Capítulo 27
«Mierda».
Me maldigo en cuanto aparto la vista. De todas las cosas que hay en la jodida habitación, mis ojos han tenido que traicionarme para ir directos a las marcas de la pared.
Solo ha sido un segundo, pero Teressa no necesita más.
En menos de diez minutos he cometido dos errores: tomarla de la mano con una naturalidad que no debería conservar y mirar hacia un lugar que tendría que haber fingido no conocer.
Tres, si cuento haber corrido hasta aquí como si la casa estuviera ardiendo. Aunque ese sé que volvería a cometerlo.
—La D es tuya —susurra a mi espalda.
Su aliento me roza la nuca. No es una pregunta y, aun así, podría negarlo.
Decirle que por esta casa han pasado otros niños, que cualquiera de sus nombres podría empezar por esa letra…
Pero mentir nunca se me ha dado bien y hacerlo con mi inicial trazada en la pared sería tomarnos a los dos por idiotas.
—Sí.
Noto que se acerca, su hombro queda a pocos centímetros de mi brazo mientras observa las rayas con rotulador.
Conozco cada marca. Un recuerdo demasiado nítido ahora que estoy aquí, la forma en que Teressa pegaba los talones a la pared, levantaba la barbilla para intentar ganar unos centímetros y se ponía de puntillas en cuanto creía que yo no miraba.
Todavía puedo oírla protestar cuando le decía que bajara los talones.
Y recuerdo el verano en que me acusó de crecer deprisa solo para fastidiarla.
Ella parece haberlo olvidado. Yo llevo años intentándolo.
—Entonces venías a esta habitación.
—A veces.
—Hay marcas de varios años —señala.
Camino hasta la ventana y compruebo los cierres. Necesito poner unos pasos de distancia entre nosotros. La abro, aunque ya no queda suficiente humo para resultar peligroso, y me entretengo con el pestillo más de lo necesario.
—Eso parece —respondo, sin volverme.
—Qué conversación tan enriquecedora.
—Has hecho una observación —replico, apoyando un segundo una mano en el marco.
—Y tú la has convertido en un callejón sin salida.
Me vuelvo hacia ella. Teressa mantiene los brazos cruzados y los rizos negros, algo revueltos por la humedad, se le desbordan sobre los hombros.
En mis recuerdos sigue siendo aquella niña empeñada en seguirme a todas partes.
Ahora tengo delante a una mujer mucho más guapa de lo que me conviene reconocer, y empieza a resultarme difícil fingir que su presencia no me afecta.
El calor le ha encendido las mejillas y una pequeña mancha de ceniza le ensucia la piel junto a la mandíbula.
Tengo que contener el impulso absurdo de borrarla con el pulgar.
Bajo la vista hacia mis manos, que siguen sin tener nada útil que hacer, y termino metiéndolas en los bolsillos.
Cuando vuelvo a mirarla, sus ojos continúan clavados en mí con aquella determinación que mostraba de pequeña cada vez que quería una respuesta.
Entonces tampoco sabía rendirse, pero podía distraerla proponiéndole que fuéramos al río o enseñándole una pieza nueva de la fragua.
Ahora no tengo ni idea de qué ofrecerle para que deje de hacer preguntas. Y tampoco estoy seguro de querer que se calle.
—¿Me conocías de los veranos? —pregunta, ladeando la cabeza.
—Sí.
La respuesta parece sorprenderla. Quizá esperaba otra evasiva.
—¿Eras uno de los niños del pueblo con los que jugaba?
—Éramos pocos —respondo y cierro los puños dentro de los bolsillos.
Entrecierra los ojos.
—Eso no es una respuesta.
—Sí —confirmo—. Era uno de ellos.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—No me lo preguntaste.
Se descruza de brazos y da un paso hacia mí.
—¿Necesito formular todas las preguntas posibles para conseguir que me cuentes algo?
—Sería un interrogatorio largo.
—Contigo cualquier conversación lo es.
Se vuelve hacia la pared y acerca un dedo a una de las marcas, aunque no llega a tocarla. Tanto la T como la D están acompañadas de una fecha. En algunas, solo nos separaban unos centímetros; en otras, la diferencia era mayor. No necesito buscar la última para saber cuál es.
—¿Venías mucho a casa? —pregunta, observando las marcas.
—Alguna vez.
—¿Alguna vez suficiente para medirnos durante varios años?
Aprieto la mandíbula. Debería marcharme. Ya he comprobado que no hay fuego, que la salvia está ahogada en el fregadero y que Teressa no tiene ni una quemadura. No queda ninguna razón para permanecer aquí. Salvo que ella sigue haciendo preguntas.
—Tú venías a pasar los veranos. Yo vivía aquí —respondo, volviendo la mirada hacia las marcas.
—Diago…
—Éramos niños, Teressa.
—Eso ya me lo has dicho.
Porque es la única parte de la historia que puedo ofrecerle sin abrir todo lo demás. Se queda callada unos segundos y suspira con fuerza. Cuando vuelve a hablar, su voz ha perdido parte del tono inquisitivo.
—¿Conociste a mis padres?
—Sí.
—¿Puedes hablarme de ellos? Tengo pocos recuerdos… —Se lleva una mano al pecho, como si admitirlo le doliera en algún lugar detrás de las costillas—. Y a veces ni siquiera sé cuáles son míos y cuáles he reconstruido viendo fotografías.
La confesión me obliga a apartar la mirada. Carmen aparece en mi memoria caminando por la plaza con una cámara colgada al cuello. Fotografió el pueblo tantas veces que mi güela bromeaba con que algún día terminaría por gastarlo.
—A tu madre le gustaba caminar y hacer fotos —respondo, apartando la vista de las marcas para fijarla en sus ojos—. Tu padre tardaba una hora en ir a comprar el pan porque se paraba a hablar con todo el que encontraba.
Una sonrisa pequeña asoma en sus labios.
—Eso sí lo recuerdo. O creo que lo recuerdo.
Aparta la vista de la pared y observa la habitación. El humo se ha reducido a una neblina ligera que se escapa por la ventana abierta.
—¿Eran felices aquí?
La pregunta me pilla desprevenido. Podría decirle que sí. Sería lo más sencillo y, probablemente, lo que espera escuchar. Sin embargo, yo tenía doce años y los adultos siempre parecían felices cuando nos descubrían observándolos.
—Lo parecían.
Su sonrisa desaparece un poco.
—Eso no es un sí.
—Yo era un crío. A esa edad uno cree que los adultos saben lo que hacen.
—¿Y no lo saben?
—Ahora eres adulta. Respóndete tú.
Teressa resopla, aunque no parece molesta. Se queda observándome como si intentara averiguar cuánto de lo que callo es desconocimiento y cuánto otra cosa.
—Espera aquí.
Sale al pasillo antes de que pueda decirle que no pienso esperar en ninguna parte. Escucho sus pasos alejarse, debería aprovechar para marcharme, pero mi mirada regresa a la pared.
«A la última T».
Ese verano tuvo que ponerse de puntillas para alcanzarme. La descubrí, borré la raya y la obligué a colocarse bien mientras ella protestaba que las normas eran absurdas y que un centímetro no iba a cambiar la historia. Tenía razón.
«No fue un centímetro lo que la cambió».
Aparto los ojos cuando sus pasos vuelven a acercarse. Teressa aparece con un álbum azul abrazado contra el pecho. Reconozco las tapas antes de que lo deje sobre la cama.
—Si conocías a mis padres, quizá puedas ayudarme con esto.
—Hay más gente en el pueblo que los conocía.
—Pero te lo estoy preguntando a ti —responde, clavándome la mirada.
Baja la vista, abre el álbum y pasa varias páginas con cuidado. Me mantengo junto a la ventana, lo bastante lejos para no ver las fotografías. Al menos hasta que saca dos y me las tiende.
—Quiero encontrar estos lugares.
No las cojo. Me basta con echar un vistazo a la primera para reconocer el puente estrecho de piedra. Pelayo aparece con Teressa subida a los hombros y Carmen se apoya en el pretil, riéndose de algo que ha quedado fuera de la fotografía.
—Es el puente del molino.
—¿Sigue existiendo? —pregunta con un brillo en los ojos.
—El puente, sí. El molino lleva años cerrado.
Acerca la segunda. En ella, sus padres están sentados junto a una poza rodeada de helechos. Teressa se agacha en la orilla, con las botas metidas en el agua y el bajo del vestido amarillo empapado.
—¿Y esta?
—Está más arriba. Siguiendo la senda del río.
—¿Muy lejos?
—Depende de cuánto tardes en subir una cuesta sin caerte.
Me dirige una mirada cargada de reproche.
—Fue un tropiezo puntual.
Cojo las fotografías antes de que continúe agitándolas delante de mí y finjo que necesito examinarlas con detenimiento.
Sé llegar a los dos lugares. Recuerdo dónde se apartó su padre para hacer la primera foto y la piedra en la que se sentó Carmen mientras Teressa y yo intentábamos construir una presa.
También podría señalar el tramo exacto del camino donde acabó subida a mi espalda después de torcerse un tobillo y negarse a regresar.
—¿Puedes indicarme cómo llegar?
—La senda ya no está señalizada.
—Pero tú sabes dónde está.
—Sí.
—Entonces podrías dibujarme un mapa —propone, señalando las fotografías que sostengo.
El pulgar se me detiene sobre el borde de una de ellas. Tardo un instante en responder.
—No serviría de nada —contesto.
—Vaya, gracias por confiar tanto en mi capacidad de orientación —replica, cogiéndolas.
Me observa esperando algo más. Podría darle unas indicaciones sencillas y marcharme, pero, si se pierde, medio pueblo terminará buscándola y me culpará a mí. O podría responder a las preguntas que aún le quedan.
«Esa opción es peor».
—Mañana a las nueve.
Parpadea.
—¿Qué pasa mañana a las nueve?
—Te llevaré.
—¿A los dos sitios? —pregunta, mirando las fotografías.
—Están en la misma ruta.
Su expresión se ilumina de una forma que hace que me arrepienta de la decisión incluso antes de terminar de tomarla.
—¿Eso ha sido un ofrecimiento?
—Una medida preventiva —aclaro, apartando la mirada de su sonrisa.
—¿Contra qué?
—Contra la posibilidad de que vuelvas a provocar una emergencia visible desde la plaza.
Abre la boca, ofendida.
—No he provocado ninguna emergencia —protesta, sacudiendo la cabeza—. Estaba purificando las energías.
—Casi purificas también las paredes.
Guarda las fotografías dentro del álbum con cuidado.
—A las nueve —repite mientras lo cierra—. Estaré preparada.
—Ponte botas.
—Llevo botas.
Miro hacia el calzado que ha dejado junto a la cama. Tiene una hebilla decorativa y una suela con pocas posibilidades de sobrevivir al barro.
—Botas de verdad —puntualizo, señalándolas con la barbilla.
—Mis botas son perfectamente válidas.
—Para caminar por Sevilla.
—Eres muy crítico con mi vestuario para ser un hombre que lleva tres días usando camisetas del mismo color —replica, echándole un vistazo a la que llevo puesta.
—No son la misma camiseta.
—Eso dices tú.
Salgo de la habitación antes de que la conversación derive hacia cualquier otro asunto. Cuando alcanzo la puerta principal, Teressa me sigue con el álbum entre los brazos.
—Diago.
Me detengo con la mano sobre el pomo y me vuelvo hacia ella.
—Gracias —dice, dedicándome una sonrisa que me obliga a recordar por qué quería marcharme.
Asiento una sola vez.
—Nos vemos mañana.
Cierro la puerta sin escuchar su respuesta. El aire frío me golpea la cara y empiezo a bajar la cuesta con las manos hundidas en los bolsillos. He cambiado cinco minutos más de preguntas por toda una mañana a solas con ella, recorriendo los lugares en los que empezó todo.
Mi abuelo estaría orgulloso de mi capacidad para descansar.