Capítulo 28
Anoche antes de meterme en la cama, le envié a Brisa una sucesión de audios para contarle lo ocurrido: la fumata blanca, la aparición de Diago convencido de que la casa estaba ardiendo, las marcas de la pared y la ruta que haríamos por la mañana para encontrar los lugares de las fotografías.
Omití el roce de su pulgar sobre mi mano y ese instante en que sus ojos descendieron hacia mi boca, porque toda historia necesita alguna elipsis.
«Puede, solo puede, que mi radar esté un poco estropeado desde lo del altar. Así que corramos un tupido velo. Uno bastante grueso».
A las cuatro de la madrugada cogí la amatista, porque su etiqueta prometía calmar la mente y favorecer el descanso.
A las cuatro y diez también agarré la turmalina, encargada de protegerme de las energías negativas.
A las cuatro y media estaba escondida bajo el edredón, abrazada a ambas y convencida de que Elena me había regalado dos piedras con una ética laboral bastante cuestionable.
Ninguna me calmó la mente ni me han protegido de nada.
El resto de la noche se ha repartido en pequeñas cabezadas interrumpidas por el viento, el tejado, algún animal nocturno y mi propia imaginación, que ha decidido aprovechar la ausencia de Brisa para ascender de categoría profesional y convertirse en una productora de cine de terror.
«Brisa lo habría disfrutado».
Cuando el despertador suena a las siete y media, ya llevo un rato mirando el techo. Tengo los ojos secos, la boca pastosa y el pelo enredado alrededor de la cabeza con la voluntad propia de una criatura marina. Me incorporo despacio y dejo las piedras sobre la mesilla.
—¡Vamos!
Me obligo a levantarme y recorro el pasillo.
A plena luz del día, la casa ya no parece encantada.
Solo antigua. Los crujidos vuelven a ser madera asentándose, las sombras recuperan su condición de muebles y el árbol de la ventana deja de ser una mano huesuda intentando entrar para convertirse en lo que siempre fue: una rama mal podada.
En la cocina todavía queda un ligero olor a humo.
Preparo café, abro una ventana y desayuno dos tostadas mientras contemplo la bruma enredada entre los árboles.
El cielo está cubierto, pero no llueve. De momento.
Aquí he empezado a comprender que la ausencia de lluvia no constituye una garantía, sino una tregua.
Hay algo en este paisaje que me calma, puede que por eso necesitase volver aquí. Aquí siempre hubo amor.
A las ocho y cuarto regreso a la habitación para vestirme.
Elijo unos vaqueros morados muy cómodos, una camiseta, el jersey más grueso que traje y la chaqueta azul impermeable.
No es que me importe la impresión que pueda causarle a Diago.
Voy a recorrer dos lugares relacionados con mis padres, no a una cita.
Por eso me cambio de jersey dos veces. El primero me hace parecer enferma. El segundo tiene una mancha diminuta junto al cuello que nadie notaría a menos que me mirase desde muy cerca, algo que no va a ocurrir. Aun así, termino poniéndome el tercero.
«Por respeto a la memoria de mis padres».
Cojo las botas que ayer defendí con tanto entusiasmo.
Son de piel marrón, tienen una hebilla en el lateral y una suela con el relieve suficiente para que, desde una distancia prudente, parezcan preparadas para enfrentarse a la naturaleza.
Las compré hace años convencida de que algún día me convertiría en una mujer que hacía escapadas rurales, llevaría frutos secos en la mochila y diría cosas como la subida ha merecido la pena .
«Nunca sucedió».
Me siento en el borde de la cama, me calzo la primera y ato los cordones. Al apoyar el pie en el suelo, oigo un crujido sospechoso. Bajo la mirada y descubro que un trozo de goma negra se ha desprendido del talón.
—No —le advierto a la bota, como si todavía estuviéramos a tiempo de negociar.
Levanto el pie, lo giro y presiono la suela con un dedo. La goma se hunde y se deshace en varias partículas que caen sobre la alfombra. Es como si fuera arena mágica.
—No, no, no —murmuro, sacudiéndome la goma adherida a los dedos.
Me pongo en pie con cuidado. La bota aguanta dos pasos hasta que parte de la suela se separa con un sonido blando. Me quedo mirando los restos esparcidos por el suelo. Mis botas no solo no sirven para caminar por el norte: acaban de desintegrarse ante la mera posibilidad.
«Diago va a disfrutar muchísimo de esto».
Me quito el cadáver del pie y rebusco en la maleta, aunque sé perfectamente lo que contiene: zapatillas blancas, unas deportivas de lona y un par de zapatos que solo traje porque Brisa insistió en que nunca se sabe cuándo puede surgir una ocasión para llevar tacones.
Abro el armario con la esperanza de que mis padres dejaran olvidadas unas botas de mi número hace veinte años.
En el estante inferior, detrás de una manta doblada, encuentro una caja de cartón que no estaba allí cuando coloqué mi ropa.
O que no recuerdo haber visto. La saco y descubro mi nombre escrito sobre la tapa con rotulador rosa.
«TESSA».
Solo conozco a una persona capaz de esconder algo en un armario y etiquetarlo como si fuese un paquete explosivo. Cojo el móvil y llamo a Brisa. Responde al cuarto tono, con una voz que indica que ella sí ha dormido y no siente ninguna vergüenza por ello.
—Si has visto un fantasma, no me lo cuentes hasta que haya desayunado.
—He encontrado una caja con mi nombre en el armario —le explico, pasando el dedo por mi nombre.
Al otro lado de la línea se hace un silencio.
—¿La grande o la pequeña?
Vuelvo la cabeza hacia el armario.
—¿Cuántas cosas has escondido en esta casa?
—¿Es una caja de zapatos?
—Sí —respondo, dándole la vuelta para comprobar que no haya ninguna otra indicación.
—Entonces es la grande. Ábrela.
Pongo el altavoz, dejo el móvil sobre la cama y levanto la tapa con cuidado. Lo primero que veo son dos formas negras, alargadas y divididas en cinco partes. Tardo unos segundos en comprender qué estoy mirando.
—Brisa.
—¿Te gustan?
—Me has comprado guantes para los pies.
—Son zapatillas de senderismo.
Cojo una por el talón y la levanto a la altura de los ojos. Cada dedo tiene su propio compartimento y la suela reproduce la forma del pie con tanto detalle que parece pertenecer a una criatura anfibia. Aprieto uno de los extremos y lo veo doblarse con una facilidad preocupante.
—Estas zapatillas tienen dedos.
—Tú también y nadie hace un drama.
—Mis dedos viven todos juntos, igual que una familia normal. No necesitan habitaciones individuales —replico, introduciendo un dedo en uno de los compartimentos para comprobar que esto es real.
—Son minimalistas. Para rutas de montaña. Tienen una suela especial que agarra tanto en superficies secas como mojadas y te permite sentir el terreno.
Dejo la zapatilla sobre la cama y observo cómo los cinco dedos quedan apuntando hacia mí.
—No quiero sentir el terreno, Brisa. Quiero que el terreno permanezca lo más lejos posible de mis pies.
—Las compré antes del viaje. Pensaba dártelas cuando hiciéramos alguna ruta juntas, pero tuve que marcharme... y me quedé con las ganas.
Aparto el papel de seda y encuentro unos calcetines que también tienen cinco dedos. Saco uno y lo dejo colgando de mi mano.
—Hay calcetines con tentáculos —anuncio mientras estiro uno de los dedos de tela.
—Son calcetines anatómicos.
—Son la prueba de que la humanidad ha ido demasiado lejos.
Mi amiga suelta una carcajada al otro lado de la línea.
—Póntelas. Son de tu número.
—¿Cómo sabes mi número? —pregunto, buscando la etiqueta dentro de una de las zapatillas.
—Porque llevamos años compartiendo ropa.
—Los pies no comparten ropa —replico y dejo caer el calcetín en la cama.
—También miré unas botas, pero estas me parecieron más divertidas.
«Divertidas… Esa es la palabra con la que mi amiga define esto».
Miro la hora, las ocho y cuarenta y dos. No tengo tiempo para bajar al pueblo, comprar otro calzado y volver antes de que llegue Diago. Tampoco puedo hacer la ruta con unas deportivas de lona si el suelo continúa mojado. Él ya me ha visto caer una vez y no pienso ofrecerle una segunda función.
—Te odio.
—Eso significa que te las estás poniendo.
—Significa que estoy valorando hacer la ruta descalza.
—Con esas sentirás que caminas descalza, pero protegida.
—No estás ayudando —le advierto mientras examino los compartimentos con desconfianza.
Me siento en la cama y empiezo la operación rana. El dedo gordo entra sin problemas. El índice también. El corazón decide compartir espacio con el anular y el meñique se declara oficialmente en rebeldía, se dobla debajo del pie y me obliga a empezar de nuevo.
—¿Sigues ahí? —pregunta Brisa.
—Estoy intentando distribuir los dedos de mis pies en sus respectivos apartamentos —explico, y tiro con cuidado del meñique para devolverlo a su sitio—. Dame un momento.
—Es cuestión de práctica.
—¿Cuánta práctica puede requerir vestirse una extremidad? —protesto, abriendo los dedos del pie con una concentración que debería estar reservada para operaciones a corazón abierto.
Cuando por fin consigo ponerme los calcetines, paso a las zapatillas. El proceso es todavía peor. Tengo que inclinarme, separar los dedos con las manos y empujar cada uno por un túnel distinto mientras Brisa ofrece indicaciones desde el móvil sin ver absolutamente nada.
—Mueve el pequeño hacia fuera.
—¿Cuál de los dos? —pregunto, alternando la mirada entre mis pies.
—¿Tienes más de uno?
—Ahora mismo tengo la sensación de tener catorce —digo tratando de rescatar un dedo que ha terminado donde no debería.
Después de varios intentos, consigo encajarlos todos en sus respectivos compartimentos. Estoy convencida de que he perdido dos kilos en el proceso, esto cuenta como cardio. Me pongo de pie y doy dos pasos por la habitación.
«Son cómodas. Muy cómodas».
Se adaptan a los pies, no resbalan nada y el tejido los envuelve sin apretar. El problema es que, cuando bajo la vista, parece que me hayan crecido dos patas negras.
—No pienso reconocer que funcionan —digo, dando un par de pasos más.
—No hace falta. Puedo oír tu gratitud desde Sevilla.
—Parecen parte del vestuario de una película de superhéroes de bajo presupuesto —comento y levanto un pie para examinarlo de perfil.
—A Diago le van a encantar.
Me quedo quieta, con el pie todavía en el aire.
—¿Qué tiene que ver Diago con esto?
—Nada. ¿Por qué iba a tener algo que ver el hombre con el que vas a perderte por el bosque durante toda la mañana?
—No vamos a perdernos. —Apoyo el pie en el suelo—. Él conoce el camino.
—Ah, qué tranquilidad. Entonces vais a estar solos, rodeados de naturaleza y con la posibilidad de que tengas que agarrarte a sus fuertes bíceps para cruzar algún tramo peligroso —canturrea, como si fuera una película romántica.
Me dejo caer sobre la cama y miro el álbum que he dejado junto a la almohada.
—Voy a buscar los lugares de las fotografías de mis padres.
Mi voz sale más seria de lo que pretendía. Brisa guarda silencio un instante.
—Lo sé —responde con suavidad—. Y vas a encontrarlos.
Bajo la mirada hacia mis pies ridículos y sonrío.
—Gracias por las zapatillas —murmuro, flexionando los dedos.
—Haz muchas fotos. Y procura no despeñarte. Esas cosas costaron una pasta.
La llamada termina a las ocho y cincuenta y ocho. Guardo el móvil en el bolsillo de la chaqueta, acaricio la tapa del álbum y cojo las dos fotografías para guardarlas en una funda y evitar que se estropeen.
Me meto en el baño, me refresco la cara y me planto frente al espejo para intentar convencer a mis rizos de que un nido de pájaros no es el estilo más adecuado para una ruta por el monte.
La humedad del norte tiene otros planes y ha decidido que hoy cada uno vaya por libre.
Me aplico un poco de crema para rizos, estrujo los mechones con las manos y consigo controlar parte del encrespamiento, aunque hay un par de rebeldes que se niegan a colaborar.
«No es que me esté arreglando para él ni nada por el estilo. Solo quiero estar presentable. Que una cosa es ir de excursión y otra parecer una criatura que acaba de salir de una cueva».
Al final, me doy por satisfecha. Sigo teniendo ojeras, el pelo conserva ciertas aspiraciones ornitológicas y mis pies parecen preparados para trepar por una pared.
Aun así, estoy lista. O todo lo lista que se puede estar para recorrer el pasado en compañía de un hombre que parece conocerlo mucho mejor que yo.
A las nueve en punto, tres golpes firmes resuenan al otro lado de la puerta.