Perdiendo el Norte Capítulo 35
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Capítulo 35

—Te dije que no le dieras patadas —mascullo.

—Y yo te dije que se había atascado.

—Una cosa no quita la otra.

Fermín se cruza de brazos mientras intento enderezar la bisagra de la verja.

Llevo diez minutos arrodillado frente a ella y otros tantos escuchando su versión de los hechos, que incluye una ráfaga de viento, un perro que pasaba por allí y una serie de circunstancias que, al parecer, justifican haberle dado una patada a una puerta de hierro.

—¿Y cuánto vas a tardar? —insiste, inclinándose para comprobar mis progresos.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto tiempo sigas preguntándomelo.

Resopla y se aparta lo justo para dejarme trabajar. Conozco a Fermín desde que tengo uso de razón. También conozco su verja, su tejado y las tuberías de su cocina. Si algo puede estropearse en esta casa, lo hará. Y, si no puede, Fermín encontrará la manera.

Aprieto el último tornillo y compruebo que la hoja encaja en su sitio. Abro la verja, la cierro y repito la operación un par de veces.

—Ya está.

—¿Seguro? —pregunta, y se acerca de nuevo.

Me aparto y le hago un gesto con la barbilla.

—Prueba tú.

Fermín empuja la verja con dos dedos. Se abre sin resistencia.

—Pues ahora va bien.

—Eso suele pasar cuando arreglas algo.

—No hace falta ponerse así, hombre.

Recojo las herramientas y las guardo en la caja mientras él vuelve a abrir y cerrar la verja, como si esperase que dejara de funcionar en cuanto me diera la vuelta.

—¿Cuánto te debo?

—Nada.

—Algo tendrás que cobrarme.

—La próxima vez que se atasque, llámame antes de darle una patada.

—Tampoco fue para tanto.

Observo la bisagra. Fermín sigue mi mirada y se rasca la barbilla.

—Bueno, igual se me fue un poco el pie.

Niego con la cabeza y cierro la caja de herramientas.

—Me voy.

—¡Espera!

Me detengo junto a la verja.

—¿Qué?

—Maruja ha estado preguntando por ti.

—¿Para qué? —pregunto, volviéndome hacia él.

—Tiene una ventana que no cierra bien. Dice que entra aire por las noches.

Miro el reloj. Todavía me queda algo de tarde y no tengo ninguna prisa por volver a casa.

—Me pasaré a verla.

—Eso le he dicho yo. Que en cuanto acabaras aquí, irías para allá.

Lo miro de reojo.

—¿Y si tenía otros planes?

Fermín se encoge de hombros.

—¿Los tienes?

Abro la boca para contestar, pero termino cerrándola.

—Eso pensaba —sentencia, satisfecho.

Se despide con una sonrisa y vuelve a meterse en casa. Camino hacia la furgoneta, dejo la caja de herramientas en la parte de atrás y arranco.

Maruja vive a unas calles de aquí. Podría llamarla y decirle que mañana me acerco a mirar la ventana, pero recuerdo que desde hace unos días hace frío por las noches y decido pasarme ahora.

Al fin y al cabo, no voy a tardar mucho. O eso espero.

Maruja abre la puerta antes de que termine de llamar.

—¡Hombre, Diago! Pasa, hijo, pasa.

Se aparta para dejarme entrar y me observa de arriba abajo, como si quisiera comprobar que Fermín no me ha hecho perder alguna extremidad.

—¿Qué tal la verja? —pregunta mientras cierra la puerta.

—Sigue en pie.

—Entonces ha ido mejor que la última vez. —Sonríe.

Me conduce hasta el salón. La sigo por el pasillo, fijándome en cómo se apoya discretamente en la pared al caminar.

Sigue vistiendo de negro desde que murió su marido y lleva el pelo recogido en un moño bajo.

Los años empiezan a pesarle, aunque ella se empeñe en decir que puede con todo.

Por eso, cuando necesita algo, no me importa acercarme hasta aquí y echarle una mano.

Sé que, de no hacerlo, intentaría arreglárselas sola.

La casa de Maruja huele a café recién hecho y a ese jabón de toda la vida que Olaya sigue empeñada en comprar. Sobre la mesa hay un plato con galletas y dos tazas.

—Te he preparado un café —anuncia, señalando la mesa con la barbilla.

—Maruja, vengo a arreglarte la ventana —le recuerdo, porque sé lo que viene después de ese café.

—Y yo te he preparado un café. —Se vuelve hacia mí con una sonrisa—. Una cosa no quita la otra.

Dejo la caja de herramientas junto a la pared.

—¿Cuál es la que no cierra?

—La del dormitorio. Por las noches entra un aire que me deja helada.

La sigo por el pasillo y compruebo que la hoja de la ventana se ha descolgado ligeramente. Intento cerrarla, pero el pestillo no encaja.

—¿Desde cuándo está así?

—Un par de semanas.

La miro por encima del hombro.

—¿Y por qué no me has llamado antes? —pregunto, frunciendo el ceño.

—Porque tienes mucho trabajo y no quería molestarte.

—Para eso estoy.

—Ya lo sé, hijo. Por eso te he llamado.

Abro la caja, saco el destornillador y empiezo a trabajar en la bisagra. Maruja se queda a mi lado unos segundos, observándome con las manos entrelazadas.

—Voy a traerte el café.

—No hace falta —digo sin dejar de trabajar.

—Lo sé.

Desaparece antes de que pueda protestar. Aprieto los tornillos de la bisagra y compruebo el cierre. La hoja ha recuperado su posición, sin embargo, el pestillo sigue rozando contra el marco.

—Tu marido ya me habría desmontado la ventana entera —comento mientras aflojo los tornillos del cerradero para ajustarlo.

Maruja suelta una carcajada desde la puerta.

—¡Y luego habría tenido que venir tu abuelo a montarla!

Sonrío sin apartar la vista del tornillo.

Recuerdo a Manuel sentado en el banco que hay junto a la entrada, siempre con alguna herramienta entre las manos.

Era de esos hombres que no podían ver nada estropeado sin intentar arreglarlo, aunque después de su intervención el problema solía ser bastante mayor.

—Una vez quiso arreglar la lavadora —continúa Maruja, dejando la taza sobre la cómoda—. Estuvo toda la mañana trasteando y, cuando terminó, no arrancaba.

—¿Qué le pasaba?

—Que se había olvidado de volver a enchufarla.

Se ríe con tantas ganas que termino acompañándola.

—Eso no me lo habías contado.

—Porque me pidió que no se lo dijera a nadie.

—Pues has guardado bien el secreto —murmuro, volviendo a concentrarme en el trabajo.

—Han pasado seis años. Creo que ya ha prescrito.

Su sonrisa permanece unos segundos antes de que vuelva a mirar la ventana.

—Era un desastre para estas cosas, pero siempre estaba dispuesto a intentarlo.

Ajusto el cerradero y pruebo el pestillo. Esta vez encaja sin resistencia.

—Ya está.

—¿Ves? Eso a Manuel le habría llevado tres días.

—Y dos visitas de Severino.

—Como mínimo.

Recojo las herramientas, pero Maruja me detiene antes de que pueda cerrar la caja.

—Ahora sí, tómate el café, que se te va a enfriar.

Me siento en el borde de la cama y cojo la taza. Ella se acomoda en la silla que hay junto a la ventana.

—Manuel siempre se sentaba aquí por las tardes —comenta, acariciando uno de los reposabrazos—. Decía que desde este rincón se veía mejor quién entraba y salía de la plaza.

—Un cotilla.

—Como todos los de este pueblo —replica, alzando una ceja.

Doy un sorbo al café mientras ella observa la calle.

—¿Sabes qué es lo que más echo de menos? —pregunta de pronto.

Niego con la cabeza.

—Que me contara tonterías.

Bajo la taza.

—¿Tonterías?

—Sí. Que llegara de comprar el pan y me contara que se había encontrado a Sindo, o que el carnicero había subido los precios.

Cosas que no tenían ninguna importancia.

—Sonríe para sí misma—. A veces yo estaba leyendo y casi no le prestaba atención.

Le decía que me dejara terminar el capítulo y él se iba refunfuñando a la cocina.

Se queda callada un instante y baja la mirada a la taza que sostiene entre las manos.

—Ahora daría cualquier cosa por que viniera a interrumpirme.

No sé qué decirle, me quedo observándola en silencio. Maruja tampoco parece esperar una respuesta. Se levanta con la taza y se acerca a la cómoda.

—Cuando llevas tantos años con alguien, te acostumbras a tenerlo cerca. Y no te das cuenta de lo mucho que te gusta hasta que deja de estar.

—Supongo que sí —respondo, mirando el líquido oscuro de la taza.

—Yo me pasé media vida diciéndole a Manuel que era un pesado. —Se vuelve hacia mí con una sonrisa—. Y lo era, no te creas, pero era mi pesado.

Suelto una risa por la nariz.

—Menuda romántica.

—Mucho más que tú, desde luego.

—No es difícil.

Maruja se echa a reír. Termino el café y me pongo en pie. Antes de marcharme, vuelvo a comprobar la ventana y le enseño cómo encaja el pestillo.

—Si vuelve a darte problemas, me llamas.

—Lo haré.

—No dentro de dos semanas —le advierto mientras guardo el destornillador—. Cuando empiece a fallar.

—Sí, señor.

Recojo la caja y camino hacia la puerta. Maruja me acompaña hasta la entrada y, cuando estoy a punto de salir, me pone una mano en el brazo.

—Gracias por venir, hijo.

—No tienes que dármelas.

—Ya lo sé.

Me da un apretón antes de soltarme.

—Y acuérdate de una cosa. Si algún día encuentras a alguien con quien te guste compartir hasta las tonterías, no tengas tanta prisa por volver al trabajo.

Me quedo observándola.

—¿Eso también se lo decías a Manuel?

—No. —Maruja suelta una carcajada—. A ese tenía que decirle que se fuera a trabajar de una vez.

Me río y me despido de ella. Cuando llego a la furgoneta, dejo las herramientas en la parte de atrás y me quedo un momento apoyado en la puerta.

Pienso en Manuel contándole a Maruja cualquier estupidez mientras ella intentaba leer.

Y, sin saber muy bien por qué, recuerdo la excursión de esta mañana.

La voz de Teressa llenando el silencio del camino. Sus comentarios sobre cualquier cosa que se nos cruzara por delante. La facilidad que tiene para empezar una conversación y terminar hablando de algo que no guarda ninguna relación con lo anterior.

Arranco la furgoneta. Todavía me quedan un par de cosas por hacer en la fragua, aunque hoy no tengo mucha prisa por llegar.