Perdiendo el Norte Capítulo 37
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Capítulo 37

No sé cómo he sabido dónde estaban los taburetes.

Ese es el problema. Un instante antes escuchaba a Lara pedirlos y, al siguiente, mis pies atravesaban el taller mientras mi mano abría un armario cuya existencia desconocía.

Al menos, eso asegura mi cabeza. Mi cuerpo parece tener una opinión diferente y ha decidido manifestarla sin consultar con el resto del equipo.

Recuerdo el calor de la forja, el sonido de los golpes y el rincón donde solía sentarme.

Pero una cosa es conservar algunas sensaciones y otra muy distinta moverme por este lugar sin pensar, como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

Diago coge el taburete, nuestros dedos se tocan sobre la madera y un chispazo recorre mi piel.

—Siempre han estado ahí —dice con voz áspera.

Una explicación estupenda, salvo por el pequeño detalle de que yo no sabía que lo sabía.

He estado aquí muchas más veces de las que imaginaba.

Retiro la mano y vuelvo a mirar el armario.

No aparece ninguna imagen ni escucho una voz procedente del pasado.

Solo siento esa certeza extraña que me ha conducido hasta él.

Mi memoria es incapaz de devolverme una tarde completa con mis padres y, sin embargo, conserva el inventario del mobiliario de una fragua.

Tiene un sentido de las prioridades extraordinario.

—Quizá lo viste al entrar —sugiere Diago, ofreciéndome una salida que ninguno de los dos cree.

—Claro. Lo vi, lo olvidé y después lo recordé. Mi cerebro funciona con métodos innovadores.

La comisura de sus labios tiembla, como si estuviera a punto de sonreír, pero Lara da dos palmadas y reclama la atención del grupo.

—Vamos a empezar. Delantales y gafas para todos.

Los niños se abalanzan sobre el banco donde ha dejado las protecciones. Lara consigue imponer cierto orden y Diago coloca los taburetes frente a la mesa. Me aparto hacia el arco, decidida a limitarme a observar.

El propósito me dura menos de un minuto.

Inés intenta atarse el delantal con unos brazos que todavía no alcanzan bien los cordones de la espalda. Después de girar dos veces sobre sí misma, termina atrapada dentro.

—Creo que me está atacando —protesta con un tono agudo.

—Los delantales detectan el miedo —le explico mientras me agacho detrás de ella—. No hagas movimientos bruscos.

—No te inventes cosas —interviene Diago desde el yunque.

—Estoy tranquilizando a la víctima.

—La estás confundiendo.

—No estoy confundida —asegura Inés—. Estoy atrapada.

Deshago el nudo que ha conseguido formar y ajusto los cordones. Cuando termino, la niña se vuelve y me observa con una seriedad que no encaja con sus ocho años.

—¿Tú también eres herrera?

—No.

—Pero sabías dónde estaban los taburetes.

—Mi currículum atraviesa una etapa de incertidumbre.

Inés frunce el ceño.

—Habla raro —le dice a Mateo.

—Es de ciudad —responde él, como si aquello explicara cualquier defecto de fabricación.

Diago contiene una sonrisa mientras comprueba que todos llevan las gafas bien colocadas.

Lo observo explicarles qué partes del taller no deben tocar y por dónde pueden moverse.

No levanta la voz ni pierde la paciencia cuando Mateo hace tres preguntas seguidas sobre el fuego.

Se agacha para hablar con ellos, repite las instrucciones y escucha cada teoría absurda con una atención que no esperaba encontrar en él.

Hay algo indecentemente atractivo en verlo usar las mismas manos capaces de doblar el metal para ajustar unas gafas diminutas sobre la nariz de Inés.

Cuando vuelve a incorporarse, un mechón oscuro se le escapa sobre la frente y Diago se lo aparta con el dorso de la muñeca, dejando una sombra de hollín junto a la sien.

Está guapo hasta manchado. Lleva las mangas remangadas hasta los codos y el movimiento tensa los músculos de sus antebrazos bajo la piel.

Me obligo a prestar atención a las normas de seguridad, aunque empiezo a sospechar que él debería figurar entre los riesgos del taller.

Y no es que de pronto sea otra persona. Sigue siendo serio, seco y poco dado a regalar palabras. Quizá sea yo la que empieza a mirarlo de otra manera.

Diago se coloca frente a la fragua para hacer una demostración.

Severino permanece a su izquierda y Lara reúne a los niños detrás de la línea marcada en el suelo.

Yo me quedo cerca del banco, procurando no estorbar.

El metal empieza a teñirse de naranja. Diago espera hasta que alcanza el tono adecuado y extiende una mano hacia las herramientas sin apartar la vista del fuego.

No pide nada. Severino hace ademán de acercarse, pero mis dedos ya han encontrado unas tenazas de mango largo y se las entregan.

El gesto resulta tan automático que solo comprendo lo que he hecho cuando Diago cierra la mano sobre la herramienta.

Sus dedos tocan los míos y levanta la vista, sorprendido.

La misma sorpresa que debo de tener reflejada en la cara.

—Gracias —murmura.

Asiento y bajo la mirada a las tenazas.

«Otra vez».

No debería haber sabido qué herramienta necesitaba. Ni siquiera conozco el nombre de la mitad de las que hay sobre el banco. Sin embargo, he escogido la correcta sin pensarlo.

«Mi memoria muscular está intentando conseguir trabajo sin consultarme».

—¿Eres su ayudante? —pregunta Mateo.

—No —respondemos Diago y yo al mismo tiempo.

El niño alterna la mirada entre los dos.

—¿Su novia? —pregunta con un deje de asco.

—No —repetimos, todavía más rápido.

Varias risas recorren el grupo. Olaya se lleva un bollo a la boca para ocultar la suya. Severino encuentra de pronto un enorme interés en ordenar las piezas de metal. Retrocedo hasta el arco y me siento en uno de los taburetes que ha quedado libre.

—Solo estoy mirando —aclaro.

—Estás ayudando —señala Inés.

—Ha sido un accidente.

—Dos veces —me recuerda.

«Esa niña empieza a caerme regular».

Tizón abandona su lugar junto a la pared, se acerca y deja caer todo su peso sobre mis pies. Después apoya la cabeza contra mi muslo y suspira.

—Tizón también cree que eres su novia —concluye Mateo.

—Tizón cree que la bolsa de bollos es suya —replica Diago mientras vuelve hacia la fragua.

Le acaricio la cabeza al perro, intentando ordenar todo lo que acaba de removerse en mi interior.

—No permitas que desacredite nuestra relación. Lo nuestro es especial.

El perro cierra los ojos, encantado.

—Es especial hasta que alguien abra otra bolsa —sentencia Diago.

—Los celos no te favorecen.

Esta vez no consigue contener la sonrisa. No es muy grande, solo una curva breve que le suaviza las facciones y desaparece enseguida, pero basta para que un calor extraño se extienda por dentro. Pequeño, aunque con una alarmante tendencia a quedarse.

—Ahora os toca a vosotros —anuncia Lara.

Diago reparte unas pequeñas placas de cobre sobre varios bloques de acero y Severino coloca frente a los niños los punzones de estampación. Hay estrellas, lunas, hojas, letras y un girasol de pétalos abiertos.

—Quiero ese —decide Inés, señalando la flor.

Me levanto y me pongo a su lado solo para curiosear un poquito. Esta vez no pienso ayudar por accidente.

—Bonita elección. Es difícil estar triste delante de un girasol.

Al otro lado de la mesa, Diago detiene la mano sobre uno de los martillos. Nuestras miradas se enredan y entrecierra los ojos, como si buscara algo en los míos. Inés me tira del bajo de la camiseta y me obliga a apartar la vista. Cuando vuelvo hacia él, ya está ordenando las herramientas.

Mateo examina todos los punzones con la solemnidad de quien decide el nombre de su primer hijo, pero termina quedándose con un martillo.

—Eso no es un dibujo —le advierte Lara.

—Pero sirve para golpear.

—Un razonamiento impecable —murmuro.

Los niños se distribuyen alrededor de la mesa y el taller se llena de voces, martillazos torpes y advertencias para que nadie pierda un dedo. Intento mantenerme al margen, pero Inés me hace un hueco a su lado y coloca las herramientas delante de mí.

—Ayúdame —susurra.

—No creo que sea la persona más indicada.

—Sabías lo de las tenazas.

—Empiezo a arrepentirme de haber demostrado tantas habilidades en un espacio de tiempo tan corto.

Inés me entrega el punzón con forma de girasol. Lo pongo sobre el metal y, antes de que pueda preguntarme qué estoy haciendo, acomodo sus dedos alrededor del mango.

—Sujétalo firme y golpea aquí —le indico, señalando la parte superior—. Sin demasiada fuerza al principio.

Diago levanta la cabeza desde el otro extremo de la mesa.

—¿Eso también lo has visto al entrar?

—Venía explicado en el armario —ironizo antes de sacarle la lengua.

Su expresión se vuelve más seria, aunque no insiste. Inés descarga el martillo sobre el punzón y el golpe hace vibrar la mesa. La flor queda marcada solo por uno de los lados.

—Está rara —se lamenta.

—Las flores de verdad tampoco son perfectas.

—Las de mi abuela sí.

—Porque tu abuela debe de tenerlas amenazadas.

Inés suelta una risita y vuelve a golpear. Esta vez la silueta aparece completa. Levanta la pieza con una sonrisa orgullosa y yo celebro el resultado con ella, olvidando durante unos instantes que no sé de dónde han salido las instrucciones que acabo de darle.

—Haz una tú —propone.

—Prefiero conservar intacto el misterio de mi talento.

—Te da miedo que salga mal.

La observo en silencio. Ocho años y ya sabe localizar una debilidad para utilizarla en mi contra.

—Dame eso.

Inés me cede su sitio. Recorro los punzones y termino escogiendo uno pequeño con forma de corazón.

Porque, al parecer, ni siquiera durante mis vacaciones consigo librarme del trabajo.

Coloco la placa sobre uno de los bloques de acero, apoyo encima el punzón y golpeo con cuidado. El corazón queda ligeramente inclinado.

—Está torcido —señala Mateo, asomándose por encima de mi brazo.

—Es realista.

Diago deja escapar una risa por la nariz.

—Puedes repetirlo —dice.

—No hace falta. Los corazones torcidos también merecen una oportunidad.

Sus ojos permanecen fijos en mí. El humor desaparece de ellos y da paso a algo más difícil de sostener.

Bajo la vista hacia la pieza, arrepentida de haber convertido una broma en una confesión involuntaria delante de seis niños, sus abuelos y un perro que ha vuelto a sentarse en mis pies.

Por suerte, Lara anuncia el final del curso antes de que alguien pueda pedir explicaciones.

Los niños guardan sus trabajos y abandonan el taller entre despedidas atropelladas. Inés me abraza por la cintura al despedirse y Mateo intenta acariciar el yunque una última vez. Diago lo intercepta sin necesidad de volverse.

—No, Mateo.

—Solo iba a despedirme.

—Ya te he dicho que el yunque no tiene sentimientos.

—Tizón sí —replica mientras abraza al perro.

—No le gustan los abrazos —le advierte Diago.

Tizón mueve la cola, traicionando la versión de su dueño.

Cuando la campanilla deja de sonar, el silencio recupera poco a poco el taller. Olaya se pone a barrer y Severino se lleva las tazas hacia la trastienda. Yo aprovecho para dirigirme a la salida antes de que alguien me encuentre otra ocupación desconocida.

—Te dejas esto.

Me vuelvo. Diago sostiene entre los dedos la plaquita con el corazón torcido. Me acerco para recogerla y cierro los dedos sobre el borde, junto a los suyos. Esta vez no hay tenazas a las que culpar ni demasiada prisa por apartarnos.

—Gracias.

—A las nueve —me recuerda sin soltar todavía la pieza.

—Pensaba que no ibas por mí.

—No voy por ti.

—Entonces no debería importarte si llego tarde.

Diago deposita por fin el corazón sobre mi palma, me cierra los dedos alrededor de él y mantiene su mano sobre la mía.

Es enorme y está surcada de pequeñas cicatrices.

Una descarga me asciende por la muñeca y me altera el pulso.

No sé cuánto dura. Solo sé que sentir su piel contra la mía empieza a gustarme más de lo que pienso admitir en voz alta.

—No llegues tarde, Teressa.

Salgo de la forja con el metal apretado dentro del puño y una sonrisa que me acompaña hasta la cuesta. Mi cabeza continúa sin recordar muchas cosas, pero mi cuerpo parece tenerlo todo bastante claro.

Y empiezo a sospechar que esta noche piensa volver a actuar por su cuenta.