Perdiendo el Norte Capítulo 24
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Capítulo 24

Al final, el apocalipsis laboral de Brisa tuvo la decencia de esperar veinticuatro horas.

Se pasó la tarde dando órdenes por teléfono con esa voz que utiliza cuando alguien ha cometido un error y todavía no sabe que su esperanza de vida acaba de reducirse.

Cuando por fin guardó el móvil, cenamos en el viejo sofá y vimos una película de terror en el portátil, tapadas hasta la nariz.

Porque nada dice «voy a echarte de menos» como dos mujeres gritando a una pantalla y discutiendo sobre quién merece morir primero.

Esta mañana hemos desayunado juntas y cerrado su maleta entre las dos, aunque, por la resistencia que ha opuesto, cualquiera diría que tampoco ella quería marcharse.

—Podemos dejar el coche aquí —propone Brisa por cuarta vez—. Seguro que encuentro otra forma de llegar al aeropuerto.

—Sí. Haciendo autostop y acompañada por un camionero que colecciona dientes humanos.

Mi amiga me mira con los ojos entrecerrados mientras empujamos su maleta dentro del maletero.

—Qué ideas más retorcidas tienes —comenta con dramatismo. Después sonríe—. Estoy orgullosa de ti.

—Podré con esto. Además, ya has visto que no voy a estar sola. —Señalo vagamente hacia el pueblo—. Tengo a la señora de los prismáticos vigilando cada uno de mis movimientos, una caja de protección energética y un herrero al que tú misma has nombrado responsable de mantenerme con vida.

—De mantenerte con vida y alejada de cuestas demasiado resbaladizas.

—Eso no estaba en el contrato.

Apoyo las manos sobre la maleta y empujo hasta que entra. Resulta ridículo que hace unos días consiguiéramos meter aquí dos, varios bolsos y que ahora una sola se resista a cooperar. Puede que las despedidas ocupen más espacio.

Brisa cierra el maletero y comprueba la hora en el móvil.

—Tengo que irme.

Asiento con una sonrisa que espero resulte mucho más convincente desde fuera de lo que se siente desde dentro.

—Hay comida para cuatro años en la nevera y la despensa —me recuerda.

—Lo sé. Y seguro que el gremio del ganchillo aparecerá mañana con algún táper por si existe alguna posibilidad de que haya perdido medio kilo durante la noche.

—No investigues ruidos raros sin mí —advierte con un puchero.

—De acuerdo. Te haré una videollamada y los investigamos juntas.

La mirada se le ilumina.

—Eso sí. Y no abras la puerta a desconocidos.

—¿Diago cuenta como desconocido?

La sonrisa aparece en su cara con tanta rapidez que me arrepiento de haber abierto la boca antes incluso de terminar la pregunta.

—Interesante.

—Era una duda práctica —me defiendo.

—Ya… claro.

—Además, ya ha entrado en la categoría de persona autorizada para comprobar que sigo entera. La categoría la creaste tú.

Brisa se frota la barbilla, fingiendo que necesita meditarlo.

—Tienes razón. Puedes abrirle.

—Gracias por la autorización.

—Eso sí, intenta no caerte encima de él cada vez que aparezca. Podría acostumbrarse —canturrea moviendo las cejas.

—Vete al aeropuerto —replico, intentando que no se me escape la sonrisa.

Abre la puerta del conductor antes de que pueda lanzarle algo.

El cielo continúa cubierto, aunque ha dejado de llover.

La humedad se ha quedado suspendida en el aire y el camino todavía brilla bajo nuestros pies.

Algunas gotas caen desde las hojas de los árboles con la paciencia de quien sabe que terminará mojándonos de todos modos.

Brisa deja el bolso sobre el asiento y se vuelve hacia mí. Esta vez no sonríe.

—Escríbeme cuando llegues a Sevilla —digo.

—Lo haré. Y tú contéstame cuando te llame.

Abre los brazos y me refugio en ellos. Al principio intento que sea un abrazo breve, de persona adulta, estable y perfectamente preparada para pasar un par de noches sola en una casa antigua llena de recuerdos que no sabe ordenar. Después ella me aprieta un poco más y yo hago lo mismo.

—Vas a estar bien —murmura contra mi pelo.

—Lo sé.

—Y, si no lo estás, también puedes llamarme.

Asiento antes de separarme.

—Vete o perderás el vuelo.

—Qué poco tacto tienes para expulsar a la única persona que ha venido a protegerte de todos los espíritus que viven en esa casa.

—No hay espíritus, ni muñecas poseídas, ni un asesino escondido en el sótano —le recuerdo.

—Eso crees —susurra con voz de ultratumba.

Se mete en el coche. Espero a que se coloque el cinturón, arranque y baje la ventanilla.

—¡Intenta no enamorarte del herrero mientras no estoy! —grita.

—¡Conduce y cállate!

Su carcajada se mezcla con el ruido del motor cuando acelera.

Mantengo la mano levantada hasta que el coche desaparece tras la curva.

Y es entonces cuando llega el silencio, aunque las casas antiguas nunca se callan del todo.

La piedra guarda el rumor del viento, las ramas rozan el tejado y una gota cae desde el canalón con una precisión irritante.

Sin Brisa llenándola de palabras, la casa parece más grande.

La miro y ella me devuelve la mirada.

—No hagas nada raro —le advierto.

No responde con ningún ruido extraño, lo considero un buen comienzo. Subo los escalones del porche y entro. Cierro la puerta a mi espalda y permanezco unos segundos en el recibidor, escuchando.

«Estoy sola».

Sola no significa abandonada. Lo sé. Mi cuerpo, sin embargo, parece necesitar un poco más de tiempo para entender la diferencia.

Dejo las llaves sobre la cómoda y saco el móvil para escribirle a Brisa.

El mensaje se queda con el relojito al lado, esperando una cobertura que aquí aparece y desaparece siguiendo algún sistema de turnos que nadie me ha explicado.

—Perfecto.

Guardo el teléfono y miro alrededor. La claridad gris del mediodía entra por las ventanas del salón y suaviza los muebles, la piedra y la madera.

Ahora que llevo algunos días aquí, la casa ya no parece encantada.

Parece un hogar que quedó suspendido en algún punto del tiempo y que, poco a poco, empieza a despertar.

Avanzo hacia la cocina. El frigorífico se pone en marcha justo cuando cruzo el umbral y doy un respingo tan fuerte que casi me dejo la espalda en el intento.

—Es un electrodoméstico —murmuro—. No una presencia.

Abro la nevera para demostrarle que no le tengo miedo. Dentro hay queso, leche y varios táperes que trajo anoche el gremio del ganchillo, con comida suficiente para sobrevivir hasta Navidad. La cierro, y en ese instante algo golpea tres veces el cristal de la ventana.

Tac.

Tac.

Tac.

Me quedo inmóvil.

«Es una rama. Tiene que ser una rama».

Me acerco, aparto la cortina de un tirón y encuentro una hoja pegada al cristal. No hay nadie.

—Brisa me ha contaminado el cerebro.

Salgo de la cocina y recorro el pasillo. El suelo cruje bajo mis pies y, en algún punto de la pared, una tubería protesta. Al fondo, la puerta estrecha continúa cerrada.

«Mi antigua habitación».

Me acerco unos pasos. La madera está oscurecida por el tiempo y el pomo tiene varias marcas alrededor. Alargo la mano hacia él, pero la voz de Brisa aparece dentro de mi cabeza con una claridad alarmante.

«No abras ninguna habitación tapiada».

—No está tapiada.

Mi voz rebota contra las paredes y retiro la mano.

—Lo dejamos para otro momento con más luz solar.

Subo las escaleras. El primer peldaño cruje, el segundo también y el tercero emite un quejido tan largo que me detengo para mirar hacia atrás.

—La madera —me recuerdo.

Sigo hasta la planta superior. La puerta de la habitación que hemos compartido está abierta. Una de las camas permanece revuelta y todavía conserva la forma del cuerpo de Brisa sobre el colchón. La amatista descansa en la mesilla junto a una nota escrita en el reverso de un recibo.

Te la dejo. Tú necesitas dormir más que yo. Ponla debajo de la almohada. No sé si funcionará, pero si al Ratoncito Pérez le funciona, no veo por qué a ti no.

Sonrío y dejo el papel donde estaba. Después miro hacia la habitación de mis padres.

Suelto el aire, me obligo a entrar y todo sigue igual que ayer: la cama hecha, las almohadas colocadas y las cortinas recogidas a ambos lados de la ventana.

No hay fotografías ni objetos personales.

Solo muebles que han aprendido a guardar silencio.

Me acerco a la cómoda y deslizo los dedos sobre la madera. Está limpia. Diago debió de retirar el polvo cuando abrió la casa.

«Él estuvo aquí».

La idea me provoca una sensación extraña. Caminó por estas habitaciones antes que yo. Abrió las ventanas, comprobó los grifos y preparó una casa que no era suya para nosotras.

«Se le da mejor cuidar de la gente que hablar con ella».

Las palabras de Deva regresan con demasiada facilidad.

Un golpe seco suena en el pasillo. Me vuelvo de inmediato, pero no hay nada.

—Muy bien. Se acabó.

Cruzo la habitación y bajo las escaleras con bastante más rapidez de la necesaria.

Brisa ha conseguido que cada ruido tenga un doble sentido y que una casa llena de recuerdos parezca el escenario perfecto para una película en la que una morena toma decisiones cuestionables y muere antes del segundo acto.

«No voy a permitirlo».

Esta es mi casa, lo cual debería concederme cierta autoridad frente a las tuberías, las ramas y cualquier muñeca de porcelana que decida manifestarse.

Necesito hacer algo que la devuelva al presente.

Entonces recuerdo la caja de Elena. La dejé en la habitación, al pie de mi cama.

Regreso a buscarla y bajo con ella entre los brazos.

La coloco sobre la mesa del salón y saco las instrucciones.

Cuando estés en calma, abre las ventanas y quema la salvia mientras recorres la casa.

Ahora estoy sola, tranquila y preparada.

Tres palabras que rara vez coinciden en una misma frase cuando se trata de mi vida.

Si esto no es estar en calma, no sé qué lo será: una casa en la colina, un pueblo del norte y nadie cerca para interrumpirme.

Conviene aprovechar el momento. Saco el atado de salvia y leo la pequeña etiqueta sujeta al cordel.