Perdiendo el Norte Capítulo 32
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Capítulo 32

Un nudo se me forma en la garganta. He venido hasta aquí buscando el amor que creí perder con mis padres.

Esa calidez que solo recuerdo junto a ellos, aunque la mayoría de las veces no sepa distinguir cuánto pertenece de verdad a mi memoria y cuánto he reconstruido a partir de fotografías e historias ajenas.

Era inevitable que el accidente terminara abriéndose paso entre nosotros, pero no estaba preparada para escuchar que todo el pueblo conoce una parte de mi vida que yo solo recuerdo a trozos.

La expresión de Diago se ensombrece. Él no conoció a mis padres durante una excursión ni coincidió con ellos una tarde junto al río.

Formó parte de aquellos veranos. Los vio reír, compartir un momento familiar y cargar conmigo sobre los hombros.

Conserva detalles de una vida que también fue mía y que ahora solo puedo contemplar desde fuera.

«Cada cosa que me cuenta agita un poco más el agua».

La punzada del pecho se intensifica y me llevo una mano hasta allí.

El accidente. Mis padres. Sé lo que ocurrió porque me lo han contado, pero, cuando intento recordar, solo encuentro un hueco enorme donde deberían estar las respuestas.

Las palabras se amontonan en mi cabeza sin llegar a convertirse en imágenes.

El murmullo del río parece hacerse cada vez más fuerte. Me cuesta llenar los pulmones y fijo la vista en el agua, esperando que esa sensación pase.

—¿Teressa?

Alzo la vista. Diago me observa con el ceño fruncido.

—Estoy bien —respondo, procurando que la voz me salga firme.

Sus ojos bajan hasta la mano que mantengo sobre el pecho. No dice que no me cree, quizá porque ambos sabemos que sería una pérdida de tiempo.

—¿Qué te trajo hasta aquí?

Parpadeo con fuerza.

—¿A la poza?

—Al pueblo —aclara, y se agacha junto a la mochila.

El cambio de tema es tan brusco que no sé qué responder. Diago empieza a abrirla y parece más interesado en la cremallera que en mí. No añade nada más y comprendo que está esperando una respuesta.

—Técnicamente, el GPS —digo, dejando caer por fin la mano del pecho—. Y los gritos de Brisa, que decidió competir con todas las voces que se empeñaban en hablar dentro de aquel maldito coche.

Saca una botella de agua y me la tiende.

—Eso explica cómo llegaste. No por qué viniste.

La cojo y bebo varios tragos. El frío consigue despejarme un poco. El río vuelve a sonar como agua y no como algo dispuesto a arrastrarme.

—Estoy de vacaciones —respondo, desenroscando el tapón.

Diago levanta la vista.

—¿Aquí?

—Intenta ocultar mejor el entusiasmo. Podrías herir los sentimientos del sector turístico de la zona.

—No pareces alguien que elegiría pasar sus vacaciones en una casa sin calefacción —comenta mientras sigue buscando algo en la mochila.

—La casa tiene calefacción —replico. Entonces caigo en la cuenta de lo que acaba de insinuar—. Espera, ¿y qué parezco?

—Alguien de ciudad a quien no se le ha perdido nada en el norte.

La respuesta debería molestarme. En cambio, se me engancha en algún lugar incómodo del pecho. Diago no sabe que he venido precisamente porque noto que en este pueblo dejé algo que todavía no sé nombrar.

Antes de que encuentre una respuesta que no me obligue a explicar demasiado, se sienta sobre una piedra plana y extrae de la mochila dos bocadillos envueltos en papel de aluminio.

Tizón abandona el agua en cuanto escucha el ruido y se acerca con una atención que no ha mostrado hacia nada de lo ocurrido durante los últimos diez minutos.

—¿Eso es para mí? —pregunto, acercándome sin disimular la ilusión.

—No. Es para Tizón —ironiza.

El perro se sienta frente a él, con la vista clavada en el papel de aluminio.

—Parece bastante convencido.

—Tizón ya ha comido.

Me entrega uno de los bocadillos. Lo acepto intentando que no se note cuánto agradezco la pausa. Las piernas me pesan, los dedos aún conservan un leve temblor y, de pronto, sentarme junto al río y masticar cualquier cosa que no sea mi pasado me parece un plan magnífico.

Me acomodo en otra piedra, desenvuelvo el bocadillo y le doy un primer bocado.

El hambre despierta de golpe y, durante unos instantes, solo existen el pan, el murmullo del agua y el alivio de tener algo que hacer con las manos.

Diago no pregunta si me encuentro mejor ni insiste en saber qué acaba de ocurrirme.

Se limita a desenvolver su comida y esperar.

Solo entonces me doy cuenta de que el cambio de tema no ha sido casual.

Ha notado que algo no iba bien y, sin obligarme a explicarlo, me ha sacado de allí.

Quizá se le dé mejor escuchar lo que las personas no dicen.

—Trabajo en una revista digital —explico.

—Ya me lo contaste. Lo del consultorio sentimental.

—¿Y sabes también cómo se llama la revista?

—Tu amiga habla muy alto, pero ese detalle se le escapó —responde, apartando el bocadillo del hocico de Tizón.

—Brisa cree que la intimidad es un concepto impuesto por el patriarcado para privarla de público —digo antes de tomar aire y empezar a soltarlo todo—. Es una revista juvenil. Se llama Boom!

—¿Boom?

—Con signo de exclamación. Es importante. Sin él solo seríamos una onomatopeya con problemas de identidad.

Una comisura de sus labios se curva. Ya empiezo a reconocer ese gesto. Es lo más cerca que suele estar de una sonrisa en los momentos previos a arrepentirse.

«Decido considerarlo una victoria. Con Diago, las emociones se sirven en porciones pequeñas».

—Antes también se publicaba en papel —continúo—.

Una revista de verdad, con páginas que olían a tinta, pósteres que nadie conseguía arrancar sin llevarse por delante la cara del famoso de la página siguiente y test capaces de determinar tu personalidad según el tipo de pizza que prefieres.

Después empezaron a reducir costes. Primero desaparecieron algunas secciones, luego varios números al año y, al final, dejaron de imprimirla. Ahora somos completamente digitales.

—¿Y funciona? —pregunta, terminando de desenvolver su bocadillo.

—Sí. Los adolescentes siguen teniendo las mismas dudas que hace veinte años, solo que ahora las escriben desde un teléfono y esperan que les respondas antes de que termine el vídeo que están viendo.

Diago muerde el pan y mastica sin apartar la atención de mí.

No parece alguien interesado en el funcionamiento interno de una revista juvenil, pero tampoco muestra esa impaciencia educada de quien espera su turno para hablar.

Él solo escucha. De verdad, sin interrumpir, sin buscar una experiencia propia con la que competir y sin tratar de llenar cada silencio.

Es desconcertante. Y peligrosamente eficaz.

—¿Qué clase de consejos das? —pregunta.

—Sentimentales.

Se queda con el bocadillo a medio camino de la boca.

—No pongas esa cara —le advierto.

—No he puesto ninguna.

—Ese es el problema. Tu cara consigue juzgarme sin mover un solo músculo.

—Solo intento imaginarte dando consejos sentimentales —responde, dejando el bocata sobre el papel aluminio.

—Lo dices como si acabara de confesarte que practico neurocirugía durante los fines de semana.

—Eso me sorprendería menos.

—Pues era bastante buena.

La frase se me escapa en pasado. Diago lo nota, porque sus cejas se juntan ligeramente, pero no pregunta todavía. Se limita a esperar y yo, incapaz de soportar tanto espacio vacío, sigo hablando.

«Maldito tiempo verbal. Una cambia una sola palabra y, de pronto, ha confesado más de lo que pretendía».

—La sección se llama SOS Corazón . Las lectoras nos cuentan sus problemas y yo intento ayudarlas. Primeros amores, rupturas, amistades que se complican, chicos que dejan mensajes en visto durante ocho horas y después aseguran que estaban durmiendo…

—Podrían estar durmiendo —apunta Diago.

—Nadie de dieciséis años duerme ocho horas si tiene el teléfono al lado.

—Tú has dormido cuarenta y tres minutos con el teléfono al lado.

—Mi caso está siendo estudiado por especialistas.

Una risa grave y breve escapa de su pecho. Dura tan poco que podría fingir que ha sido el río, pero la he escuchado. Diago baja la vista hacia el bocadillo y yo le doy otro bocado al mío para ocultar la sonrisa. Tizón sigue el movimiento con una atención casi ofensiva.

Espero a tragar antes de continuar.

—También recibimos consultas importantes —añado—. Una chica nos escribió porque su mejor amiga había empezado a salir con el chico que le gustaba. Otra no sabía cómo contarles a sus padres que tenía novia. Y una quería saber si tres emojis de fuego podían considerarse una declaración de amor.

—No —responde sin pensárselo.

—Eso mismo le dije.

—Parece un buen consejo.

—Gracias. Incluiré tu valoración en mi currículum.

—Has dicho que eras buena.

La ligereza desaparece de mi sonrisa. Él no añade nada más.

Vuelve a comer, concediéndome la posibilidad de ignorar la observación.

Podría hacerlo. Debería hacerlo. Sin embargo, su silencio no resulta incómodo; es una puerta abierta que no me obliga a cruzar y, por eso, hace que me entren unas ganas absurdas de hacerlo.

—Mi jefa opina que últimamente he perdido cierta objetividad.

—¿Y tú qué opinas? —pregunta.

No hay prisa ni juicio en su voz. Hablar con él me resulta fácil, familiar, y no sé explicar por qué.

—Que la objetividad está sobrevalorada —respondo, arrancando una miga del bocadillo.

Me sostiene la mirada, como si supiera que todavía no he terminado.

«Empiezo a sospechar que su silencio es una forma de interrogatorio».

—También creo que Elena tiene una preocupante tendencia a dramatizar. Solo porque recomendé a una lectora que bloqueara a su novio, cambiara todas sus contraseñas y se planteara adoptar un gato, decidió que necesitaba descansar.

—¿El novio había hecho algo?

—Le había pedido tiempo.

—Entonces el gato parece excesivo.

—Los gatos nunca son excesivos —sentencio, alejando el bocadillo de Tizón que cada vez está más cerca.

—¿Y por eso te dio vacaciones?

—Por eso y porque, según ella, dejé de responder a los problemas de las lectoras y empecé a responder al mío.

Diago dobla con calma el papel de aluminio y lo deja a su lado.

—¿Cuál es el tuyo?

Debería inventar cualquier cosa. Podría hablarle del estrés, del exceso de trabajo o de una crisis creativa provocada por la desaparición de las revistas impresas.

Incluso podría volver a mencionar a Brisa y su obsesión con las películas de terror.

En lugar de eso, lo miro y las palabras salen antes de que pueda detenerlas.

—Que me dejaron plantada en el altar.