Capítulo 33
«¿Qué?».
Un golpe de tos se apodera de mí. Me llevo el puño al pecho mientras intento tragar el trozo de pan y las palabras que se han quedado atascadas con él.
—¿Estás bien?
—Sí —respondo entre toses.
Teressa se levanta, preocupada, pero extiendo una mano para frenar su avance.
«Joder».
En ningún momento desde que llegó al pueblo me he planteado qué había sido de su vida durante todos estos años.
Podría haber imaginado mil cosas. Una pareja.
Un trabajo en Madrid. Una casa con calefacción que no necesitara que nadie fuese a abrir las ventanas antes de su llegada.
Sin embargo, no he tenido tiempo de pensar en ello porque he estado muy ocupado intentando encajarla en los recuerdos que conservo de la niña que se marchó.
Y procurando no fijarme demasiado en la mujer que tengo delante.
Bebo varios tragos de agua hasta que el pan deja de amenazar mi supervivencia. Cuando levanto la vista, Teressa sigue de pie, observándome con una mezcla de preocupación y ganas de reírse.
—No sabía que mi vida sentimental pudiera provocar atragantamientos —dice con una traviesa sonrisa.
—Ha sido el pan —gruño.
Se sienta de nuevo sobre la piedra y envuelve lo que le queda del bocadillo en el papel de aluminio.
Al enderezarse, sus rizos salvajes le rebotan sobre los hombros.
Tizón aprovecha el movimiento para acercarse y apoyar el hocico sobre su rodilla.
Ella le rasca entre las orejas sin dejar de mirarme.
—¿Te dejaron plantada en el altar? —pregunto cuando recupero la voz.
—Sí.
Lo dice con demasiada facilidad. Como si hubiese ensayado la respuesta hasta conseguir que no le temblara nada al pronunciarla.
—¿El día de la boda? —insisto, todavía convencido de que debo de haberla entendido mal.
—No, Diago. Dos semanas antes, durante una prueba técnica —replica, arqueando una ceja—. Claro que fue el día de la boda.
—¿Quién? —pregunto mientras dejo la botella junto a mi bota y apoyo los antebrazos sobre las rodillas. Necesito hacer algo con las manos para no terminar estrangulando el bocadillo.
—Mikel.
El nombre no me dice nada y, al mismo tiempo, consigue caerme mal sin conocer el resto de la historia.
«Maldito cabrón, el tal Mikel».
—¿Qué pasó?
Teressa baja la vista hacia Tizón. Sus dedos se hunden en el pelo espeso de su cuello mientras él cierra los ojos, encantado de ejercer como animal de apoyo emocional sin haber recibido ninguna formación.
—Lo normal —responde—. Yo avancé por el pasillo vestida de novia, llegué al altar, el sacerdote empezó con la ceremonia y, cuando tocaba ponerme el anillo, una amiga se levantó entre los invitados para declarar que estaba enamorada de él.
La observo con los labios apretados. Ahora mismo me apetece patear algo, así que hundo las botas en la tierra y me obligo a permanecer sentado.
—Eso no es normal —mascullo, con la mandíbula tan tensa que temo que me salte un empaste.
—Depende de la cantidad de películas románticas de sobremesa que hayas visto.
—¿Y él qué hizo?
Teressa toma aire antes de responder.
—Se fue con ella.
La comida se me revuelve en el estómago.
—¿Sin más? —suelto, alzando la voz más de lo que pretendía.
—No exactamente —aclara con una serenidad que me pone todavía más nervioso—. Primero se besaron delante de mí. Después se fueron juntos por el mismo pasillo por el que yo acababa de entrar. Es importante respetar el orden de los acontecimientos.
Recojo el papel de aluminio que he dejado a mi lado y lo estrujo sin darme cuenta. El crujido consigue que Tizón abra los ojos y levante la cabeza. Aflojo la presión antes de destrozarlo por completo.
—¿Y tu amiga?
—Calista.
«Otro nombre que ya detesto. Jodida Calista».
—¿Estaba invitada a la boda?
—Era una de mis amigas de la universidad. Estuvo en mi despedida, me ayudó con algunos preparativos y sabía exactamente cuánto me habían costado los zapatos. —Se encoge de hombros—. Supongo que no encontró un momento mejor para avisarme de que llevaba años enamorada de mi futuro marido.
—Podría habértelo dicho antes.
—Eso habría arruinado la puesta en escena.
El humor sigue ahí, colocado entre cada frase para impedir que el dolor de verdad salga a la superficie.
No sé si siempre lo hace o si aprendió después de aquello.
En el pasado también hablaba cuando estaba nerviosa.
Cuanto más miedo tenía, más atropellaba las palabras.
Por eso, cuando se quedaba callada, yo sabía que algo iba mal.
Y ahora casi no se detiene para respirar.
—Además, alguien empezó a aplaudir —continúa, soltando una risa sin humor—. Todavía no sé quién fue. Puede que mi cerebro decidiera protegerme de terminar en prisión por homicidio durante una ceremonia religiosa.
—¿Aplaudieron?
—Solo unas cuantas personas. Creo. —Deja de acariciar a Tizón y se frota la palma contra el vaquero—. En ese punto estaba bastante ocupada intentando que no se me desmontara la cara delante de doscientos invitados.
El papel de aluminio vuelve a crujir entre mis dedos.
—Unos hijos de puta —digo entre dientes.
Teressa abre mucho los ojos.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada. Esperaba alguna frase más… No sé. Más educada.
—No se me ocurre ninguna —respondo, dejando por fin el papel de aluminio.
La comisura de sus labios se curva con suavidad.
—Pues no ha estado mal.
—No pretendía consolarte —mascullo.
—Eso mejora bastante el resultado.
Tizón se remueve entre los dos y clava la mirada en el bocadillo que he dejado sobre la mochila. Lo cojo, arranco un trozo pequeño de pan y se lo doy antes de que empiece a inundar la piedra con sus babas.
—Habías dicho que ya había comido —señala Teressa.
—También dije que el otro bocadillo era para él y te lo estás comiendo tú —replico, indicando con la barbilla el que descansa sobre su regazo.
—Yo estoy atravesando una crisis existencial. Necesito reservas —se defiende, levantándolo a modo de prueba.
—Tizón lleva atravesando una desde que te ha conocido.
—Porque por fin ha descubierto que podía aspirar a una vida mejor —sentencia mientras acaricia la cabeza del traidor.
El perro mastica el pan y apoya la cabeza sobre su muslo. Teressa sonríe al mirarlo, pero la sonrisa desaparece poco después. Continúa acariciándolo con movimientos más lentos.
—No fue solo que se marchara —admite—. Lo peor fue que todos lo vieran.
Durante días no pude abrir el móvil sin encontrar un mensaje, una llamada o una publicación de alguien que había decidido contar mi humillación como si hubiese asistido al acontecimiento social del año.
Había personas preocupadas de verdad y otras que solo querían saber hasta dónde me había roto.
—La vergüenza no era tuya.
Sus dedos se detienen sobre la cabeza del perro.
—Ya. Eso es lo que dice todo el mundo.
—Entonces, ¿por qué hablas como si lo fuera?
Teressa levanta la vista. Durante unos instantes, el murmullo del río llena el silencio que queda entre los dos.
—Porque era yo la que se quedó allí plantada —responde al fin con la vista fija en el agua—. Con el vestido, el velo y el dedo extendido como una imbécil mientras él elegía a otra persona delante de mí.
—Él fue quien esperó hasta ese momento para decir la verdad.
—Ni siquiera la dijo. Fue ella.
—Peor todavía.
Baja la mirada.
—Supongo.
—Que ese Mikel no supiera lo que quería no dice nada de ti.
Sus ojos regresan a los míos.
—Ha sonado casi bonito.
—No era bonito. Es la verdad.
—Pues ten cuidado —me advierte, apuntándome con un dedo—. Como sigas así, terminaré creyendo que debajo de toda esa simpatía escondes sentimientos.
—No exageres.
Una risa breve escapa de sus labios. Esta vez no parece una barrera ni una forma de apartar la conversación. Solo una risa. Consigue aliviar parte de la presión que llevo acumulada en el pecho desde que ha pronunciado la palabra altar.
Cojo la botella de agua y se la tiendo. Teressa bebe un poco antes de devolvérmela.
—Ahora comprendo por qué tu jefa te obligó a tomarte unas vacaciones —digo.
—No fue exactamente por la boda. Fue por las recomendaciones que empecé a dar después.
—¿Lo del gato?
—Entre otras cosas —murmura mientras arranca una brizna de hierba y la enrolla alrededor del dedo.
—¿Qué otras cosas? —pregunto, arrebatándole la brizna antes de que termine de destrozarla.
—Bloqueos, contraseñas nuevas, mudanzas a otros continentes… Una vez sugerí cambiar de identidad, pero era una situación extrema.
—¿Qué había hecho el chico?
—Le dio a «me gusta» a una fotografía de su ex —responde como si aquello constituyera un delito evidente.
La miro entrecerrando los ojos.
—Vale, quizá en esa me dejé llevar un poco.
—¿Un poco?
—Estaba sensible.
—Eso explica por qué viniste. No por qué elegiste este lugar.
Teressa se limpia las migas de las manos y se queda un momento en silencio. Después contempla la poza, las rocas y el agua que desciende.
—Mis padres eran felices aquí —responde, con la vista perdida—. O yo los recuerdo felices. Después de lo que ocurrió con Mikel, necesitaba volver al único lugar donde estaba segura de haber visto un amor de verdad.
Las palabras me atraviesan como flechas, directas y punzantes.
Teressa abre la mochila y saca de la funda la fotografía de sus padres junto a la poza.
La deja sobre su regazo y bajo la mirada hacia ella.
Carmen y Pelayo aparecen sentados juntos, ajenos a todo lo que vendría después.
En la imagen sonríen. Se querían. De eso no tengo ninguna duda.
Sin embargo, también recuerdo las voces que atravesaban las ventanas de la casa durante aquel último verano.
Las tardes en las que Teressa aparecía en la plaza con los hombros encogidos y fingía que solo estaba aburrida.
Las veces que tuve que inventar una excusa para alejarla de allí.
Construir una presa.
Buscar piedras.
Robar manzanas del terreno de Lolina hasta que nos persiguió con una escoba.
No todo se parecía a las fotografías, pero no soy yo quien debe arrancarle esa certeza. Mucho menos ahora.
—¿Y lo has encontrado? —pregunto.
Teressa tarda en responder.
—He encontrado algunos recuerdos. Más de los que tenía cuando llegué.
—No te he preguntado eso.
Me sostiene la mirada.
—Todavía no lo sé —admite después de unos instantes.
Asiento. Es una respuesta más honesta de lo que esperaba. Tizón decide que ya ha dedicado suficiente tiempo a nuestros problemas y se levanta para sacudirse. Varias gotas de agua y barro salen despedidas hacia nosotros. Teressa suelta un grito y se protege la cara con los brazos.
—¡Tizón!
El perro nos mira satisfecho.
—Te he dicho que no te acercaras —le recuerdo.
—Pensaba que se lo habías dicho a él.
—A los dos.
—Pues podrías haber sido más específico.
—No sabía cuál de los dos tenía menos sentido común.
Me da un golpecito en el brazo. Después comprueba que la fotografía sigue seca, la guarda en su funda y se pone en pie.
—Será mejor que volvamos antes de que tu perro decida ahogarnos.
Recojo los restos de la comida y los guardo en la mochila. Me la cuelgo al hombro y echo un último vistazo a las piedras para asegurarme de que no dejamos nada. Teressa se dirige al inicio de la senda con Tizón pisándole los talones, todavía chorreando.
El terreno sigue húmedo. Me adelanto para subir el primer desnivel y le tiendo una mano. Ella observa mi palma.
—Puedo hacerlo sola —advierte, y busca dónde apoyar el pie.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué sigues haciendo eso?
—Porque también puedes resbalarte sola.
Entrecierra los ojos, pero coloca su mano sobre la mía. Tiro con suavidad hasta que alcanza la piedra en la que estoy. Esta vez no tropieza ni termina contra mi pecho. No debería decepcionarme. Continúa sujetándome un instante después de recuperar el equilibrio.
—Gracias —murmura.
—De nada.
Nuestros dedos se separan despacio. Echo a andar antes de que mi cuerpo decida encontrar algún motivo para volver a tocarla.
Durante los primeros minutos, Teressa permanece en silencio.
No parece incómoda, camina junto a Tizón, apartando las ramas y observando el río cada vez que aparece entre los árboles.
Yo reduzco el paso para que pueda mantener el ritmo sin necesidad de pedírmelo.
—¿Y a ti? —pregunta de pronto.
La miro de reojo.
—¿Qué?
—¿Te han dejado alguna vez?
El pie se me queda suspendido sobre una raíz. Tardo demasiado en apoyarlo al otro lado y, cuando lo hago, Teressa ya está observándome con atención.
—No en un altar.
—Esa precisión no es una respuesta.
—Tampoco era una pregunta concreta.
Resopla y acelera el paso para colocarse delante de mí. Empieza a caminar hacia atrás, obligándome a vigilar el camino por los dos.
—Te vas a caer si sigues caminando así —le advierto.
—¿Ha habido alguna mujer en tu vida, Diago? —inquiere con la ceja levantada.
—Alguna.
Teressa arruga la nariz como si acabara de probar algo en mal estado.
—Odio esa palabra.
—Es una palabra normal.
—Es una palabra de hombre que no quiere dar explicaciones. —Se gira justo a tiempo para esquivar una rama—. ¿Y qué pasó?
Continúo caminando. Podría hablarle de relaciones que no llegaron demasiado lejos. Mujeres a las que nunca prometí nada y que tampoco me lo pidieron. Sería la respuesta más sencilla. El problema es que no estoy pensando en ninguna de ellas.
—A veces la gente se marcha sin necesidad de dejarte plantado en ningún sitio —respondo.
Teressa reduce el paso hasta volver a situarse a mi lado.
—¿Te dejaron?
—He dicho que la gente se marcha.
—Eso sigue sin ser una respuesta.
Tizón se detiene delante de nosotros para olfatear un matorral. Aprovecho la excusa para adelantarme, pero Teressa me agarra de la manga antes de que pueda escapar.
—Yo te he contado que me abandonaron en el altar delante de doscientas personas y una amiga traidora —me recuerda, sin soltarme.
Bajo la vista hacia sus dedos. Ella sigue el recorrido de mis ojos y retira la mano.
—No te he pedido todos los detalles —aclaro.
—Ya, pero te estabas atragantando y pensé que necesitabas contexto.
Niego con la cabeza y reanudo la subida. Escucho sus pasos detrás de mí y, poco después, vuelve a colocarse a mi lado. Durante unos metros parece dispuesta a insistir, pero termina metiéndose las manos en los bolsillos y no pregunta nada más.
Debería agradecérselo. Sin embargo, una parte de mí quiere que continúe hasta obligarme a decir algo que llevo demasiado tiempo guardando.
La observo de reojo. Avanza concentrada en el camino, midiendo cada paso con esas zapatillas ridículas.
No recuerda cuánto tiempo pasábamos juntos en la fragua y en el huerto de Olaya, ni las veces que me hizo prometer que nunca dejaríamos de hablar.
Tampoco sabe que esperé durante meses alguna señal que me confirmara que seguía formando parte de su vida.
Mikel la dejó una vez.
Teressa también me dejó a mí. Solo que ella ni siquiera lo recuerda.