Perdiendo el Norte Capítulo 29
47%

Capítulo 29

Espero a que el reloj marque las nueve antes de llamar.

«Tres golpes. Ni uno más».

Tizón permanece sentado a mi lado, con la lengua fuera y la paciencia de quien no entiende por qué llevamos varios minutos plantados delante de una puerta que podría haber olfateado hace tiempo.

Compruebo que la correa esté bien sujeta al collar, aunque sé que, en cuanto lleguemos a la senda, podré soltarlo.

Conoce estos montes mejor que cualquiera del pueblo y tiene más sentido común que la mayoría.

Incluso más que yo, teniendo en cuenta dónde estoy y con quién voy a pasar la mañana.

La puerta se abre unos segundos después.

Teressa aparece al otro lado con el pelo todavía húmedo, los rizos negros cayéndole sobre los hombros y una chaqueta impermeable demasiado limpia para lo que nos espera.

Sin embargo, mi atención se detiene primero en sus ojos.

Tiene unas ojeras que delatan lo poco que ha dormido y un cansancio que ni siquiera su sonrisa consigue ocultar. Y ni con esas deja de estar bonita.

—Buenos días —dice, apartándose un rizo de la cara.

—No has dormido.

Su sonrisa desaparece, y tuerce el labio.

—Buenos días para ti también.

—Tienes ojeras —señalo.

—Gracias. —Se lleva una mano debajo de los ojos—. Dudaba entre disimularlas con corrector o resaltarlas como parte de una nueva etapa estética. Me alegra saber que he acertado.

La observo un instante más. Intenta mantener esa expresión de siempre, pero el cansancio le pesa en los gestos. Un rizo se le descuelga sobre la cara y ella resopla para apartarlo, aunque vuelve a caerle.

—¿Ha pasado algo? —pregunto mientras le retiro el mechón y se lo coloco detrás de la oreja.

Teressa se queda inmóvil. Sus labios se entreabren y durante un segundo ninguno de los dos dice nada.

—No paraba de bailarte delante de los ojos —me justifico—. Me molestaba. Eso es todo.

—Ya… —Se lleva una mano al pelo y comprueba que el rizo sigue en su sitio—. Pues nada que no pueda achacarse a una casa antigua, una amiga con demasiada imaginación y dos piedras que prometían protegerme.

—¿Qué piedras?

—Es una historia larga.

—Entonces cuéntamela por el camino.

Teressa parpadea, sorprendida de que le haya dado la oportunidad de contármelo.

Antes de que responda, reparo en su ropa.

Lleva unos vaqueros, la chaqueta a medio abrochar y una mochila pequeña colgada de un hombro.

Al menos se ha vestido para la ocasión. Hasta que llego a sus pies.

Entrecierro los ojos, convencido de que estoy viendo mal.

«¿Qué cojones es eso?».

Las zapatillas son negras, con una suela fina y cinco compartimentos que reproducen la forma exacta de sus dedos. Tardo unos segundos en aceptar que no se ha puesto unos guantes en los pies.

—Te dije que trajeras botas.

—Las botas han muerto. Estoy guardando luto por ellas.

Levanto la vista hacia ella.

—¿Qué?

—Ha sido repentino —explica con una seriedad que no me tranquiliza en absoluto—. Un crujido, varios trozos de suela sobre la alfombra y después ya no había nada que hacer. No han sufrido.

Vuelvo a fijarme en las zapatillas. Teressa mueve los dedos dentro de ellas. Todos. Por separado.

—No hagas eso.

—¿El qué? —pregunta, moviéndolos otra vez.

—Moverlos.

—Son mis dedos. Tienen derecho a disfrutar de la experiencia.

—No cuando puedo verlos.

—La culpa es tuya por mirar. —Levanta un pie y lo gira ligeramente, ofreciéndome una vista todavía peor—. Aunque algo me dice que te estás poniendo envidioso y quieres tener unos iguales —canturrea.

Agacho la cabeza para ocultar una sonrisa que no pienso regalarle.

Reconozco el modelo. Las suelas sirven para terrenos irregulares y tienen buen agarre incluso sobre piedra mojada.

Son más apropiadas para la ruta que las botas con hebilla que vi ayer, aunque cueste tomarse en serio unos pies que parecen los de una rana.

—¿Puedo ir con ellas? —pregunta con una vocecilla infantil.

—Sí.

—¿Sí? —chilla emocionada.

—Están preparadas para senderos.

—¿Y por qué las miras como si acabara de desarrollar una mutación?

—Estoy intentando decidir si las llevas puestas o te han crecido durante la noche.

Abre la boca para responder, pero Tizón se incorpora y asoma la cabeza por mi costado. Teressa lo descubre por fin. Sus ojos se abren tanto que, por un momento, desaparece cualquier rastro de cansancio.

—¿Qué es eso? —grita.

Tizón ladea la cabeza.

—Un perro.

—Eso no es un perro. Es una criatura mitológica.

—No le hagas caso —le digo a él, acariciándole la cabeza.

—Tiene la cabeza más grande que mi torso.

—Tú tampoco le hagas caso —le digo a ella.

Tizón decide ignorarnos a los dos y avanza hasta meter el hocico por el hueco de la puerta.

Teressa retrocede un paso, sorprendida, pero enseguida se agacha frente a él.

El animal la olfatea con detenimiento, desde las manos hasta la chaqueta, y termina concentrando toda su atención en las zapatillas.

—No —le advierto, dando un pequeño tirón a la correa—. Eso no se come.

—¿Suele comerse a la gente?

—Solo a quienes hacen demasiadas preguntas.

Teressa levanta la vista hacia mí.

—Entonces contigo debe de pasar hambre.

Tizón mueve la cola. Una vez. Después le planta el hocico en el pecho y casi consigue sentarla en el suelo. Ella suelta una carcajada y hunde las manos en el pelo espeso de su cuello.

—Hola, preciosidad. Tú sí que sabes recibir a una persona como es debido.

El traidor cierra los ojos, encantado.

—Se llama Tizón.

—¿Tizón? —repite, inclinándose un poco más para rascarle detrás de una oreja.

Tizón aprovecha la cercanía para plantarle un lametón en la mejilla. Teressa se echa hacia atrás, y se limpia con el dorso de la mano sin dejar de reír.

—¡Pero bueno! —Vuelve a acariciarle el cuello—. No te pega nada ese nombre. Tú tienes cara de Nube. O de Algodón. O de animal que rescata viajeros perdidos en una tormenta y después les ofrece una copita de coñac.

—No le pongas nombres.

—¿Es tuyo?

—Vive en la fragua.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Come allí, duerme allí y me sigue a todas partes.

—Entonces es tuyo —determina.

Teressa continúa acariciándolo con las dos manos. El perro, que suele ignorar a cualquiera que no lleve comida, se sienta sobre uno de sus pies y apoya todo el peso contra sus piernas.

—Le gusto, me da besitos —presume, señalándose la mejilla.

—No tiene criterio.

—Está demostrando tener bastante más que tú —contesta y le dedica una sonrisa.

—También come carbón cuando nadie lo vigila.

—Todos tenemos defectos —concede, mirando de reojo el pie que tiene atrapado.

Tizón le empuja la mano con el hocico, reclamando más caricias.

Teressa intenta liberar el pie de debajo de su enorme trasero, pero el muy condenado ni se inmuta.

Al final acaba riéndose a carcajadas. Algo se me aprieta en el pecho.

No recordaba ese sonido con tanta claridad hasta que volvió.

O quizá nunca lo olvidé y solo llevaba años sin encontrar nada que se le pareciese.

Desvío la mirada y me ajusto la mochila. El movimiento hace que Teressa repare por fin en ella.

—¿Qué llevas ahí dentro? —pregunta, señalándola.

—Agua, algo de comida, un botiquín y ropa de lluvia.

—¿Vamos a buscar un puente o a abandonar la civilización?

—Depende de tu ritmo.

—Mi ritmo es excelente —asegura, dándole un par de palmaditas en el lomo a Tizón.

Miro sus pies.

—Tienes diez dedos independientes y casi no has dormido.

—Sí lo he hecho, durante cuarenta y tres minutos… más o menos.

—Mucho mejor.

Se incorpora y se acomoda la mochila sobre ambos hombros. Tizón se aparta lo justo para que pueda liberarse, aunque permanece pegado a su pierna como si acabara de adoptarla.

—Por cierto, podrías haberme avisado de que venía él.

—¿Por qué?

—Habría traído algo para darle —responde, echándole un vistazo a los bolsillos de su chaqueta.

—No necesita nada.

—Todos los perros necesitan premios.

—Por eso está gordo.

Tizón gira la cabeza hacia mí, justo cuando pronuncio la última palabra.

—No estás gordo —le asegura Teressa, agachándose para mirarlo de frente—. Eres ancho de huesos y tienes muchísimo pelo.

—Pesa sesenta kilos.

—Sesenta kilos de belleza —sentencia, y le da un sonoro beso en la cabeza.

El perro mueve la cola con más entusiasmo. Teressa me mira con una sonrisa que, a pesar de las ojeras, consigue encenderle toda la cara.

«Está preciosa».

—Ya tiene una persona favorita —anuncia, señalándose con el pulgar.

—Se le pasará cuando dejes de hablarle como si fuera un bebé.

—¿Quién es el san bernardo más bonito del norte? —pregunta mientras le revuelve el pelo.

Tizón levanta una pata y se la apoya en el brazo.

—Lo estás empeorando.

—Lo estoy haciendo feliz. Es distinto —responde, sujetándole la pata un instante antes de soltársela.

Espero a que cierre la puerta. Cuando pasa por mi lado, veo que lleva la cremallera del impermeable a medio subir y la detengo apoyándole una mano en el brazo.

—Espera.

—¿Qué…?

Agarro el tirador y subo la cremallera hasta la clavícula.

Después le enderezo el cuello, que ha quedado doblado hacia dentro.

Al hacerlo, el dorso de mis dedos roza la piel en la base de su garganta.

Teressa contiene el aire. Tardo un segundo de más en apartar los dedos.

Su perfume me alcanza, suave y floral, y, con él, la punzada de un recuerdo que amenaza con abrirse paso.

Un día de lluvia. Sus rizos mojados. Su risa demasiado cerca.

Aprieto la mandíbula y termino de ajustarle la solapa antes de apartarme.

—Va a refrescar junto al río.

—Puedo abrocharme sola —murmura, bajando la vista a la cremallera.

—Eso ya lo sé —respondo, metiéndome las manos en los bolsillos.

Frunzo el ceño cuando Teressa se toca el cuello, justo donde la he rozado.

—¿Huelo mal? —pregunta.

—No. ¿Por qué dices eso?

—Por nada. —Deja caer la mano y echa a andar—. He confundido tu expresión habitual con alguna emoción reprimida.

Levanto una ceja y ella sonríe. Doy un paso atrás para dejarle espacio y alzo la vista hacia el cielo.

Continúa cubierto y la humedad se ha quedado suspendida sobre las laderas, aunque no parece que vaya a llover durante las próximas horas.

Si tenemos suerte, llegaremos a la poza antes de que cambie el tiempo.

Echo a andar hacia la verja.

—¿Has traído las fotografías?

Teressa me alcanza y palmea uno de los bolsillos de la mochila.

—Protegidas dentro de una funda. Después del incidente de la salvia, he decidido que ya he puesto en peligro suficientes objetos relacionados con mi pasado.

—Buena decisión.

—También he traído el móvil cargado, una botella de agua y una barrita energética —enumera, contando con los dedos.

—¿Una?

—No pensaba alimentar a todo el pueblo.

—Te entrará hambre.

—Para eso llevas tú una mochila preparada para el apocalipsis —responde, señalando la mía con la barbilla.

La miro de reojo.

—No pienso compartir.

—Claro que vas a compartir.

—¿Por qué estás tan segura?

Cierra la verja detrás de ella y se aproxima con Tizón caminando entre los dos.

—Porque ayer corriste hasta una casa supuestamente en llamas para salvarme y después fingiste que estabas de paso —canturrea, colocándose a mi altura—. No pareces capaz de dejarme morir de hambre sin que te remuerda la conciencia.

Aprieto la mandíbula y continúo andando. Tizón camina pegado a su pierna, demasiado encantado con ella para ser un animal al que doy de comer todos los días.

«Maldito perro traidor».

Esto va a ser una mañana muy larga.