Capítulo 24 #2
Enciende un extremo, deja que arda unos segundos y apaga la llama. Recorre cada estancia permitiendo que el humo llegue a todos los rincones.
—Parece sencillo —murmuro, y la casa cruje—. No te he pedido opinión.
Abro las ventanas del salón y de la cocina. El aire húmedo entra de golpe y levanta una esquina de las instrucciones. Después busco un cuenco de cerámica, una caja de cerillas y regreso junto a la mesa.
Coloco la salvia dentro del recipiente y acerco la llama. No ocurre nada. La cerilla se consume y enciendo otra. Esta vez una de las hojas prende, pero se apaga antes de que consiga levantar el atado.
—Venga. Coopera con mi estabilidad emocional.
Al tercer intento aparece una llama pequeña. Espero unos segundos, como indican las instrucciones, y soplo con cuidado. El fuego desaparece y una columna fina de humo blanco empieza a elevarse desde la punta.
—Así me gusta.
Sostengo el cuenco con una mano y el atado con la otra. Me siento un poco ridícula, sin embargo, a estas alturas he hecho cosas bastante peores en nombre de mi recuperación.
Empiezo por el salón.
—Fuera las malas energías —canturreo mientras muevo la salvia frente a la chimenea—. Fuera el polvo emocional, los traumas acumulados y cualquier espíritu que se niegue a pagar alquiler.
El humo se enrosca delante de mí y busca la ventana.
—Y fuera Mikel. —Frunzo el ceño—. Bueno, él ya se fue solo. Para eso no necesitó demasiada ayuda.
Continúo hacia la cocina. Paso la salvia alrededor de la mesa, junto a la ventana y cerca de la puerta que da al pasillo.
—Fuera la vergüenza, la rabia y las ganas de comprobar en redes si les va fatal. —El humo aumenta ligeramente, como si respondiera a mi plegaria—. Eso último puedes dejarlo. Tampoco hace daño a nadie.
Subo las escaleras despacio. La salvia va dibujando un rastro blanco detrás de mí y, por primera vez desde que Brisa se ha marchado, los crujidos de la casa dejan de inquietarme.
Puede que Elena tenga razón. Quizá estos rituales no sirvan para expulsar nada, pero te obligan a detenerte, recorrer un lugar y decidir qué quieres conservar dentro.
Entro en nuestra habitación, rodeo las dos camas y dejo que el humo alcance las esquinas. Después me detengo frente a la puerta de mis padres, aprieto el cuenco y cruzo el umbral. La habitación recibe el humo en silencio. Camino hasta la cómoda, después hacia la cama y termino junto a la ventana.
—No sé qué debería pedir aquí —admito.
La punta de la salvia brilla con un rojo tenue. Observo la habitación unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Que se vaya lo que ya no tenga derecho a quedarse —murmuro, recordando las palabras de Elena—. Lo que duela sin pertenecerme. Lo que llevo años cargando, aunque ni siquiera sepa ponerle nombre.
Una ráfaga entra por la ventana y agita las cortinas. El humo cambia de dirección y me envuelve la cara. Empiezo a toser.
—Vale. Creo que ya es suficiente.
Intento apartar la salvia, pero la corriente aviva el extremo. La brasa se vuelve más intensa y una nube espesa brota de golpe. Soplo para apagarla.
«Error».
La punta prende con una llamarada pequeña.
—¡No, no, no!
Vuelvo a soplar y la llama crece. He pasado treinta y tres años apagando velas de cumpleaños y resulta que llevo toda la vida entrenándome para alimentar incendios.
Dejo caer el atado dentro del cuenco y salgo al pasillo.
El humo asciende directamente hacia mi cara.
Bajo las escaleras tosiendo, con el recipiente sujeto entre las dos manos y una estela blanca persiguiéndome.
—Tranquila —me digo—. Está controlado.
La salvia escupe una chispa.
—¡Mierda!
Llego a la cocina y abro el grifo. Las tuberías responden con un gemido, un golpe y nada de agua.
—No me hagas esto ahora.
Giro el mando hasta el tope y el grifo tose. Yo también. El humo sale del cuenco en cantidades que desafían cualquier lógica vegetal y empieza a extenderse por la cocina, trepa hacia el techo y se cuela por el pasillo.
—¡Solo quería limpiar las malas energías! —exclamo.
Por fin, un chorro irregular cae sobre el fregadero. Meto el atado debajo. Suelta un siseo y una última humareda todavía más densa que todas las anteriores juntas.
«Se está vengando de mí».
Cierro los ojos mientras el humo me envuelve. Cuando los abro, apenas distingo la puerta.
—Estupendo.
Dejo la salvia empapada dentro del fregadero y corro al salón para abrir otra ventana. El aire entra con fuerza, levanta las cortinas y distribuye el humo por toda la planta baja con una eficacia admirable. Justo lo contrario de lo que necesito.
—¡Hacia fuera! —grito, agitando los brazos—. ¡Tenéis que salir hacia fuera!
Las malas energías, si están obedeciendo, deben de hacerlo arrastrándose, porque el humo no parece tener ninguna prisa por marcharse.
Cojo un paño de cocina y empiezo a abanicar junto a la ventana.
Me lloran los ojos, tengo el pelo pegado a la cara y la garganta me sabe a bosque chamuscado.
Desde fuera, la casa debe de parecer un cónclave en plena fumata blanca.
« Habemus mujer emocionalmente estable».
El humo escapa por las ventanas abiertas y se derrama sobre el porche.
Una nube espesa cruza delante del cristal antes de desaparecer, empujada por el viento.
Me quedo inmóvil con el paño levantado. La casa no está ardiendo.
Eso es importante. Sin embargo, hay suficiente humo para que cualquier persona con ojos llegue a una conclusión bastante distinta.
Entonces alguien golpea la puerta con tanta fuerza que pego un salto.
—¡Teressa!
Cierro los párpados. La salvia no ha expulsado las malas energías.
«Ha invocado a Diago».