Capítulo 36
El martillo golpea el metal unos milímetros más a la izquierda de donde pretendía. Nadie más se daría cuenta; mi abuelo, sí.
—Otra vez —ordena Severino, señalando la pieza con las tenazas.
—Está bien.
—El metal, sí. Tú no.
Aprieto el mango del martillo y vuelvo a colocar la pieza sobre el yunque. Ni siquiera han dado las nueve y ya es la tercera vez que encuentra algún defecto en mi trabajo. Lo peor es que tiene razón.
El interior de la forja está impregnado de carbón, metal caliente y la humedad que la lluvia ha dejado durante la noche.
Debería bastar para mantenerme concentrado.
Siempre lo ha hecho. No obstante, cada vez que levanto el martillo, vuelvo a ver una gota deslizándose por la mejilla de Teressa y sus ojos fijos en los míos mientras esperaban que dijera algo.
«Teressa…».
He pasado media noche intentando recordar qué pensaba añadir después de su nombre y la otra media convenciéndome de que no era nada importante. No me he creído ninguna de las dos cosas.
Y luego está Maruja. Su manera de hablar de Manuel, de todas esas tonterías que ahora daría cualquier cosa por volver a escuchar. Desde que salí de su casa, no he conseguido quitarme de encima la sensación de que ayer dejé algo a medias.
Descargo otro golpe y esta vez acierto en el punto exacto.
—Milagro —murmura mi abuelo mientras introduce su pieza en el fuego.
—¿Vas a estar así toda la mañana? —gruño entre dientes.
—Depende. ¿Vas a seguir mirando hacia la puerta cada vez que escuches un ruido?
Dejo el martillo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No estoy...
—Claro que no —interrumpe mi abuela desde el arco que comunica la tienda con el taller—. Solo comprueba que sigue en el mismo sitio.
Olaya entra con dos tazas de café y le entrega una a Severino. Alargo la mano hacia la otra, convencido de que es para mí, pero ella la aparta lo justo para dejar claras sus intenciones.
—¿Y el mío?
—No sabía si habías venido a trabajar o a suspirar.
—Yo no suspiro ni hostias.
Los ignoro y vuelvo a coger el martillo.
El metal no tiene la culpa de que mi familia haya decidido empezar el día poniendo a prueba mi paciencia, aunque tampoco la tiene Teressa.
Ella solo ha regresado al pueblo, ha recorrido los mismos senderos y me ha mirado sin reconocer la mitad de lo que fuimos.
No debería sorprenderme que haya olvidado tantas cosas.
Era una niña. Se marchó y, poco después, perdió a sus padres.
Construyó una vida lejos de aquí. Aun así, no consigo dejar de escucharla.
«Entonces estabas detrás de uno de mis recuerdos».
Estuve detrás de muchos. En algunos momentos, fui el único que permaneció a su lado. La campanilla de la tienda suena al otro lado del arco. Levanto la cabeza antes de poder evitarlo y mi abuelo carraspea.
«Mierda».
—No estabas mirando la puerta, ¿verdad?
—No —respondo seco.
Los pasos se acercan y Deva aparece bajo el arco. La decepción debe de reflejarse en mi cara, porque me observa con los ojos entrecerrados.
—Vaya recibimiento —dice mientras se apoya en el marco—. Cualquiera diría que esperabas a otra persona.
—No esperaba a nadie.
—Claro. Por eso has levantado la cabeza más rápido que Tizón cuando escucha abrirse una bolsa de pienso.
Al oír su nombre, el perro abre un ojo y agita la cola con desgana. Al comprobar que no hay nada para él, vuelve a dormirse con un resoplido. Olaya regresa desde la tienda y le entrega a Deva la taza que antes me ha negado.
—No le hagas caso. Lleva raro desde que ha llegado.
—No estoy raro.
—Has golpeado mal cuatro veces —señala mi abuelo.
—Tres.
Los tres me miran a la vez. Acabo de confirmar que estaba llevando la cuenta.
—¿Qué quieres? —pregunto, volviendo la vista hacia el yunque.
—Avisarte de que esta noche hemos quedado en Casa Sindo.
—No.
—Ni siquiera te he dicho para qué.
—No importa.
Deva bebe un poco de café antes de continuar.
—Sindo ha organizado uno de esos juegos de adivinar películas. Dice que así anima a los del pueblo a relacionarse con los turistas. —Se encoge de hombros—. No le veo fisuras a su lógica.
—Yo le veo unas cuantas.
—Qué sorpresa —comenta con un bufido.
La campanilla de la tienda vuelve a sonar, pero esta vez me limito a mirar de reojo. Debe de ser Nico. Suele aparecer poco después de Deva, especialmente cuando ella pretende arrastrarme a algún plan que requiere refuerzos.
Mi abuela se asoma a la tienda y una sonrisa le ilumina el rostro.
—Voy yo —anuncia antes de desaparecer al otro lado del arco.
Deva continúa con su retahíla.
—Es por equipos. Alguien saca un título y tiene que representarlo sin hablar. El equipo que pierda paga la primera botella de sidra.
—Sigue siendo no.
—Se ha apuntado medio pueblo. Maruja, Fermín… —Empieza a enumerarlos con los dedos—. Celia y Lolina llevan desde ayer discutiendo porque las dos quieren elegir el nombre de su equipo.
—Ahora es todavía más no.
—¿Lo veis? —Deva agita una mano en mi dirección—. Está más desagradable de lo habitual.
—Y distraído —añade mi abuelo.
Los miro a los dos.
—Estoy trabajando —aclaro a punto de perder la paciencia.
—Pues no se nota —murmura mi abuelo detrás de la taza.
—Pues a mí me parece interesante —interviene una voz desde la tienda—. ¿Puedo apuntarme yo también?
El martillo queda suspendido en el aire.
Me giro despacio, mi abuela reaparece bajo el arco con Teressa a su lado y una mano apoyada sobre su brazo.
Ella lleva el pelo todavía húmedo por la llovizna y sostiene una bolsa de papel entre las manos.
A juzgar por la forma en que me observa, lleva en la tienda el tiempo suficiente para haber escuchado todas mis negativas.
Deva sonríe antes incluso de que consiga reaccionar.
—Claro que puedes. De hecho, acabas de quedarte con el sitio de Diago.
—Perfecto —responde Teressa con una sonrisa demasiado satisfecha—. Así no tendré que soportar su entusiasmo.
Dejo el martillo sobre el yunque.
—No he dicho que no vaya.
El silencio cae sobre el taller. Deva parpadea varias veces y mi abuelo detiene la taza a medio camino de los labios.
—Lo has dicho cuatro veces —me recuerda Deva.
—Puedo cambiar de opinión.
—¿En los últimos veinte segundos? —insiste, arqueando una ceja.
—Alguien tendrá que impedir que hagáis trampas.
Deva me mira fijamente. La ignoro y observo a Teressa entrar en la fragua. Cuando se acerca, alza la bolsa que lleva entre las manos.
—He traído unos bollos para agradecerte lo de ayer. —Me tiende la bolsa con una sonrisa—. No sabía cuántos erais, así que he comprado todos los que tenía Amparo. Creo que son muchos…
Olaya se adelanta y se apodera de la bolsa antes de que pueda cogerla.
—Aquí nunca hay demasiados bollos —sentencia, echando un vistazo al interior.
Deva intenta meter la mano, pero mi abuela cierra la abertura.
—Ni se te ocurra.
—He venido hasta aquí para reunirlo con la sociedad —protesta Deva, señalándome—. Creo que me he ganado uno.
—En Casa Sindo tienes comida.
—Comida, no bollos —dice mientras hace un puchero.
Olaya estrecha el botín contra el pecho y Deva comprende que esa batalla está perdida. Consulta la hora en el teléfono y recoge la taza que ha dejado sobre la mesa.
—Tengo que volver antes de que Sindo piense que he aprovechado el recado para fugarme —dice mientras se dirige hacia la tienda.
Al llegar al arco, se detiene y se vuelve hacia nosotros.
—Esta noche a las nueve. No acepto más cambios de opinión.
—No he confirmado que vaya —le recuerdo.
—Has cambiado un «no» por un «puedo cambiar de opinión». En tu idioma, eso equivale a un «sí» entusiasta.
Teressa se muerde el labio para contener una sonrisa.
—Yo estaré allí —asegura.
—Perfecto. Pasaré a recogerte si hace falta —responde Deva sin mirarme—. Así nos aseguramos de que nadie se pierda de camino.
—Sé llegar a Casa Sindo —gruño.
—No hablaba de ti.
Deva desaparece por la tienda. La campanilla anuncia su salida unos instantes después. Teressa observa el arco por el que acaba de marcharse y después vuelve la cabeza hacia mí.
—No tienes que ir esta noche si no te apetece.
—No voy por ti —respondo demasiado rápido.
Sus cejas se elevan.
—Curioso. Yo no estaba hablando de mí.
Mi abuelo carraspea para disimular lo que sospecho que es una risa. Olaya abre la bolsa con un interés excesivo y el olor dulce de los bollos invade el taller.
«Joder».
Las voces llegan antes que los niños. Un murmullo atropellado atraviesa la tienda y, poco después, Lara aparece bajo el arco intentando mantener agrupados a seis críos que parecen haberse propuesto entrar en el taller al mismo tiempo.
—Sin correr —les advierte, extendiendo un brazo para impedir que se adelanten—. Y nadie toca nada hasta que Diago lo diga.
—Sobre todo el yunque —añado al ver a Mateo aproximarse con una mano extendida—. El yunque no se acaricia.
Mateo retira los dedos con rapidez.
—Solo quería saludarlo.
—No tiene sentimientos.
—Eso no lo sabes —replica, mirándome como si acabara de ofender al yunque.
Mi abuelo oculta una sonrisa detrás de la taza. Los demás niños entran cargados de mochilas, conversaciones y una cantidad de energía que no debería estar permitida antes de las diez de la mañana.
Teressa los observa desde el arco.
—¿Es algún tipo de curso o una demostración?
—Un poco de las dos. Primero hago una demostración y después ellos trabajan en frío: estampan unas placas de cobre con punzones y martillos —explico.
Su mirada se ilumina, recorre el taller y regresa a mí.
—¿Puedo quedarme? —pregunta, apretando la correa del bolso entre los dedos—. Prometo no acariciar el yunque.
Abro la boca, pero mi abuela se adelanta.
—Claro que puedes.
—Mientras no distraigas al profesor —añade mi abuelo.
—El profesor ya estaba distraído antes de que ella llegara —señala Olaya.
Fulmino con la mirada a mi abuela, que se hace la despistada. Teressa se vuelve hacia mí, intentando contener una sonrisa.
—Parece que hoy has tenido una mañana complicada.
—Hasta ahora.
—Qué suerte que haya venido a mejorarla.
Intento responder, pero Lara da dos palmadas para reclamar la atención de los niños.
—Vamos a ponernos los delantales. Los más pequeños necesitarán los taburetes para alcanzar bien la mesa.
Dejo las tenazas junto a la fragua y me dispongo a buscarlos, pero Teressa se me adelanta. Cruza el taller, rodea el banco de trabajo y abre la puerta baja de un armario situado junto a la pared. Saca uno de los taburetes de madera y se vuelve hacia nosotros.
No ha dudado ni un segundo. Ha ido directa al armario, como si supiera perfectamente dónde encontrar lo que buscaba.
—¿Cómo sabías que estaban ahí? —pregunta Inés, la nieta de Lolina.
Teressa baja la mirada hacia el taburete que sostiene entre las manos y después hacia el armario abierto.
—No lo sabía —responde en un murmullo.
Frunce el ceño y vuelve a mirar el interior del armario, desconcertada. Los taburetes llevan guardándose en ese mismo lugar desde mucho antes de que ella dejara de venir. Recuerdo haber sacado uno para ella durante varios veranos porque todavía no alcanzaba la mesa.
Me acerco y se lo quito con cuidado de las manos.
—Siempre han estado ahí.
Nuestros dedos se tocan sobre la madera. Teressa levanta la vista hacia mí, buscando una explicación que no sé cómo darle sin abrir otra parte del pasado.
Puede que su memoria haya olvidado la fragua, pero hay cosas que su cuerpo todavía recuerda.