Capítulo 34
Hacemos el camino de vuelta en silencio. Bueno, Diago y yo guardamos silencio; el bosque parece decidido a mantener una conversación por su cuenta.
El canto de los pájaros nos acompaña entre los árboles, las hojas se rozan mecidas por el viento y las piedras crujen bajo las botas de Diago.
Tizón resopla cerca de nosotros, feliz y ajeno a cualquier drama sentimental.
No es una mala banda sonora para regresar al pueblo.
Mucho menos ahora que las zapatillas mágicas que me regaló Brisa han conseguido que caminar por este terreno deje de amenazar mi integridad física.
Son una maravilla, aunque no pienso reconocérselo en voz alta porque mi amiga puede alimentarse de un «te lo dije» durante meses.
Eso sí, cuando vuelva, le daré un achuchón de los que hacen crujir costillas y pondremos una de Scream .
Incluso dejaré que elija cuál. Hay amistades que se demuestran con sacrificios.
Camino detrás de Diago, concentrada en la anchura de su espalda y en la facilidad con la que carga la mochila. Mi mirada desciende hasta detenerse en su trasero.
«Vaya».
Hasta ahora no me había fijado. Supongo que la parte delantera me tenía demasiado ocupada.
Los vaqueros le sientan increíblemente bien y tiene un buen culo.
Uno de esos capaces de convertir un apacible sendero rural en una actividad de riesgo incluso llevando zapatillas adecuadas.
Decido apartar la vista antes de que mis nuevas deportivas tengan que demostrar que también pueden salvarme de una caída provocada por mirar donde no debo.
El sendero empieza a ensancharse y, poco a poco, los árboles dejan paso a las primeras casas de piedra. Los tejados de pizarra asoman entre las ramas, una chimenea expulsa una columna fina de humo y el murmullo del río queda sepultado bajo los sonidos del pueblo.
Nos cruzamos con Lolina, que camina con una bolsa de tela colgada del brazo y un paraguas cerrado bajo la axila.
—Buenas tardes, rapaces —nos saluda.
—Buenas tardes —respondo.
Diago inclina la cabeza a modo de saludo. La mirada de Lolina va de uno a otro con una lentitud sospechosa, aunque su sonrisa permanece intacta.
—Habéis aprovechado que no llueve.
Una gota me cae en la mejilla y levanto la vista hacia el cielo.
—Lo has gafado —protesto, secándome con el dorso de la mano.
—Aquí no hace falta gafar nada, moza. Ya estaba tardando —replica y abre el paraguas.
Lolina continúa su camino mientras otras gotas empiezan a golpear las hojas. No llega a ser lluvia. Solo una advertencia del norte para que no olvidemos quién manda. Tizón sacude el lomo, pese a que apenas se ha mojado, y consigue salpicarnos a los dos.
—Tu perro tiene una relación complicada con el agua —señalo.
—No creo, antes se metió en el río voluntariamente.
—Sí, pero aquella agua la había elegido él. Esta le ha caído sin consentimiento.
Diago me mira de reojo. La comisura de sus labios se curva un instante, lo suficiente para que vuelva a experimentar esa absurda sensación de victoria.
Al llegar a la primera calle, nuestros caminos se separan. La forja queda a la derecha de la plaza y la casa, colina arriba. Diago se detiene y se ajusta la correa de la mochila sobre el hombro. Yo también me paro sin saber muy bien por qué.
—Gracias por llevarme —digo al fin.
—Querías conocer la poza.
—Y tú no querías enseñármela —canturreo, ladeando la cabeza.
—No te dije eso.
—Se te notaba en la cara.
—Y, aun así, te llevé —replica Diago, sosteniéndome la mirada.
—Ya —murmuro.
La llovizna se posa sobre su pelo y una gota resbala desde su sien hasta perderse en la barba. Me asalta el impulso ridículo de acercar la mano y secarla. Por suerte, todavía conservo una cantidad mínima de autocontrol y logro mantener los brazos junto al cuerpo.
Ninguno de los dos se mueve. Diago podría marcharse hacia la forja y yo podría empezar a subir la cuesta.
Sería lo razonable, pero, después de lo ocurrido junto al río, la despedida parece pesar un poco más.
Quizá porque le he contado una parte de mi vida que todavía me cuesta pronunciar o porque él conoce otras que yo no consigo recordar.
O porque sigo pensando en sus vaqueros y mi capacidad de análisis se ha escacharrado.
—Bueno… —empiezo.
—Teressa…
Hablamos al mismo tiempo y ambos nos callamos.
—Dime —murmuro.
Diago permanece en silencio. Su mirada desciende hasta mi boca y regresa a mis ojos antes de que me dé tiempo a decidir si lo he imaginado.
Sus iris color tierra parecen sostener una conversación que ninguno de los dos se atreve a iniciar.
Nos quedamos suspendidos en ese instante, mientras la llovizna nos envuelve y el petricor impregna el aire, en un silencio denso.
El teléfono empieza a sonar dentro de mi mochila y doy un pequeño respingo.
Diago aparta la vista y la cercanía de hace un instante se desvanece de golpe.
Saco el móvil y descubro el nombre de Elena en la pantalla.
Mi jefa siempre ha tenido un talento extraordinario para detectar crisis sentimentales, incluso las que todavía no han sucedido
—Tengo que cogerlo —digo, levantando el teléfono entre los dos.
—Cógelo —me anima y retrocede un paso.
Asiento y deslizo el dedo por la pantalla. Diago silba a Tizón, que me mira con ternura.
—Nos vemos, Teressa.
No espera mi respuesta. Echa a andar hacia la plaza y yo me llevo el teléfono a la oreja.
—Hola, Elena.
—¡Tessa!
Me quedo contemplando a Diago hasta que Tizón decide seguirlo. Solo entonces me obligo a darme la vuelta y empiezo a subir hacia la casa.
—¿Te pillo mal? —pregunta Elena.
«Más o menos. Acabas de interrumpir algo que ni siquiera sabía que estaba ocurriendo».
—No. ¿Qué pasa? —respondo mientras me acomodo el teléfono entre la oreja y el hombro.
La pendiente no tarda en recordarme que las zapatillas pueden protegerme los pies, pero no hacer milagros con mi resistencia física.
—No te llamo para hablar de trabajo.
—Las conversaciones que empiezan así siempre terminan hablando de trabajo.
Un hombre mayor aparece detrás de mí con las manos enlazadas a la espalda. Debe de pasar de los ochenta y, aun así, me adelanta sin que se le altere lo más mínimo la respiración.
—Buenas tardes, moza —me saluda sin reducir el paso.
—Buenas tardes —consigo responder.
«Maravilloso. Brisa me ha regalado unas zapatillas mágicas, pero olvidó incluir unos pulmones a juego».
—¿Has salido a correr? —pregunta Elena.
—No. Algo peor: estoy subiendo una cuesta —respondo, y mi voz suena como un globo deshinchándose.
—Parece que te estés ahogando. Recuerda: inspira por la nariz y suelta el aire por la boca.
—Estoy respirando —protesto.
—Eso no parece respirar.
—¿Para qué llamabas? —replico, retomando la subida.
—Me ha llegado un mensaje de una lectora —continúa, aunque percibo la risa contenida en su voz—.
Ha escrito al correo general de la revista para preguntar si la persona que está detrás de SOS Corazón se encuentra bien.
Dice que lleva varios años leyendo la sección y que ha notado que estos últimos días no se ha publicado ninguna respuesta nueva.
Mis pasos pierden velocidad.
—¿Ha preguntado por mí? —murmuro.
—No sabe quién eres. Ha preguntado por tu voz.
Algo cálido y doloroso se me instala en mitad del pecho. Me detengo junto a un muro de piedra y apoyo una mano sobre él.
—Mándame el mensaje.
—No te lo he contado para que vuelvas a trabajar.
—Ya lo sé. Solo quiero leerlo —insisto mientras observo al anciano desaparecer cuesta arriba sin mostrar el menor signo de agotamiento.
Elena guarda silencio. Conozco esa pausa. Es la que usa cuando está valorando si puede confiar en mí o necesita enviar a Lucía para que me quite el ordenador de las manos.
—Te lo reenvío —cede al fin.
—Y envíame algunas consultas.
—No.
—Solo para leerlas.
—Estás de vacaciones, Tessa.
—Leer no es trabajar —argumento mientras reanudo la marcha.
—Díselo a cualquier persona que se dedique a la edición.
—Cuatro consultas —negocio—. No voy a responderlas.
—Precisamente esa última aclaración es la que hace que no me fíe.
—Elena… —alargo su nombre.
—Dos —acepta con un suspiro—. Y no tienes que hacer nada con ellas.
—Lo sé.
—Ni demostrarme nada.
—También lo sé.
—Intenta recordarlo.
La llamada termina poco antes de que alcance la verja. El móvil vibra dos veces: primero aparece el mensaje de la lectora y después un correo con dos consultas sin responder.
Abro el primero.
Hola. No sé quién está detrás de SOS Corazón, pero llevo tres años leyendo la sección.
Ayer no hubo una respuesta nueva y hoy tampoco.
Solo quería saber si se encuentra bien. Sus consejos me han hecho sentir menos sola muchas veces.
Ojalá alguien pueda recordárselo si ahora es ella quien lo necesita.
Las lágrimas se agolpan, traicioneras, en mis ojos. Trago saliva y parpadeo varias veces hasta obligarlas a retroceder antes de abrir el correo de Elena.
«Solo voy a leerlas».
La primera consulta es de una chica a la que su novio acaba de dejar. No sabe qué hizo mal ni por qué no fue suficiente para conseguir que se quedara. Las palabras permanecen en la pantalla mientras una respuesta empieza a abrirse paso dentro de mí.
Que alguien elija marcharse no determina el valor de quien se queda.
No la escribo, todavía no. Guardo el teléfono, abro la verja y entro en casa, pero la frase cruza la puerta conmigo.