Perdiendo el Norte Capítulo 26
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Capítulo 26

El grito de Diago atraviesa la casa y me sobresalta tanto que casi dejo caer el paño que todavía sostengo entre las manos.

No me da tiempo a preguntarme qué hace aquí ni cómo ha llegado tan rápido.

La puerta se abre de golpe y él aparece entre el humo con el pecho agitado y una expresión que consigue que todas mis explicaciones se encojan y busquen refugio en algún lugar de mi garganta.

Sus ojos me encuentran al instante.

—Estoy bien —me apresuro a decir.

Ignora mis palabras, cruza el recibidor con dos zancadas, deja atrás el aire frío que se ha colado con él y me sujeta por los brazos.

—¿Estás bien?

—Sí, eso acabo de…

Me mira directamente a los ojos, como si necesitara comprobar que estoy consciente, y después recorre mi cara, mi ropa y mis manos en busca de algo que contradiga mi respuesta.

Sus dedos se aferran a mis brazos con firmeza, pero sin hacerme daño.

Está tan cerca que noto el calor de su cuerpo después de la carrera y el ritmo acelerado de su respiración mezclándose con el mío.

Por un instante, el humo, la salvia y el desastre desaparecen.

Solo quedan sus manos ásperas sobre mí y esos iris oscuros observándome con una intensidad que provoca que todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se pongan en pie.

Tiene el pelo revuelto por la carrera, un mechón cayéndole sobre la frente y la respiración todavía agitada.

Debería preocuparme el susto que le he dado, no lo bien que le sienta el desorden.

Mis prioridades necesitan una revisión urgente.

—Estoy bien —repito, esta vez más despacio.

Diago tarda un segundo más en reaccionar. Demasiado para que resulte indiferente y demasiado poco para que pueda estar segura de que ha sucedido. Sus dedos aflojan la presión, aunque no me suelta. Ojea por encima de mi hombro hacia el pasillo, con la mandíbula apretada.

—¿Dónde está el fuego? —pregunta, recorriendo la estancia con la mirada.

—No hay ningún fuego.

Sus ojos regresan a mí.

—Salía humo por las ventanas.

—Sí, pero es humo espiritual —aclaro, intentando sonar tranquilizadora.

Diago parpadea.

—¿Qué cojones?

—De salvia. Se supone que sirve para limpiar las malas energías.

Elena dijo que la encendiera y recorriera la casa con ella, pero no especificó la cantidad exacta y yo entendí que el atado funcionaba como una varilla de incienso.

—Señalo el humo que todavía flota cerca del techo—.

Resulta que no. Es más bien una bengala para exorcismos.

Diago me toma de la mano con una confianza que aún no le he dado.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos y el roce áspero de su palma me provoca un tirón absurdo en el estómago.

Sin embargo, no me molesta. En absoluto.

Me digo que debe de ser cosa del pueblo, que aquí todos son protectores por naturaleza y llevan de la mano a mujeres adultas por su propia casa como si pudieran extraviarse.

Una explicación impecable, salvo por el detalle de que ni siquiera intento soltarme mientras él tira de mí hasta el fregadero, donde todavía escapa un hilo de humo. Ahí está la prueba del delito.

—¿Has quemado todo eso? —pregunta, señalando el atado de salvia chamuscada.

—No entero. Una parte se ha salvado. Mis pulmones, en cambio, no. Siento como si me hubiera fumado tres paquetes seguidos.

Su expresión no cambia.

—Teressa.

—De verdad, no ha pasado nada. Bueno, durante unos minutos no veía el pasillo y he tenido que abrir todas las ventanas mientras intentaba apagarlo sin esparcir ceniza por la casa. Eso ha sido un poco estresante. Pero no ha habido llamas. Ni heridos. Ni ninguna aparición demoníaca, que yo sepa.

Me doy cuenta de que estoy hablando demasiado.

También de que Diago todavía no me ha soltado.

Su pulgar se desliza sobre el dorso de mi mano, en un movimiento tan pequeño que podría ser involuntario.

Podría. Pero entonces sus ojos descienden hacia mi boca y permanecen ahí el tiempo suficiente para que me olvide de lo que estaba diciendo. Cuando vuelve a mirarme, me suelta.

El frío se instala de inmediato en el hueco que deja su mano.

—Voy a echar un vistazo —anuncia, volviéndose hacia el pasillo.

—No hace falta.

Diago ya está mirando hacia el interior de la casa.

—Por si acaso.

—Te prometo que sé distinguir entre un incendio y una limpieza energética que se ha puesto un poco intensa.

—Has conseguido que la casa parezca una chimenea —replica, examinando el techo.

—Una chimenea libre de energías negativas.

Me dedica una mirada que debería bastar para hacerme callar. Y, por una vez, funciona. Seguir defendiendo mis capacidades como responsable de emergencias domésticas quizá no sea la mejor estrategia.

Cruza el salón, apartando el humo con una mano, y comprueba la chimenea antes de adentrarse en el pasillo.

Lo pierdo de vista, pero escucho cómo abre la puerta del baño y después las de las habitaciones, una tras otra.

Se mueve con una soltura que me desconcierta, hasta el punto de que diría que conoce la casa mejor que yo.

—Puedes creerme —digo mientras lo sigo—. Está todo controlado.

—Claro.

—Ese «claro» ha sonado ofensivo.

—La casa sigue llena de humo.

—Pero ya se va...

Diago abre de par en par las ventanas que habían quedado fuera de mi alcance.

Yo permanezco unos pasos por detrás, observando cómo se estira la tela de su camiseta sobre los hombros cuando llega a la última.

Todavía no parece haberse relajado del todo.

Se detiene un momento para echar otro vistazo a la estancia y yo me pregunto si necesita recorrer cada rincón antes de convencerse de que estoy bien.

—¿Venías a comprobar que estaba bien? —pregunto, aprovechando que sigue de espaldas para recrearme en cómo la camiseta se le ajusta al cuerpo—. Brisa se ha ido esta mañana. Podías haberme dado al menos un día para demostrar que sé sobrevivir sola.

«Aunque, si todas las inspecciones incluyen estas vistas, tampoco voy a poner una reclamación».

Me froto el dorso de la mano que ha estado sujetando y noto que el calor de sus dedos continúa adherido a mi piel, terco e inoportuno. Me gustaría saber de dónde ha salido y cómo ha conseguido llegar tan rápido, pero bastante tengo con intentar que no se me note lo mucho que me alegra verlo.

—Estaba de paso —responde con sequedad.

—Pues vaya casualidad…

Se gira y me mira a los ojos.

—Teressa, el humo se veía desde la plaza.

—No hace falta que me salves. Estoy bien.

—Ya sé que no necesitas que nadie te salve. —Me sostiene la mirada—. Eres lo bastante fuerte para hacerlo sola.

Arqueo una ceja. Me muerdo la lengua porque me entran unas ganas tremendas de preguntarle cómo puede estar tan seguro. Estoy a punto de hacerlo, pero Diago sale al pasillo y se dirige hacia la que fue mi habitación, la única en la que todavía no me he atrevido a entrar.

Contengo la respiración cuando agarra el pomo, lo gira y abre la puerta. Se queda inmóvil en el umbral. Durante unos segundos no hace nada, salvo mirar hacia un punto de la pared que yo no alcanzo a ver. Después aparta la vista.

Me acerco por su izquierda y me asomo por el hueco que deja libre, porque este hombre ocupa prácticamente todo el marco de la puerta. Varias rayas trazadas a rotulador suben por la pared. Algunas llevan una T; otras, una D, siempre un poco más arriba.

No necesito preguntarle a quién pertenece esa letra. Lo que necesito saber es por qué Diago ha sabido dónde mirar.