparto, vuelvo a acercarme y decido que mis pestañas necesitan otra capa de máscara. Por motivos completamente ajenos a Diago.

Si una lectora me contara que se ha cambiado tres veces para asistir a un plan al que un hombre asegura no ir por ella, le diría que dejara de engañarse. Por suerte, ninguna lectora está aquí para pedirme explicaciones.

Me giro para coger la chaqueta y descubro la plaquita de cobre sobre la cómoda.

La he dejado ahí después de vaciar los bolsillos antes de ducharme.

El corazón continúa torcido en el centro, imperfecto y mucho más difícil de ignorar de lo que debería ser un trozo de metal.

Lo recojo y paso el pulgar sobre la hendidura.

Durante un instante recuerdo la mano de Diago cerrándose alrededor de la mía, áspera y caliente.

«No llegues tarde, Teressa».

Miro la hora. Las nueve menos cuarto. Guardo la plaquita en el bolsillo de la chaqueta para no perderla. Al menos, esa es la explicación oficial. La misma que sostiene que el bálsamo con color se ha aplicado solo y que el jersey color crema ha ganado una competición completamente objetiva.

Dos golpes en la puerta me ahorran la posibilidad de encontrar otro defecto que corregir.

Cojo la chaqueta y bajo a abrir. Deva está esperando al otro lado con las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta vaquera, unos vaqueros oscuros y el pelo recogido en una coleta alta.

En cuanto me ve, una sonrisa leve asoma a sus labios.

—Estás muy guapa.

—No me he arreglado por Diago.

Deva parpadea.

—Solo he dicho que estás muy guapa.

«Estupendo, me delato yo solita».

—Gracias —murmuro mientras cierro la puerta.

Su sonrisa me acompaña hasta la verja, aunque tiene la consideración de guardarse cualquier otro comentario.

Emprendemos juntas el descenso. La noche ha caído sobre el pueblo y las luces de las viviendas salpican la ladera.

El aire trae el aroma del petricor. Todavía no llueve, pero las nubes han cubierto el cielo con esa insistencia que empieza a parecer una amenaza personal.

—Va a llover —comenta Deva.

—Empiezo a sospechar que aquí eso no se considera una predicción, sino una forma de saludar.

Suelta una risa breve y continúa caminando. Agradezco que no vuelva a mencionar mi ropa ni el nombre que yo misma he introducido en la conversación con la delicadeza de un elefante en una cristalería.

Llegamos a Casa Sindo cuando el reloj del campanario empieza a dar las nueve.

El murmullo de las conversaciones nos recibe antes de que Deva abra la puerta.

Dentro hace calor. Las lámparas derraman una luz amarillenta sobre las mesas de madera y una hilera de botellas de sidra ocupa uno de los extremos de la barra.

Deva se quita la chaqueta y se adelanta para dejarla detrás del mostrador.

Sindo discute con Lolina porque ella asegura que el recipiente de los papeles está inclinado y favorece a quienes se sienten a la derecha.

No entiendo cómo podría favorecerlos, pero parece dispuesta a defender su teoría ante un tribunal.

Diago está junto a la chimenea hablando con Nico.

Lo reconozco antes de que mi cabeza tenga tiempo de buscarlo.

Se ha cambiado la ropa de la forja por unos vaqueros oscuros y un jersey gris que se ajusta a sus anchos hombros.

Lleva el pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás, aunque un mechón ya ha empezado a caerle sobre la frente.

Sin el delantal, el hollín y la expresión concentrada del taller, parece más joven.

También peligrosamente más accesible, una novedad que mi autocontrol no recibe con especial entusiasmo.

El hombre que no ha venido por mí también se ha arreglado.

Es una información que pienso guardar para utilizarla en su contra.

Levanta la vista y nuestras miradas se encuentran.

Nico continúa hablando, pero Diago deja de prestarle atención.

Camino entre las mesas sin dejar de observarlo.

Sus ojos recorren mi cuerpo con una lentitud que convierte todo el esfuerzo invertido frente al espejo en una decisión empresarial de éxito.

Cuando vuelven a mi rostro, algo se tensa en su mandíbula.

—Has llegado —dice.

—Eso suele ocurrir cuando alguien me amenaza con no llegar tarde.

Parece a punto de sonreír, pero Deva se cuela entre nosotros y el momento se rompe.

—Estupendo, ya estamos todos. Podéis seguir comprobando vuestra puntualidad después.

Me agarra del brazo y me conduce hacia una mesa grande en torno a la que se han reunido Olaya, Severino, Nico, Lara y varios vecinos. Tizón permanece tumbado debajo, ocupando el espacio destinado a tres personas y parte del municipio colindante.

—¿No íbamos a sortear los equipos? —pregunto.

—Ya están decididos —anuncia Deva—. Nico conmigo, Olaya con Severino y tú con Diago.

—Eso no es un sorteo.

—Nadie ha dicho que tuviera que serlo.

Diago ocupa la silla a mi lado con la resignación de quien acaba de comprobar que protestar no sirve de nada.

—Esto está amañado —murmura junto a mi oído.

Su aliento me roza el lóbulo y un escalofrío me recorre la piel antes de que pueda fingir que no ha pasado nada.

Huele a jabón, a madera y a ese rastro de humo que parece haberse instalado en él para siempre.

Inspiro un poco más hondo de lo necesario, porque al parecer hoy he decidido perder toda dignidad, y entonces descubro algo todavía peor: he cerrado los ojos.

Los abro de inmediato, procurando que nadie haya reparado en el pequeño abandono momentáneo de mis facultades.

«Fantástico».

Como siga así, dentro de cinco minutos estaré oliéndole el cuello y fingiendo que ha sido un accidente.

—En eso estamos de acuerdo. Puede que formemos un gran equipo —respondo, volviendo ligeramente el rostro hacia él.

—No te emociones.

—Demasiado tarde. Me he puesto bálsamo con color.

Su atención desciende hasta mi boca. El recorrido es breve, pero el calor del local parece aumentar varios grados.

—Se nota —responde.

Me quedo mirándolo, sorprendida. Se reclina en la silla y vuelve la atención hacia el centro de la mesa como si no acabara de coquetear conmigo. De una forma muy rudimentaria, quizá, pero suficiente para alterar mi ritmo cardíaco.

—Antes de empezar, hay que beber —anuncia Sindo, levantando una botella de sidra.

—Por fin una norma con sentido —celebra Deva.

Sindo coloca un vaso ancho debajo de la botella y eleva esta por encima de su cabeza.

El chorro cae fino y firme contra el cristal sin que mire la botella ni el vaso.

Estoy convencida de que va a derramar la mitad, pero ni una sola gota cae fuera.

Me entrega el vaso con una pequeña cantidad de sidra en el fondo.

—Bébelo ahora —me indica Deva.

—¿Todo? —pregunto, examinando el contenido.

—Es un culín, no una hipoteca.

Obedezco. La sidra está fría, ácida y tiene más fuerza de la que esperaba. Consigo beberla de un trago, aunque la risa grave que Diago deja escapar confirma que mi expresión no ha sido precisamente elegante.

—Podrías haberme avisado —protesto, dándole un codazo suave en el costado.

Sindo vuelve a llenar el vaso y se lo entrega a Severino. Después coloca en el centro de la mesa un cuenco de madera repleto de papeles doblados.

—Un miembro de cada equipo representa la película y el otro tiene un minuto para adivinarla —explica a todos los presentes—. No se puede hablar, hacer sonidos ni señalar objetos del local. La pareja con menos aciertos paga la siguiente botella.

—Deva va a hacer sonidos —predice Diago.

—Eso es una acusación muy grave —replica ella, llevándose una mano al pecho.

—Es una descripción basada en años de experiencia.

Nico asiente.

—También va a señalar objetos.

—¿Tú de qué parte estás? —le exige ella.

—De la que quiere evitar otra discusión con Sindo sobre si un rugido cuenta como palabra.

—No cuenta.

—Cuenta como sonido —interviene Lara.

Deva se cruza de brazos y mira alrededor en busca de apoyo, pero Lolina, Maruja y Celia se enfrascan de pronto en una conversación, fingiendo no haberse enterado de nada.

—Traidoras —farfulla.

Comienza Olaya. Saca un papel, lo lee y extiende un brazo sobre la cabeza mientras mueve la otra mano de un lado a otro.

—Un pez —dice Severino.

Olaya niega enérgicamente.

—Una ballena.

Vuelve a negar y junta las manos sobre la cabeza formando una aleta.

—Un pez grande.

—¡El título! —protesta Deva.

—Déjame, estoy pensando —gruñe Severino.

Olaya abre la boca, enseña los dientes y se abalanza sobre él.

— Tiburón —responde por fin.

La mesa estalla en aplausos y ella regresa a su silla satisfecha.

Severino se levanta para recibirla y le deja un beso en la sien antes de ocupar su lugar.

El gesto es tan natural que ni siquiera parece consciente de haberlo hecho.

Eso es el amor para mí. No las grandes promesas, es un beso depositado en la sien sin pensarlo, como si el cuerpo conociera de memoria el camino.

Quizá no fuera solo el amor de mis padres lo que me hacía sentir así en este pueblo.

Tal vez también fueran esos detalles pequeños, tan cotidianos que nadie parece reparar en ellos, los que lo convirtieron en el lugar donde yo creía que el amor no hacía daño.

Desvío los ojos y descubro a Diago observándome.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

Se concentra en el cuenco, pero la respuesta llega demasiado rápido para resultar convincente.

Cuando le llega el turno a Deva, extrae un papel y sonríe con una inocencia sospechosa. Levanta las manos como garras y deja escapar un rugido. Tizón alza la cabeza de golpe y la observa con alarma.

— ¡El rey león! —grita Nico.

—No vale —protestamos varias personas.

—No he hablado —se defiende Deva, todavía con las manos levantadas.

—Has rugido —señala Maruja.

—Era respiración interpretativa.

Sindo anula el punto mientras ella amenaza con presentar una reclamación formal. Diago se inclina hacia mí.

—Te lo dije —murmura con voz ronca.

Lo dice tan cerca que las palabras parecen deslizarse directamente por mi piel. El pulso se me acelera y aprieto los dedos contra el borde de la mesa, necesitando un segundo para recordar qué estaba haciendo antes de que Diago decidiera hablarme así.

Respondo antes de que ese instante se convierta en algo bastante más difícil de disimular.

—Estoy empezando a comprender que en este pueblo las normas son más bien recomendaciones.

—Solo cuando juega Deva.

Cuando le llega el turno, Diago introduce una mano en el cuenco y extrae un papel.

Lo desdobla, lo lee y me lanza una mirada que no sé interpretar.

Después se coloca frente a mí, se lleva una mano a la oreja con el pulgar y el meñique extendidos para imitar un teléfono y mueve los labios sin emitir ningún sonido.

Ladea la cabeza, finge escuchar y levanta el otro brazo como si empuñara un cuchillo.

— Scream .

No han pasado ni dos segundos. Diago baja las manos y me mira.

—¿Cómo lo has sabido tan rápido?

—He convivido con Brisa. Podría reconocer a Ghostface durante un apagón y bajo los efectos de la anestesia.

—Eso no parece una habilidad útil.

—Lo será cuando el asesino llame a tu puerta y tú creas que viene a venderte fibra óptica.

Vuelve a sentarse y su rodilla roza la mía bajo la mesa. Podría considerarlo un accidente si alguno de los dos hiciera el menor esfuerzo por apartarse.

Sindo anota el punto y el juego continúa.

Entre turnos, reparte más sidra y unos platos con queso, empanada y trozos de tortilla.

Al tercer culín, el calor empieza a extenderse desde el estómago hasta las mejillas.

No estoy borracha. La habitación permanece quieta, puedo pronunciar todas las consonantes y sigo recordando mi nombre.

Solo estoy en ese punto amable en el que las risas salen con más facilidad y el jersey de Diago empieza a parecerme una ofensa personal.

Lo observo discutir con Nico por el título de una película.

Le da un empujón con el hombro cuando su amigo intenta mirar uno de los papeles y se ríe al descubrirlo haciendo trampas.

No es la risa grave y breve que le he arrancado alguna vez.

Esta le nace entera, le transforma la expresión y obliga a sus ojos a cerrarse un poco.

«Me gusta verlo así».

Después se levanta para ayudar a Sindo a mover una caja de botellas sin que nadie se lo pida.

Al regresar, llena el plato de su abuelo con patatas, retira un vaso vacío de delante de Olaya y aparta una silla para que Lolina pueda pasar.

Son gestos pequeños, realizados con la naturalidad de quien lleva toda la vida sabiendo qué lugar ocupa entre esas personas.

Diago pertenece aquí: a la forja, a Casa Sindo, a las discusiones de Deva y a esa forma de entenderse con su abuelo al ritmo de los golpes sobre el yunque.

Yo todavía necesito el GPS para volver a casa y soy incapaz de subir una cuesta sin negociar con mis pulmones.

Quizá por eso me fascina observarlo. Porque parece tener raíces incluso cuando camina.

Tizón sale de debajo de la mesa y apoya la cabeza sobre mi muslo. Le acaricio detrás de las orejas y el perro cierra los ojos con un suspiro satisfecho.

—Tizón —lo llama Diago.

No obtiene ninguna reacción.

—Creo que ha elegido —digo, rascándole la cabeza.

—No tiene criterio.

—Sí que lo tienes, ¿a que sí, bonito? —le susurro a Tizón mientras le masajeo una oreja

Diago chasquea la lengua y el perro ni siquiera abre los párpados.

—Traidor.

—Al menos uno de los dos sabe lo que quiere.

La frase sale de mi boca antes de que el tercer culín pueda aconsejarme prudencia.

Deva tose para disimular una risa.

Nico se concentra en el plato de tortilla y Olaya baja la cabeza, aunque no lo bastante rápido para ocultar su sonrisa.

Diago no aparta los ojos de mí.

—¿Y tú lo sabes? —pregunta.