Capítulo 25
—No te preocupes. Lo dejamos para mañana —digo antes de colgar.
—¿Era Gabriel? —pregunta mi abuelo, apoyado en el arco.
—Sí. Le ha surgido un imprevisto.
Mi abuelo echa un vistazo a la tienda, se rasca la nuca y después me observa. No me gusta esa mirada. Es la que pone cuando está a punto de decir algo que lleva demasiado tiempo pensando.
—¿Qué?
—Nada…
— Güelo.
—Mira que eres mal pensado.
Camina hacia el expositor y se detiene frente a las navajas.
Tizón, tumbado junto al mueble, levanta la cabeza cuando mi abuelo se acerca y termina apoyando el hocico sobre una de sus botas.
Yo continúo guardando las herramientas que había preparado para el curso, aunque sé que no va a dejarme tranquilo hasta que suelte eso que le cuelga de la lengua.
Cuando termino, me acerco y me cruzo de brazos a su lado.
—Cada una de estas navajas cuenta una historia de nuestra familia —empieza con el tono solemne de quien está a punto de leer un pergamino—. Esta la hizo mi padre, tu bisabuelo. Y esta otra fue la primera que hice yo sin que él tuviera que corregirme el filo.
—La historia del árbol genealógico en acero ya me la sé.
—Cállate y déjame terminar —me ordena.
Aprieto la mandíbula, pero obedezco. Su dedo continúa avanzando por el expositor hasta detenerse frente a la navaja que lleva mi marca.
—Y esta es la tuya.
Sigo la dirección de su dedo. Mis brazos se tensan sobre el pecho antes de que pueda evitarlo. Aparto la mirada y me concentro en el hueco que queda entre dos de las piezas. Mi abuelo parece darse cuenta y señala el espacio vacío.
—Aquí debería estar la de tu padre, pero él nunca quiso aprender el oficio. Esta vida no era para él —recuerda con la vista fija en ese punto.
—Por eso se marchó a Gijón en cuanto pudo.
—En cuanto le ofrecieron un puesto administrativo en una empresa de transportes —precisa—. Un despacho, un horario fijo y una nómina a final de mes. Era una oportunidad para empezar una vida juntos fuera del pueblo, y decidieron marcharse.
—Y yo me quedé.
—Porque quisiste —afirma mi abuelo, sin alterar el tono—. El problema es que, con los años, te convenciste de que también tenías que ocupar su lugar.
Vuelvo la cabeza hacia él.
—Yo no me convencí de nada —replico, más brusco de lo que pretendía.
—Claro que no —responde con esa tranquilidad suya que consigue sacarme de quicio—. Tú solo venías cada tarde con los ojos desbordados de ilusión. Al principio te conformabas con mirar. Después empezó a venir ella y me pediste que te enseñara.
Mi abuelo no pronuncia su nombre. Los dos sabemos quién es «ella».
—Tenía diez años.
—Precisamente. A esa edad uno hace las mayores estupideces con una seguridad envidiable.
—¿Estás diciendo que aprender el oficio fue una estupidez?
—Estoy diciendo que al principio pensé que solo querías impresionarla.
Pero ella se marchaba y tú seguías aquí, poniéndole el corazón a cada pieza.
Llegabas antes que yo y teníamos que echarte para que volvieras a casa.
No aprendiste por ella, Diago. Ella solo te ayudó a descubrir cuánto deseabas hacerlo.
No quería que volviéramos a ese tema después de la encerrona de ayer, pero basta ese «ella» para devolverme al pasado y a esos ojos atentos a cada movimiento de mis manos. Es imposible ignorar la luz del sol; incluso oculta tras las nubes, siempre termina encontrando por dónde colarse.
Mi abuelo me posa una mano en el hombro y espera a que lo mire.
—Has hecho un buen trabajo. Mejor de lo que yo habría imaginado. —Me presiona con suavidad—. Pero esta fragua es una herencia, rapaz, no una deuda. No tienes que trabajar como si fuera a venirse abajo por parar unas horas.
Miro las navajas. La de mi bisabuelo, la de mi abuelo, la mía. Y, entre todas ellas, el espacio vacío que dejó mi padre. Nunca me había preguntado cuántos años llevo intentando llenarlo.
—¿Tanta historia para que me tome la tarde libre?
—Tanta historia para que te lo tomes sin sentir que estás abandonando a nadie.
Sostengo su mirada. Mi abuelo me aprieta una última vez antes de soltarme.
—La fragua seguirá aquí mañana —añade—. Y yo también, si tu abuela no descubre que he vuelto a comer chorizo a escondidas.
—Deberías empezar a redactar tu testamento.
—Y tú deberías marcharte a menos que quieras que cambie de opinión y encuentre algo que puedas hacer.
Lo miro unos segundos. Después resoplo, descuelgo la chaqueta y me la pongo.
—Solo esta tarde.
—Claro —responde, ocultando una sonrisa—. No vaya a ser que descansar se convierta en costumbre.
—Vamos, Tizón —digo, palmeándome el muslo.
El perro levanta la cabeza, me observa y se incorpora lo justo para arrimarse todavía más a la pierna de mi abuelo, donde vuelve a dejarse caer.
—Parece que no eres el único que se ha tomado la tarde libre —comenta Severino.
—Traidor —digo, arrugando el entrecejo.
Tizón golpea una vez el suelo con la cola, sin el menor remordimiento y suelta un bufido.
«El mejor amigo del hombre… siempre que el hombre no interrumpa su siesta».
Salgo sin esperar a que cualquiera de los dos pueda celebrar su victoria.
La lluvia ha dado una tregua, aunque el suelo todavía brilla bajo un cielo cubierto de nubes bajas.
Meto las manos en los bolsillos y echo a andar sin decidir hacia dónde.
No recuerdo la última vez que crucé el pueblo sin llevar una herramienta, un encargo o alguna urgencia esperándome al final del camino.
Paso junto a la plaza. El agua de la fuente cae con un murmullo constante y desde una casa cercana llega el olor a leña húmeda.
Saludo con un movimiento de cabeza a dos hombres que conversan bajo el alero del bar y continúo caminando.
Al levantar la vista, descubro un claro pequeño entre las nubes.
No llega a ser azul, pero deja pasar una franja de luz que ilumina los tejados mojados y arranca destellos de las hojas.
«Quizá mi abuelo tenga razón. Puede que la fragua no vaya a derrumbarse porque me aleje unas horas. Puede que yo tampoco».
Sigo avanzando con las manos hundidas en los bolsillos, dejando que el aire frío me despeje la cabeza.
Mis hombros tardan un poco en abandonar la tensión y, cuando lo hacen, me doy cuenta de lo cansado que estaba.
No de hoy ni de esta semana. Cansado de una forma más antigua, como si llevara años apretando los dientes y solo ahora hubiese reparado en ello.
No presto atención al camino hasta que la pendiente me obliga a inclinar el cuerpo hacia delante.
Entonces bajo la mirada y reconozco las piedras irregulares, los helechos que crecen en los márgenes y la curva que se pierde unos metros más arriba.
Estoy a mitad de la cuesta que conduce a la casa de la colina.
«Joder».
Podría convencerme de que he llegado hasta aquí por casualidad. El pueblo no es tan grande y yo solo estaba caminando. También podría dar media vuelta antes de comprobar qué excusa sería capaz de inventarme si Teressa me viera aparecer frente a su puerta.
Alzo la cabeza. Y todo lo demás desaparece.
Un humo denso escapa por las ventanas abiertas de la casa.
Durante un segundo me quedo inmóvil, incapaz de comprender lo que estoy viendo.
Después recuerdo que Teressa está sola. El miedo me aprieta las costillas con tanta fuerza que no me deja tomar aire.
Mi cuerpo se mueve por puro instinto, con la cabeza incapaz de ordenar una sola idea.
Saco las manos de los bolsillos y echo a correr cuesta arriba.
Mis botas golpean con firmeza la piedra húmeda mientras devoro la pendiente. Conozco cada desnivel, cada curva, y avanzo sin titubear, con el corazón desbocado y una única necesidad imponiéndose a todas las demás: llegar hasta ella y escuchar su voz.
Empujo la verja y atravieso el jardín.
—¡Teressa! —grito antes incluso de alcanzar la puerta.