Capítulo 31
No. No es eso lo que me ha preguntado. Quiere saber si era yo quien estaba al otro lado de la cámara. Quiere que confirme algo que llevo años intentando enterrar y que, desde que ha vuelto, insiste en salir a la superficie.
«Joder».
Sabía que no saldría nada bueno de traerla hasta aquí. Y, aun así, lo hice, porque nunca he sabido decirle que no. Ni entonces ni ahora.
Aún siento el calor de su cuerpo contra el mío, la curva de su cintura bajo mi mano y el roce de su respiración cuando se volvió hacia mí. La palma todavía me hormiguea, empeñada en retener su cercanía.
«Debería haberla soltado antes».
Tendría que haberme limitado a enseñarle el camino, señalar el puente y mantener la boca cerrada.
—Sí —admito con la voz más áspera de lo que pretendía—. Estaba aquí.
Teressa permanece inmóvil.
—¿Cuándo hicieron la fotografía?
Miro la imagen que todavía sostengo entre los dedos.
—Yo la hice.
Se la tiendo y Teressa la coge con cuidado. Recorre la fotografía con la mirada, quizá buscando algún detalle que confirme que digo la verdad.
—¿Tú?
—Tu madre me dejó la cámara.
Recuerdo la correa alrededor de mi cuello, demasiado larga para mí, y a Carmen explicándome por tercera vez dónde tenía que pulsar.
Pelayo se quejaba de que Teressa pesaba más que el verano anterior mientras ella le tiraba del pelo y le ordenaba que se mantuviera derecho.
Podría reconstruir aquel instante con los ojos cerrados porque el pueblo se ha encargado de mantenerlo vivo.
Ella, en cambio, solo puede acercarse a ese recuerdo a través de una fotografía, y no consigo entender cómo ha podido olvidar tanto.
—¿Cuántos años tenías? —pregunta sin apartar la vista de la imagen.
—Trece.
—¿Y yo?
—Diez.
El pulgar se le detiene sobre el borde de la fotografía. Frunce el ceño y se queda observándola, tratando de encontrar algo que reconozca.
—Ese fue el último verano… —murmura.
No necesita terminar la frase. Los dos sabemos lo que ocurrió después.
—Entonces estabas detrás de uno de mis recuerdos.
La frase me golpea en algún sitio que no estaba preparado para proteger. Aparto la vista hacia el río.
«Estuve detrás de muchos».
—¿Por qué no me lo dijiste ayer? —pregunta en un susurro.
—No preguntaste quién hizo la foto.
—No vuelvas a usar eso como respuesta —me advierte, apoyando la mano libre en la cadera.
—¿El qué?
—Que no te he formulado la pregunta exacta. Si espero a acertar con cada una, necesitaré un cuestionario de trescientas páginas para conseguir que me cuentes algo.
—Bueno… Trabajas en una revista. Deberías saber hacer entrevistas.
—Trabajo en un consultorio sentimental.
—Entonces estás acostumbrada a que la gente oculte información importante.
Entrecierra los ojos.
—¿Estás reconociendo que ocultas información importante?
Aprieto la mandíbula. Cada respuesta que le doy parece abrir tres preguntas nuevas.
«Joder».
—Estoy diciendo que no sé qué quieres que te cuente.
—Todo.
Lo dice sin vacilar mientras me observa. El río continúa corriendo bajo el puente, ajeno a nosotros. Tizón bebe junto a la orilla y levanta la cabeza cuando una hoja pasa flotando frente a su hocico.
Teressa espera, paciente. Podría explicarle que los recuerdos no siempre regresan en el orden que uno desea.
Que algunos parecen inofensivos hasta que arrastran otros consigo y que no todo lo que ocurrió aquí se parece a las fotografías que conserva.
Sin embargo, hacerlo provocaría que preguntase qué intento proteger.
Ni siquiera yo tengo clara la respuesta.
Porque, en cierta manera, intento protegernos a los dos.
—No puedo devolvértelo todo en una mañana.
—Podrías empezar por no responder como si cada palabra fuera a utilizarse en tu contra.
—Contigo es una posibilidad.
Resopla y vuelve a mirar la fotografía.
—Quiero hacer una foto desde el mismo sitio.
Saca el móvil y me lo tiende. Lo cojo mientras ella se acerca al pretil. Busco el encuadre en la pantalla.
—Un poco a la derecha —le indico.
—¿Aquí? —pregunta, dando un paso corto.
—Más.
—Como termine en el río, Brisa vendrá a buscarte —me advierte, clavando bien los pies.
—Primero tendría que encontrarte a ti.
Me dirige una mirada cargada de reproche y me saca la lengua, pero se desplaza hasta el punto exacto.
Durante un instante, la niña de la fotografía y la mujer que tengo delante se superponen.
Ya no lleva un vestido claro ni está subida a los hombros de Pelayo.
Tiene las mejillas encendidas por el frío, los rizos alborotados por la humedad y unas zapatillas con dedos que siguen pareciéndome ridículas.
«Putas zapatillas».
Aun así, hay gestos que no han cambiado. La forma de alzar la barbilla. La impaciencia cuando tarda demasiado en conseguir lo que quiere. Ese modo de ocupar un lugar como si acabara de descubrirlo y, al mismo tiempo, siempre le hubiera pertenecido.
—¿Vas a hacerla? —pregunta, apartándose un rizo de la cara.
—Estoy encuadrando —respondo, aunque hace rato que la tengo centrada en la pantalla.
—Llevas diez minutos encuadrando.
—Han sido veinte segundos.
—Se me están congelando los dedos.
Miro sus pies.
—¿Cuáles?
—Diago.
Pulso la pantalla justo cuando Tizón aparece a su lado y le pone el hocico bajo la mano. Teressa baja la cabeza hacia él y sonríe. No la sonrisa preparada que tenía un instante antes, sino una de verdad, abierta y luminosa. Y es entonces cuando hago otra fotografía. Después una más.
—Ya está —anuncio, bajando el móvil.
Vuelve junto a mí y coge el teléfono. Desliza el dedo por las imágenes hasta detenerse en la última.
—Esta —dice, inclinando la pantalla hacia mí—. Me gusta esta.
—Tizón sale movido.
—Por eso. No parece una reproducción de la fotografía antigua. Es otra cosa.
Una nueva, pienso. Un nuevo recuerdo. Teressa guarda el móvil antes de que pueda detenerme demasiado en la idea.
—¿Vamos a la poza?
Asiento y señalo el sendero que continúa río arriba.
El camino se vuelve más estrecho a medida que avanzamos.
Tizón se adelanta entre los árboles y regresa cada pocos minutos para comprobar que seguimos detrás.
Teressa camina a mi lado, concentrada en notar las irregularidades bajo sus zapatillas.
De vez en cuando mueve los dedos y tengo que apartar la vista.
—Todavía te molesta —observa.
—¿Qué?
—Que pueda moverlos —responde, levantando ligeramente la punta de una zapatilla.
—No me molesta.
Los mueve otra vez, esta vez sin dejar de mirarme.
—Deja de hacerlo —mascullo, apartando la vista.
Sonríe, satisfecha, y continúa caminando.
Al llegar al tramo donde la senda desciende hacia el río, me adelanto.
La pendiente está cubierta de hojas húmedas y termina en varias piedras lisas junto al agua.
Bajo el primer desnivel y me vuelvo hacia ella antes de tenderle la mano. Teressa me mira fijamente.
—Creía que mis pies de rana estaban preparados para cualquier terreno.
—Las zapatillas sí. Tú no.
—Qué bonito es contar con tu confianza.
—Teressa —gruño.
Contempla mi mano durante un instante antes de poner la suya encima.
Sus dedos están fríos y encajan entre los míos con una facilidad que preferiría no notar.
Los cierro alrededor de ellos y desciendo de espaldas, pendiente de cada uno de sus pasos.
Ella avanza hacia mí con la otra mano apoyada en la pared de roca y, cada vez que salva un desnivel, la distancia entre los dos se reduce un poco más.
—Puedes aflojar —dice al superar otra piedra—. No voy a escaparme.
Lo hago. Solo un poco. Mi pulgar queda sobre el dorso de su mano y tengo que contener el impulso de moverlo.
—Tampoco voy a romperme —añade, tanteando con la punta del pie dónde apoyar el siguiente paso.
—Eso está por ver.
Alcanza la última piedra y su pie resbala unos centímetros. Tiro de su mano hacia mí y la recibo con la palma libre en su cintura. Su cuerpo choca contra el mío y una de sus manos termina posada en mi pecho.
—Ha sido la piedra —protesta.
—Claro.
Pone los ojos en blanco, pero no se aparta.
Yo tampoco muevo la mano. La mantengo allí mientras la ayudo a recuperar el equilibrio, demasiado consciente de la curva que abarca mi palma y del calor de su cuerpo atravesando las capas de ropa.
Cuando compruebo que tiene los dos pies bien asentados, ya no existe ningún motivo para continuar sujetándola.
Aun así, no la suelto.
Teressa alza la barbilla para mirarme. Después, sus ojos descienden hasta nuestras manos unidas y la mía sigue el mismo recorrido.
Mis dedos continúan enlazados con los suyos.
Su otra mano permanece sobre mi pecho, justo encima de un corazón que ha decidido comportarse como si también hubiera resbalado.
«Debería soltarla».
En lugar de hacerlo, cierro los dedos un poco más.
Ella levanta de nuevo la vista y ninguno de los dos parece recordar que hemos venido hasta aquí por algo que no tiene nada que ver con esto.
Tizón irrumpe en la poza con un salto y levanta una cortina de agua que nos salpica a los dos.
Teressa se protege la cara entre risas y su mano se escapa de la mía.
—¡Tizón!
El perro avanza hasta que el agua le cubre parte del lomo y comienza a perseguir algo que solo él puede ver.
—Ahora sí parece una criatura mitológica —dice, todavía riéndose.
La poza se abre frente a nosotros, rodeada de helechos y rocas cubiertas de musgo.
El agua cae desde un desnivel pequeño y forma remolinos claros junto a la orilla.
No ha cambiado demasiado. Los árboles son más altos y una de las piedras se ha partido por la mitad, pero continúa siendo el lugar donde pasábamos las tardes cuando el calor apretaba.
Teressa saca la segunda fotografía. Sus padres aparecen sentados sobre una roca.
Carmen tiene las piernas estiradas y Pelayo apoya un brazo detrás de ella.
La pequeña Teressa está agachada en la orilla con las botas dentro del agua y el vestido amarillo empapado hasta las rodillas.
Recuerdo qué ocurrió cinco minutos antes de que hicieran la fotografía.
—Se sentaron allí —le indico.
—¿Lo sabes por la imagen?
«Podría responder que sí».
—No. Estaba con vosotros.
Teressa me observa, sorprendida por la respuesta. Quizá yo también lo estoy.
—¿Qué hacíamos?
Miro hacia la parte menos profunda de la poza. Ya no queda rastro de la presa que intentamos construir, pero todavía puedo vernos agachados entre las piedras. Ella elegía las más grandes y yo tenía que colocarlas porque insistía en dirigir la obra sin cargar con nada pesado.
—Intentábamos desviar el río.
—¿Nosotros? —Se vuelve y me mira sorprendida.
—Tú decidiste que necesitábamos una piscina.
Observa alrededor.
—Ya había una poza.
—Mi argumento fue el mismo —digo, conteniendo la sonrisa.
—¿Y no me convenció? —pregunta, recogiendo una piedra de la orilla.
—Me dijiste que me faltaba visión de futuro.
Suelta una carcajada.
—Eso sí parece algo que diría.
—También aseguraste que construiríamos una presa antes de merendar.
—Ambiciosa desde pequeña —concede, haciendo rodar la piedra entre los dedos.
—Insoportable desde pequeña.
—Y, aun así, te quedaste a ayudarme —señala, alzando los ojos hacia mí.
Desvío la vista hacia Tizón.
—Alguien tenía que impedir que te sepultaras debajo de las piedras.
—Qué suerte tuve de contar siempre con medidas preventivas.
Teressa contempla de nuevo la fotografía, pero ahora su atención está puesta en la niña de la orilla.
—¿Por eso llevaba el vestido mojado? —pregunta señalando el bajo.
—Te metiste en el agua para comprobar si la presa resistía.
—¿Resistió?
—No.
—Qué decepción.
—Se vino abajo, intentaste sujetarla con los pies y terminaste sentada en la poza.
Se ríe. La imagen de aquella tarde regresa con tanta claridad que casi puedo escucharla protestando. Carmen acudió corriendo porque creyó que se había hecho daño, pero ella solo estaba furiosa porque el río no había respetado sus planes.
—Recuerdas muchos detalles —murmura, sin apartar la vista de la imagen.
—Algunos.
—Más de los que estás dispuesto a contarme.
Algo cambia en su expresión. Sus ojos recorren mi cara como si intentaran reconocer en ella al niño que acaba de descubrir detrás de sus recuerdos.
He pasado años convencido de que todo aquello se había apagado.
Teressa lleva menos de una semana aquí y ya ha conseguido avivar hasta lo que daba por muerto.
Nada de lo que me ocurre desde que regresó tiene sentido.
—¿Por qué no me dijiste ayer que pasábamos tanto tiempo juntos?
—Porque no sabía cuánto recordabas de aquel verano.
—Estoy descubriendo que conservo muy pocos recuerdos de aquí. Al principio pensé que se debía a que era pequeña, pero es como si una niebla fina los cubriera —explica, llevándose dos dedos a la sien.
Su respuesta me atraviesa. Tizón se ha tumbado junto a la orilla, ajeno a una conversación que empieza a parecerse demasiado a una trampa.
—Los recuerdos no siempre regresan de la mejor manera —respondo.
—Ya… Bueno, hay algunos que es mejor dejar atrás —susurra, bajando la mano.
Vuelvo a mirarla. Hay un peso en esas palabras que no se corresponde con la ligereza que intenta darles.
—Todo el pueblo sabe lo que ocurrió.
—¿Te refieres al accidente de mis padres?
Me trago las palabras y asiento.
El verano siguiente la esperé. Cada vez que un coche desconocido reducía la velocidad al pasar por la plaza, levantaba la cabeza convencido de que había vuelto.
Cuando julio empezó a agotarse, mi abuela llamó a Berta para preguntar por qué no habían venido aquel año.
Ella solo le dijo que un accidente de tráfico se había llevado a Pelayo y a Carmen y que Teressa no lo estaba pasando bien.
«Nada más».
Le escribí durante meses y, casi un año después, recibí una respuesta. Una sola frase que todavía recuerdo palabra por palabra.