Capítulo 30
Me llevo la mano a la garganta, justo donde Diago me ha rozado. Solo ha sido un instante, pero todavía siento allí el calor de sus dedos.
A unos pasos de mí, su enorme espalda se mueve bajo la mochila mientras desciende por el camino.
Hace unos días conservaba muy pocos recuerdos de este lugar.
Cuando llegué al pueblo, algunos comenzaron a aparecer a la deriva, fragmentos sueltos que no sabía cómo unir.
Sin embargo, desde que me crucé con él, es como si la marea estuviera devolviendo a la orilla todo lo que la tormenta dejó desperdigado.
«Sabía que había algo más».
Por eso ayer no pude dejar pasar la oportunidad.
Diago era uno de los niños del pueblo con los que jugaba.
Recuerdo carreras por la plaza, voces que no consigo asociar a ningún rostro e incluso una piedra lisa donde nos sentábamos.
Un lugar especial, aunque todavía no sepa explicar bien el porqué.
Las marcas de la pared revelaron que compartió conmigo muchas más horas de las que está dispuesto a reconocer.
«Y pienso averiguar cuántas».
Tizón corre unos metros por delante, se desvía hacia la hierba y regresa con varias hojas enganchadas en el pelo. Al llegar a mi altura, me empuja la mano con el hocico para reclamar una caricia.
—Al menos uno de los dos sabe esperar —digo mientras le acaricio el lomo, lo bastante alto para que Diago me oiga.
Él continúa andando.
—Estoy esperando.
—Estás a quince metros.
—Son siete —corrige por encima del hombro.
—Me alegra saber que, además de herrero, eres agrimensor.
—Camino despacio.
Contemplo la distancia que nos separa y apresuro el paso para alcanzarlo.
—Me aterra imaginar cómo será cuando tengas prisa.
El sendero desciende desde la casa entre muros bajos de piedra cubiertos de musgo.
La humedad continúa suspendida en el aire y cada hoja parece conservar una gota preparada para caer sobre mí en cuanto pase por debajo.
Huele a tierra mojada, a corteza, a hierba recién removida y a humo lejano saliendo de alguna chimenea.
Las zapatillas con dedos me permiten sentir cada irregularidad del terreno.
El relieve de las piedras, las raíces que atraviesan el camino y las pequeñas ramas que crujen bajo mis pies.
Resulta extraño, pero no desagradable. Hay algo en la forma en que la suela se adapta al sendero que me obliga a prestar atención a cada paso.
Casi parece que no esté aprendiendo el camino, estoy recordándolo.
La idea echa raíces en mi pecho y consigue que disminuya el ritmo.
Tizón vuelve sobre sus pasos y se coloca a mi lado. Diago también se detiene, aunque finge que solo lo hace para apartar una rama caída.
—¿Qué pasa? —pregunta, volviéndose hacia mí.
—Nada —respondo mientras me encojo de hombros.
Sus ojos descienden hacia mis pies.
—¿Te hacen daño?
—No. —Muevo los dedos dentro de las zapatillas—. Creo que estoy empezando a entender su filosofía.
—Son zapatillas.
—Deja de limitar su potencial. —Echo a andar y Tizón me sigue—. Brisa dijo que servían para sentir el terreno y tenía razón.
—Brisa también te dio una caja con la que casi quemas la casa.
—Eso fue Elena —lo corrijo al alcanzarlo.
—Entonces las probabilidades de supervivencia de esas zapatillas acaban de aumentar.
Reanuda la marcha, sin embargo, esta vez mantiene un paso más lento.
No comenta que lo hace por mí y yo tampoco voy a concederle la satisfacción de señalarlo.
Se me escapa una sonrisa, creo que empiezo a entenderlo un poco mejor.
El camino se estrecha poco después. Los árboles crecen más juntos y el sonido del río comienza a colarse entre el rumor de las hojas.
Todavía no puedo verlo, pero lo noto cerca, avanzando en paralelo a nosotros al otro lado de la vegetación.
Diago se mueve con la seguridad de quien no necesita pensar dónde coloca los pies. Sabe qué piedras se hunden, dónde sobresale una raíz y en qué zonas el musgo convierte el suelo en una trampa. Cuando una rama cruza el sendero, la sujeta para que pase y espera a que me aleje antes de soltarla.
—Gracias —le digo con una sonrisa.
—Te habría dado en la cara —se justifica con un gruñido.
—Sí, esa suele ser la razón por la que una persona sujeta una rama.
—Entonces no hacía falta que te lo explicara.
—Estoy intentando mantener una conversación —comento cuando vuelve a ponerse a mi altura.
—Ya me había dado cuenta.
Tizón se interna entre unos helechos y desaparece.
Las hojas se agitan a su paso y, durante unos segundos, solo lo delatan los resoplidos que llegan desde la maleza.
Reaparece unos metros más adelante con la lengua fuera y el hocico lleno de tierra.
Se detiene a comprobar que seguimos detrás, mueve la cola y vuelve a hundir la nariz entre las plantas, como si tuviera una misión importantísima que cumplir.
—¿Siempre viene contigo?
—Casi siempre.
—¿También a la fragua?
—Vive allí.
—Ya sé que vive allí. Me refiero a si se queda contigo mientras trabajas.
—Duerme junto a la pared del fondo.
—Tiene que pasar calor.
—En invierno no se queja.
—¿Y en verano?
—Se tumba delante de la puerta y estorba.
—Quizá quiere que descanses —digo guiñando un ojo.
Diago me mira por encima del hombro.
—Es un perro.
—Y aun así parece tener más claro que tú cuándo toca parar.
—Eso no significa que deba organizarme el horario.
—Alguien tendrá que hacerlo —contesto, apresurando el paso.
Su mandíbula se tensa, aunque juraría que está conteniendo una sonrisa.
Empiezo a sospechar que lo hace a menudo y que, si presto suficiente atención, terminaré aprendiendo a reconocerlo.
El murmullo del agua aumenta. Aprovecho el silencio para ordenar las preguntas que llevan rondándome desde que salimos.
—¿Mis padres hacían esta ruta?
—Sí.
—¿A menudo?
—Tu padre, desde pequeño...
Tizón ladra unos metros por delante y vuelve la cabeza hacia nosotros, como si quisiera que nos diésemos prisa.
—¿Y mi madre?
Diago tarda un poco más en responder.
—También le gustaba. Se detenía cada pocos metros para hacer una fotografía y tu padre se quejaba de que tardabais más en recorrer el camino que en llegar desde Sevilla.
Sonrío al imaginarla con la cámara colgada al cuello, buscando algo que mereciera la pena conservar.
—¿Y yo qué hacía?
—Recogías piedras.
Levanto la vista hacia él. Diago continúa avanzando, como si acabara de decirme algo sin importancia. Pero yo no recuerdo haberle hablado nunca de aquellas piedras, y dudo que pudiera saberlo por una fotografía.
—¿Piedras? —repito, y me fijo en las que asoman entre la tierra.
—Todas las que brillaban.
—¿Cómo sabes eso?
—Todo el pueblo lo sabía. Luego ibas enseñándolas por la plaza.
—¿Y tú las viste? —pregunto, intentando verle la cara.
—Alguna vez.
«Otra vez esa respuesta. Alguna vez».
La utiliza para restar importancia a las marcas de varios veranos y reducirlas a encuentros ocasionales.
Como si no recordara exactamente lo que hacía en estas excursiones o qué enseñaba después en la plaza.
Antes de que pueda insistir, el sendero gira y una piedra grande y plana aparece junto al margen.
Tiene la superficie cubierta de líquenes, salvo en una parte más lisa, desgastada por el roce de quienes se han sentado allí durante años.
Clavo los pies en el suelo y el resto del paisaje pierde nitidez.
Veo unas piernas infantiles balanceándose en el aire.
Una cantimplora pasando de unas manos a otras.
Rodillas arañadas. Unos dedos manchados de tierra que depositan algo pequeño y brillante en el centro de mi palma.
La imagen se desvanece antes de que consiga distinguir un rostro.
Apoyo una mano en la piedra. Está fría y húmeda.
—Aquí se sentaban los niños —murmuro.
Diago se queda inmóvil.
—A veces.
Giro la cabeza hacia él.
—¿Sabes que odio esa respuesta? —pregunto, sin retirar la mano.
—Empiezo a sospecharlo.
—Recuerdo este sitio —confirmo, recorriendo con la palma de la mano la parte lisa de la piedra.
Sus ojos se detienen en ella y, durante un segundo, toda la dureza de su expresión parece resquebrajarse.
—Entonces no lo has olvidado todo —dice en voz baja.
Hay algo en su voz que me obliga a mirarlo con más atención. No suena a alivio y mucho menos a preocupación. Es una mezcla extraña, una emoción contenida detrás de tantas capas que no consigo alcanzarla.
—No —respondo—. Supongo que no.
Diago aparta la vista y señala el camino con la barbilla.
—El puente está cerca.
No me ofrece nada más. Continuamos descendiendo y el río aparece por fin entre los árboles, rápido y oscuro, deslizándose sobre un lecho de piedras redondeadas.
La humedad se vuelve más fría junto al agua y el olor a musgo lo impregna todo.
Tizón se adelanta hasta la orilla, bebe un poco y regresa sacudiéndose con tanta fuerza que varias gotas terminan sobre mis vaqueros.
—Gracias —le digo, contemplando las manchas de humedad.
Diago le lanza una mirada al perro.
—No te acerques.
—Solo es agua.
Se vuelve hacia mí y carraspea.
—No te lo decía a ti.
—Qué decepción. Por un momento he pensado que estabas preocupado por mi integridad.
—Tizón pesa sesenta kilos. Como te dé un empujón, acabas en el río.
—Entonces sí estabas preocupado por mi integridad.
—Por no tener que sacarte —aclara—. No me apetece mojarme.
Sonrío mientras él aparta la vista.
El sendero vuelve a girar y el puente aparece entre los árboles.
Me detengo sin poder evitarlo. Es más pequeño de lo que imaginaba.
Un arco estrecho de piedra cruza el río, con el pretil cubierto de musgo y varias plantas creciendo entre las juntas.
Al otro lado se alzan los restos del molino: una pared oscurecida por la humedad, parte del tejado hundido y una ventana vacía a través de la que solo se ve vegetación. Aun así, lo reconozco.
—Es aquí.
No necesito que Diago lo confirme. Saco la funda de la mochila y extraigo la primera fotografía.
Mis padres sonríen desde otro tiempo. Mi padre me lleva subida a sus hombros y mi madre se apoya en el pretil, con una mano sobre mi pierna.
Detrás de ellos, el molino todavía conserva el tejado y la vegetación no ha invadido las piedras.
Levanto la imagen y contemplo el puente.
—No ha cambiado tanto.
—Han pasado muchos años.
—Pero sigue aquí.
La emoción me cierra la garganta. Recorro con la vista cada detalle, tratando de hacer coincidir ambos paisajes. El árbol que aparece en un extremo de la fotografía continúa junto al río, aunque ahora su tronco es mucho más grueso.
Camino hacia el lugar desde el que creo que fue tomada.
—Más a la izquierda —indica Diago.
Obedezco sin pensar. Doy un paso.
—Otro poco.
Me desplazo de nuevo y levanto la fotografía. Ahora todo encaja; el arco, el árbol y la esquina del molino. Incluso la inclinación del pretil. Bajo la imagen lentamente.
—¿Cómo sabías dónde tenía que colocarme? —pregunto, volviéndome hacia él.
—Por el ángulo.
—Claro. El ángulo —repito, sin terminar de creérmelo.
Vuelvo a mirar la imagen. Para reproducirla, tendría que levantar un poco más el móvil, pero no consigo sujetar ambas cosas y encontrar el encuadre al mismo tiempo. Diago se acerca por detrás y toma la fotografía por una esquina.
—Déjame —murmura.
Aflojo los dedos y se la cedo. Su pecho queda a pocos centímetros de mi espalda mientras la sostiene a la altura de mi hombro. Alzo el teléfono y él extiende el otro brazo para señalar un punto del puente.
—Desde aquí —indica, inclinándose.
Su voz me llega demasiado cerca del oído.
El calor de su cuerpo contrasta con el aire húmedo y me devuelve al contacto de hace un rato, a sus dedos en la base de mi garganta y al instante en que ambos nos quedamos inmóviles.
Al terminar de hablar, su aliento me roza la piel bajo la oreja y se me eriza la nuca.
Mantengo el móvil en alto, pero hace unos segundos que he dejado de prestar atención a la pantalla.
«Concéntrate en la fotografía».
En mi padre. En mi madre. En la niña que fui.
Doy un paso hacia el pretil, me alejo de Diago y apoyo una mano sobre la piedra. El río corre varios metros más abajo. Su murmullo crece hasta ocuparlo todo y, de pronto, el puente desaparece a mi alrededor.
Estoy más arriba. Mis piernas cuelgan a ambos lados del cuello de mi padre.
Sus manos me sujetan por los tobillos mientras yo me aferro a su pelo y mi madre se ríe a nuestro lado.
Alguien nos pide que no nos movamos. Una voz de niño, más grave que la mía, protesta porque no consigue encuadrarnos a los tres.
Después llega un clic. Una carcajada. Y el vértigo.
El recuerdo se rompe y regreso al puente con el corazón desbocado. Retrocedo sin mirar y choco contra Diago. Su brazo me rodea la cintura antes de que pierda el equilibrio y mi espalda queda pegada a su pecho.
—Cuidado —susurra con voz ronca.
Me aferro a su antebrazo y cierro los ojos. Su cuerpo permanece firme detrás del mío, sosteniéndome mientras intento distinguir qué pertenece al presente y qué acaba de devolverme la memoria.
—Estaba subida a los hombros de mi padre —murmuro, apretando ligeramente su brazo—. Mi madre se reía.
Diago no me suelta, su abrazo me mantiene anclada al presente.
—Sale en la fotografía.
—No, la estaba viendo desde fuera. —Abro los ojos y giro la cabeza por encima del hombro hasta encontrar su mirada—. Estaba allí arriba.
Su brazo se tensa a mi alrededor. Me vuelvo hacia él sin soltarlo y su mano se desliza unos centímetros por mi costado para ayudarme a mantener el equilibrio.
Quedo casi de frente, con un hombro todavía apoyado en su pecho.
Diago baja la cabeza y su barba me roza la frente.
Un roce áspero y fugaz, pero suficiente para que mi respiración tropiece con la suya.
Está más cerca de lo que esperaba. Tanto que noto cómo su pecho se eleva contra mí y el calor de su mano a través de la chaqueta.
Durante un instante, ninguno de los dos hace el menor movimiento.
Sus ojos recorren los míos como si buscaran algún indicio de que sigo perdida dentro del recuerdo.
Después descienden hacia mi boca y regresan demasiado rápido.
Podría fingir que no ha ocurrido si mi cuerpo no acabara de darse cuenta de todo.
—Y había alguien más —susurro, todavía aferrada a él—. Un niño.
Su mirada se enreda con la mía.
—Aquí siempre había niños.
Me aparto lo justo para observar su expresión, aunque su mano continúa apoyada en mi costado.
—Me daba miedo mirar hacia abajo.
—Siempre te daba miedo desde esa altura —responde sin pensarlo.
El silencio cae entre los dos. Diago retira la mano, pero ya es demasiado tarde. Acaba de hablar como alguien que estuvo allí, no como alguien a quien se lo contaron.
—Tú estabas aquí, ¿verdad?
Su expresión vuelve a cerrarse.
—Vivía aquí.
—No es eso lo que te he preguntado.